Who’s Your Daddy: el duelo padre-hijo

whos your daddy

Hay que decir que no soy psicólogo ni entendido en ciencias de la mente, y que todos mis estudios al respecto son autodidactas. La especulación fuera del laboratorio es de naturaleza siempre apócrifa (Latour, 1976): no quisiera que le otorgaran a la experiencia que aquí reseñaré un estatus distinto al de anomalía, o bien el de producto diletante. Pero sí es cierto que lo que aquí se va a narrar, tuvo efectos en la -no sé cómo llamarla- realidad física, y que existe literatura al respecto en cualquier estudio sobre la representación, la mímesis, y el otro.

Hace unos meses descargué un curioso videojuego indie (un sólo programador financiado por 187 personas que aportaron en torno a 2.500 euros para el desarrollo) titulado Who’s Your Daddy. Se trata de un multijugador local en el que sólo hay dos personajes: un padre y un bebé.

Se juega en pareja: uno adopta el rol del padre y otro el del hijo. En cuanto a la mecánica, ya desde el primer momento vemos que es de naturaleza Carmageddon (sin piedad): el bebé tiene como objetivo matarse y el padre debe impedirlo como sea. Si adoptamos el papel de bebé, apareceremos en primera persona en el suelo. Podríamos por ejemplo introducir los dedos en la corriente eléctrica y matarnos, o bien abrir la bañera y ahogarnos en ella. El escenario es una casa cualquiera (dúplex), y se ha diseñado de tal manera que existan múltiples caminos para el suicidio (lanzarse por las escaleras, cocinarse en la vitrocerámica, beberse el detergente de la lavadora…). Por su parte, quien encarna la figura del padre, dispone de determinadas habilidades para contrarrestar las posibilidades suicidas del bebé. El padre puede, por ejemplo, tapar las tomas de corriente, colocar el detergente sobre estanterías inaccesibles, evitar el acceso a la bañera, etc.

Probé Who’s Your Daddy con un amigo. Lo pasamos bien (existe un perverso placer en los videojuegos donde se permiten toda clase de transgresiones), pero mientras combatíamos -ahora yo era el padre, ahora el hijo-, pensé: ¿qué pasaría si jugara a esto con mi padre? No fue un pensamiento trivial: nada más imaginarme la escena de una posible partida a Who’s Your Daddy, empezó a parecerme aburrido seguir jugando con mi amigo. Lo que pensé fue: Si invito a mi padre a jugar a esto, y le obligo a tener que salvarme, quizá pueda hacerle sentir mucho más de lo que he logrado hasta el momento.

Al día siguiente invité a mi padre a casa. Antes, repasé algunos gameplays para mejorar mi juego. Decidí que, una vez le hubiera enseñado los rudimentos básicos (movimiento, cámara, acción), representaría los mismos pasos suicidas que aparecen en el vídeo oficial de Who’s Your Daddy (en efecto, ya pensaba entonces en que, de todo aquello, podría surgir un texto):

Padre y yo, pues, en el estrecho sofá de mi casa, ante la pantalla que él mismo me regaló en un señalado cumpleaños. En pantalla, Who’s Your Daddy. Él ya se maneja bien con el mando. Yo, por supuesto, vengo bien entrenado: juego desde mi portátil.

Empieza la partida. Padre se mueve nerviosamente por el salón y entra en la cocina en busca de utensilios. Sentado en el sofá, junto a mí, me dice: No te lo voy a poner fácil, muchacho. Mientras él está ocupado protegiendo los enchufes, entro en la cocina sin que me vea y doy un rodeo por la encimera. Mi objetivo, el horno. Padre está sentado en el borde del sofá, inclinado hacia delante, y maniobra con el mando y la lengua al mismo tiempo: ahora te quito los cuchillos y cubiertos, y luego la basura… Sigue absorto en sus tareas y no se da cuenta de que he rodeado la encimera y he abierto el horno. Lo pongo en marcha y entro en el horno. Cierro el horno. Empiezo a morir. Padre ha terminado de revisar la basura y, al darse la vuelta, me ve en el interior del horno. ¡Sal de ahí!, dice -no acaba de ser un grito-, y apaga el horno y abre el horno. Yo enciendo el horno y vuelvo a cerrarlo. Él vuelve a apagarlo y a abrirlo. Forcejeamos en el videojuego hasta que decido cambiar de estrategia. Él resopla creyendo que se ha anotado una victoria. Y así seguimos, yo con la firme intención de matarme y él, de salvarme. Cuando evita que me beba el Mistol o me ahogue en la bañera no percibo en él ningún disfrute. Tal y como lo pienso, le obligo a hacer explícito en el juego lo que nunca ha manifestado en el mundo real. Intento encender unas velas y quemarme, abro la ventana por la que arrojarme al vacío. Busco la muerte y él, por lo menos aquí, está obligado a salvarme de ella.

¡Ah, cómo ha cambiado desde entonces mi amado padre! Es otra persona. Ya cuando nos despedimos, ese día, tenía en la mirada una mezcla de turbación y extrañamiento. En la última partida, habíamos intercambiado los roles. Yo había tenido que cuidarlo y evitar su muerte. Para ganar algunos puntos más, tuve que recoger sus juguetes y ordenarlos, colocar en estanterías elementos peligrosos, cubrir enchufes. Había un aura de presentimiento. También mi mirada, cuando nos despedimos, contenía turbación y extrañamiento.

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