Efecto Ideo-Motor, o la bicicletez que hay en nosotros

el tercer policia efecto ideo motor

El placer de poder escribir para los amigos. Hoy, el Efecto Ideo-Motor. Estaba yo un buen día leyendo el libro de Daniel Kahneman Pensar rápido, pensar despacio, cuando me llamó la atención la mención a un experimento clásico de John Bargh, de la Universidad de Nueva York. Kanheman lo cita para señalar cómo nuestra toma de decisiones está condicionada por los más insignificantes elementos, incluso aquellos que sólo procesa el nivel inconsciente. En el experimento de Bargh se les pedía a un grupo de alumnos de entre 18 y 20 años que formaran frases de cuatro palabras tomadas de un conjunto de cinco (por ejemplo, “amarillo”, “encuentra”, “lo”, “él”, “instantáneamente”). «De un grupo de estudiantes, la mitad de las frases formadas tenían mezcladas palabras asociadas a la ancianidad, como Benidorm, olvido, calvo, canas o arrugas. Cuando acabó la tarea, se envió a los jóvenes participantes a realizar otro experimento en un despacho situado en otra parte del edificio. Ese recorrido era el objeto del experimento. Los investigadores midieron discretamente el tiempo que se tomaron para ir de un extremo a otro del edificio». El resultado, sorprendente: los jóvenes que habían construido frases con palabras relativas a la vejez, habían realizado el trayecto al otro despacho más despacio que otros grupos de control que no tenían la carga semántica de la vejez en sus palabras.

pensar rapido pensar despacio kahneman

El experimento prueba cómo las palabras tienen un vínculo estricto con la fisicidad, por lo menos en el nivel motor. De ahí, efecto ideo-motor. Este efecto, de hecho, se ha podido comprobar en sentido contrario. Se le dijo a un grupo de estudiantes que caminara en círculo lentamente durante 20 minutos, y a otro grupo que caminara en círculo a velocidad superior. El grupo que caminó más lentamente tuvo mayor facilidad, a continuación, en la detección de palabras relacionadas con la vejez. Según Kahneman actúa aquí un efecto de priming en dos etapas que, por la abundancia y naturaleza de los campos semánticos o de las actitudes comportamentales asociadas con campos semánticos, nos conduce a actuar como viejos si hemos leído sobre la vejez y a reconocer la vejez si hemos actuado como viejos.

A partir de aquí, querría tomar un camino distinto al que toma Kanheman en el libro, quien se limita al ámbito de la toma de decisiones. Y quiero señalar esto: aunque en la contraportada se diga que es uno de los pensadores “más importantes del mundo”, me ha parecido una mente limitada, incapaz de manejarse fuera del registro y el objetivo que se había planteado a priori y, sobre todo, negligente ante la fuerza real y efectiva que tienen las ideas que no son fruto de la experimentación científica. Como científico, claro, diáfano y útil para mejorar nuestra estructura de pensamiento. Como pensador, poco más que pensador de chichinabo afincado en creencias y axiomas que llevan ya mucho tiempo puestos en duda. No se puede creer ya en este sórdido reduccionismo, muchachos.

Diría, en efecto, que ante el efecto ideo-motor podría decirnos mucho más otra persona. Se trata del escritor, novelista y pensador auténtico Flann O’Brien, quien desarrolló una teoría completa y quizá sin saberlo del efecto ideo-motor en su novela El tercer policía. Extraña novela fetiche que me proporcionó en su momento las más sonoras carcajadas y a la que ahora vuelvo con reverencia, pues O’Brien es un sabio hermético, una pieza complicadísima de misteriosismo que hay que examinar una y otra vez, continuamente si se puede.

el tercer policia flann o brien

La tesis principal de un personaje de la novela de O’Brien, un policía, es la siguiente: «La gente que pasa la mayor parte de su vida montando en bicicleta por las pedregosas ensenadas de esta parroquia llega a tener personalidades mezcladas con las de sus bicicletas. Se sorprendería del número de gente por estos andurriales que son mitad persona y mitad bicicleta a causa del intercambio de átomos».

En mi opinión, la teoría atómica de O’Brien se expresa como posibilidad no demostrada del efecto ideo-motor. Un addendum o extensión no contemplado por la ciencia al ser considerado extravagante. Según el policía de O’Brien, el propio contacto material operaría esta interferencia de la bicicleta en nosotros, haciéndonos en parte bicicletas. Según el efecto ideo-motor, podría decirse que la bicicletez estaría en nosotros por el propio hecho de montar a diario en bicicleta, de cuidarla, atarla, transportarla con nosotros, es decir, de mantenerla como idea circulante en nuestros procesos mentales. Pero si en el experimento de Bargh se especulaba con términos fácilmente comprobables en su transferencia semántica como vejez / juventud  // lentitud / velocidad, ¿Qué hay de las posibles transferencias en el orden extra-mecánico de la dimensión? ¿Qué porción y qué efecto tomaría en nosotros una presencia grande de bicicletez? ¿Cómo expresar y medir la bicicletez? O, por ejemplo, para quienes llevan ya unos años mirando el mundo a través de una pantalla. ¿Qué hay en la pantalla y en la pantallez o su naturaleza intrínseca que nos llena por su propia presencia? ¿Cómo expresar y medir la pantallez y qué efectos podría tener a largo plazo? O’Brien dice que quien es en más de un 50% absorbido por la bicicletez acaba «gran parte del tiempo recostado sobre un solo codo sobre las paredes». Y todavía lo lleva más lejos cuando opina que la bicicleta absorbe a su vez la humanidad, y que una bicicleta contaminada de hombre «es un fenómeno de gran atractivo e intensidad».

Especulaciones y más especulaciones mientras uno ve su sombrío funeral en una taza de té.

Parece, por otro lado, que O’Brien cifró en la mejor escena cómica que he leído, la mejor crítica al positivismo científico y su foco profundo, pero diminuto. La conversación con MacCruiskeen, un extraño hombre que ha fabricado el dardo más afilado del mundo. En un momento dado, este hombre le enseña al protagonista de la novela un pequeño cofre decorativo que ha esculpido con sus propias manos.

¡Es un cofre magnífico! El protagonista lo define como «demasiado hermoso como para hablar de él», «algo inefable». Es sin duda el mejor cofre que ha visto nunca. Pero la cosa no acaba aquí, dice MacCruiskeen. Cuando acabó de esculpir el cofre, se preguntó: ¿Qué contendrá en su interior? Y tras mucho cavilar (pensó en las cartas de su novia, en sus gemelos, en la placa policial esmaltada, en el lápiz metálico que había recibido como regalo), creyó que el contenido ideal de ese cofre iba a ser una réplica del mismo cofre en pequeño. ¡Pues cualquier otra cosa contaminaría la cofrez del cofre! Y abrió el cofre y se vio un cofre igual en el interior. Y, claro, ¿qué podía contener ese cofre dentro del cofre si no otro cofre? ¡Un tercer cofre idéntico y diminuto! ¡Y dentro del tercer cofre un cuarto cofre! Y así sucesivamente hasta llegar a un cofre atómico y por lo tanto invisible a los ojos, dentro de la sucesión de cofres.

¡Cuántas cosas podían caber en el primer cofre, y cuánta cofrez acabó por imponerse!

Al llegar a este punto tuve miedo. Lo que estaba haciendo ya no era maravilloso, sino terrible. Cerré los ojos y recé para que parara mientras hacía cosas todavía posibles para un ser humano. Cuando miré de nuevo, me sentí feliz de que no hubiera nada más que ver y de que no hubiera puesto más cofres sobre la mesa; estaba trabajando a la izquierda con la cosa invisible en la mano, sobre una esquinita de la mesa. Cuando se dio cuenta de que lo observaba, vino hacia mí y me entregó una enorme lupa que parecía una palangana sujeta a un mango. Sentí apretarse dolorosamente los músculos de mi corazón al asir el instrumento.

– Venga, acérquese a la mesa -dijo- y mire hasta que vea lo que se ve infraocularmente.

 

 

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *