Afinidades astrológicas: unión y separación | Diario 3

No voy a defender a la astrología, y sólo pretendo que esta sea una nota lúdica, fantasiosa, que pretende observar desde ese punto de vista mi realidad. Desde hace meses, realizo la carta astral de todos los trabajadores o becarios que entran en la oficina. Sin conocerlos, examino sus gráficos y luego veo si los símbolos corresponden. Lo que he observado tras unas treinta cartas, es que hay algo inexpresable que va más allá de la posibilidad de un azar. Los caracteres se definen bien, las posiciones dominantes siempre se ven. Sin embargo, he leído algunos de los libros más serios sobre el tema (Cosmos y psique, de Tarnas; El cosmos arquetipal, de Le Grice; Las raíces del azar, de Koestler, etc) y uno siente que esos autores lo único que hacen es dar palos de ciego salpicados con, a veces, observaciones lúcidas. No me ha servido.

Lo único que me ha servido es el camino de la práctica. Que se ha visto enriquecida con la instalación en mi dispositivo móvil de la aplicación Tinder. En dicha aplicación, durante un mes, mantuve un perfil destacado como “horóscopos”, en el que me señalaba como astrólogo. De esta manera hice algunas amistades. Antes de las citas, y como siempre conversábamos acerca de “horóscopos” para acabar citándonos, intercambiábamos nuestras fechas de nacimiento y yo estudiaba su carta astral, para hacerme una idea, y espero que no un prejuicio, de las personas a las que iba a encontrar y de qué tipo de sintonía habría con ellas.

tinder

Sabía que el principio de la primera persona, V., iba a ser saturnal. Cuando tomas el gráfico de una carta astral, descompones las diferentes posiciones según su fuerza. Yo empiezo por conjunciones y oposiciones para determinar los rasgos más fuertes. Las posiciones en oposición en Saturno anunciaban a una persona tradicional, lenta, reflexiva, a la que los hechos de la vida bien habrían podido bloquearla de alguna manera. A su vez, posiciones en Urano y Neptuno marcaban cierto telurismo, voluntad de cambio, fuerza, imaginación. Así conversé durante horas con una persona que ascendió hasta casi su infancia para relatarme quien era. Su posición en todo momento era defensiva. Lo observaba en su forma de dar por sabidas cosas que no sabía, y de adoctrinarme acerca de determinados libros que, según ella, debía leer para evolucionar, pues ella había evolucionado. Intercambiamos experiencias, no sensualidades. El lenguaje no verbal es extremadamente preciso para clarificar eso. Y también el verbal, cuando dijo que debía marcharse a cocinar para su madre a la una de la noche. Lo cual me pareció bien, porque yo también había tenido suficiente y también me apetecía cocinar a la una de la noche para mi madre. Lo interesante, por otro lado, era buscar los matices que marcan las cuadraturas o los sextiles en la carta (posiciones de 90 o 45 grados, de menos influencia). Esos matices suelen mostrarse en la dimensión de lo pequeño: en la parte de una frase o la forma expresiva de un movimiento. En la misma despedida, o el mismo saludo, que el psicoanálisis ha estudiado minuciosamente en todas sus formas y sentidos, y que tiene su representación a su vez en los astros.

La segunda cita fue más afortunada en lo comunicativo. Habíamos quedado días atrás. En este caso, la persona, L., sólo mostraba una foto muy incierta de perfil en Tinder, pero parecía rápida y lista en conversación. Cuando me dio su Instagram tampoco acabé de entender cómo era. Esa misma tarde estuve en una conferencia de Valeria Luiselli en un auditorio cuyo aire acondicionado no funcionaba. Por lo que sudé y todo mi arreglo quedó desastrado para asistir a la cita. Al mediodía había extraído la carta de L. con su consentimiento. Posiciones principales, conjunción Sol – Mercurio que anunciaba gran capacidad comunicativa. Conjunción Saturno – Urano, un cóctel de fuerzas contrapuestas que deberían de mostrarse en la realidad, como eso: nervio, cambio, y al mismo tiempo pasos por el detenimiento, la depresión. Una vita intensa. Luego, oposiciones lunares y oposiciones con el ascendente me indicaban que iba a ser una persona compleja. La cita estuvo muy bien, pero no nos gustamos y observé que ella apenas hacía preguntas y no parecía mostrar mucho interés por mi persona, es decir, yo le gusté menos. L. era efectivamente arrolladora, empresarial, de una inteligencia fina pero no cultivada. Tenía un par de ovarios, como se suele decir, cosa que valoro en las mujeres: decisión y pujanza. Y así se dirigía a mí, y yo debía sostener un nivel alto de conversación, pues era exigente y muy vivaz de mente. Sin embargo, tal y como marcaban las cuadraturas en Venus, había algo particular en su relación con el amor incluso en el nivel de la amistad. Una gran defensa, que ella definía “para estas cosas soy como una abuela, soy lentísima”, o “creo que vivo en otra década”, o “escucho la radio todas las noches”. Tenía un perfil astrológico con muchas fuerzas clásicamente llamadas masculinas o fálicas y eso se veía en su voz y en algunos de sus gustos (sabía mucho de fúbtol y de coches). Estuvo hablándome de sus sueños y descubrió allí mismo, a la cuarta copa de vino, que era necesario regresar a su pueblo natal (País Vasco) para visitar la tumba de su abuela. Con estas confidencias y cuando yo pensaba que iba a prolongarse la noche en ese nivel conversacional, se retiró. La retirada fue rápida y brusca, como “bueno ya  está me voy a dormir” dos besos rápidos y dar la espalda y marcharse.

La tercera cita fue N., una persona que sólo tenía una foto en Tinder y con la que había hecho match sin llegar a decirle nada. Hasta que una amiga, revisando mis matches, me dijo: debes escribirle a ella. Eso hice. Tardó varios días en contestar pero cuando lo hizo quedamos de inmediato esa misma tarde, con dos prevenciones claras: el encuentro iba a durar hasta la cena porque tenía que marcharse, y no habría en ningún caso sexo, anunció. En este caso, aunque ella se dedicaba a temas psiquiátricos, conocía bien la disciplina de la astrología y fue ella quien me pidió mi fecha de nacimiento para analizarme. No sé si lo hizo antes del encuentro, pues no se lo he preguntado. Yo lo hice rápidamente. Habíamos hablado muy poco y sólo aparecía una foto de ella. La carta astral marcó enseguida algunas posiciones muy fuertes. Temperamento. Una vez más Sol conjunción Mercurio, un tipo de conjunción que siempre tiene afinidad conmigo (yo la tengo, pero desviada algunos grados, lo cual determina “escritor satírico”). Pero más importante eran las posiciones de la Luna y Venus con Marte. Iba a ser una personalidad fuerte. Tenía a su vez el raro y maravilloso sextil Urano – Plutón, que determina una “inteligencia penetrante”. Lo era. Así como decididamente poderosa de espíritu. Pidió un vino y un enorme pedazo de pastel, no sin antes indicarme que debíamos elegir un bar que como mínimo fuera bonito. Hubo mayor afinidad que en las anteriores porque muchas posiciones cuadraban por la vía de lo esotérico (Neptuno), así como los intereses en torno a la psicología, estando ella presente cada día en un entorno psiquiátrico (saber infinito y gustoso para mí). Su posición de Venus con Marte se significó cuando dijo que era en extremo “exigente” con los hombres, “cómo no”, y que llevaba tiempo sola. Inicialmente, me ponía trampas verbales y se mostraba ligeramente distante creyendo que yo echaba faroles cuando hablaba de su oficio psiquiátrico. Finalmente, nos amoldamos, o el vino nos amoldó, y llegamos a una conjunción especial y momentánea en la conversación torrencial que tuvo que suspenderse -nos rozábamos de manera rara las manos- cuando se marchó a cenar.

Llegados a este punto, hay que dejar claras dos cosas. La experiencia astrológica me muestra que las posiciones fuertes siempre son determinadas y no difusas. No vas a encontrar fuertes posiciones marcianas en una lunática neurasténica. Ni posiciones neptunianas en un acérrimo creyente en la materia. Por otro lado, mi intención fue conocer a personas y dejarme llevar por ellas el rato que durara. Personas poderosas. Lo que observo de Tinder es lo mismo que observo con las dinámicas modernas del amor múltiple. No hay estructuración simbólica, no hay más que un discurso banal y unos mecanismos banales en repetición tautológica. Las relaciones pierden drásticamente en profundidad temporal. La pérdida de profundidad temporal lleva a una pérdida de profundidad empática. Lo que observo: quien practica eso es fragmentado también en el dar, incosistente en el concebirse y en el concebir al otro. Narcisismo disfrazado de amor abierto, así como capitalismo salvaje y despiadado del objeto, cubierto de bonitas palabras. Es una lástima que siempre el pensamiento se rija por dualidades y tendencias, y que no se encuentren centros. El algoritmo de Tinder tiene un sistema de clasificación perverso que estratifica según patrones, final y esencialmente, de belleza calculada estadísticamente. La costumbre en el uso de esa aplicación redunda en la idea de que puede existir un amor del momento, de usar y tirar. Lo cual es cierto y se sabe y se practicó en muchos momentos históricos. Pero es pobre cuando uno se remite a la unidad, al tiempo, a la duración, al intercambio. Cuando no tiene un centro. Cuando los caminos son demasiados para tan pocas piernas, y tan poca capacidad de amar.