Democracy 3: Africa, o el triunfo del Imperio

Tras nuestro rato de estudio entre papiros, acabamos la tarde con una ronda de Mezcal en el bar de la biblioteca. Allí, con la prohibición expresa de hablar de manuscritos o de otros siglos que no sean el nuestro, acabamos siempre hablando de política.

Desde que conozco a mis dos compañeros librescos -cuya identidad no puedo revelar- el cierre de la velada es siempre un cierre invectivo. Hablamos mal del gobierno, de la falta de profundidad en la retórica parlamentaria, señalamos graves errores legislativos, diplomáticos, sociales; en definitiva: la decadencia general del país desde nuestra perspectiva de exploradores del papiro. Por otro lado, también tenemos la certeza de que sabemos cómo habría que hacer las cosas, sabemos con total certeza que tal o cual ley lo mejoraría todo, con total certeza sin duda sabemos también que nosotros lo haríamos mejor y en la miserable terraza del bar de la biblioteca con total certeza nos asentimos mutuamente regodeados en nuestra inteligencia. Eso mismo estaba ocurriendo hace unos días cuando, desde la mesa contigua, un extraño paralítico nos habló: “Vosotros os creéis que lo sabéis todo, pero yo os voy a demostrar que sois tan fanfarrones como los demás”. Hizo un gesto para que lo siguiéramos, se extrajo de la mesa con un impulso rodado hacia atrás y se encaminó por la rampa de nuevo hacia la biblioteca. Lo seguimos intrigados. En el interior, nos reunió en torno a su mesa, donde había un ordenador portátil, y dijo: “En la próxima media hora, seréis presidentes de la República Tunecina”.

democracy africa

Pequeñas humillaciones de biblioteca. El misterioso hombre nos dijo que tenía un juego en el ordenador, Democracy 3: Africa, en el que uno podía poner a prueba sus dotes de liderazgo como presidente del gobierno. Un juego de gestión. Nos dijo: “Os he escuchado hablar y parece que sabéis qué es lo que hay que hacer para que un país vaya bien y su población sea feliz. Ahora vamos a comprobarlo”. En ningún momento nos opusimos a su maniobra porque enseguida nos llamó la atención la interface del videojuego (imagen arriba). La mecánica es la siguiente: en Democracy 3: Africa, eres el presidente de un país africano. El objetivo, ser reelegido al final de la legislatura, si es que logras acabarla. Para ello, dispones de un “capital político” que te permite promulgar leyes, subir o bajar impuestos, lidiar con el terrorismo, privatizar las pensiones… lo que a uno se le ocurra. El juego pretende ser un simulador político realista. En el centro de la pantalla se muestran los “tipos de votantes”, reunidos en grupos como “jóvenes, mujeres, motoristas, capitalistas, liberales…”. Una sola persona puede pertenecer a varios grupos (joven, mujer, urbanita, por ejemplo), y cada cambio político que hagamos tendrá influencia positiva o negativa tanto en los votantes, como en el área de acción a la que se enfoque (todos los iconos redondos que hay alrededor del panel de votantes). Por ejemplo, si subimos las pensiones, perderemos fuerza de voto entre los capitalistas pero la ganaremos entre los ancianos y los socialistas. La subida de pensiones, a su vez, afectará a nuestro producto interior bruto y al nivel de salud nacional, entre otros. En conjunto, las variables interrelacionadas son tantas y tan precisas que la simulación alcanza notables cotas de realismo, según pudimos comprobar aquella tarde.

Ahora podréis poner en práctica vuestra sabiduría de bar como presidentes de Túnez. ¿No puede ser España?, pregunté, a lo que el hombre contestó que España no había sido incluida en el juego. De modo que: Túnez. Nos sentamos delante del ordenador y él se colocó a un lado, nos explicó las mecánicas básicas (es muy simple) y se quedó con los brazos cruzados y a la espera de nuestro fracaso -por lo menos esa era la proyección que quedó de su gesto en la cara-.

Lo primero, repasar la situación de Túnez en el presente para, a partir de allí, tomar decisiones. Al empezar la partida el juego te informa: los principales problemas de Túnez tienen que ver con 1) Los sintecho 2) la Salud pública 3) la educación 4) el creciente crimen organizado 5) la economía no modernizada. A priori, con una gran mayoría de la población conservadora eminentemente rural, parecía difícil poder hacer muchos cambios, pero allí estábamos de pronto sumergidos en el juego, enchufados, como se suele decir, y con ganas de demostrar que podíamos resolver todos esos problemas, y más.

Como en el primer turno disponíamos de superávit presupuestario, aumentamos las becas universitarias (para aumentar la creación de especialistas) e instauramos una ley de control de los alquileres que no gustó mucho a la mayoría conservadora pero que sirvió para reducir el enorme volumen de sin techo. Al mismo tiempo, cuando se nos propuso retirar los pagos extra a los CEOs de las grandes empresas, decidimos que lo mejor sería mantenerlos para evitar problemas con las altas esferas de poder. Nuestra idea: cambiar un país haciendo concesiones a todo el mundo, incluso concesiones aparentemente negativas para determinado sector. En el segundo turno, aumentamos la producción de pretróleo en el desierto, cosa que nos dio más superávit. Con este superávit promulgamos una ley de subsidios a la micro energía renovable y fundamos un sistema de bibliotecas públicas. Por un lado mejorábamos el maltrecho sistema eléctrico del país (que sufría apagones durante el día que afectaban tanto a la población como a las empresas), como el sistema educativo gracias a la instauración masiva del libro.

Estos pequeños cambios de base empezaron a dar resultados en el tercer turno (cada turno es un trimestre o un cuadrimestre según se escoja): bajaba el volumen de sin techo y aumentaba el nivel educativo general, cosa que permitía el aumento de la productiva (hecho sumado al incremento de producción de petroleo y a los ingresos derivados). Puesto que la tasa de crimen era alta y ya habíamos hecho algunas actuaciones en otros ámbitos, establecimos aquí una ley básica de control de población: la instauración del Documento Nacional de Identidad. Es una medida que no gustaría mucho a los liberales, pero que nos ayudaría indirectamente con el crimen, al identificar y censar a la población. Con el capital político que nos sobró de esta importante inversión, abolimos la ablación del clítoris, ganándonos el favor, sobre todo, de las votantes mujeres.

En el cuarto turno, ya tras un año en el gobierno, los indicadores de pobreza bajaban mientras aumentaban los de productividad, educación, salud y hogar. Al mismo tiempo, con la instauración del DNI había descendido bruscamente el crimen y eso había provocado un aumento sustancial de los ingresos por turismo. Así que, con el superávit que seguíamos acumulando (y con el que íbamos enjuagando poco a poco una deuda pública razonable), promovimos subsidios a la industria tecnológica y creamos un fondo de control de calidad de los alimentos, lo primero para promocionar la economía, lo segundo para reducir el nivel insalubridad de la comida en el país. A estas alturas de vez en cuando nos girábamos hacia el hombre que nos había retado y con gestos elocuentes le mostrábamos en los gráficos del juego lo bien que estábamos gobernando a Túnez.

Estábamos tan lanzados y los indicadores eran tan favorables que introducimos en el quinto turno una ley de subsidios a los coches híbridos, y también un sistema más efectivo de prestaciones de desempleo. La inversión fue importante pero el dinero fluía y seguía habiendo superávit. En las encuestas con los votantes, poco a poco convencíamos a determinados sectores y perdíamos apoyos de conservadores y tradicionalistas. Las cosas no podían ir mejor. Hasta que llegó el sexo turno.

Entonces apareció un aviso conforme un grupo de feministas habían tomado las armas descontentas con nuestra actividad en favor de los derechos de las mujeres. Actuamos rápidamente con un gabinete de urgencia y con la inversión, a costa de algo de déficit, en dos campos importantes: planificación familiar e igualdad de género. Y como siempre que promulgábamos leyes avanzadas (y por lo tanto, rechazadas por una parte de la población) procurábamos ofrecer algo a cambio para los sectores descontentos. En este caso, los conservadores islámicos veían con malos ojos la igualdad de las mujeres, y los capitalistas lo encontraban, en su dimensión numérica, un gasto excesivo. Subimos subsidios que afectaran a esos dos grupos -o bajamos impuestos- y, entusiastas, pasamos de turno.

En el séptimo turno apareció un cartel repentino:

democracy africa

¿Cómo? ¿Qué pasa? ¿Asesinado? Pulsamos en Quit y, cierto, la partida había terminado. De nada había servido que tramitáramos dos leyes fundamentales en favor de las mujeres. Estábamos en la pantalla de inicio. Ha terminado, dijo el hombre desde su silla de ruedas: golpe de estado, asesinato, y fin de vuestra utopía en manos de las matriarcas.

¡Pero si todos los indicadores eran favorables! ¡La gente era menos pobre, tenía mejor acceso a la educación, a la comida, a los hogares, mejores transportes! ¡Había petróleo, subsidios, investigación tecnológica en África!, dijimos. Habéis sido borrados de un plumazo, contestó el hombre, ¿Queréis volver a intentarlo?

¡Por supuesto!

Tres partidas más hasta que cerraron la Biblioteca. Con Ghana, con Egipto y con Nigeria, y con alternativas admoniciones de silencio por parte de la bibliotecaria. En las tres partidas, tras ejecutar importantes reformas: asesinados por los liberales, las matriarcas de nuevo, o bien los yihadistas. El cartel “Assassination!” se repitió tres veces para nuestro gran desconsuelo y al final tuvimos que dejarlo cuando llegó la bibliotecaria alertando del cierre. El hombre cerró su ordenador y se dispuso a guardarlo en una maleta con cinto que había en el suelo. Al introducir el ordenador, aprovechó para coger un libro de la maleta.

Con este libro, nos dijo ese misterioso hombre antes de partir por un carril bici impulsado eléctricamente -no volvimos a verlo en la polvorienta biblioteca- comprenderéis por qué no es posible ser presidente de un estado nación y pretender que se puede alcanzar algún tipo de bienestar social con alguna clase de reforma. En vuestras partidas os han matado los terroristas. Pero si no lo hubieran hecho ellos, otros se hubieran encargado de ejecutaros más sutilmente. Blandió el libro en el aire, según recuerdo, y tomamos al vuelo la referencia. Lo compramos. Lo leímos con atención. Nos impresionó.

Ahora, en nuestro rato de asueto tras la investigación papiresca, ya no hablamos de política de la misma manera:

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Laberintos en la página web de la Agencia Tributaria

Llevo semanas evitando el tema porque el asunto que nos ocupa es grave. Hace posibles y efectivas las conspiraciones más extravagantes de la paraciencia, y de él sólo puede concluirse que estamos definitivamente solos y desamparados en este mundo. Una mañana mi padre me llamó para informarme de que había “llegado” una “carta negra de Hacienda”. Su tono lúgubre y sus posteriores recomendaciones financiero-telefónicas me hicieron pensar en lo peor. Fui hasta su casa esa misma mañana para leer el contenido de la carta negra. Impago del IVA en el trimestre tal del año cual. Mi padre posó su sólida mano de químico experimentado sobre mi hombro y dijo “si necesitas ayuda, aquí está la familia”. Yo, resistiéndome a aceptar ayuda alguna de nadie, guardé silencio ante el documento administrativo. Voy a comprobarlo próximamente, me limité a decir con rostro circunspecto.

De nuevo en casa, y ya totalmente atormentado por el requerimiento cuasi penal del estado, empecé a buscar información para saber cómo conocer la cantidad a deber y de qué manera proceder a pagarla de inmediato. Acerca de mi negligencia tributaria sólo puedo decir que, hasta la fecha, había cumplido con mis obligaciones. Esto era un descuido. Por Dios, esto tan sólo es un descuido, pensaba mientras me movía ardorosamente por la página web de la Agencia Tributaria, pasando de formularios a tutoriales inextricables. Una amiga mía me había dicho que se podían hacer los trámites cómodamente desde casa si uno solicitaba el certificado digital. Esa era la información que buscaba. Finalmente llegué a un formulario en el que se me daba un código. El código debía presentarlo en una delegación provincial para certificar que yo era yo y entonces podría descargarme el certificado digital y acabar de un plumazo, hoteleramente y desde casa, con la deuda con el estado.

Para obtener la certificación de que yo, efectivamente, era yo, debía pedir hora en la delegación. Eso hice tras dar tumbos en los diversos niveles de la compleja y sisifolítica página web de la Agencia Tributaria. Me dieron hora para diez días más tarde, diez días en los que recibí puntualmente llamadas de padre en las que, con voz ronca y apagada, anunciaba su apoyo incondicional ante mi bancarrota. El décimo día llegué media hora antes a la cita y pude certificar que en mi cuerpo estaba contenida adecuadamente mi persona. Una señora dio el visto bueno y felizmente volví a casa. En casa, entré en la dirección que se me indicaba en un correo y descargué el certificado digital. Lo instalé y accedí a la página donde efectuar el pago de deudas. Pulsé en “operar con certificado digital”, hice clic en “aceptar”, y saltó entonces un banner de aviso avisándome de que mi certificado no era suficiente. Volví a intentarlo y volvió a dar error.

Con tres cafés a cuestas entré en el mundo de los foros de dudas tributarias para que alguien me explicara por qué mi certificado digital no era suficiente. Al final encontré en la propia página web de la Agencia Tributaria una amable explicación: “Si su certificado digital aparece con un diploma y no con una llave en el icono, es porque no ha pulsado la casilla tal a la hora de descargarlo”. En esencia, no había pulsado una casilla y debía empezar de nuevo el proceso. Hice acopio de valor histórico y temporal y volví a pedir hora. Me la dieron hora al cabo de medio mes. Medio mes en el que recibí llamadas de mi padre, mi abuela y mis tíos en diferentes tonos de voz por lo general engolados, llamadas de contenido errante pero vigorosamente elíptico en torno al tema de mis impagos. Volví por fin a la delegación y la misma mujer volvió a comprobar que yo era yo para que mi código tuviera valor. Al regresar a casa inicié el proceso de descarga del certificado digital con sumo cuidado. Cuando llegué al punto crucial busqué la casilla que supuestamente debía pulsar y vi, casi sin sorpresa por la desconfianza natural que siento hacia el estado, que allí no había casilla alguna.

Entré en foros tributarios y comprendí que, de alguna forma, el problema era más bien de otra naturaleza. Al parecer, si pides el certificado con el navegador Chrome, tal y como yo había hecho, el certificado se descarga con diploma en el icono y no con llave, y por lo tanto no funciona. Para que uno pueda tener el icono cuasi sacro de la llave en el certificado debe utilizar Internet Explorer, o como mucho el navegador Firexox.

¡Pues muy bien!, me dije apuntando el cursor sobre Edge, la versión moderna de Microsoft Explorer para Windows 10. Realicé allí el procedimiento con lo que podría definirse un subidón de adrenalina por la pequeña gloria alcanzada, y descargué el certificado. Pulsé “abrir en carpeta contendora” y entonces…  el certificado volvió a aparecer con diploma en el icono. Tampoco había llave. El icono del diploma no garantizaba mi autenticidad de cara al estado para ejecutar trámites tributarios. Sólo la llave, nunca vista por mí, podrá darme el acceso a mis documentos postreros. Como ya había descargado el certificado y no podía volver a hacerlo, tuve que volver a empezar el proceso. Eso hice y al cabo de diez días que transcurridos en la especulativa miseria de quien es sustentado por los otros pero sólo de palabra, volví a certificar mi identidad para conseguir el certificado, volví a mi casa y realicé los pasos asignados y volvió a descargarse para mi espanto el certificado sin llave. Una vez más, el diploma, el icono de un papel con un diploma impreso pero no una llave, como ya uno esperaba lograr tras los sucesivos intentos. Así me puse a buscar otra vez una explicación, la razón práctica por la cual yo no conseguía de ninguna manera descargar el certificado. Ya lo había hecho todo en el mismo navegador, el procedimiento unificado en Firefox, compatible y bien adaptado. Así que, ¿cuál era el problema?

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el tercer policia efecto ideo motor

Efecto Ideo-Motor, o la bicicletez que hay en nosotros

El placer de poder escribir para los amigos. Hoy, el Efecto Ideo-Motor. Estaba yo un buen día leyendo el libro de Daniel Kahneman Pensar rápido, pensar despacio, cuando me llamó la atención la mención a un experimento clásico de John Bargh, de la Universidad de Nueva York. Kanheman lo cita para señalar cómo nuestra toma de decisiones está condicionada por los más insignificantes elementos, incluso aquellos que sólo procesa el nivel inconsciente. En el experimento de Bargh se les pedía a un grupo de alumnos de entre 18 y 20 años que formaran frases de cuatro palabras tomadas de un conjunto de cinco (por ejemplo, “amarillo”, “encuentra”, “lo”, “él”, “instantáneamente”). «De un grupo de estudiantes, la mitad de las frases formadas tenían mezcladas palabras asociadas a la ancianidad, como Benidorm, olvido, calvo, canas o arrugas. Cuando acabó la tarea, se envió a los jóvenes participantes a realizar otro experimento en un despacho situado en otra parte del edificio. Ese recorrido era el objeto del experimento. Los investigadores midieron discretamente el tiempo que se tomaron para ir de un extremo a otro del edificio». El resultado, sorprendente: los jóvenes que habían construido frases con palabras relativas a la vejez, habían realizado el trayecto al otro despacho más despacio que otros grupos de control que no tenían la carga semántica de la vejez en sus palabras.

pensar rapido pensar despacio kahneman

El experimento prueba cómo las palabras tienen un vínculo estricto con la fisicidad, por lo menos en el nivel motor. De ahí, efecto ideo-motor. Este efecto, de hecho, se ha podido comprobar en sentido contrario. Se le dijo a un grupo de estudiantes que caminara en círculo lentamente durante 20 minutos, y a otro grupo que caminara en círculo a velocidad superior. El grupo que caminó más lentamente tuvo mayor facilidad, a continuación, en la detección de palabras relacionadas con la vejez. Según Kahneman actúa aquí un efecto de priming en dos etapas que, por la abundancia y naturaleza de los campos semánticos o de las actitudes comportamentales asociadas con campos semánticos, nos conduce a actuar como viejos si hemos leído sobre la vejez y a reconocer la vejez si hemos actuado como viejos.

A partir de aquí, querría tomar un camino distinto al que toma Kanheman en el libro, quien se limita al ámbito de la toma de decisiones. Y quiero señalar esto: aunque en la contraportada se diga que es uno de los pensadores “más importantes del mundo”, me ha parecido una mente limitada, incapaz de manejarse fuera del registro y el objetivo que se había planteado a priori y, sobre todo, negligente ante la fuerza real y efectiva que tienen las ideas que no son fruto de la experimentación científica. Como científico, claro, diáfano y útil para mejorar nuestra estructura de pensamiento. Como pensador, poco más que pensador de chichinabo afincado en creencias y axiomas que llevan ya mucho tiempo puestos en duda. No se puede creer ya en este sórdido reduccionismo, muchachos.

Diría, en efecto, que ante el efecto ideo-motor podría decirnos mucho más otra persona. Se trata del escritor, novelista y pensador auténtico Flann O’Brien, quien desarrolló una teoría completa y quizá sin saberlo del efecto ideo-motor en su novela El tercer policía. Extraña novela fetiche que me proporcionó en su momento las más sonoras carcajadas y a la que ahora vuelvo con reverencia, pues O’Brien es un sabio hermético, una pieza complicadísima de misteriosismo que hay que examinar una y otra vez, continuamente si se puede.

el tercer policia flann o brien

La tesis principal de un personaje de la novela de O’Brien, un policía, es la siguiente: «La gente que pasa la mayor parte de su vida montando en bicicleta por las pedregosas ensenadas de esta parroquia llega a tener personalidades mezcladas con las de sus bicicletas. Se sorprendería del número de gente por estos andurriales que son mitad persona y mitad bicicleta a causa del intercambio de átomos».

En mi opinión, la teoría atómica de O’Brien se expresa como posibilidad no demostrada del efecto ideo-motor. Un addendum o extensión no contemplado por la ciencia al ser considerado extravagante. Según el policía de O’Brien, el propio contacto material operaría esta interferencia de la bicicleta en nosotros, haciéndonos en parte bicicletas. Según el efecto ideo-motor, podría decirse que la bicicletez estaría en nosotros por el propio hecho de montar a diario en bicicleta, de cuidarla, atarla, transportarla con nosotros, es decir, de mantenerla como idea circulante en nuestros procesos mentales. Pero si en el experimento de Bargh se especulaba con términos fácilmente comprobables en su transferencia semántica como vejez / juventud  // lentitud / velocidad, ¿Qué hay de las posibles transferencias en el orden extra-mecánico de la dimensión? ¿Qué porción y qué efecto tomaría en nosotros una presencia grande de bicicletez? ¿Cómo expresar y medir la bicicletez? O, por ejemplo, para quienes llevan ya unos años mirando el mundo a través de una pantalla. ¿Qué hay en la pantalla y en la pantallez o su naturaleza intrínseca que nos llena por su propia presencia? ¿Cómo expresar y medir la pantallez y qué efectos podría tener a largo plazo? O’Brien dice que quien es en más de un 50% absorbido por la bicicletez acaba «gran parte del tiempo recostado sobre un solo codo sobre las paredes». Y todavía lo lleva más lejos cuando opina que la bicicleta absorbe a su vez la humanidad, y que una bicicleta contaminada de hombre «es un fenómeno de gran atractivo e intensidad».

Especulaciones y más especulaciones mientras uno ve su sombrío funeral en una taza de té.

Parece, por otro lado, que O’Brien cifró en la mejor escena cómica que he leído, la mejor crítica al positivismo científico y su foco profundo, pero diminuto. La conversación con MacCruiskeen, un extraño hombre que ha fabricado el dardo más afilado del mundo. En un momento dado, este hombre le enseña al protagonista de la novela un pequeño cofre decorativo que ha esculpido con sus propias manos.

¡Es un cofre magnífico! El protagonista lo define como «demasiado hermoso como para hablar de él», «algo inefable». Es sin duda el mejor cofre que ha visto nunca. Pero la cosa no acaba aquí, dice MacCruiskeen. Cuando acabó de esculpir el cofre, se preguntó: ¿Qué contendrá en su interior? Y tras mucho cavilar (pensó en las cartas de su novia, en sus gemelos, en la placa policial esmaltada, en el lápiz metálico que había recibido como regalo), creyó que el contenido ideal de ese cofre iba a ser una réplica del mismo cofre en pequeño. ¡Pues cualquier otra cosa contaminaría la cofrez del cofre! Y abrió el cofre y se vio un cofre igual en el interior. Y, claro, ¿qué podía contener ese cofre dentro del cofre si no otro cofre? ¡Un tercer cofre idéntico y diminuto! ¡Y dentro del tercer cofre un cuarto cofre! Y así sucesivamente hasta llegar a un cofre atómico y por lo tanto invisible a los ojos, dentro de la sucesión de cofres.

¡Cuántas cosas podían caber en el primer cofre, y cuánta cofrez acabó por imponerse!

Al llegar a este punto tuve miedo. Lo que estaba haciendo ya no era maravilloso, sino terrible. Cerré los ojos y recé para que parara mientras hacía cosas todavía posibles para un ser humano. Cuando miré de nuevo, me sentí feliz de que no hubiera nada más que ver y de que no hubiera puesto más cofres sobre la mesa; estaba trabajando a la izquierda con la cosa invisible en la mano, sobre una esquinita de la mesa. Cuando se dio cuenta de que lo observaba, vino hacia mí y me entregó una enorme lupa que parecía una palangana sujeta a un mango. Sentí apretarse dolorosamente los músculos de mi corazón al asir el instrumento.

– Venga, acérquese a la mesa -dijo- y mire hasta que vea lo que se ve infraocularmente.

 

 

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Stasi, Orwell, Bach

El verano pasado estuve en el museo de la Stasi de Leipzig. Temible servicio secreto. En uno de los paneles de cartón escritos a mano se explicaba que, en 1989, por lo menos el 30% de la población de Leipzig había servido como informante de la Stasi para encontrar disidentes y ciudadanos hostiles al régimen. En un mapa cubierto de chinchetas se reflejaba cómo el órgano burocrático multiplicó su tamaño en pocos años hasta necesitar de decenas de edificios gubernamentales para sostenerse. Miles de trabajadores a la búsqueda del traidor. Se interceptaba toda la correspondencia, se pinchaban las llamadas, se atendía incluso a los chivatazos de los niños. El estado policial era completo y lo sustentaba el propio pueblo (bajo coacción, se entiende). No faltaba buena literatura doctrinal al respecto:

stasi servicio secreto

Tras la caída del muro se consiguieron rescatar los archivos diezmados de la Stasi (en gran medida habían sido destruidos). Cualquier ciudadano puede hoy en día comprobar cuál fue su status real a ojos del servicio secreto. Estadísticamente, todas las familias naturales de Leipzig cuentan con miembros que figuran en esos documentos. Se puede decir, en cierta medida, que la Stasi realizó una cobertura completa de la población. Y para ello, como se observaba en el museo, disponía de complejos métodos de espionaje perfeccionados a lo largo de tres décadas de crecimiento e inversión ininterrumpida: decenas de modelos de micrófonos, sets completos de pelucas y maquillaje para el noble arte del disfraz, elementos de extorsión, juegos de mesa doctrinales, elaborados uniformes con insignias y promoción sucesiva en la medida en que uno adoraba a la patria, cámaras fotográficas, teleobjetivos, salas de interrogación, sillas de tortura con sus lámparas potentes y cegadoras. Es normal, pues, que saliéramos algo atontados de aquel museo. Volvimos a la luz del día y al calor del verano dando pasos sin sentido. Recuerdo que queríamos comer pero éramos incapaces de decidir dónde: paseamos por callejones atestados de tiendas y restaurantes de las más pintorescas tradiciones culinarias hasta que, en los alrededores de la iglesia de Santo Tomás encontramos una larga cola de gente.

Concierto de Bach.

No habíamos comido pero daba igual. Nadie en su sano juicio debería perderse un concierto de Bach si se topa con él. ¡Ya comeremos!, dijimos con la misma desorientación de siempre, y pagamos nuestra entrada para escuchar al maestro interpretado en la iglesia en la que trabajó siglos atrás. En el interior se había congregado por lo menos medio millar de personas. Apareció un obispo y pronunció durante veinte minutos un discurso en alemán incomprensible. Pero luego, sonó Bach. Empequeñecido y avejentado por el ayuno escuché al maestro con los ojos cerrados. ¡oh, Bach! ¡Bach! ¡Qué gran tristeza siento al decir tu nombre! La interferencia se produjo en el momento culminante del aria 39 de la Pasión de San Mateo: abrí los ojos y miré a la gente. Ancianos. Viejos felpudos de rostro duro. La cabeza inclinada en gesto de expiación.

Al poco tiempo de regresar de nuestro viaje me hablaron de Orwell, un videojuego indie del vanguardista estudio alemán Osmotic Studios. El subtítulo de Orwell dice así: “Big Brother has arrived. And it’s you”. La referencia a la obra de George Orwell, 1984, es evidente desde el mismo título. Este es el concepto:

En el videojuego, Orwell es un sistema de seguridad que emplean los altos estamentos del gobierno para investigar y prevenir actos de terrorismo. Se trata de una combinación de inteligencia artificial con inteligencia humana que explora en los perfiles sociales de los ciudadanos en busca de restos semánticos, pistas, tramas ocultas. En el juego, encarnaremos a un agente de Orwell encargado de investigar un atentado bomba.

Tendremos acceso a las redes sociales y correos hackeados de una serie de sospechosos grabados con las cámaras de seguridad en el momento del atentado, y nuestro cometido será descubrir quién fue el causante, todo ello a partir de la información que podamos recabar de los sospechosos desde Internet.

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En la trama, el primer sospechoso es una mujer de mediana edad, activista de izquierdas. Se nos permite acceder al interior de su Facebook y examinar sus conversaciones de chat, sus mensajes, y actividad en general. Cada vez que aparece un rastro semántico que podría ser relevante, la inteligencia artificial lo destaca. Nuestro papel es clave, puesto que decidiremos qué trozos de información son relevantes. Por ejemplo, en la ficha de la primera sospechosa, pueden marcarse como relevantes dos cosas: “Soy una feliz habitante del mundo del arcoiris”, “quiero dejar mi trabajo y centrarme en mi carrera como artista”. Si marcamos las dos frases, ambas llegaran a las instancia superiores. Si no lo hacemos, las instancias superiores no recibirán información alguna.

En este sentido, nuestro papel en Orwell es fundamental: nosotros como agentes humanos del programa decidimos qué información es relevante y cuál no. Naturalmente, el juego está planteado para mostrar cómo se pueden producir graves problemas a la hora de seleccionar y juzgar la información (el clásico juego del teléfono roto). Si en referencia a la pobre sospechosa activista seleccionamos demasiadas frases descontextualizadas pero peligrosas, las altas instancias se fijarán más en ella y el rumbo de la investigación tomará derroteros que podrían ser equivocados.

Orwell reproduce en el contexto contemporáneo de la era de Internet las propias mecánicas de la Stasi. Al probarlo uno siente, en gran medida, la magnitud de la exposición que tienen los internautas y la nula garantía de privacidad con la que navegan por la red. La cuestión radica en saber si lo que es un videojuego no es más que eso. Es decir, si habitamos o no en un mundo todavía controlado por instancias superiores en una variación sutil del estado policial, tan sutil que ya ni siquiera lo parece, o bien si todo esto es un alegre producto de la imaginación paranoica.

En diciembre de 2016, Edward Snowden dijo en una entrevista con Jack Dorsey: “Las mismas tecnologías que se están utilizando para conectarnos, para permitir que otra gente escuche por ejemplo esta misma conversación, también se utilizan para grabar nuestra actividad”. Es un hecho consumado y es lo que está ocurriendo, o por lo menos hay muchas pruebas a favor según se ha revelado en los últimos años a través de Wikileaks. Todo lo que realizamos en la red queda grabado, y las empresas trafican con esa información a destajo.

No hace falta ir muy lejos para saber lo fácil que es llevar tareas de espionaje en internet, incluso a nivel amateur. Y si lo puede hacer cualquiera, ¿por qué no van a poder hacerlo las instancias superiores? Aquí podéis ver un tutorial de phishing en Facebook, una técnica sencilla que con un poco de imaginación e ingeniería social permite conocer la contraseña de un usuario. No hacen falta conocimientos técnicos. No hace falta nada más que tener un motivo para hacerlo.

La idea principal con la que hay que quedarse de este artículo es la siguiente: escuchen a Bach de vez en cuando.