Vidas minúsculas III

vidas minusculas 3

Alguien me habló de la historia de un niño que quedó huérfano. La madre, rubia bailarina y hermosa paseante, amenizaba todas las tardes de los parroquianos de la Rambla. Ella se casó joven, a los veinticuatro, con un hombre poderoso de la ciudad, un industrial que poseía galerías comerciales y fábricas de harina. El poder de la seducción de los escaparates y la silenciosa maquinaria de todos los panes de la ciudad. Él tenía treinta años más que ella y ya se abocaba a la muerte alcohólica de los que se han casado tres veces en vano y no han sabido lo que es la felicidad.
Su declaración de amor a la bailarina fue material, ni siquiera verbal: construyó un salón de baile para ella, con parquet, barras, extensión suficiente para realizar giros y pasos difíciles. Y se casaron. Poco después nació el niño del que me hablaron. Nadie supo resumirme las noches de ese amor, los días apacibles en los que probablemente no ocurriera nada más que el desayuno y la cama, y sólo me hablaron del conflicto. Y el conflicto era simple. Siendo este industrial ya mayor, una persona elegante y rica, suscitó también las pasiones de la suegra ya viuda.
Imagino ahora las comidas familiares como un triángulo difícil de tenedores y cuchillos, con la esposa y la suegra ofreciendo simultáneamente al hombre de la casa, con manos desigualmente viejas, ensaladas y vinos, coliflores asadas, cualquier cosa que pudiera ofrecerse y ser comida. Y luego miradas de amor hacia él y de odio entre ellas. Silenciosas comidas, mezcla de cabellos enmarañados sobre la mesa que alguna de las dos acabaría limpiando concienzudamente, y al final de las veladas intentos de la suegra por permanecer en la casa, intentos vagos y frustrados: la bailarina era la elegida para pasar las noches del hombre, y de esas noches nada se sabe excepto que surgió un hijo. El niño del que me hablaron.
Muchos recuerdan aún a la feliz y taciturna pareja paseando por Las Ramblas. Cuántos cines quebraron entonces por falta de espectadores, cuántos prefirieron ocupar cada tarde las míticas sillas de Las Ramblas para observar el puntual tránsito de aquella pareja; cada vez que me han contado esta historia han ensalzado específicamente la innombrable belleza troyana de la bailarina. Y mientras tanto la suegra lamentándose, furiosa, en la casa oscura de la viudez, tejía y entretejía el futuro de una venganza redentora.
Pero el dolor, como casi siempre ocurre, llegó cuando nadie lo esperaba. El viejo industrial murió repentinamente a los cuatro años de matrimonio. El nombre y las características de su enfermedad han sido silenciados. Fue el riñón o el hígado lo que causó el colapso. Pero aquí sólo cuenta la rapidez, la fulminación del relámpago que lo separó todo. Imagino a las dos viudas, madre e hija, llorando con diferentes pero iguales intensidades junto a la tumba de piedra. El concurso de los llantos y las lamentaciones, como si eso definiera quién amó más o quién mereció más. Y detrás, un carrito con un niño de tres años con la vista puesta en el cielo azul.
Los hechos fueron estos: hubo un juicio, una acusación, la abuela contra la madre por la custodia de ese niño. Por algún motivo y contra todo pronóstico, la abuela ganó el juicio, obtuvo la custodia del nieto. Hay una carta oculta en esa victoria: nadie supo decirme por qué la madre se vio despojada de lo único que había engendrado en vida al margen de bailes y fulgores en ojos ajenos –que yo supiera-. Sólo sé que poco después ella se fue lejos, hacia las islas, sin despedirse de nadie, aceptando el veredicto como quien acepta un castigo merecido. Ni siquiera los conflictos conservan su memoria. Se subliman y ocultan, se silencian y también desaparecen con la aceleración de los años.
Después el niño siguió creciendo con la abuela, a la que cada día veía trabajar en una pequeña herboristería del centro, sin paseos ni ostentaciones, ni belleza digna de ser admirada. Y de vez en cuando aparecía una fotografía de su madre en los periódicos. De su madre que ahora triunfaba lejos, en otros teatros, otras óperas, donde la única acusación podía ser la del público. El niño observaba la fotografía de su madre sin reconocerla, pensando, quizá como los demás: qué hermosa es esta mujer, sin saber que se trataba de su madre, porque su abuela callaba y, cuando le era posible, arrancaba las páginas del periódico antes de que nadie llegara.
Hasta que un día cualquiera, años después, una mañana de invierno, alguien abrió la puerta de la herboristería. La abuela y el niño, ya crecido, ordenaban los brebajes en las estanterías. La abuela enmudeció. Por la puerta acababa de entrar la hija, ligeramente envejecida, pero no lo suficiente, aún, para resultar irreconocible. La madre y el niño estuvieron mirándose. Eres la bailarina de los periódicos, dijo el niño. Y también soy tu madre, contestó la mujer, o así de melodramático prefiero imaginarlo.
Durante todo el tiempo que duró ese encuentro hubo una distancia física que no llegó a romperse. La abuela se retiró a sus aposentos, furiosa. La madre y el hijo hablaron, quizá con monosílabos, y al final la madre prometió volver con un regalo. ¿Qué quieres que te regale la próxima vez que venga a visitarte?, le dijo al niño. Él, sin pensárselo dos veces, dijo: una máquina de fotos. Y, así, se despidieron.
El niño había pedido una máquina de fotos. Quizá porque de su pasado no le quedaba otra imagen que la de un cielo azul, sin nubes, el día del funeral de su padre, pocos meses antes de la huida de su madre.
Pero la madre jamás volvió con ese regalo. Jamás volvió a saberse nada. Sin embargo, en una sobremesa, alguien la recordó y supe de ellas. Como quimeras, como pequeñas mitologías, se habla de los que se fueron y no volvieron. Y recuerdo también que, ese día, mientras me lo contaban, mi padre callaba en una esquina y miraba por la ventana. El cielo azul. Mi padre, al que desde niño siempre le gustó la fotografía.
Para hablar del pasado no es necesaria la precisión, pero sí el orden.

2 comentarios
    • farmer
      farmer Dice:

      El ataúd puede colocarse tanto en horizontal como en vertical. También es posible incinerarlo sin perjuicio del alma. Pero uno no puede dejarlo tirado en el salón, o en el armario de casa, eso está claro. Orden

      Responder

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