Linkbuilders (Parte II)

linkbuilders parte 2 victor balcells

(Primera parte)

Triste loco que pensó remedar las tempestades
y el rayo inimitable con el férreo
sonante galopar de sus corceles.
Virgilio

 

Mis partners: Lasparri y Loverey. Ella es el buque insignia de nuestra temeraria empresa. Cínica, profundamente neurótica, su verdad geológica no es el miedo sino la piedra. Llegó un día y nos dijo: os voy a hacer ricos a condición de que me ayudéis. Creímos en ella y nos mostró a su dios secreto y nos enseñó a amarlo con la regla cenobítica. Ahora, en el búnker, Lasparri se sienta a mi derecha. Luce como nunca con su nuevo traje de ejecutivo. Se peina con la raya lateral y habla como si estuviéramos en el ejército. Se dirige hacia mí y dice números, autoridades de dominio, porcentajes. Yo lo observo inclinado hacia atrás -la compasión es forma- y fumo. Repaso con incredulidad su cara oscurecida por las sesiones de Uva, el pulcro afeitado, la diabólica corbata. Y me pregunto: ¿quién es ahora este hombre? ¿acaso no recuerda ya quiénes fuimos? Pues antes de Loverey y la verdad de Ahrefs, tuvimos un pasado en los videojuegos.

Solíamos quedar por las tardes en casa del uno o del otro. Fumábamos y jugábamos: Starmade, Elite, Eve, Star Citizen, por ejemplo, en la suprema ociosidad del subsidio (padre me llamaba cada día para señalar mi irrefrenable declive). Lo de jugar llevábamos haciéndolo desde el año 2000 con La prisión. Eso y la literatura, Sancta Sanctorum. Podría elaborarse, de hecho, un calendario de libros y videojuegos, y con él podríamos guiarnos por la metas volantes de nuestras vidas apáticas. Cuando apareció Loverey, yo editaba best sellers y Lasparri expoliaba parte de una herencia sin perder su natural tacañería. Ya había empezado en nosotros la histeria cancerosa del primer advenimiento del Halo: en pocos meses habíamos pasado por una época de Football Manager, una época de Cities Skylines, una época de Elite y una época de PlanetCoaster y no habíamos quedado saciados, sino exhaustos, o quizá sería mejor decir vacíos.

El 6 de septiembre de 2015 estábamos tirados en el sofá sin saber muy bien qué hacer, cuando Lasparri dijo que debía salir un momento a que le hicieran unas fotos. Extravagante, pero posible, pues solía hacer trabajitos como modelo o extra, así que vale. Regresó al cabo de un rato con un manojo de billetes que me restregó por la cara y guardó sin dar explicaciones. Seguimos jugando. En una fase de carga de algún título de segunda mal optimizado -nos gustaban tanto los escritores de segunda como los juegos mal hechos-, dijo al vacío: he conocido a una persona que debes conocer.

Poco antes del advenimiento del Halo, ya existía un efecto sobre la mente. Sólo puedo describirlo ahora, desde fuera y en contraposición, porque entonces aquello era indistinguible. Pero no lo sabíamos. Por la noche entré en Facebook y al hacer scroll me apareció la solicitud de amistad de Loverey. Creo que fue la noche del mismo día en que Lasparri se había tomado las fotografías porque al entrar en el perfil de la chica para stalkear un poco sus fotos, mientras comprobaba con desconcierto lo salvajemente hermosa que era, saltó un banner de publicidad de la empresa en la que trabajaba: Hamburguesería Bocoa, ¡A menos de cincuenta metros de tu localización!  Y en la imagen aparecía el propio Lasparri zampándose una hamburguesa con una mano, y sujetando con la otra un libro que simulaba leer.

Lo primero que me dijo Loverey cuando aceptó mi solicitud de amistad tuvo que ver con eso: ¿sabes qué libro se trajo a la sesión de fotos, el muy capullo?. Ni idea, contesté. Y añadí: ¿Quién eres, por cierto?

Escribiendo…

Historia de la locura, de Foucault, a una puta sesión de fotos capitalista ajjaj”.

Escribiendo…

“Yo soy quien te va a salvar el culo”.

Por las noches, Loverey alza una copa, vierte el licor entre los cuernos de una vaca, y simboliza su sacrificio en la oscuridad. Hay otras figuras que habitan el búnker y que no hemos visto más que en las comidas donde se exige silencio y atención a la lectura de la regla. Me pregunto quiénes son y sobre todo me pregunto si lo que sé de Loverey es cierto. De momento, Lasparri y yo nos hemos hecho ricos a costa de perder la vida. En el salón abovedado donde comemos hay imitaciones de Ingres tan buenas que pasarían por auténticas; el secreto está en la combinación de matices del gris. Junto al púlpito en el que rotamos para leer la regla, un tablón mide la presencia del Halo en la zona. Los ejercicios mentales son constantes, así como los físicos, y pasamos por lo menos dos horas al día construyendo edificios en simuladores tridimensionales.

Hemos perdido la vida, sí, suele decirnos Loverey, pero por lo menos no nos la ha arrebatado el Halo.

 

II

¿El espíritu o la carne?, dijo Loverey.

La carne, contesté. Eso es lo que dije. Podría haber dicho el espíritu pero dije la carne a la que temo y por la que alguna vez ardí en deseo. Entonces todavía no creía en el poder de Loverey y todo aquello me parecía poco menos que un juego. El halo, decían. Por la noche me pasó una carpeta para preparar el ataque. Douglas Fortezzo, usurero del barrio de la Mina. En la ficha se especificaba domicilio, lugar de trabajo, espacios de ocio, se incluían fotografías de los vehículos, familia, amigos, contactos.

La carne.

El primer movimiento fue enviarle correos selectivos con enlaces a los puntos de destino pornográficos que habíamos seleccionado previamente. Se estipuló que reclamando su atención hacia esos enlaces podríamos alterar el patrón de los algoritmos de publicidad del sujeto y “contaminarlos” poco a poco con publicidad de contenido adulto. Nuestros ingenieros sociales son escritores de la más fina capacidad dramática. Las víctimas siempre caen en los reclamos, y en el plazo de una semana su algoritmo publicitario ya está contaminado.

El segundo paso consiste en poner en juego los puntos de destino. Para la ocasión, se escogió una página web de strippers por webcam. Plataformas gratuitas que aguardan a que decidas gastar el dinero para poder ver un poco de chicha. Trampas para la mente bajo nuestro control gracias a un par de modelos profesionales que ejercían el papel de anzuelo. Un seguimiento completo de nuestra víctima (habiamos hecho un phishing de su Facebook y conocíamos todas sus contraseñas) nos permitía tenerla monitorizada en todo momento. Dije la carne pensando en una idea de plenitud, de aroma, de deslizamiento por lo vaporoso. Dije la carne y hasta ella condujimos a Douglas Fortezzo, usurero. Ya se sabe, con usura no tiene el hombre casa de buena piedra. Las métricas nos indicaron un aumento paulatino del tiempo que la víctima empezó a pasar en los sitios de destino. Las modelos profesionales ejercieron su labor con seducción y ardor. Nuestro objetivo, un c2c en el que pudiéramos grabarlo masturbándose. Ya habíamos intentado grabar a través de la cámara web del portátil, pero la tenía tapada. Lo grabaríamos masturbándose y con eso Loverey no tendría bastante. Durante las horas de la lectura de la regla hablaba de enfermedad. Además de arrebatarle lo material, decía, queremos arrebatarle el alma, hundirlo en la ciénaga ponzoñosa de la pornografía y eliminarlo como ser en el trágico descenso final de la dopamina. Nuestro dominio del Halo es excelso y sublime, decía Loverey, Ese pobre diablo, sometido a un acoso constante de contenido dirigido, acabaría fácilmente con su débil mente neurótica a un paso del suicidio, decía Loverey. No lo matéis, decía Loverey, y procedía con la lectura de la regla en esa sala construida por una mente caprichosa contra las reglas del sentido común y del arte de la construcción, en cuya cabecera había la cabeza disecada de un jabalí, en honor a los símbolos del despedazamiento.

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