ghost spam

Ghost Spam, lo fantasmal en Internet

Ante la pregunta: ¿cree usted en los fantasmas? sólo puedo contestar: sí. No es necesaria ninguna prueba científica para tener la certidumbre de que los fantasmas existen. El primer y principal fantasma: yo mismo. Luego, todas las imágenes que los demás tienen de mí, las grotescas deformaciones para bien o para mal que pequeños conjuntos de signos han creado en la narrativa mental del otro. El otro día, tras una noche de insomnio, bajé a la panadería y fui irrespetuoso con el turno de cola. Ni siquiera me di cuenta de que había otras personas: me arrojé a la sección de croissants y le dije al panadero «dame dos». Lo único que sabe ahora el panadero de mí es que soy un ser desaliñado e irrespetuoso con las colas. Para él yo soy un Hermes picarón y poco más (o eso presupongo). Para mí es un panadero, amasador de alimentos sagrados (al leer esto, mi mujer ha dicho “¡Los panaderos ya no amasan nada!”). Cuanto más cerca está el otro y mayores referencias tiene de ti, más elaborada es la figura fantasmal. Ahora, me pregunto cuál es la figura que tienen de mí determinados amigos, o mi madre, o bien padre. Y en última instancia uno se pregunta sobre sí mismo en las sórdidas noches de canícula para acabar entumecido y estupefacto.

Durante un tiempo, tuve alucinaciones con Google Analytics. El estudio diario de las estadísticas de tráfico de conjuntos de páginas web supone una mecánica de naturaleza delirante. Los números y cifras con los que se trabaja corresponden a personas. A lo largo de más de un año, estudié diariamente un tráfico conjunto de cuatro mil usuarios. Me sumergía en los números, tasas de rebote, fuentes del tráfico, localización, tiempo en el sitio. Abandoné la vida social. En ocasiones, un pensamiento aparecía en mi mente con la apariencia del cortocircuito: «todos estos números y “usuarios” son personas».

En una carta a Don Delillo del año 2000, David Foster Wallace le escribe: «Digital=abstracto=estéril, en cierto sentido».

Google Analytics tiene un apartado llamado En tiempo real. En él, aparece en un recuadro el número de usuarios en línea y su geolocalización. Cuando entra un nuevo usuario y se modifica el número, aparece un pequeño pulso luminoso, verde translúcido. Cuando se pierde un usuario, el pulso translúcido es rojo. Hay que acercar mucho la vista a la pantalla para verlo. Es una señal casi imperceptible. Un estímulo: verde cuando entra un usuario, rojo cuando se marcha. Muchas veces pienso en ello con inquietud. Me llamó la atención desde el primer momento, cuando todavía era un ignorante de Google Analytics. Todo me parecía montado a la manera de un videojuego.

ghost spam referral

Como en todo videojuego, había también monstruos y enemigos a los que combatir. Entre ellos, fantasmas. Ocurrió así: en páginas con mucho tráfico que verificaba diariamente, empezaron a aparecer referral links extraños. Si alguien entra en tu página web desde un enlace situado en otra página web, se le considera un usuario adquirido mediante referral link. Los fantasmas pueblan esta sección particular de Analytics. En efecto, algunos de los referral links que aparecían conducían a ofertas y promociones, y no a páginas de origen como debía ser. Cuando pregunté, me dijeron que se trataba de los spammers rusos de Ghost Spam.

Ghost Spam: qué es

Se le llama Ghost Spam porque las visitas registradas desde referral links de esta naturaleza no han sido realizadas por nadie, aunque hayan quedado registradas, gracias a un procedimiento de envío de datos falsos. Por decirlo así, una nada se ha manifestado (Ghost Spam) y ha dejado un rastro en el mundo (Analytics). Este rastro es como un anzuelo: los spammers quieren que caigas en él, algún beneficio obtendrán de ello.

Lo que hay que hacer con el Ghost Spam, tal y como corresponde en una sociedad por completo materialista, es eliminarlo. Las visitas realizadas a una página web por fantasmas no pueden ser registradas. En efecto, se aplican filtros de spam (y otras estrategias de naturaleza defensiva) cada vez que se detectan ataques de esta naturaleza. A veces, el tráfico de Ghost Spam de una página puede alcanzar el 10% del total si no se aplican medidas de contención.

El papel de los robots en Analytics

Lo que resulta curioso, en el contexto de nuestra sociedad actual, es que el Spam fantasma sea negativo y se busque su eliminación y, en cambio, los robots tengan en Analytics el estatus parecido al de sacerdotes. Los robots, también conocidos como crawlers o arañas, son entidades no humanas que visitan nuestra página web para determinar su estatus completo (desde el contenido, pasando por su estructura o velocidad). Google tiene sus propios robots, así como otras empresas privadas de análisis como Semrush, Ahrefs, Sixtrix o Majestic. La visita de uno de estos robots cuenta en el cómputo total. Puedes filtrarla pero es esencial no bloquearla. Los robots de Google (y otros buscadores) son quienes, en última instancia, aportarán los datos para determinar tu posicionamiento. Si has pecado, muchacho, ellos te van a castigar. Y si bloqueas a los robots, el castigo será la desaparición y la muerte de tu página web en los buscadores.

Un vídeo final: entrevista a Jacques Derrida. Le preguntan: ¿Cree usted en los fantasmas?

profanadores tumbas

Profanadores de tumbas desindexadas

Motivaciones económicas, científicas y espirituales han movido desde siempre a los profanadores de tumbas. A principios del siglo XIX se necesitaban en el Reino Unido cerca de quinientos cadáveres al año para abastecer a las facultades de medicina y anatomía. Sin embargo, de forma oficial sólo se suministraban unos cincuenta cadáveres anuales: los condenados a muerte que proporcionaba el aparato judicial británico. Hasta la promulgación de la Ley de Anatomía en 1831, el déficit de cadáveres se suplía mediante el robo organizado, una suerte de tráfico entre doctores e intrépidos sepultureros que suponía una forma alternativa y minoritaria de economía sumergida (la clase de economías que sobreviven porque ni se habla de ellas, ni se combaten con decisión).

El arte de la profanación de tumbas es tan antiguo como el hombre. Vemos a Vesalio en los cementerios de París cavando a destajo. En el Asno de oro de Apuleyo, novela romana del siglo II d.c, ya aparecen las brujas nigromantes, cuya magia necesita del poder de los difuntos (el propio Apuleyo fue acusado de usar la magia para encantar a una tal Pudentila, viuda y rica). Podemos seguir ascendiendo hasta la prehistoria para encontrar la profanación de tumbas ritual o material: la práctica es constante y no quiero detenerme es elaborar su historia. Sí quisiera, en cambio, aportar un pequeño addendum, el fruto de una investigación ligera que una mañana de verano me llevó por caminos extraviados. Hoy quisiera hablar del arte de la profanación de tumbas digitales en Internet.

Archive.org y WP Content Bot, los instrumentos del profanador

Cuando un dominio de Internet caduca, la página alojada en él deja de ser accesible. Cada día, millones de páginas caducan y sus contenidos dejan de estar disponibles para los robots de Google. El contenido, supuestamente, desaparece o resulta inaccesible. Excepto si eres un profanador de tumbas, especialista SEO de alto nivel, poseedor de los arcanos mágicos de la resurrección, y sabes crear un ejército de zombis-web con los que enriquecerte.

Existe una estrategia compleja que utilizan los especialistas en posicionamiento para recuperar el contenido difunto / desindexado de las páginas web caducadas. Por ejemplo, si usted, lector, tuvo una web en algún momento y decidió cerrarla, debe saber que todo el contenido de la misma puede ser expoliado (profanado) y devuelto a la vida (resucitado) sin rastro de su origen autoral.

¿Cuál es el procedimiento?

Primero, el profanador moderno acude a la página web Archive.org. La página es una biblioteca digital sin ánimo de lucro que recopila toda clase de materiales. Entre ellos, páginas web (300 billones de webs en la actualidad). Con su sistema Wayback Machine podemos visualizar la evolución del diseño y contenidos de cualquier página a lo largo de los años, pero no su contenido. La tarea en este paso consiste en descubrir dominios caducados -de la temática que nos interese- que tuvieron contenido en algún momento.

Una vez hemos localizado dominios con contenido sepultado y desindexado, utilizaremos el plugin WP Content Bot para realizar la tarea de resurrección. Así, a la manera de la ciencia ficción, se anuncia WP Content Bot:

The only robot that extract articles from Expired domains to rebuild a website content in minutes with with the click of a button. Software will let you publish unique content to unlimited wordpress blogs and create your unique PBN.

¿Qué quiere decir todo esto? En esencia, el plugin WP Content Bot resucita contenidos caducados y automáticamente los republica en un sitio web que le asignemos. Por lo general, los contenidos resucitados se publican en una PBN con una finalidad concreta.

Arquitectura de PBN: la finalidad del profanador

PBN es una Private Blog Network, Red Privada de Blogs. Estas redes las han utilizado intensivamente, hasta hace muy poco, especialistas en posicionamiento para adulterar sus resultados en Google. Se trata de construir una estructura de páginas web enlazadas entre sí de forma piramidal. Como requisito, cada una de las páginas de una PBN está aislada para que Google no detecte la pertenencia a un mismo propietario (desde 2017 las últimas actualizaciones del algoritmo han avanzado mucho en el desmantelamiento y penalización de PBNs). La estructura que se genera es la siguiente:

pbn wp content bot

La lectura del gráfico es sencilla: cada cuadrado es una web, y el color determina su nivel. Las webs del Tier 3 potencian a las webs del Tier 2. Así sucesivamente en una cadena de transferencia de fuerza que potencia, en última instancia, nuestra página principal (la que queremos posicionar). Por lo general, se utilizan los textos resucitados de páginas caducadas en el Tier 3 y el Tier 2.

Como se observa, es necesario generar gran cantidad de texto para elaborar una estructura de esta categoría. Como eso resulta inviable, para cubrir el Tier 3 y el Tier 2 se utilizan métodos automatizados. Hasta ahora, por ejemplo, se había utilizado la generación de textos spineados (textos automáticos con variantes semánticas y textuales preprogramadas) y autopublicados mediante programas específicos que, por decirlo así, “hacen el trabajo ellos solitos”. Sin embargo, el algoritmo de Google se ha refinado lo suficiente en el último año para captar textos producidos por máquinas y ha empezado a penalizarlos. La alternativa, pues, la profanación y resurrección de textos caducados.

¿Por qué? En primer lugar, porque a Google le resultará imposible determinar que esos textos resucitados son artificiales. De hecho, no lo son: son el producto de lo que alguien escribió y, en algún momento, indexó (quizá no sabía lo que hacía, como no sabe lo que hace quien habla sin medida en la red). Con la profanación de tumbas en Internet el especialista en posicionamiento crea sitios webs con contenido totalmente humano (pero deberíamos llamarlo zombi) que más tarde le ayudarán a posicionar su web principal, web con la que ganará dinero.

La estrategia de Archive.org y WP Content Bot permite, también, prescindir de las PBNs. El webmaster avezado podría, simplemente, ir resucitando contenidos sepultados y posicionarlos de manera natural con una voluntad meramente cuantitativa. Dispondrá así de un ejército enorme de textos que, si sabe aprovechar, también lo enriquecerán. La impresión es, pues, la misma. Siglos atrás se vigilaban las tumbas de los ricos por la posible presencia de ajuares que saquear. Hoy en día se rastrean gloriosas páginas web del pasado, cuyos suculentos contenidos 100% humanos son ambrosía para el buscador. Expolio, se mire como se mire.

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“Un bosque cuyo incendio se ha extinguido”, de Aldo Urbano

Este año he aprendido varias cosas importantes. Entre ellas, que el arte de “los otros” tiene siempre sus particulares y personales claves de lectura. La primera exposición de Aldo Urbano que visité tuvo lugar en el pasillo de una casa privada (en una notable galería de arte llamada El Passadis). Grandes lienzos prácticamente monocromos colgaban en medio del pasillo y lo partían en dos. La iluminación rebotaba en los lienzos y proyectaba su luz contra las paredes. Un gran tubo de plástico -probablemente sacado de una obra- se enroscaba a lo largo del pasillo generando una espiral. Quedé altamente desconcertado y como no entendí nada no puedo decir que aquella obra me gustara. Poco después, en un fin de año multitudinario, volví a toparme con Aldo, esta vez cara a cara. Era ya la mañana del día 1 de enero. Acabábamos de despertar. Un grupo de personas desayunaba al fresco en el jardín. Cuando salí para servirme una taza de café, encontré la pálida figura de Aldo arrodillada en el suelo. Estaba construyendo un muñeco de aspecto ciertamente diabólico con partes de la cena de fin de año. Me serví el café y me dediqué a observarlo detenidamente sin que él se diera cuenta. Al mirar a Aldo junto a su muñeco, pensé en una figura juglaresca, en un ser de alta y desbocada imaginación, también se me apareció la figura de una selvática cabra de montaña. Símbolos extraños que me dejaron todavía más desconcertado.

El azar quiso que Aldo y yo coincidiéramos en otras situaciones. Había amigos comunes que, indirectamente, nos acercaban de vez en cuando. Las primeras conversaciones que mantuve con él fueron, por ambas partes, tanteantes y fantasmales, altamente abstractas y sin finalidad. Reinaba la concordia y una afinidad subyacente. Un día hablamos de los ocultos monjes que levitan en el Tíbet. En otra ocasión, nuestra conversación versó sobre cómo Aldo había sido expulsado, debido a una fatal conjura funcionarial, de su estudio de pintura. Una tercera vez se habló profusamente de una bacteria estomacal y sus inefables poderes. Tales conversaciones eran redondas y autosuficientes. Nacían y morían con una carga de información trascendental para ambos, pero quedaban en el aire como inciertos islotes (tropicales y gustosos, sí, pero solitarios islotes). Fue en uno de esos encuentros cuando extrajo de su colorida mochila un manojo de papeles y mostró por primera vez su cómic Un bosque cuyo incendio se ha extinguido.

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Al ver unos papeles no sólo dibujados, sino también escritos por él, los reclamé con avidez: el misterio podría ser desvelado. Aldo se dedica a la pintura y a la escultura, así como al arte conceptual en general, de modo que verlo en un terreno común, el de la escritura (aunque fuera en la forma mixta del cómic), me pareció un camino posible para el entendimiento. Al hojear los papeles, encontré símbolos familiares que ya había visto en sus pinturas, o que habían aparecido en algunas conversaciones: espirales, ascensión, llamas ardientes, joyas sucias, monjes tibetanos levitantes. Algunos dibujos interpelaban claramente al lector (y yo creí que con justicia me interpelaban a mí):

aldo urbano

Un bosque cuyo incendio se ha extinguido cuenta la historia de un joven artista que pretende iniciarse en el mundo del arte siguiendo la estela de su ídolo, el pintor desaparecido y oculto “El Errante”. Dos motores mueven a este personaje: la ambición de gloria entendida en el sentido antiguo, y el ansia de conocer, acceder y representar a través del arte los misterios ocultos de la realidad. El camino más difícil. Ya desde los primeros compases se presenta un estilo bíblico-mitológico (de muy alta calidad literaria, en mi opinión: el dominio del castellano y de su prosodia es notable. Hay una adjetivación al estilo Josep Pla -según se ha dicho) forjado en sucesivas sentencias y dibujos de trazo simple y parcialmente alucinatorio. Sin embargo, nuestro personaje es un artista desconocido y todavía desorientado en el mundo del arte y las galerías.

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A partir de la revelación inicial, nuestro artista busca acceder al mercado del arte. Primero, realiza un complejo estudio piramidal de cómo los artistas ascienden y decaen en su propia gloria artificiosa. A continuación, decide espiar al galerista de “El Errante”, su ídolo.

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Naturalmente, este individuo ya desprende en su rostro de mirada fija y centrada el horror vacui, la codicia y el sentido estratégico que caracteriza a la mayor parte de galeristas insertos en el circuito del arte. Se muestran los intentos vanos de los artistas por acceder a ese mundo caprichoso y cambiante. Acceder al galerista implica acceder al circuito. No hay otra posibilidad:

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Estas viñetas pertenecen a la primera parte del cómic. Fue lo que Aldo me mostró de manera desordenada en el encuentro que marcó un cambio en el rumbo de nuestra relación. Me entusiasmaron. Muchos de los motivos pictóricos abstractos de Aldo aparecían ahora bajo el yugo de una narración, insertos en espacios parcialmente realistas, y adquirían sentido para mí. Recuerdo que cuando pagamos las consumiciones -el primer intercambio de viñetas se produjo en un sórdido bar de Pep Ventura-, Aldo extrajo de su mochila todavía colorida un libro sobre el Tíbet, obsesión ya recurrente. Recuerdo cómo me habló de las extrañas y ocultas prácticas de los recónditos monjes del Tíbet, y vi cómo ardía en su expresión el manifiesto deseo de alcanzar, por la vía del arte, tales conocimientos, y cómo todo aquello estaba centrifugándose de alguna manera en la obra (hay una parte dedicada a misteriosas prácticas tibetanas relacionadas con daimones):

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No quisiera revelar la trama de Un bosque cuyo incendio se ha extinguidopor eso escojo imágenes azarosas y una aproximación poco ortodoxa. Respecto a ella, sólo quiero mencionar que no siempre es todo lo ágil que se desearía (falta cierta habilidad para equilibrar algunas partes de transición). Pero también hay que tener en cuenta que se trata de una obra autoeditada que no ha tenido detrás la figura de un editor (quien rápidamente habría visto sus pequeños defectos de estructura, quiero creer, y que en todo caso son defectos poco importantes, así como algunos y dispersos errores de ortografía).

Después de que Aldo me mostrara sus viñetas primerizas, pasaron algunos meses hasta que, finalmente, me decidí a escribirle para proponer un encuentro a solas. Yo pensaba lo siguiente: ¿cómo puede ser que su arte me resultara tan ajeno y estas viñetas, en cambio, removieran mi espíritu frío? Tenía algunas hipótesis. En aquella época me habían encargado la corrección de una biografía de Joan Miró, pintor al que, en principio, detestaba. No entendía el sentido de sus cuadros, ni siquiera de las etapas primerizas, más figurativas, y tampoco le veía la gracia de forma intuitiva. Cuando acabé de corregir la biografía, mi opinión era otra: amaba a Miró y a su pintura. La hipótesis era esta: “Lo juzgas todo a partir de tu propia noción y de tu propio alcance perceptivo. Y no te enteras de nada”. Allí donde antes, en Miró, había visto manchas de colores sin sentido, ahora veía la manifestación afásica de un genio del lenguaje extraviado. Al unificar los dibujos de Aldo con fuentes escritas de su propia mano, pude ampliar de la misma manera mi campo perceptivo y comprender mejor los símbolos manifestados pictóricamente. ¡Ah! ¡Qué ingenuo he sido durante 31 años, y cuánto sigo siéndolo: ser libresco, tan abatido como abatible!

En el cómic de Aldo, aparecen varios motivos recurrentes también en su pintura, tales como las formas en espiral, las esferas rotatorias, las líneas de dirección, los remolinos y el fuego. También se presenta su estilo rápido, en apariencia fruto de lo espontáneo, nervioso, donde el trazo es tan agresivo como el texto. No voy a hacer ninguna mención específica a la trama: sólo puedo decir que incluye engaños, giros imprevistos, misticismo, delirios, esclavitud, viajes y más. En términos llanos: es comercial y “engancha”. Quiero fijarme, en cambio, en los leitmotivs simbólicos que la vertebran, porque son los que unifican mi comprensión de este artista.

Si tomamos, por ejemplo, la figura de la espiral, no se puede evitar su sentido macrocósmico: en la tradición jeroglífica egipcia la espiral designa las formas cósmicas en movimiento. La encontramos también en vau hebreo. Como forma, la espiral puede encontrarse de tres maneras diferentes; creciente (hacia arriba), decreciente (esto es, un remolino) o petrificada (la clásica concha de caracol). La figura creciente es solar y positiva, las otras dos figuras son lunares. La espiral tiene un sentido tanto de creación y ascensión como su contrario. La encontramos en su sentido de creación, movimiento y desarrollo progresivo en el cetro del faraón egipcio o en el lituus de los augures romanos, aunque en gran cantidad de culturas ancestrales también es forma clave (por ejemplo, según la tribu Barambara el demiurgo creó el mundo tras estirarse y formar una hélice cónica: muchas más aproximaciones a la figura de la espiral y una completa teoría al respecto las encontraréis en una lectura fundamental: El molino de Hamlet, de G. De Santillana y Hertha Von Dechend). Esta figura, en el cómic, adquiere diversos sentidos: en el contexto narrativo de un artista que toma su tarea como un camino de aprendizaje, pero también en la representación sinestésica del planteamiento estructural de la obra (esto es, que la representaciones espirales corresponden en su forma y concepción simbólica a los altibajos de la trama, junto con la representación del fuego de diferentes maneras como elemento de creación y destrucción en la carrera creativa del artista). Otros motivos recurrentes como los mencionados (el propio fuego, por ejemplo), adquieren la misma hondura y profundo sentido simbólico en el terreno híbrido del cómic, y se amoldan a los tonos narrativos: la imagen acompaña sensorialmente al texto.

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No existió símbolo más importante en el antiguo Egipto que la mirada del dios-sol Ra. Su ojo -el sol- era creativo; su visión era la vida misma. Siglos después, 300 a.C, Euclides sostuvo la doctrina del rayo visual, basada en sus estudios geométricos: para ver, nuestro ojo proyecta un rayo sobre el campo de visión. Poco antes, Empédocles había defendido la imagen del ojo como la de farol. De alguna manera, en la antigüedad regía la idea de que era el ojo el que emanaba y no el que recibía. La representación solía asociarse a la espiral y al motivo del fuego. En el cómic se relaciona el ojo con los daimones tibetanos.

Puede decirse, en esencia, que Un bosque cuyo incendio se ha extinguido es tanto un manifiesto / bildungsroman como una guía de lectura para comprender la extrañísima obra pictórica y escultórica de Aldo Urbano. Cuando, en el interior del cómic, el propio artista realiza una exposición con el galerista, lo que vemos son obras reales y expuestas de Aldo, en las que ya se ve un tratamiento particular de las formas (y los colores, ausentes en el cómic, cuyo tratamiento merecería un aparte especulativo):

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En nuestro primer encuentro a solas, Aldo y yo nos perdimos en elucubraciones alejadas de la realidad fáctica y convencional, y vi que su manera de ver las cosas no tenía la cualidad constructiva de la narración, sino de la forma prefigurada, muchas veces imposible de traer a colación con meras palabras. Yo quizá aportaba anécdotas y hechos, y él aportaba visiones, sentidos, efectos sinestésicos visuales por la vía verbal. No todo lo pueden expresar las palabras. Desde la primera vez que vi una de sus obras, tiempo atrás en aquella galería llamada El passadis, se había operado en mí un proceso completo de comprensión y acercamiento natural a este artista al que invito a conocer sin los prejuicios que yo mismo me impuse inicialmente. Así pues, puede leerse esta reseña como la historia de la formación de una amistad, y de un canal significativo que, inicialmente, estaba vedado. Ahora, cada cierto tiempo, nos escribimos un escueto mensaje que suele poner: “¿Quedamos para seguir nuestra conversación?”. Llevamos ya cuatro encuentros inmersos en una misma espiral ascendente hacia la entelequia, y de esa rareza nace el gusto: el gusto por encontrar cosas realmente diferentes. Un bosque cuyo incendio se ha extinguido es diferente

 

aldo urbano

 

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Who’s Your Daddy: el duelo padre-hijo

Hay que decir que no soy psicólogo ni entendido en ciencias de la mente, y que todos mis estudios al respecto son autodidactas. La especulación fuera del laboratorio es de naturaleza siempre apócrifa (Latour, 1976): no quisiera que le otorgaran a la experiencia que aquí reseñaré un estatus distinto al de anomalía, o bien el de producto diletante. Pero sí es cierto que lo que aquí se va a narrar, tuvo efectos en la -no sé cómo llamarla- realidad física, y que existe literatura al respecto en cualquier estudio sobre la representación, la mímesis, y el otro.

Hace unos meses descargué un curioso videojuego indie (un sólo programador financiado por 187 personas que aportaron en torno a 2.500 euros para el desarrollo) titulado Who’s Your Daddy. Se trata de un multijugador local en el que sólo hay dos personajes: un padre y un bebé.

Se juega en pareja: uno adopta el rol del padre y otro el del hijo. En cuanto a la mecánica, ya desde el primer momento vemos que es de naturaleza Carmageddon (sin piedad): el bebé tiene como objetivo matarse y el padre debe impedirlo como sea. Si adoptamos el papel de bebé, apareceremos en primera persona en el suelo. Podríamos por ejemplo introducir los dedos en la corriente eléctrica y matarnos, o bien abrir la bañera y ahogarnos en ella. El escenario es una casa cualquiera (dúplex), y se ha diseñado de tal manera que existan múltiples caminos para el suicidio (lanzarse por las escaleras, cocinarse en la vitrocerámica, beberse el detergente de la lavadora…). Por su parte, quien encarna la figura del padre, dispone de determinadas habilidades para contrarrestar las posibilidades suicidas del bebé. El padre puede, por ejemplo, tapar las tomas de corriente, colocar el detergente sobre estanterías inaccesibles, evitar el acceso a la bañera, etc.

Probé Who’s Your Daddy con un amigo. Lo pasamos bien (existe un perverso placer en los videojuegos donde se permiten toda clase de transgresiones), pero mientras combatíamos -ahora yo era el padre, ahora el hijo-, pensé: ¿qué pasaría si jugara a esto con mi padre? No fue un pensamiento trivial: nada más imaginarme la escena de una posible partida a Who’s Your Daddy, empezó a parecerme aburrido seguir jugando con mi amigo. Lo que pensé fue: Si invito a mi padre a jugar a esto, y le obligo a tener que salvarme, quizá pueda hacerle sentir mucho más de lo que he logrado hasta el momento.

Al día siguiente invité a mi padre a casa. Antes, repasé algunos gameplays para mejorar mi juego. Decidí que, una vez le hubiera enseñado los rudimentos básicos (movimiento, cámara, acción), representaría los mismos pasos suicidas que aparecen en el vídeo oficial de Who’s Your Daddy (en efecto, ya pensaba entonces en que, de todo aquello, podría surgir un texto):

Padre y yo, pues, en el estrecho sofá de mi casa, ante la pantalla que él mismo me regaló en un señalado cumpleaños. En pantalla, Who’s Your Daddy. Él ya se maneja bien con el mando. Yo, por supuesto, vengo bien entrenado: juego desde mi portátil.

Empieza la partida. Padre se mueve nerviosamente por el salón y entra en la cocina en busca de utensilios. Sentado en el sofá, junto a mí, me dice: No te lo voy a poner fácil, muchacho. Mientras él está ocupado protegiendo los enchufes, entro en la cocina sin que me vea y doy un rodeo por la encimera. Mi objetivo, el horno. Padre está sentado en el borde del sofá, inclinado hacia delante, y maniobra con el mando y la lengua al mismo tiempo: ahora te quito los cuchillos y cubiertos, y luego la basura… Sigue absorto en sus tareas y no se da cuenta de que he rodeado la encimera y he abierto el horno. Lo pongo en marcha y entro en el horno. Cierro el horno. Empiezo a morir. Padre ha terminado de revisar la basura y, al darse la vuelta, me ve en el interior del horno. ¡Sal de ahí!, dice -no acaba de ser un grito-, y apaga el horno y abre el horno. Yo enciendo el horno y vuelvo a cerrarlo. Él vuelve a apagarlo y a abrirlo. Forcejeamos en el videojuego hasta que decido cambiar de estrategia. Él resopla creyendo que se ha anotado una victoria. Y así seguimos, yo con la firme intención de matarme y él, de salvarme. Cuando evita que me beba el Mistol o me ahogue en la bañera no percibo en él ningún disfrute. Tal y como lo pienso, le obligo a hacer explícito en el juego lo que nunca ha manifestado en el mundo real. Intento encender unas velas y quemarme, abro la ventana por la que arrojarme al vacío. Busco la muerte y él, por lo menos aquí, está obligado a salvarme de ella.

¡Ah, cómo ha cambiado desde entonces mi amado padre! Es otra persona. Ya cuando nos despedimos, ese día, tenía en la mirada una mezcla de turbación y extrañamiento. En la última partida, habíamos intercambiado los roles. Yo había tenido que cuidarlo y evitar su muerte. Para ganar algunos puntos más, tuve que recoger sus juguetes y ordenarlos, colocar en estanterías elementos peligrosos, cubrir enchufes. Había un aura de presentimiento. También mi mirada, cuando nos despedimos, contenía turbación y extrañamiento.

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Sincronicidad y Facebook: lo artificial mágico

Pensar en alguien mientras caminamos por la calle y, a continuación, encontrar a esa persona al doblar la esquina. Experiencia reconocible, muchas veces comentada con los amigos en clave mistérica y sin la plena seguridad de lo azaroso del evento. La sincronicidad. Una aproximación esencial a este fenómeno la encontramos en la fructífera relación doctor-paciente (y luego amigo-amigo) que desarrollaron Carl Gustav Jung, psiquiatra, y Wolfgang Ernst Pauli, premio Nobel de física (en 1945 por el descubrimiento del Principio de Exclusión). Un texto clave fruto de esa relación: el artículo Synchronizität als ein Prinzip akausaler Zusammenhäge (Sincronicidad como principio de conexiones acausales). Jung ya había mostrado interés acerca de este fenómeno desde el punto de vista psicológico en una conferencia de 1930 dedicada a los insights generados a partir de la consulta del I Ching. Sin embargo, sus acercamientos más rigurosos se produjeron de la mano de especialistas en Física: primero en dos conversaciones con Albert Einstein (1909 y 1912), y luego en el trabajo, más profundo, realizado en colaboración con Pauli.

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Tanto Jung como Pauli estaban convencidos de que los eventos sincrónicos revelaban la conexión acasual entre eventos físicos y mentales a través del significado. El elemento de significado que le daría sentido a un evento sincrónico sería el proceso de individuación del hombre, idea propiamente Junguiana según la cual cada ser humano cumple en su vida un proceso de búsqueda y hallazgo de su sí mismo. Dichas sincronicidades serían esenciales como guía para cumplir con el proceso.

Sin entrar en más detalles, salta a la vista ya que el Principio de Sincronicidad, para ser válido, requiere que aceptemos a la naturaleza como elemento activo, posibilidad sistemáticamente rechazada por la ciencia occidental hasta la fecha (y próximamente). Sin embargo, el cometido de este artículo no será demostrar la validez del Principio de Sincronicidad en “el mundo real”, sino comprobar cómo, un fenómeno de naturaleza esotérica y no incluido en el corpus científico, ha sido utilizado y adoptado masivamente como técnica en una herramienta que usamos a diario: Facebook.

Tanto en el Timeline, como en el apartado “buscar amigos” de la red social, el algoritmo de Facebook nos ofrece sugerencias de amistad. Asimismo, si tenemos activadas las notificaciones en el móvil, recibimos avisos de cumpleaños de amigos, señales de cercanía, de publicaciones relevantes, etc. Los criterios de Facebook a la hora de decidir qué nos muestra y qué no, son múltiples (en el apéndice, abajo, los desgloso), pero sobre todo dependen de nuestro comportamiento. Cada acción que llevamos a cabo en Facebook (o Spotify o Instagram, parte del conglomerado) es un signo que el algoritmo toma en cuenta para decidir qué nos mostrará y con qué preferencia. Los eventos artificiales de sincronicidad ocurren en la red social de la siguiente manera:

1) un día navegamos por diversos perfiles de “personas del pasado”. Entramos en cuentas de amigos de la infancia que están en Facebook, por ejemplo, ejerciendo lo que se conoce como la extendida práctica del stalker. Navegamos en cadena por amigos de amigos. Con ello, le dejamos a Facebook el rastro de un interés, en este caso nuestro interés por nuestras amistades del pasado.

2) Pasados unos días, el algoritmo incorpora a sus sugerencias de amistad a personas del clúster (”personas del pasado”) que exploramos y tanteamos días atrás con curiosidad, no necesariamente las personas que espiamos: también otras personas que mantienen vínculos de segundo y tercer orden con nosotros que Facebook sí conoce y nosotros no (este dato es clave para generar el efecto de sincronicidad). Si nuestras horas de navegación al día son muchas (y damos por descontado que hoy en día el tiempo promedio en Facebook de la población media es alto), se generan efectos sincrónicos con mucha facilidad: empezamos a recibir sugerencias de amistad de los clústeres que hemos explorado. La clave es que, muchas veces, Facebook y su refinado algoritmo nos sugieren personas de un clúster determinado que, sin embargo, no habíamos mostrado conocer en la red (no hemos visitado nunca su perfil, o bien no sabemos que tienen Facebook, o seguían ocultos en nuestra memoria). De modo que aparecen personas inesperadas pero reconocibles en las sugerencias y nos decimos (a mí me ha pasado) “¿Cómo sabe que conozco a esta persona?”, o bien “cómo lo ha adivinado”, otorgándole al ente, Facebook, una cualidad pensante que obviamente deriva de su refinado algoritmo.

jung pauli

Esta sensación ocurre muchas veces, pero de manera menos intensa por tratarse de objetos y no personas, con los banners de publicidad cuando nos revelan un resultado secundario de algo que deseamos y no recordamos que deseamos. Por ejemplo, un día busqué en Internet “ratones inalámbricos”. Busqué ese día y no repetí la búsqueda porque, en verdad, no tenía dinero para comprar nada. Un mes después, una mañana, aparecieron sistemáticamente banners de publicidad de “ratones inalámbricos”. Yo llevaba un mes sin pensar en ellos, y por supuesto había olvidado totalmente que un día estuve buscándolos. Sin embargo, como un mes atrás no me había renovado el ratón del ordenador y este se había deteriorado todavía más, cuando apareció el banner tuve una primera sensación sincrónica: mi deseo no manifiesto parecía haber sido reconocido y proyectado en el objeto exterior del banner sin que yo hiciera nada. Magia. Naturalmente, yo no recordaba en ese primer momento que un día, un mes atrás, estuve buscando “ratones inalámbricos”.

Se observa, pues, que el factor del tiempo es esencial para darle vida al efecto de sincronicidad en Internet: es necesario que hayamos olvidado parcial o totalmente los inputs que llevan a un ofrecimiento del algoritmo para sentir, llamémoslo así, “la magia sincrónica del algoritmo”. Lo digo de esta manera, pomposamente, porque es necesario un toque de ironía para desvelar la verdadera tragedia. Piénsenlo así: la autenticidad de un evento sincrónico pasa por creer en la posibilidad de una inteligencia exterior, o bien una psique extendida más allá del dominio de nuestra mente. Cuando alguien presencia un efecto sincrónico en “el mundo real” cree, aunque sea por un momento, que lo exterior no es frío, muerto y puramente material, sino algo vivo, poderoso, unificador, y lleno de sentido: la naturaleza como alma mater. Y siente, diría, placer y dicha, y por un momento es un feligrés. Cuando alguien presencia un sucedáneo de efecto sincrónico fruto de un algoritmo, piensa exactamente lo mismo y siente lo mismo: placer; hay una inteligencia llena de sentido detrás. A algunos, como a mí, esto les parece espantoso y el placer queda desfigurado, pero no resulta difícil entregarse al sucedáneo de lo mágico, y por lo tanto mostrar confianza hacia la falsa solvencia preternatural del algoritmo, una predisposición.

Por último, parece importante señalar que, de ser cierto el Principio de Sincronicidad en “el mundo real tal” y como postulan Pauli y Jung -a saber, que todo esto tiene un sentido-, nos encontraríamos en un escenario de interferencia que dificultaría severamente la experiencia y la investigación. Pues parece obvio que el efecto de sincronicidad naturalizado en el sistema artificial de Internet desvirtuaría (y desvirtúa) el conjunto de percepciones que hasta el momento se consignaban tan sólo en “el mundo real”, desdoblándolas por un lado en el medio Internet y naturalizándolas hasta despojarlas de su propia naturaleza de excepcionalidad.

Para profundizar en la lectura sobre el tema de la sincronicidad desde un punto de vista mínimamente riguroso, además de los textos de Jung y Pauli, recomiendo la obra de David Bohm -discípulo de Einstein- La totalidad o el orden implicado, y la obra del prestigioso matemático Henry Stapp: Mind, Matter and Quantum Mechanics.

Apéndice 1: Cómo determina Facebook lo que vemos

Primero, un repaso general. Observemos qué elementos determinan, en Facebook, que nos aparezca en el Timeline una cosa u otra. Primero, nos remitimos a su FAQ:
Las historias que se muestran en la sección de noticias vienen determinadas por tus conexiones y tu actividad en Facebook. De este modo, puedes ver historias que te interesan de los amigos con los que más interactúas. La cantidad de comentarios y Me gusta que recibe una publicación y el tipo de historia de la publicación (por ejemplo: foto, vídeo, actualización de estado) también pueden aumentar sus probabilidades de aparecer en tu sección de noticias.

Esta información puede satisfacer a muchos, pero su vaguedad no corresponde con su realidad. Aquello que aparece en nuestro timeline viene determinado por elementos concretos que, en conjunción, funcionan según relaciones mecánicas. Cuando entramos en Facebook, lo que nos aparece en el timeline viene determinado por un patrón de relevancia calculado previamente. Este patrón de relevancia es distinto para cada persona, y sus elementos principales son:

  • Quién publica qué (nuestras interacciones con otros usuarios ayudan a Facebook a comprender qué y quien nos interesa. Cuando añadimos a un nuevo amigo en Facebook, empieza un proceso de aprendizaje que acabará por mostrarnos sólo aquello de ese amigo que el algoritmo considere afín o de nuestro interés).
  • Qué se ha posteado, tanto en lo referido a contenido como al formato (por ejemplo, quienes muestren preferencia por los contenidos visuales obtendrán un mayor nivel de relevancia para contenidos de esta clase, de tal manera que lo visual predominará en su timeline. Este dato es muy importante).
  • Qué volumen y tipo de interacciones ha obtenido cada publicación (tienden a mostrarse contenidos que han recibido más interacciones y que, a su vez, son afines a nosotros. Entre dos contenidos afines consecutivos, es posible que Facebook escoja mostrarnos el más popular).
  • Cuándo se ha posteado qué (Facebook tiende a mostrarnos publicaciones recientes. Difícilmente, si hace un mes que no entramos en la red, nos mostrará contenidos de hace un mes)

Se sabe que estos son cuatro elementos son fundamentales para determinar la relevancia de un contenido para nosotros. Sin embargo, existen centenares o miles de patrones añadidos que complican e incluso imposibilitan un análisis exhaustivo. Lo que podemos decir con total seguridad es lo siguiente: Facebook está pensado para que el usuario esté el máximo de tiempo posible en su página. El objetivo final de esta mayor duración en el sitio responde a un único fin de naturaleza económica. De acuerdo con este criterio y con los ya señalados, resulta lógico que el algoritmo siempre tienda a mostrarnos lo que nos gusta y/o interesa. Lo vemos fácilmente en la publicidad intersticial. Si hemos estado buscando, por ejemplo, videojuegos baratos por Internet, nuestros espacios de publicidad se llenarán de dicho contenido: videojuegos baratos por Internet.

En este ámbito (el consumismo) el algoritmo de Facebook es en extremo eficaz. Pero, ¿qué pasa con contenidos personales, políticos o de otra naturaleza? Ocurre que los criterios son exactamente los mismos que determinan nuestro contenido publicitario. Un ejemplo muy simple: la muerte de cien niños en África un día cualquiera no es una noticia agradable para nadie, por lo tanto recibe -según se sabe- menos interacciones, lo que, a su vez, determina que aparezca poco en los Timelines generales, con el resultado final de que, en términos absolutos, la muerte de niños en África es un contenido siempre relegado a segundo plano o eliminado, a menos que hayamos demostrado un claro interés por ello. Noticas de naturaleza sensacionalista, pensadas para lograr el clicbait, consiguen más relevancia en el posicionamiento puesto que atraen la atención en su enfoque hacia el “me gusta”. ¿Acaso quiere Facebook que veamos noticias y estados que nos provoquen rechazo? De ninguna manera, pues cuando eso ocurre, marchamos de la página.