Doom

doom victor balcells

Como éramos tres y sólo había un ordenador, nos repartíamos los roles. Padre, de pie a nuestras espaldas, dirigía la partida. Avanza, decía, ahora flanquea al enemigo; ¡Abajo!; ¡Dispara! Mi hermano era el encargado de desplazar al avatar por el escenario. Y era en esos momentos, cuando padre decía “¡A la derecha!” y mi hermano torcía, sin previo aviso, hacia la izquierda, cuando más lo envidiaba. Yo era el encargado de pulsar el botón de disparo. Un gesto simple que, sin embargo, no siempre satisfacía a mi padre: ¡Dispara!, podía decir padre, ¡Dispara, dale, dispara!, y yo me ponía frenético, ¡Vamos, vamos! ¡Que podemos!, y pulsaba el botón a la mayor velocidad posible y, todo así, ¡Venga joder!, no era suficiente, ¡Más rápido, Víctor! ¡Es que parece mentira que por tu culpa!, por ejemplo cuando enfrentamos al malo final, el centauro biónico que tanto miedo nos daba por su extrema fuerza alienígena, y del que teníamos varios pósteres en la habitación. Padre dijo Derecha, escóndete tras la columna, su inteligencia no es tan buena, y mi hermano se escondió tras la columna. Victor, prepárate eh, por Dios, que vamos, dijo padre, y yo me incliné hacia el teclado inaugurando la que ahora es mi célebre joroba, y aguardamos tras la columnas expectantes hasta que apareció el brazo biónico, los cuernos erguidos del minotauro. ¡Dispara! ¡Ahora!, gritó padre, y yo empecé a pulsar la tecla en un histérico movimiento mecánico, con la mayor voluntad y ligereza, para no lograr infringirle ningún daño. Era en momentos como ese cuando mi hermano contradecía a mi padre. ¡Retírate, atrás!, le dijo padre. ¡Tú, Víctor, no dejes de disparar!, añadió, ¡Dispara más rápido! Yo, como un pelele, no dejé de disparar. Mi hermano, en cambio, desobedeció y no se retiró: decidió flanquear al monstruo por la derecha. Con una compleja maniobra de dedos ejecutada con la gracia y perfección de un artista de circo rodeó al centauro, lo confundió, y lo mató él mismo. Fue él quien lo hizo, y en nada participamos padre y yo ni nuestras atónitas miradas ni mi dedo calenturiento sacándole chispas al teclado. Él, mi hermano, a quien un día empezamos a llamar Cormac.

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