Lo que sé de los vampiros – (Parte I)

Este texto puede resultar peligroso. Mucho me temo que, de caer en manos equivocadas, me podría ver envuelto incluso en temas de sicarios. No tengo experiencia en el asunto, de modo que ruego la máxima discreción en la difusión de estos pasajes (en el supuesto, claro, de que sean de interés para alguien). Puedo describir la sensación inicial: fue como haber aparecido en medio de la selva, magullado, como se suele decir, hecho polvo, y sin saber de dónde venía. Tuve que pasar días en cama. Expié una pena desconocida. Cuando pude incorporarme pasé días en batín. Me arrastraba por la casa sin finalidad y me preguntaba: ¿Qué es lo que debo hacer?, y no encontraba respuesta. A continuación, un impulso. Un pequeño golpe de muñeca. Algunas palabras escritas. Comía mejor y empezaba a sentirme bien. La respuesta empezó a tomar forma. Una voz en medio de la noche me dijo: Tienes que escribirlo. Y de acuerdo con lo que dijo esa voz, lo escribo, me arranco aquí con lo que pretende ser una recapitulación de lo que ha sido y significó, hasta que fui liberado, mi vida con los vampiros.

No hay aquí broma o bufonada. Me remito a los estudios de John Edgar Browning en la materia. Yo mismo he dado un beso en la mejilla a un vampiro y he sentido la joven frialdad. Los que han muerto y todavía viven pueblan este mundo y tienen la capacidad de absorber el maná de las personas. Pero para poder demostrarlo, hay que ponerse serios. Conozco la incredulidad de la gente. Yo mismo me contemplo con sospecha en el espejo y nada, a priori, me llevaría a creer en alguien que, con ese careto, dice que ha vivido con los vampiros. La pregunta clave: ¿es posible demostrarlo?

Mi madre me contó hace años un episodio de juventud que ha surgido una y otra vez en nuestras conversaciones. Empezó la carrera de Filología Francesa en la Universidad Autónoma de Barcelona en el año 1970. La titulación apenas llevaba dos años en marcha y la clase era reducida: nueve alumnos. Mi madre cuenta que se creó un núcleo de amigos y que, cuando se acercaban los exámenes, quedaban todas las noches en casa de uno u otro. Se conocían bien y se forjó una confianza. Pero tal y como recuerda, había algunas personas más cercanas que otras. Nos interesa una tal Bea, compañera de clase cuyo apellido mi madre ha olvidado. Esta chica invitaba de vez en cuando a mi madre a pasar la noche en su casa. Cenaban en familia, con los padres de ella, y luego ellas se retiraban a la habitación para estudiar, aunque tal y como lo cuenta siempre mi madre, poco estudiaban. Hasta aquí, todo normal. Lo extraño ocurrió a finales del último curso. Se acercaba el verano y Bea había invitado a mi madre a la casa de campo que tenían en el Penedés. Recuerda que estaban cenando en un suntuoso porche modernista mal conservado cuando el padre dijo que ellos eran, en verdad, extraterrestres. Mi madre dice que lo dijo tal cual: “Mimí: somos extraterrestres”. Dice también que al principio se lo tomó en sentido figurado, en el sentido de “somos raros”, pero cuando la madre añadió “venimos de otro planeta”, comprendió que algún tipo de desencaje estaba produciéndose en la realidad. Ellos le hablaron de una supuesta misión de investigación antropológica y le dijeron “no estáis solos”. Mi madre volvió a casa como ebria por el nuevo conocimiento. Y no volvió a ver a su amiga porque su amiga desapareció a las pocas semanas. Hasta aquí la anécdota. Todas las investigaciones que he emprendido para determinar si estas graves afirmaciones son ciertas han conducido al fracaso. Solicité acceso a los archivos de la Universidad Autónoma y encontré el nombre completo de Bea y pude rastrear incluso el nombre de sus padres. Esas personas, a día de hoy, no existen, y eso es todo lo que puedo decir. Ante la pregunta: ¿es posible demostrarlo?, en lo que concierne a esta vivencia de mi madre, la respuesta es: no es posible. En el asunto de los vampiros: quizá. Lo que quiero decir es que aquí uno debe creer en el poder verdadero del símbolo y en la realidad oculta del arte alquímico.

El agon, pues.

1 comentario
  1. Comtessa de Dia
    Comtessa de Dia Dice:

    Si hay algo extraño (extraterrestres), puede haber más realidades extrañas (vampiros). Si algo extraño no se puede demostrar, tal vez otra cosa extraña sí puede ser demostrada.

    Lo que no vale es que cuando se da por fin con la explicación o demostración de algo extraño, la normalidad lo acoja y normalice. Deja de ser extraño, sin más. Cuando hay algo extraño, y se demuestra, debe permanecer extraño.

    He aquí un ejemplo poderoso: me he nombrado ahora Comtessa de Diá, una trobaitz. Confirmando la corrección del nombre occitano, resulta, sin saberlo que su nombre real fue el de Beatriz!

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