“Un bosque cuyo incendio se ha extinguido”, de Aldo Urbano

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Este año he aprendido varias cosas importantes. Entre ellas, que el arte de “los otros” tiene siempre sus particulares y personales claves de lectura. La primera exposición de Aldo Urbano que visité tuvo lugar en el pasillo de una casa privada (en una notable galería de arte llamada El Passadis). Grandes lienzos prácticamente monocromos colgaban en medio del pasillo y lo partían en dos. La iluminación rebotaba en los lienzos y proyectaba su luz contra las paredes. Un gran tubo de plástico -probablemente sacado de una obra- se enroscaba a lo largo del pasillo generando una espiral. Quedé altamente desconcertado y como no entendí nada no puedo decir que aquella obra me gustara. Poco después, en un fin de año multitudinario, volví a toparme con Aldo, esta vez cara a cara. Era ya la mañana del día 1 de enero. Acabábamos de despertar. Un grupo de personas desayunaba al fresco en el jardín. Cuando salí para servirme una taza de café, encontré la pálida figura de Aldo arrodillada en el suelo. Estaba construyendo un muñeco de aspecto ciertamente diabólico con partes de la cena de fin de año. Me serví el café y me dediqué a observarlo detenidamente sin que él se diera cuenta. Al mirar a Aldo junto a su muñeco, pensé en una figura juglaresca, en un ser de alta y desbocada imaginación, también se me apareció la figura de una selvática cabra de montaña. Símbolos extraños que me dejaron todavía más desconcertado.

El azar quiso que Aldo y yo coincidiéramos en otras situaciones. Había amigos comunes que, indirectamente, nos acercaban de vez en cuando. Las primeras conversaciones que mantuve con él fueron, por ambas partes, tanteantes y fantasmales, altamente abstractas y sin finalidad. Reinaba la concordia y una afinidad subyacente. Un día hablamos de los ocultos monjes que levitan en el Tíbet. En otra ocasión, nuestra conversación versó sobre cómo Aldo había sido expulsado, debido a una fatal conjura funcionarial, de su estudio de pintura. Una tercera vez se habló profusamente de una bacteria estomacal y sus inefables poderes. Tales conversaciones eran redondas y autosuficientes. Nacían y morían con una carga de información trascendental para ambos, pero quedaban en el aire como inciertos islotes (tropicales y gustosos, sí, pero solitarios islotes). Fue en uno de esos encuentros cuando extrajo de su colorida mochila un manojo de papeles y mostró por primera vez su cómic Un bosque cuyo incendio se ha extinguido.

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Al ver unos papeles no sólo dibujados, sino también escritos por él, los reclamé con avidez: el misterio podría ser desvelado. Aldo se dedica a la pintura y a la escultura, así como al arte conceptual en general, de modo que verlo en un terreno común, el de la escritura (aunque fuera en la forma mixta del cómic), me pareció un camino posible para el entendimiento. Al hojear los papeles, encontré símbolos familiares que ya había visto en sus pinturas, o que habían aparecido en algunas conversaciones: espirales, ascensión, llamas ardientes, joyas sucias, monjes tibetanos levitantes. Algunos dibujos interpelaban claramente al lector (y yo creí que con justicia me interpelaban a mí):

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Un bosque cuyo incendio se ha extinguido cuenta la historia de un joven artista que pretende iniciarse en el mundo del arte siguiendo la estela de su ídolo, el pintor desaparecido y oculto “El Errante”. Dos motores mueven a este personaje: la ambición de gloria entendida en el sentido antiguo, y el ansia de conocer, acceder y representar a través del arte los misterios ocultos de la realidad. El camino más difícil. Ya desde los primeros compases se presenta un estilo bíblico-mitológico (de muy alta calidad literaria, en mi opinión: el dominio del castellano y de su prosodia es notable. Hay una adjetivación al estilo Josep Pla -según se ha dicho) forjado en sucesivas sentencias y dibujos de trazo simple y parcialmente alucinatorio. Sin embargo, nuestro personaje es un artista desconocido y todavía desorientado en el mundo del arte y las galerías.

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A partir de la revelación inicial, nuestro artista busca acceder al mercado del arte. Primero, realiza un complejo estudio piramidal de cómo los artistas ascienden y decaen en su propia gloria artificiosa. A continuación, decide espiar al galerista de “El Errante”, su ídolo.

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Naturalmente, este individuo ya desprende en su rostro de mirada fija y centrada el horror vacui, la codicia y el sentido estratégico que caracteriza a la mayor parte de galeristas insertos en el circuito del arte. Se muestran los intentos vanos de los artistas por acceder a ese mundo caprichoso y cambiante. Acceder al galerista implica acceder al circuito. No hay otra posibilidad:

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Estas viñetas pertenecen a la primera parte del cómic. Fue lo que Aldo me mostró de manera desordenada en el encuentro que marcó un cambio en el rumbo de nuestra relación. Me entusiasmaron. Muchos de los motivos pictóricos abstractos de Aldo aparecían ahora bajo el yugo de una narración, insertos en espacios parcialmente realistas, y adquirían sentido para mí. Recuerdo que cuando pagamos las consumiciones -el primer intercambio de viñetas se produjo en un sórdido bar de Pep Ventura-, Aldo extrajo de su mochila todavía colorida un libro sobre el Tíbet, obsesión ya recurrente. Recuerdo cómo me habló de las extrañas y ocultas prácticas de los recónditos monjes del Tíbet, y vi cómo ardía en su expresión el manifiesto deseo de alcanzar, por la vía del arte, tales conocimientos, y cómo todo aquello estaba centrifugándose de alguna manera en la obra (hay una parte dedicada a misteriosas prácticas tibetanas relacionadas con daimones):

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No quisiera revelar la trama de Un bosque cuyo incendio se ha extinguidopor eso escojo imágenes azarosas y una aproximación poco ortodoxa. Respecto a ella, sólo quiero mencionar que no siempre es todo lo ágil que se desearía (falta cierta habilidad para equilibrar algunas partes de transición). Pero también hay que tener en cuenta que se trata de una obra autoeditada que no ha tenido detrás la figura de un editor (quien rápidamente habría visto sus pequeños defectos de estructura, quiero creer, y que en todo caso son defectos poco importantes, así como algunos y dispersos errores de ortografía).

Después de que Aldo me mostrara sus viñetas primerizas, pasaron algunos meses hasta que, finalmente, me decidí a escribirle para proponer un encuentro a solas. Yo pensaba lo siguiente: ¿cómo puede ser que su arte me resultara tan ajeno y estas viñetas, en cambio, removieran mi espíritu frío? Tenía algunas hipótesis. En aquella época me habían encargado la corrección de una biografía de Joan Miró, pintor al que, en principio, detestaba. No entendía el sentido de sus cuadros, ni siquiera de las etapas primerizas, más figurativas, y tampoco le veía la gracia de forma intuitiva. Cuando acabé de corregir la biografía, mi opinión era otra: amaba a Miró y a su pintura. La hipótesis era esta: “Lo juzgas todo a partir de tu propia noción y de tu propio alcance perceptivo. Y no te enteras de nada”. Allí donde antes, en Miró, había visto manchas de colores sin sentido, ahora veía la manifestación afásica de un genio del lenguaje extraviado. Al unificar los dibujos de Aldo con fuentes escritas de su propia mano, pude ampliar de la misma manera mi campo perceptivo y comprender mejor los símbolos manifestados pictóricamente. ¡Ah! ¡Qué ingenuo he sido durante 31 años, y cuánto sigo siéndolo: ser libresco, tan abatido como abatible!

En el cómic de Aldo, aparecen varios motivos recurrentes también en su pintura, tales como las formas en espiral, las esferas rotatorias, las líneas de dirección, los remolinos y el fuego. También se presenta su estilo rápido, en apariencia fruto de lo espontáneo, nervioso, donde el trazo es tan agresivo como el texto. No voy a hacer ninguna mención específica a la trama: sólo puedo decir que incluye engaños, giros imprevistos, misticismo, delirios, esclavitud, viajes y más. En términos llanos: es comercial y “engancha”. Quiero fijarme, en cambio, en los leitmotivs simbólicos que la vertebran, porque son los que unifican mi comprensión de este artista.

Si tomamos, por ejemplo, la figura de la espiral, no se puede evitar su sentido macrocósmico: en la tradición jeroglífica egipcia la espiral designa las formas cósmicas en movimiento. La encontramos también en vau hebreo. Como forma, la espiral puede encontrarse de tres maneras diferentes; creciente (hacia arriba), decreciente (esto es, un remolino) o petrificada (la clásica concha de caracol). La figura creciente es solar y positiva, las otras dos figuras son lunares. La espiral tiene un sentido tanto de creación y ascensión como su contrario. La encontramos en su sentido de creación, movimiento y desarrollo progresivo en el cetro del faraón egipcio o en el lituus de los augures romanos, aunque en gran cantidad de culturas ancestrales también es forma clave (por ejemplo, según la tribu Barambara el demiurgo creó el mundo tras estirarse y formar una hélice cónica: muchas más aproximaciones a la figura de la espiral y una completa teoría al respecto las encontraréis en una lectura fundamental: El molino de Hamlet, de G. De Santillana y Hertha Von Dechend). Esta figura, en el cómic, adquiere diversos sentidos: en el contexto narrativo de un artista que toma su tarea como un camino de aprendizaje, pero también en la representación sinestésica del planteamiento estructural de la obra (esto es, que la representaciones espirales corresponden en su forma y concepción simbólica a los altibajos de la trama, junto con la representación del fuego de diferentes maneras como elemento de creación y destrucción en la carrera creativa del artista). Otros motivos recurrentes como los mencionados (el propio fuego, por ejemplo), adquieren la misma hondura y profundo sentido simbólico en el terreno híbrido del cómic, y se amoldan a los tonos narrativos: la imagen acompaña sensorialmente al texto.

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No existió símbolo más importante en el antiguo Egipto que la mirada del dios-sol Ra. Su ojo -el sol- era creativo; su visión era la vida misma. Siglos después, 300 a.C, Euclides sostuvo la doctrina del rayo visual, basada en sus estudios geométricos: para ver, nuestro ojo proyecta un rayo sobre el campo de visión. Poco antes, Empédocles había defendido la imagen del ojo como la de farol. De alguna manera, en la antigüedad regía la idea de que era el ojo el que emanaba y no el que recibía. La representación solía asociarse a la espiral y al motivo del fuego. En el cómic se relaciona el ojo con los daimones tibetanos.

Puede decirse, en esencia, que Un bosque cuyo incendio se ha extinguido es tanto un manifiesto / bildungsroman como una guía de lectura para comprender la extrañísima obra pictórica y escultórica de Aldo Urbano. Cuando, en el interior del cómic, el propio artista realiza una exposición con el galerista, lo que vemos son obras reales y expuestas de Aldo, en las que ya se ve un tratamiento particular de las formas (y los colores, ausentes en el cómic, cuyo tratamiento merecería un aparte especulativo):

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En nuestro primer encuentro a solas, Aldo y yo nos perdimos en elucubraciones alejadas de la realidad fáctica y convencional, y vi que su manera de ver las cosas no tenía la cualidad constructiva de la narración, sino de la forma prefigurada, muchas veces imposible de traer a colación con meras palabras. Yo quizá aportaba anécdotas y hechos, y él aportaba visiones, sentidos, efectos sinestésicos visuales por la vía verbal. No todo lo pueden expresar las palabras. Desde la primera vez que vi una de sus obras, tiempo atrás en aquella galería llamada El passadis, se había operado en mí un proceso completo de comprensión y acercamiento natural a este artista al que invito a conocer sin los prejuicios que yo mismo me impuse inicialmente. Así pues, puede leerse esta reseña como la historia de la formación de una amistad, y de un canal significativo que, inicialmente, estaba vedado. Ahora, cada cierto tiempo, nos escribimos un escueto mensaje que suele poner: “¿Quedamos para seguir nuestra conversación?”. Llevamos ya cuatro encuentros inmersos en una misma espiral ascendente hacia la entelequia, y de esa rareza nace el gusto: el gusto por encontrar cosas realmente diferentes. Un bosque cuyo incendio se ha extinguido es diferente

 

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