“Réplica”, de Miguel Serrano Larraz. Un comentario

[Texto leído en la presentación de Réplica, de Miguel Serrano Larraz]

I

Queridos amigos, ha llegado el decisivo momento de preguntarse, aquí y ahora, en este momento, precisamente, ipso facto, el momento de preguntarse para qué sirve un escritor (y/o una escritora). Este momento, cuidado, no es como el resto de “momentos en que alguien se preguntó en algún momento para qué sirve un escritor”. Este momento de preguntarse para qué sirve un escritor va mucho más allá de los momentos anteriores de la historia entera de la literatura en que alguien, una boca con bigote, un bigote con fijador, un fijador asignado a una toga, se pudo preguntar para qué servía un escritor. Razones astrológicas de peso nos permiten confirmar que este, y no otro, aquí, y no en otro lugar, es el momento de preguntarse lo que hemos dicho que es el momento de preguntarse: para qué sirve un escritor, o en su virtud, una escritora. Y así nos lo preguntamos con voz ronca e incierta, desde la mesilla con pequeños botellines de agua, con pequeñas barbas prefilosofales, nos preguntamos, ya estamos diciéndolo, ya lo estoy diciendo yo solo, a solas, solitariamente: “¿Para qué sirve un escritor?”, digo, y ya lo he dicho, y ahí flota la frase hacia vosotros lenta, luctuosa, en medio del silencio, por encima de la cabeza aquella ahora mismo, hacia la sección de filosofía, la frase, o quizá hacia la soleada ventana, el sol, la luz crepuscular. Y desde aquí, desde el atril, podemos regocijarnos, hemos cumplido, descorchamos un cava: lo que debía ser dicho en el momento preciso, ha sido dicho en el momento preciso, sin titubeos. “¿Para qué sirve un escritor?”, hemos dicho. Y punto. En el momento preciso. Lo hemos preguntado cómo y cuando prescribían todas las investigaciones, el mejor momento de la historia entera de la humanidad, aquí, ahora, en la central del Raval, para preguntarlo.
Ahora, vete tú a saber si, por algún casual, hoy también se da la casualidad de que sea el momento, preciso, exacto, histórico y mundial de dar una respuesta definitiva a la pregunta “¿para qué sirve un escritor?”. Eso ya sería un hito en la historia académica de nuestra nación. Poder decir aquí y ahora Para qué sirve un escritor, en el momento preciso, exacto histórico y mundial. Eso ya sería una clase superior de caldo del conocimiento, y creeríamos de nuevo en la existencia de los dioses.

replica miguel serrano
II

La mayor parte de los relatos de Réplica plantean un problema central: ¿Qué pasa con la psique? En los relatos, hay mentes desdobladas, erráticas, cuánticas, abundan las manifestaciones neuróticas, extrañas estructuras con un fondo psicoanalítico sutil. Al empezar la lectura de cada relato uno se pregunta: “¿Quién habla?”, y a continuación se pregunta: “¿Cómo verá el mundo esta voz?”. El magnetismo en Réplica no reside exactamente en la trama (ojo, celebrar la trama). En muchas ocasiones, al final de los relatos todo el peso recae en el estilo, y en cómo este estilo muestra una voz, extraña, única, aislada en el relato, una forma de percibir el mundo genuina (un ejemplo claro: un personaje de naturaleza tan narcisista que ha llegado a creer que es literalmente el centro del mundo, que todo se mueve a su alrededor alejándose o acercándose a él, inmóvil mónada, Dios menor). En mi opinión, un escritor sirve para descodificar y volver a codificar mentes ajenas. Sirve para transmitir el inefable misterio que es el Otro. Este tipo de contenido se transmite muy bien cuando hay sólo texto, y de forma distinta y complementaria a otros medios de expresión. En los relatos de Réplica, Miguel nos da acceso a formas mentales regidas por lógicas distintas: preciado tesoro si se ejecuta con virtuosismo técnico. Él mismo señala que los relatos de la primera mitad del libro responden a estructuras voluntarias y deseadas por el escritor. La segunda parte del libro reune relatos donde, a partir de una idea original, el escritor encuentra un extravío y llega a una resolución extraña y distinta -no en vano son relatos menos ortodoxos, más libres.

III

¿Cómo son los relatos de Réplica? En otra década, alguien hubiera dicho ¡Aquí hay Ciencia Ficción, señores! o tal vez incluso ¡Realismo Mágico!, al leer estos relatos. Ahora no es posible decirlo. Anunciar tales cosas nos parece alucinación trasnochada. Aparece la radiactividad como cosa natural, tostada matutina para nuestro entendimiento acostumbrado. Aparece la inteligencia artificial y se lee con la vocación más costumbrista. Aparecen la locura, la disociación, la disgregación, la extraña figura del doble, y todas ellas, de alguna forma nos parecen realistas puestas en escena de lo que vemos, es normal, cada día. Extraño trato con la locura tenemos (o tengo), pues: próximo, familiar, coqueteante. Por otro lado, donde aparecen personajes infantiles aparece lo mágico, lo misterioso, lo sagrado también reconocido de pronto como cosa posible, cierta, innegable de este mundo. Recordamos y certificamos que eso existió y fue olvidado. Y lo mejor, hay en los relatos de Miguel una fiesta sobre todo en el estilo. Hay un gusto por los excursos delirantes, un dominio exacto de los contenidos imaginativos del inconsciente que le permite, en algunos relatos, romper absolutamente las reglas y descubrir nuevas y significativas formaciones simbólicas en el lector. Pero no lo olvidemos: lo festivo en el estilo es la clave. Pienso: por algún motivo la literatura tuvo su origen en la oralidad y el canto. La prosodia, el ritmo, la puntuación, son formas diferentes de una función secreta. Quien domina estos elementos en literatura, y creo que este es el caso, tiene el poder de penetrar en el lector (y recordemos que empatía también puede expresarse como penetración en el sentimiento).

oxitocina

IV

Los nombres. Si el árabe es como la lluvia, los caracteres griegos y latinos son como adoquines. Pero no basta con juntar los adoquines o discurrir como la lluvia para que el lenguaje adquiera volumen. Comentemos el relato titulado Oxitocina (spoiler). El título, la palabra oxitocina, es la clave de lectura del relato -aunque no aparezca en el interior del mismo-. Según la ciencia -esa cosa-, la oxitocina es una hormona producida por los núcleos supraóptico y paraventricular del hipotálamo. Una de sus principales funciones es la de neuromodulador. La ciencia siempre dice las cosas reduciéndolas, efectivamente, a la cosa. Es una de las posibles tareas del escritor recoger la cosa reducida a cosa, y transformarla en la cosa que es mucho más que cosa. Una mirada entre seres vivos (incluso de especies distintas, perro-persona por ejemplo) libera la hormona de la oxitocina. Mirar al otro produce placer. Pero es un placer particular y de naturaleza más abstracta (el abrazo, la mirada, el intercambio verbal). Es complementario a otra sustancia, la dopamina, fuente de placer en situaciones de recompensa. El relato titulado “Oxitocina” no trata de la capacidad mágica (para nosotros siniestra, según Freud) del niño a la hora de reconocer un muñeco, como se desprende de una primera lectura. Eso forma parte para mí de lo que es ya innegable a estas alturas de la existencia: lo mágico como parte de lo que existe. El tema del relato se esconde en el reverso de la palabra oxitocina. Cada vez que una persona, a lo largo de esta presentación, ha mirado su móvil, ha recibido una descarga de dopamina. Cada Like recibido es una microdescarga de dopamina, cada “cosa compartida por amor al arte” es fuente inagotable de descargas de dopamina, cada clic, cada vez que alguien compre este libro aquí recibirá su dosis de dopamina. El hipster no es para mí otra cosa que un Vampiro de la dopamina. Nuestra sociedad es una sociedad enferma por el demostrado, manifiesto y gravísimo desorden de la dopamina. Demasiada dopamina lleva a la falta de concentración, la desensibilización, la psicosis y el delirio. Sobre eso trata el relato: sobre lo muy remotamente lejos que estamos y vamos a estar de entender nada mientras nuestro propio entendimiento, desde su propia base química, se encuentre artificial y demoledoramente confundido.

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