Escritores en transición alquímica: John Cheever y Thomas Mann

doktor faustus victor balcells

Mi obra favorita de John Cheever: Bullet Park. Ahora alguien se llevará las manos a la cabeza. ¿Bullet Park? ¿Y qué hay de los relatos? ¿Qué pasa con Crónica de los Wapshot? Oh, sí, todas ellas me encantaron a su manera. Pero reincido: Bullet Park es la mejor. En ella, además de trasvasar una vez más y con maestría las problemáticas personales que afloran una y otra vez en sus diarios, encontramos una audacia en la concepción de la estructura y del estilo que contrasta con el grueso de su producción y que adopta muchos elementos de la nueva narrativa postmoderna de los 60. Su intención: ofrecer un libro de corte más sensorial que estructurado. En una entrada de su diario, 1966, dice: «Me parece que concibo el libro, no como una narración sino como un cuerpo con contenido, textura, color, peso y tamaño. Quisiera destruir mi compostura aullar, penetrar. Espero haber terminado otro libro el año que viene, tal día como hoy». Tal y como detalla Rodrigo Fresán en el postfacio de la novela, en Bullet Park Cheever se distancia radicalmente de la imagen de escritor social y realista de la vieja escuela por la que siempre había sido considerado.

En paralelo, pero nueve años antes y en Europa, Thomas Mann publica Doktor Faustus, una de sus últimas novelas (morirá en 1955). Doktor Faustus ofrece una revisión moderna del mito fáustico, encarnado en un joven compositor de música: Adrian LeverkühnFrente a otras novelas de Mann, aquí se incluyen de manera clara elementos metaliterarios y valoraciones del autor (el mejor amigo de Leverkühn es quien escribe el texto, y así lo declara, opinando muchas veces sobre la propia calidad de lo escrito). Había leído algún comentario negativo acerca de Mann y sus experimentos metaliterarios, y ciertamente me parece algo acartonada la presentación de ese aspecto en la novela. Pero no es eso lo que me interesa. Pues aunque formalmente existe acartonamiento, conceptualmente se crean muchos juegos de sentido entre las opiniones y consideraciones del narrador acerca de su propia escritura, y los diálogos en torno al arte -en el ámbito de la música- que el propio narrador reproduce. Nada que no hiciera ya Cervantes mucho antes.

Lo que me interesa es, más bien, la desviación del autor, las incorporaciones temáticas, pero sobre todo técnicas, que llevan a cabo tanto Cheever como Mann en un momento dado de su vida, y ofrecer una posible y más literaria que realista respuesta al por qué de estos cambios.

Mann escribe Doktor Faustus en el exilio: son notables los paralelismos entre el destino fatídico de Leverkün y el de la sociedad alemana en general (que en el tempo de la novela se encamina hacia el nazismo). Cheever escribe Bullet Park en un momento convulso: aparecen en sus diarios muchas menciones explícitas a su homosexualidad no revelada, aparece el elemento psiquiátrico y, en adelante, los diarios son un lento descenso hacia un final francamente sórdido. Se infiere que ambas obras nacen de una necesidad. Esta necesidad toma cuerpo en la lectura, y uno percibe incluso que las incorporaciones y novedades técnicas de ambas obras tienen como objeto servir a esa necesidad, plantear lo mismo, pero de otra forma.

psicologia de la transferencia

Hace poco leí La psicología de la tranferencia, de C.G. Jung. Fue ese libro el que me llevó a escribir este artículo. El título no presagia lo que el lector encontrará dentro: es un comentario alquímico a la serie de imágenes del Rosarium Philosophorum, manuscrito anónimo fechado en 1550. Jung estudia esta serie medieval porque considera a los alquimistas como médicos que cifraron simbólicamente los problemas del alma antes de que aparecieran los conceptos modernos de la psicología y la psiquiatría. Entiende que en la obra alquímica se cifra de forma arcaica y según otra lógica aquello que él mismo observa repetidas veces en sus pacientes.

mundificatio rosarium

Me interesa el comentario a la figura 9, Philosophorum Ablutio Vel. Mundificatio. En figuras anteriores se ha representado la muerte simbólica y ascensión del alma. Esta figura representa la purificación de la misma antes de su regreso favorable a la coniunctio. El texto latino que acompaña a esta estampa dice así: «Blanquead la negrura y romped los libros a fin de que no se quiebren vuestros corazones. Esta es propiamente la obra sintética de todo sabio y también la tercera parte de todo el opus. Unid, pues, como se dice en la Turba, lo seco con lo húmedo, es decir, la negra tierra con su agua y cocedla hasta que se torne blanca. De este modo habréis blanqueado el agua y la tierra por sí mismas y el agua con la tierra: pero ese blanco se llamará aire». En palabras de Jung, la Mundificatio (limpieza) corresponde a un momento del proceso alquímico en el que se da la separación de todo lo superfluo, en especial la separación de los contenidos simbólicos de lo inconsciente, que para el alquimista se proyectaban en la materia, igual que para el psicoanalista se proyectan en el objeto. En la vida de toda persona, este momento se da en la segunda mitad de la vida, y es un problema de naturaleza trascendental que consiste en encontrarse con el sí mismo, es decir, saber integrar en una unidad todas las partes que lo componen.

Me interesa la referencia a que, en esta fase, los libros deben ser rotos a fin de que «no se quiebre el corazón». Tiene una profunda significación. La cita señala, según Jung, que es fácil tomar al conocimiento filosófico y natural como el supremo bien. El conceder valor exclusivo “a los libros” (que en nuestra modernidad sería, por ejemplo, el mero conocimiento científico), se vulnera la vida sentimental y afectiva del hombre. Lo que se propone el alquimista en la transformación es la producción de un nuevo ser volátil compuesto de corpus, anima y spiritus en conjunción. Al conocimiento intelectual, habría que añadirle la función de los valores (los sentimientos) y de la consideración de la realidad (el sentir). La noción es clara: para la obra alquímica no basta sólo el conocimiento, sino que es necesario también el amor. Y eso es algo que suele comprenderse tarde. En la figura, a la nigredo sigue la albedo. El rocío con apariencia espermática que cae anuncia la resurrección y el surgimiento de una nueva luz que integre todos los elementos.

Mi idea esencial es: tanto Cheever como Mann escribieron Bullet Park y Doktor Faustus en una situación simbólico-vital que correspondería a la figura alquímica comentada aquí, y por ese motivo -y no otro- adoptaron determinados cambios en el estilo y la temática tratada. Buscaban algo, y buscaban representarlo por caminos formales distintos, de alguna forma integradores de nuevas percepciones que habían aparecido en ellos (como constatamos en diarios y en las propias obras). En ese momento, las grandes novelas canónicas de ambos autores ya han sido escritas y ambos ofrecen algo que se desmarca de la producción anterior. Si nos atenemos a las reflexiones elaboradas por Cheever en sus diarios mientras escribía Bullet Park, entendemos que hay un nuevo entendimiento en él de lo emocional. Rodrigo Fresán señala en el postfacio que no era la intención de Cheever escribir algo más moderno, que fuera al compás de su tiempo (en efecto, detestaba o no encontraba apreciables a autores como Pynchon o Barthelme). La intención, más bien, era la contraria: «un relato sinuoso y contenedor de resonancias ancestrales y palabras que se repiten una y otra vez (amor, nada, nadie, maravilloso) como encantamientos de magia blanca o negra y sueños y simbolismos varios». Lo cual implicaría realizar por el camino de la técnica lo trascendente, un concepto afín a la figura alquímica comentada. El propio Cheever dice en una entrevista de 1969 en el New York Times -citada en el postfacio-: «El concepto del hombre como un microcosmos que contiene en su interior todas las partes del universo es babilónico. Los elementos son constantes. Las destilaciones y transmutaciones liberan su poder innato. Todo esto no sólo funciona para la fabricación de perfume; yo creo que esas transmutaciones pueden funcionar también para la formación del carácter». También hay resonancias alquímicas. Y sin duda, si nos atenemos a la novela, los símbolos de la crucifixión que aparecen en ella son totalmente concordantes con la Mundificatio tras la muerte y ascensión del alma que representa el Rosarium Philosophorum en la figura 9.

No parece difícil, a la luz de lo dicho, establecer algunos vínculos entre el exilio de Mann, la escritura de Doktor Faustus, y el significado ya expresado de la figura del Rosarium. En primer lugar, el mito fáustico es una pieza clave para entender la figura alquímica desde la perspectiva del hombre moderno. En el mito se asiste a una perturbadora transición del «maldito boquete sofocante» del padecer y filosofar a la revelación de que «el sentimiento es todo». Por otro lado, la inclusión intensiva del elemento metaliterario en la obra le permite a Mann crear fuertes contrapuntos entre nociones del arte opuestas con una intención general onmiabarcadora: el narrador busca escribir una obra convencional y típicamente realista de su tiempo pero eso queda en entredicho en su tema y objeto, en los diálogos que reproduce, así como en una pugna consigo mismo que expresa en sus consideraciones metaliterarias («el capítulo que acabo de terminar es, para mi gusto, de dimensiones excesivas y es natural que me pregunte hasta dónde llegará la paciencia del lector»). Para mí, la elección técnica responde más a una necesidad que a un querer ponerse al día como escritor, y a una necesidad que busca integrar en el estilo lo contradictorio que ha llegado a saberse el escritor como persona en un momento dado de la vida. Esa necesidad es la misma que opera en la representación de la figura alquímica, cuyo objeto es la coniunctio, la conjunción de los opuestos.

La conclusión más razonable para este artículo es la siguiente: podría fundarse una nueva disciplina de crítica literaria que en lugar de juzgar las novelas según criterios que tienen siempre como referente una forma o un molde canónico tomado como anatema, las juzgara como expresiones simbólicas del momento vital de quien las escribiera a partir de correlaciones de naturaleza alquímica. Esta nueva disciplina se llamará Alquimia aplicada a la literatura (por lo menos hasta que alguien descubra un nombre con más gancho), y su objeto será simple: observar a la obra de arte como la expresión genuina de una voz, y sentenciarla si carece de ella.

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