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Laberintos en la página web de la Agencia Tributaria

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Llevo semanas evitando el tema porque el asunto que nos ocupa es grave. Hace posibles y efectivas las conspiraciones más extravagantes de la paraciencia, y de él sólo puede concluirse que estamos definitivamente solos y desamparados en este mundo. Una mañana mi padre me llamó para informarme de que había “llegado” una “carta negra de Hacienda”. Su tono lúgubre y sus posteriores recomendaciones financiero-telefónicas me hicieron pensar en lo peor. Fui hasta su casa esa misma mañana para leer el contenido de la carta negra. Impago del IVA en el trimestre tal del año cual. Mi padre posó su sólida mano de químico experimentado sobre mi hombro y dijo “si necesitas ayuda, aquí está la familia”. Yo, resistiéndome a aceptar ayuda alguna de nadie, guardé silencio ante el documento administrativo. Voy a comprobarlo próximamente, me limité a decir con rostro circunspecto.

De nuevo en casa, y ya totalmente atormentado por el requerimiento cuasi penal del estado, empecé a buscar información para saber cómo conocer la cantidad a deber y de qué manera proceder a pagarla de inmediato. Acerca de mi negligencia tributaria sólo puedo decir que, hasta la fecha, había cumplido con mis obligaciones. Esto era un descuido. Por Dios, esto tan sólo es un descuido, pensaba mientras me movía ardorosamente por la página web de la Agencia Tributaria, pasando de formularios a tutoriales inextricables. Una amiga mía me había dicho que se podían hacer los trámites cómodamente desde casa si uno solicitaba el certificado digital. Esa era la información que buscaba. Finalmente llegué a un formulario en el que se me daba un código. El código debía presentarlo en una delegación provincial para certificar que yo era yo y entonces podría descargarme el certificado digital y acabar de un plumazo, hoteleramente y desde casa, con la deuda con el estado.

Para obtener la certificación de que yo, efectivamente, era yo, debía pedir hora en la delegación. Eso hice tras dar tumbos en los diversos niveles de la compleja y sisifolítica página web de la Agencia Tributaria. Me dieron hora para diez días más tarde, diez días en los que recibí puntualmente llamadas de padre en las que, con voz ronca y apagada, anunciaba su apoyo incondicional ante mi bancarrota. El décimo día llegué media hora antes a la cita y pude certificar que en mi cuerpo estaba contenida adecuadamente mi persona. Una señora dio el visto bueno y felizmente volví a casa. En casa, entré en la dirección que se me indicaba en un correo y descargué el certificado digital. Lo instalé y accedí a la página donde efectuar el pago de deudas. Pulsé en “operar con certificado digital”, hice clic en “aceptar”, y saltó entonces un banner de aviso avisándome de que mi certificado no era suficiente. Volví a intentarlo y volvió a dar error.

Con tres cafés a cuestas entré en el mundo de los foros de dudas tributarias para que alguien me explicara por qué mi certificado digital no era suficiente. Al final encontré en la propia página web de la Agencia Tributaria una amable explicación: “Si su certificado digital aparece con un diploma y no con una llave en el icono, es porque no ha pulsado la casilla tal a la hora de descargarlo”. En esencia, no había pulsado una casilla y debía empezar de nuevo el proceso. Hice acopio de valor histórico y temporal y volví a pedir hora. Me la dieron hora al cabo de medio mes. Medio mes en el que recibí llamadas de mi padre, mi abuela y mis tíos en diferentes tonos de voz por lo general engolados, llamadas de contenido errante pero vigorosamente elíptico en torno al tema de mis impagos. Volví por fin a la delegación y la misma mujer volvió a comprobar que yo era yo para que mi código tuviera valor. Al regresar a casa inicié el proceso de descarga del certificado digital con sumo cuidado. Cuando llegué al punto crucial busqué la casilla que supuestamente debía pulsar y vi, casi sin sorpresa por la desconfianza natural que siento hacia el estado, que allí no había casilla alguna.

Entré en foros tributarios y comprendí que, de alguna forma, el problema era más bien de otra naturaleza. Al parecer, si pides el certificado con el navegador Chrome, tal y como yo había hecho, el certificado se descarga con diploma en el icono y no con llave, y por lo tanto no funciona. Para que uno pueda tener el icono cuasi sacro de la llave en el certificado debe utilizar Internet Explorer, o como mucho el navegador Firexox.

¡Pues muy bien!, me dije apuntando el cursor sobre Edge, la versión moderna de Microsoft Explorer para Windows 10. Realicé allí el procedimiento con lo que podría definirse un subidón de adrenalina por la pequeña gloria alcanzada, y descargué el certificado. Pulsé “abrir en carpeta contendora” y entonces…  el certificado volvió a aparecer con diploma en el icono. Tampoco había llave. El icono del diploma no garantizaba mi autenticidad de cara al estado para ejecutar trámites tributarios. Sólo la llave, nunca vista por mí, podrá darme el acceso a mis documentos postreros. Como ya había descargado el certificado y no podía volver a hacerlo, tuve que volver a empezar el proceso. Eso hice y al cabo de diez días que transcurridos en la especulativa miseria de quien es sustentado por los otros pero sólo de palabra, volví a certificar mi identidad para conseguir el certificado, volví a mi casa y realicé los pasos asignados y volvió a descargarse para mi espanto el certificado sin llave. Una vez más, el diploma, el icono de un papel con un diploma impreso pero no una llave, como ya uno esperaba lograr tras los sucesivos intentos. Así me puse a buscar otra vez una explicación, la razón práctica por la cual yo no conseguía de ninguna manera descargar el certificado. Ya lo había hecho todo en el mismo navegador, el procedimiento unificado en Firefox, compatible y bien adaptado. Así que, ¿cuál era el problema?

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