Sincronicidad y Facebook: lo artificial mágico

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Pensar en alguien mientras caminamos por la calle y, a continuación, encontrar a esa persona al doblar la esquina. Experiencia reconocible, muchas veces comentada con los amigos en clave mistérica y sin la plena seguridad de lo azaroso del evento. La sincronicidad. Una aproximación esencial a este fenómeno la encontramos en la fructífera relación doctor-paciente (y luego amigo-amigo) que desarrollaron Carl Gustav Jung, psiquiatra, y Wolfgang Ernst Pauli, premio Nobel de física (en 1945 por el descubrimiento del Principio de Exclusión). Un texto clave fruto de esa relación: el artículo Synchronizität als ein Prinzip akausaler Zusammenhäge (Sincronicidad como principio de conexiones acausales). Jung ya había mostrado interés acerca de este fenómeno desde el punto de vista psicológico en una conferencia de 1930 dedicada a los insights generados a partir de la consulta del I Ching. Sin embargo, sus acercamientos más rigurosos se produjeron de la mano de especialistas en Física: primero en dos conversaciones con Albert Einstein (1909 y 1912), y luego en el trabajo, más profundo, realizado en colaboración con Pauli.

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Tanto Jung como Pauli estaban convencidos de que los eventos sincrónicos revelaban la conexión acasual entre eventos físicos y mentales a través del significado. El elemento de significado que le daría sentido a un evento sincrónico sería el proceso de individuación del hombre, idea propiamente Junguiana según la cual cada ser humano cumple en su vida un proceso de búsqueda y hallazgo de su sí mismo. Dichas sincronicidades serían esenciales como guía para cumplir con el proceso.

Sin entrar en más detalles, salta a la vista ya que el Principio de Sincronicidad, para ser válido, requiere que aceptemos a la naturaleza como elemento activo, posibilidad sistemáticamente rechazada por la ciencia occidental hasta la fecha (y próximamente). Sin embargo, el cometido de este artículo no será demostrar la validez del Principio de Sincronicidad en “el mundo real”, sino comprobar cómo, un fenómeno de naturaleza esotérica y no incluido en el corpus científico, ha sido utilizado y adoptado masivamente como técnica en una herramienta que usamos a diario: Facebook.

Tanto en el Timeline, como en el apartado “buscar amigos” de la red social, el algoritmo de Facebook nos ofrece sugerencias de amistad. Asimismo, si tenemos activadas las notificaciones en el móvil, recibimos avisos de cumpleaños de amigos, señales de cercanía, de publicaciones relevantes, etc. Los criterios de Facebook a la hora de decidir qué nos muestra y qué no, son múltiples (en el apéndice, abajo, los desgloso), pero sobre todo dependen de nuestro comportamiento. Cada acción que llevamos a cabo en Facebook (o Spotify o Instagram, parte del conglomerado) es un signo que el algoritmo toma en cuenta para decidir qué nos mostrará y con qué preferencia. Los eventos artificiales de sincronicidad ocurren en la red social de la siguiente manera:

1) un día navegamos por diversos perfiles de “personas del pasado”. Entramos en cuentas de amigos de la infancia que están en Facebook, por ejemplo, ejerciendo lo que se conoce como la extendida práctica del stalker. Navegamos en cadena por amigos de amigos. Con ello, le dejamos a Facebook el rastro de un interés, en este caso nuestro interés por nuestras amistades del pasado.

2) Pasados unos días, el algoritmo incorpora a sus sugerencias de amistad a personas del clúster (”personas del pasado”) que exploramos y tanteamos días atrás con curiosidad, no necesariamente las personas que espiamos: también otras personas que mantienen vínculos de segundo y tercer orden con nosotros que Facebook sí conoce y nosotros no (este dato es clave para generar el efecto de sincronicidad). Si nuestras horas de navegación al día son muchas (y damos por descontado que hoy en día el tiempo promedio en Facebook de la población media es alto), se generan efectos sincrónicos con mucha facilidad: empezamos a recibir sugerencias de amistad de los clústeres que hemos explorado. La clave es que, muchas veces, Facebook y su refinado algoritmo nos sugieren personas de un clúster determinado que, sin embargo, no habíamos mostrado conocer en la red (no hemos visitado nunca su perfil, o bien no sabemos que tienen Facebook, o seguían ocultos en nuestra memoria). De modo que aparecen personas inesperadas pero reconocibles en las sugerencias y nos decimos (a mí me ha pasado) “¿Cómo sabe que conozco a esta persona?”, o bien “cómo lo ha adivinado”, otorgándole al ente, Facebook, una cualidad pensante que obviamente deriva de su refinado algoritmo.

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Esta sensación ocurre muchas veces, pero de manera menos intensa por tratarse de objetos y no personas, con los banners de publicidad cuando nos revelan un resultado secundario de algo que deseamos y no recordamos que deseamos. Por ejemplo, un día busqué en Internet “ratones inalámbricos”. Busqué ese día y no repetí la búsqueda porque, en verdad, no tenía dinero para comprar nada. Un mes después, una mañana, aparecieron sistemáticamente banners de publicidad de “ratones inalámbricos”. Yo llevaba un mes sin pensar en ellos, y por supuesto había olvidado totalmente que un día estuve buscándolos. Sin embargo, como un mes atrás no me había renovado el ratón del ordenador y este se había deteriorado todavía más, cuando apareció el banner tuve una primera sensación sincrónica: mi deseo no manifiesto parecía haber sido reconocido y proyectado en el objeto exterior del banner sin que yo hiciera nada. Magia. Naturalmente, yo no recordaba en ese primer momento que un día, un mes atrás, estuve buscando “ratones inalámbricos”.

Se observa, pues, que el factor del tiempo es esencial para darle vida al efecto de sincronicidad en Internet: es necesario que hayamos olvidado parcial o totalmente los inputs que llevan a un ofrecimiento del algoritmo para sentir, llamémoslo así, “la magia sincrónica del algoritmo”. Lo digo de esta manera, pomposamente, porque es necesario un toque de ironía para desvelar la verdadera tragedia. Piénsenlo así: la autenticidad de un evento sincrónico pasa por creer en la posibilidad de una inteligencia exterior, o bien una psique extendida más allá del dominio de nuestra mente. Cuando alguien presencia un efecto sincrónico en “el mundo real” cree, aunque sea por un momento, que lo exterior no es frío, muerto y puramente material, sino algo vivo, poderoso, unificador, y lleno de sentido: la naturaleza como alma mater. Y siente, diría, placer y dicha, y por un momento es un feligrés. Cuando alguien presencia un sucedáneo de efecto sincrónico fruto de un algoritmo, piensa exactamente lo mismo y siente lo mismo: placer; hay una inteligencia llena de sentido detrás. A algunos, como a mí, esto les parece espantoso y el placer queda desfigurado, pero no resulta difícil entregarse al sucedáneo de lo mágico, y por lo tanto mostrar confianza hacia la falsa solvencia preternatural del algoritmo, una predisposición.

Por último, parece importante señalar que, de ser cierto el Principio de Sincronicidad en “el mundo real tal” y como postulan Pauli y Jung -a saber, que todo esto tiene un sentido-, nos encontraríamos en un escenario de interferencia que dificultaría severamente la experiencia y la investigación. Pues parece obvio que el efecto de sincronicidad naturalizado en el sistema artificial de Internet desvirtuaría (y desvirtúa) el conjunto de percepciones que hasta el momento se consignaban tan sólo en “el mundo real”, desdoblándolas por un lado en el medio Internet y naturalizándolas hasta despojarlas de su propia naturaleza de excepcionalidad.

Para profundizar en la lectura sobre el tema de la sincronicidad desde un punto de vista mínimamente riguroso, además de los textos de Jung y Pauli, recomiendo la obra de David Bohm -discípulo de Einstein- La totalidad o el orden implicado, y la obra del prestigioso matemático Henry Stapp: Mind, Matter and Quantum Mechanics.

Apéndice 1: Cómo determina Facebook lo que vemos

Primero, un repaso general. Observemos qué elementos determinan, en Facebook, que nos aparezca en el Timeline una cosa u otra. Primero, nos remitimos a su FAQ:
Las historias que se muestran en la sección de noticias vienen determinadas por tus conexiones y tu actividad en Facebook. De este modo, puedes ver historias que te interesan de los amigos con los que más interactúas. La cantidad de comentarios y Me gusta que recibe una publicación y el tipo de historia de la publicación (por ejemplo: foto, vídeo, actualización de estado) también pueden aumentar sus probabilidades de aparecer en tu sección de noticias.

Esta información puede satisfacer a muchos, pero su vaguedad no corresponde con su realidad. Aquello que aparece en nuestro timeline viene determinado por elementos concretos que, en conjunción, funcionan según relaciones mecánicas. Cuando entramos en Facebook, lo que nos aparece en el timeline viene determinado por un patrón de relevancia calculado previamente. Este patrón de relevancia es distinto para cada persona, y sus elementos principales son:

  • Quién publica qué (nuestras interacciones con otros usuarios ayudan a Facebook a comprender qué y quien nos interesa. Cuando añadimos a un nuevo amigo en Facebook, empieza un proceso de aprendizaje que acabará por mostrarnos sólo aquello de ese amigo que el algoritmo considere afín o de nuestro interés).
  • Qué se ha posteado, tanto en lo referido a contenido como al formato (por ejemplo, quienes muestren preferencia por los contenidos visuales obtendrán un mayor nivel de relevancia para contenidos de esta clase, de tal manera que lo visual predominará en su timeline. Este dato es muy importante).
  • Qué volumen y tipo de interacciones ha obtenido cada publicación (tienden a mostrarse contenidos que han recibido más interacciones y que, a su vez, son afines a nosotros. Entre dos contenidos afines consecutivos, es posible que Facebook escoja mostrarnos el más popular).
  • Cuándo se ha posteado qué (Facebook tiende a mostrarnos publicaciones recientes. Difícilmente, si hace un mes que no entramos en la red, nos mostrará contenidos de hace un mes)

Se sabe que estos son cuatro elementos son fundamentales para determinar la relevancia de un contenido para nosotros. Sin embargo, existen centenares o miles de patrones añadidos que complican e incluso imposibilitan un análisis exhaustivo. Lo que podemos decir con total seguridad es lo siguiente: Facebook está pensado para que el usuario esté el máximo de tiempo posible en su página. El objetivo final de esta mayor duración en el sitio responde a un único fin de naturaleza económica. De acuerdo con este criterio y con los ya señalados, resulta lógico que el algoritmo siempre tienda a mostrarnos lo que nos gusta y/o interesa. Lo vemos fácilmente en la publicidad intersticial. Si hemos estado buscando, por ejemplo, videojuegos baratos por Internet, nuestros espacios de publicidad se llenarán de dicho contenido: videojuegos baratos por Internet.

En este ámbito (el consumismo) el algoritmo de Facebook es en extremo eficaz. Pero, ¿qué pasa con contenidos personales, políticos o de otra naturaleza? Ocurre que los criterios son exactamente los mismos que determinan nuestro contenido publicitario. Un ejemplo muy simple: la muerte de cien niños en África un día cualquiera no es una noticia agradable para nadie, por lo tanto recibe -según se sabe- menos interacciones, lo que, a su vez, determina que aparezca poco en los Timelines generales, con el resultado final de que, en términos absolutos, la muerte de niños en África es un contenido siempre relegado a segundo plano o eliminado, a menos que hayamos demostrado un claro interés por ello. Noticas de naturaleza sensacionalista, pensadas para lograr el clicbait, consiguen más relevancia en el posicionamiento puesto que atraen la atención en su enfoque hacia el “me gusta”. ¿Acaso quiere Facebook que veamos noticias y estados que nos provoquen rechazo? De ninguna manera, pues cuando eso ocurre, marchamos de la página.

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