Lo que sé de los vampiros – (Parte II)

lo que se de los vampiros

(Primera parte)

Alguien intercedió a mi favor: empecé a realizar informes de lectura para una editorial barcelonesa. Entonces, trabajar en el mundo de la edición, era una de mis aspiraciones. Ya había elaborado algún informe editorial; la suma de todos ellos más un modesto trabajo como redactor de páginas pornográficas me permitía pagarme la existencia en casa de Padre. Pero entremos en materia. Ya habrá tiempo para ir colando breves interludios lacrimógenos sin que el lector se entere. Lo importante aquí es el descubrimiento y no la pena del descubridor. Hasta donde he podido comprobar, hay cuatro tipos de vampiros. Existe una extensa literatura sobre vampiros reales publicada en Estados Unidos. El primer tipo es el Bebedor Inmortal de Aangre inmortal. Un vampiro mayor, tal vez extinguido a lo largo del siglo XIX. Es fácilmente reconocible porque su aspecto corresponde al que presupone el imaginario común. No se ha comprobado empíricamente su inmortalidad, pero es indudable que los especímenes conocidos apenas mostraban signos de envejecimiento si estaban bien alimentados.

El segundo tipo es el Bebedor Mortal de Sangre. Son más raros; por regla general, los individuos que se declaran como tales, deliran. Beben sangre sin efectos prácticos.

El Vampiro Psíquico sin Intención (tercer tipo) abunda en este mundo. Son comunes y conocidos por el gran público, y todo el mundo, debido a su propia falta de inteligencia vampírica, ha caído en sus más o menos torpes manos. Por lo general, producen rechazo; no es posible admirar al Vampiro Psíquico sin Intención. Tal vez en primera instancia deslumbren, pero un con el tiempo acaba detestándolos y desprendiéndose de ellos. Absorben la energía psíquica; los síntomas son: gran cansancio tras una conversación, la sensación en la mente de haber sido llenado de algo que parece más bien un detritus. Hablan de los demás como si tuvieran un punto de mira. Obsesivos. Es posible que yo mismo pertenezca a esta especie de seres repulsivos, pero ya he iniciado -y firmado bajo notario- un proceso de rehabilitación cuyo tratamiento incluye la escritura de lo que Ud. está leyendo (al mando del doctor Lasparri).

El cuarto tipo es el más temido. Los procedimientos para separarse del influjo de un vampiro perteneciente a uno de los tres primeros tipos son específicos y complejos (los trataremos, muchachos), pero por lo menos existen. En el caso del Vampiro Psíquico con Intención no hay posibilidad de eliminación. El afectado tan sólo puede liberarse de él por la vía de la transferencia (que lleva a la culpa y a la tristeza). Una oscura estadística que me pasó Konstantinos (ya hablaremos de él) dice que una de cada cinco personas se ha encontrado bajo la influencia de esta modalidad de vampiros. De modo que el asunto es grave. Felizmente, uno raras veces muere cuando cae en sus garras. Yo ya he sobrevivido a siete, y me jacto de ello como un cazador de la noche; me jacto sobre todo porque por ellos he perdido gran parte de mis amistades y he acabado en esta situación de, por usar un eufemismo, rehabilitación y restablecimiento de la fuerza vital, en la que más o menos sobrevivo. Atacan a través de proyecciones astrales. Tras unas semanas de observación uno encuentra una lógica en las acciones que llevan a cabo. Son fenómenos de la inteligencia disimulada. Si su cuerpo físico muere, puede permanecer de forma inmaterial y ejerce sus rapiñas desde la invisibilidad. Me he enfrentado de forma consciente tan sólo a un vampiro incorpóreo. No puedo dejar de sentir desprecio por mí mismo cuando, al rememorarlo, siento todavía admiración por él.

En el nuevo trabajo como escritor de informes de lectura me pidieron que fuera a visitar la sede de la editorial Pynchones Books, emblemático sello de culto, para conocer al equipo. Está situada en una calle señorial del centro de Barcelona. El edificio es antiguo y pertenece a familias de la alta burguesía. Los pisos, amplios, de más de ocho habitaciones con suelo embaldosado, se asoman a un bulevar comercial. Llegué a conocer en profundidad ese lugar, de modo que quiero aportar ya varios datos importantes: El perro de un buen amigo parece entrar en convulsiones cuando cruza el umbral del despacho. Un día encontré a una señora de la limpieza efectuando un ritual en la oscuridad de un almacén. Lloraba. En mi primera visita, sin embargo, me sentí impresionado y abrumado por el magnífico edificio y, sobre todo, por su portero, un hombre con pipa que llevaba bajo el brazo un ejemplar de Decadencia y caída del Imperio Romano. Cuando le dije que iba a Pynchones Books dijo Ah, sí, te están esperando. Sostenía en la mano una pipa de madera que conjugaba bien con la americana y la perilla; con el tiempo llegué a la conclusión de que ese hombre era quien más sabía de literatura en el edificio. Me indicó el piso y me sugirió que probara las escaleras. Interesante experiencia: nunca había subido por una escalinata tan cómoda. El desnivel de los escalones de mármol exigía un esfuerzo ligero, tan insignificante que uno llegaba a su destino con la impresión, no de haber subido, sino de haber descendido hacia alguna parte.

Me abrió la puerta una becaria que, más adelante, tendrá su propio anexo. Es un ejemplo exacto del deseo de ser vampirizado al que también sucumbí yo. La disposición de las habitaciones es importante. En esa época, Pynchones Books compartía el despacho con otras empresas. A pesar de que la editorial perteneciera a una familia adinerada y que el piso era de su propiedad, tan sólo ocupaba una habitación situada en el extremo derecho. Se entraba a través de una puerta de doble vano. Lo primero que uno veía era un balcón y dos ventanales luminosos. A la derecha, una mesa diminuta para la becaria. Y a la izquierda el espacio en el que concentraremos todos nuestros esfuerzos mentales hoy: una mesa de roble perpendicular a uno de los ventanales, presidida por una silla en la que yacía una joven de no más de veinte años que se presentó como la directora editorial. Me dijo que tomara asiento. A sus espaldas colgaban, enmarcados, emblemas y distinciones referidas a un hombre que, hasta donde alcanzaba mi percepción en ese momento, no estaba presente.

La directora me informó de los elevados estándares de nobleza y calidad literaria bajo los que se regía Pynchones Books y yo asentí con la esperanza de que empezáramos a hablar pronto de dinero. (No es que  sea un materialista destemplado. Es que no me gusta oír en boca de farsantes apologías de algo que ni siquiera comprenden). Asentí a todo y todo me pareció muy bien: Pynchones Books tenía que convertirse en el nuevo buque insignia del conocimiento cultural castellano y mis informes de lectura serían fundamentales para ello: el pedrusco primero, la grava inicial que más tarde podría convertirse en piedra y, por la coniunctio, en roca tostónica, libro.

La becaria se había deslizado a mis espaldas y había ocupado asiento en su mesita. Sentí desde el principio que las relaciones en ese lugar iban a ser, sobre todo, de servidumbre. La propia decoración así lo indicaba, con la disposición en forma de altar de sacrificios de la mesa de la directora y, por otro lado, la mesita de becaria en una sórdida esquina arrabalera. Mi propio asiento se hundía en el suelo y me obligó a levantar la cabeza para poder observar bien a esa mujer, cuyo atractivo y juventud no podía explicarse en términos físicos.

No quisiera perderme en ordenadas descripciones de las partes del cuerpo y de la cara para tratar de explicar por qué eso se sentía de esa manera. Los vampiros bien alimentados, y ella era un vampiro de la cuarta clase (Vampiro Psíquico con Intención), rebosan de tal cantidad de energía vital que por definición parecen jóvenes más allá de sus rasgos. De hecho, llegado el caso, los vampiros de este tipo pueden “gastar” una parte de energía vital en lo que Konstantinos definió como un Vampyrcraeft. El exceso de dicha energía puede servir para poner en práctica determinadas habilidades, entre las que destacan la capacidad de transformación de la materia, la fuerza hipnótica, la capacidad de penetrar en los sueños ajenos o el poder disponer, en un momento dado, de fuerza y velocidad extremas. El Vampyrcraeft no es habitual porque deja exhausto al vampiro. En referencia a mi primer encuentro con la directora, creo que efectuó un Vampyrcraeft sofisticado sobre mi persona, porque cuando salí del despacho ya con un cargamento de manuscritos que leer y juzgar, me di cuenta de que en ningún momento, aunque yo lo había deseado todo el tiempo, habíamos hablado de dinero, ni de pagos, ni de contratos.

Desconcertado, me senté en la terraza de un bar y traté de recapitular. Sí, habíamos hablado afablemente sobre las aspiraciones de la editorial Pynchones y luego… luego, ¿qué? Es significativo que el recuerdo tardara en aflorar. La directora me habló de su difunto padre. Me dijo que ese hombre, rico empresario dedicado al mundo del gas, había tenido aspiraciones literarias, que en más de una ocasión había salvado de la quiebra a grandes editoriales como Anaxagonia o Afelfi Editores (chungos enmascaramientos que nada pretenden enmascarar), y que había traducido a enfants terribles de la literatura francesa del XIX. Su fallecimiento prematuro le había impedido cumplir un sueño: fundar una editorial. De modo que ella, su hija, había creado Pynchones Books in memoriam. Lo dijo extendiendo la mano hacia los emblemas de la pared y añadió Todo lo que hago aquí, lo hago en honor a mi padre.

El vampiro difunto contra el que luché. El padre fundador. A lo largo de la entrevista, probablemente, estuvo sin materia apoyado en el hombro de la directora, acaso dictándole las palabras a pronunciar, iniciándola por su inexperiencia y juventud en los arcanos del Vampyrcraeft, considerando, claro, que yo iba a ser una presa fácil. Porque eso era en ese momento. Un pelele que había hecho de la pretensión una doctrina (anzuelo suculento para el vampiro). Ahora, pasados varios años tras esa obertura, el monoteismo de la consciencia se ha acabado. Aquí estoy, pues, cohabitando con el dios Pan de la pesadilla, escrutando cada gesto, cada acción, cada mirada, temeroso de no poder soportar ya otra refriega.

2 comentarios
  1. Toulosa
    Toulosa Dice:

    En efecto, yo también conocí el famoso piso y sede de Pynchones… Mas, te has olvidado de mencionar al botones de ascensor Ramiro, personaje siniestro donde los haya. Mis frecuentes visitas a los seguros deportivos Tirit-as también afincados en el mismo piso me dieron oportunidad de observarlo a grandes rasgos durante el trayecto de venticinco segundos que separaba la entrada del portón. Malogrado el día en el exigió mis bragas con cierto ademán aristrocrático

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  2. Can Sanç
    Can Sanç Dice:

    ¡Querríamos ya una enciclopedia general de los vampiros! De cariz literario, a ser posible, que se borde el fenómeno y dé soluciones concretas para defendernos, incluso de nostros mismos.

    Responder

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