memoria de elefante lobo antunes

El peso enorme de sus defectos dentro

Ella había sido la primera persona en amarlo entero, con el peso enorme de sus defectos dentro. Y la primera (y la única) que lo había estimulado a escribir, pagara el precio que pagase por esa casi tortura sin finalidad aparente de meter un poema o una historia en un cuadrado de papel. Y yo, se preguntó, ¿qué hice yo verdaderamente por ti, en qué intenté, de verdad, ayudarte? ¿Contraponiendo mi egoísmo a tu amor, mi desinterés a tu interés, mi retirada a tu combate?

– Soy un miedica pidiendo socorro -le dijo al amigo-, tan miedica que no me sostengo en las piernas. Pidiendo una vez más la atención de los demás sin dar nada a cambio. Lloro lágrimas de cocodrilo gilipollas que ni a mí me ayudan y tal vez sólo estoy pensando en mí.

– Intenta ser un hombre para variar -respondió el amigo enganchando al hermano Marx por la manga para pedirle un café doble-. Intenta ser un hombre aunque sea un poquito: puede ser que te sostengas en el columpio

Antonio Lobo Antunes, Memoria de elefante

john cheever fragmentos del diario

John Cheever – Diarios

Durante el año siguiente, hizo muy poco aparte de mantener su correspondencia y llevar una vida ociosa en su agradable casa de campo junto al río Hudson. Sólo escribía para llevar la cuenta del alcohol que bebía. “Primer vaso a las nueve y media -apuntaba-. Esta mañana he aguantado hasta las once y veintidós”. Algunas anotaciones eran más largas. “Esta mañana me he sentado en la sala a las nueve y media para leer el Times del domingo. Disturbios en California. Desnudos en el teatro. Ávido de beber una copa pero resuelto a no hacerlo hasta que Mary salga de la cocina. Quería una ginebra con tónica. Prestaba más atención a sus idas y venidas que a las noticias del periódico. ¿Había hecho las camas? Subí a mirar: sí. Había ropa en la lavadora. Cuando la máquina concluyera el programa, saldría a colgar la ropa y entonces tendría la oportunidad de introducirme furtivamente en la despensa. Pero cuando terminó de arreglar las flores, dejó los floreros sobre una mesa y se puso a pelar huevos duros. ¿Por qué lo hacía? Estábamos invitados a comer a casa de los W., ¿para qué queríamos huevos duros? Pero seguía pelando huevos y mi sed aumentaba. Cuando terminó, la lavadora acabó el programa. Sacó la ropa del tambor y la puso en un canasto. Yo estaba preparado para entrar en la despensa, pero no salió a colgar la ropa. Entró en la sala -yo esperaba que subiera-, pero advirtió una mancha en una ventana, volvió a la cocina en busca de un trapo y el limpiacristales, y limpió la mancha. Volvió a la cocina y vi con horror que desplegaba la tabla de planchar. Casi nunca plancha, y su gesto me pareció contrario a la moral. Supuse que repasaría el vestido que pensaba ponerse para la comida. Pensé que no tardaría más de cinco minutos, pero era más de lo que yo podía esperar. Por eso, a la vista de mi esposa, del mundo entero, entré en la despensa y me preparé una copa. Faltaban dieciocho minutos para las once.
John Cheever, Diarios, 1969.