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Augurios animales | Diario T01-E15

Enero 2020

Hace semanas que me despierto a las cinco o seis de la mañana. No importa la hora a la que me vaya a dormir. El despertar es imprevisto y la impresión simple: como si llevara horas energizado me pongo en pie y literalmente sigo con lo que estaba haciendo. Tal y como les ocurre a ciertas tribus africanas que no distinguen entre la vigilia y el sueño. Antes de que amanezca me siento como un mendigo al final de un puente. Como el ermitaño que observa la línea todavía negra del horizonte. Estas semanas he estado escribiendo tres artículos de largo recorrido que me han separado del diario. A pesar de que la vida ha articulado sucesos que me han tocado y que podrían tener relevancia en el corpus que quiero articular aquí. Y de que mi mente ha ocupado posiciones nuevas que no conocía. Como quien ha nacido de nuevo, pero sólo en algunas partes. Sólo por algunas piezas.

Lo que más me gusta de estas mañanas en las que celebro no dormir con nadie, es levantar la vista y darme cuenta de que se ha hecho de día. Los pájaros han dejado de cantar. El ruido del tráfico es la forma urbana de la niebla. Esta mañana he preparado la maleta para viajar a Madrid. Quiero encontrar a personas queridas. Empezar a resolver asuntos editoriales. Hace exactamente ocho días, a las dos de la madrugada, murió el gato de mi vecina. Para mí los gatos son psicopompos. El gato de la vecina murió de golpe. Escuché desde la cama cómo ella encontraba el cadáver, cómo decía Despierta despierta Micky, oh Micky, ¡Despierta!, habiendo el gato muerto ipso facto. Desde la cama, sin poder conciliar el sueño debido a los agónicos lamentos, penetró en mí la tristeza de la señora. La tristeza total revelada por quien no se sabe escuchado. Se hizo ella en mi cuerpo. Esa madrugada desperté, si es que se puede decir que propiamente llegué a dormirme, a las cuatro y media de la mañana. Caminé por la casa con los brazos tendidos y los dedos en movimientos para sentir la presencia evanescente de Micky, gato difunto. Me hice un café y tras bebérmelo volví a dormirme. No entiendo muy bien cómo. Al despertar de nuevo ya había salido el sol. Me asomé a la ventana de la galería con mi albornoz de cachemir dorado y un escorpión tatuado en la espalda, y lo que vi fue una pareja de tórtolas seduciéndose en la rama del árbol. El macho la montó por la fuerza, y el acto duró apenas algunos momentos en los que el tiempo quedó suspendido. Más tarde, ya en el trabajo, salí a fumar con Héléne cuando acabamos de comer. Habíamos inaugurado la costumbre de separarnos de la puerta de la oficina y de sentarnos en el suelo, al sol, en una especie de plaza. Donde hablábamos por unos minutos de nuestras vidas. Para luego sumergirnos en la pantalla y en la matemática de Dios del algoritmo. Cuando me senté en el suelo miré al frente y lo que vi fue una gaviota que picoteaba el cuerpo muerto de una paloma. Acaba de encontrarla. El primer picotazo hizo saltar plumas. Y muy pronto empezaron a saltar intestinos. El cuerpo de la paloma rodaba por los aires como una pieza de plastilina. Héléne miraba fijamente todo el procedimiento de muerte y destrucción y yo, mirándola a ella, le decía Por Dios Héléne enfermarás de la mente si sigues mirando eso. Recuerdo todavía el único aprendizaje, pero aprendizaje principal, que me transmitió Jacobo Siruela, hijo de la Duquesa de Alba, en el único encuentro informal que tuve con él (entonces, años atrás, yo deseaba que me adoptara; no ocurrió porque no estaba preparado). Jacobo me dijo que procuraba sentarse en terrazas de bar orientadas hacia iglesias. Para que al levantar la vista sus ojos se posaran en los arquetipos del frontispicio. Dijo Los arquetipos sanan. Esas tres palabras, igual que la sola y única palabra que me transmitió un ser astral en una supuesta regresión a vidas pasadas que hice el año pasado, son axiomas para mí. Lo que describo acerca de la paloma muerta y sus intestinos yo no lo vi. Yo miraba a Héléne, a quien aprecio como amiga.

Esa semana había sido tumultuosa, en verdad, y todas las simbologías desplegadas por los animales demasiado explícitas y confusas como para que yo pudiera (y pueda) comprender algo, sin dejar de sentir que tenían un significado. Aparte de que deliro y hago literatura, eso está claro y ya lo sabe mi psicoanalista. Fede regresó a mi existencia tras dos meses de silencio y mutua hostilidad. Creo que a veces la he citado como F. en este diario. Me consta que no lo lee ni ha mostrado interés en hacerlo. Por lo que puedo hablar abiertamente de ella. Fede es una chica del sur de Italia, bastante más joven que yo, con la que congenié meses atrás, cosa que nos llevó a un intenso romance de tres semanas de duración y a una explosiva ruptura. El hecho es que tiene una mente parecida a la mía, y una existencia previa articulada de manera similar. Y cuando nos escuchábamos se creaba un nexo tan luminoso que probablemente era imposible o incestuoso. Qué gran mujer y qué inteligencia y carácter. También qué belleza en la sonrisa. Me encantaba cuando resumía con pasión las tramas de los musicales que le gustaban porque, o cuando me hablaba del año que pasó en World of Warcraft. Recuerdo el día en que la llevé a la mejor pizzería de la ciudad y ella pidió una Margarita para comprobar la autenticidad de los productos básicos: masa, queso y tomate. Masticaba lentamente y miraba al techo o cerraba los ojos y fruncía el ceño. Reflexionaba sobre la pizza. Y luego hacía apreciaciones que yo sólo he oído en la boca culinaria y excelsa de italianos que saben hablar. Al mismo tiempo, qué narcisismo y qué velo, qué caprichosidad por Dios. Por eso digo, muy parecida a mí. En ocasiones tenía que cogerla por los hombros, pararla en medio de la calle, y decirle Fede, por favor, llevas dos horas obsesionada con el mismo tema y ni me has preguntado qué tal. Ella regresó porque, dijo, echarme de menos en muchos aspectos, y tuvimos un par de encuentros para, sucesivamente, cerrar por mi parte esta relación. Me desencantó. No me gusta ya sentirme un medio y no un fin en mí mismo para el otro. Ya habido suficiente de eso en mi vida. Pero cómo la sigo apreciando y queriendo tanto a través de la decepción: no me lo explico. Grato recuerdo.

Eran los animales los que hablaban. Eran mis ojos los que se posaban e interpretaban. Un día, mi padre, tras semanas sin escribirme, me puso Víctor, ¿estarás en tu casa esta tarde? Tengo que hablar contigo. Sin decir ni hola. No, contesté, ¿qué ocurre?. Es largo, me escribió, y me gustaría hablarlo en persona.Pero dime qué ocurre, papá, ¿te llamo?, escribí. Volvió a repetir, es largo… y luego guardo silencio para añadir finalmente Lo hablamos cuando vuelvas de Madrid. Eran los animales los que hablaban. Herodoto relata cómo en la antigüedad clásica los augurios tenían otro estatus, y una cópula de tórtolas algo significaba, y un desmembramiento de paloma también. Lo que me dijo mi intuición es que cuando mi padre quiere hablar conmigo en persona de algo es para manipularme y pedirme algo. Mi hermana hizo investigaciones y conoció por encima el asunto. Si, cuando hable con él, lo que me diga corresponde con lo que intuyo que me va a decir, me va a decepcionar de una forma inexpresable.

Eran mis ojos los que se posaban e interpretaban. Ha habido relaciones antiguas que se han intensificado. Ha habido también ceses abruptos. Ha habido translúcidos movimientos de los que se podría sacar, supongo, un cuento. Es como si estuviera haciendo una limpieza general y amable, ahora ya sin ni siquiera virulencia o enfado, de todo aquello por lo que no me siento bien. Es como si estuviera redescubriendo cosas que ya conocía y había perdido: ciertos amigos y ciertas amigas, mientras una exterioridad representa una obra de separación, de pira fúnebre literaria, que me dice o anuncia: aprende.

El día de Navidad cogí el ferrocarril con mi madre para ir a visitar a mi tío. En la estación de Gràcia subió una chica que me pareció conocer de algo. Pero que en todo caso me traspasó. Iba con un libro de Carlos Castaneda. Se sentó junto a mi madre, frente a mí, y pasé el trayecto pensando de qué la conocía, sin atreverme a decir algo. Estaba mi madre, vaya. Más tarde caí en la cuenta de que había sido uno de esos matchs de Tinder que quedan en nada. En este caso había quedado en nada porque mi intervención había sido patética. Sin embargo, al bajar del tren en Sabadell miré a través de la ventanilla y vi que ella me miraba de una forma particular. Por lo que, esa misma tarde, volví a escribirle y le dije explícitamente lo que había ocurrido. Sincronicidad o casualidad: había que descubrirlo. Eso acordamos. Nos citamos una noche y pasamos horas hablando y riéndonos en una extraña, para mí, sintonía. Tuve que marcharme porque tenía que madrugar y porque lo que había sentido me incitaba a ser absolutamente lento: me gustaba mucho. Antes de que me fuera ella me dijo que en el tren aquel me había visto desde el andén y se había fijado en mí y había atravesado un vagón para sentarse conmigo. Tuvimos un segundo encuentro, más breve, el mismo día de fin de año. Del que, creo, dejé constancia. Luego ya no la he vuelto a ver. Aquello que tomó una forma de crecimiento, se quebró de  golpe. Yo sentí la energía del reversal. Instagram friends. Y eso es lo que es ahora mismo y ya me está bien. Así tú te ahorras el trámite de tener que quedar conmigo y yo otra relación insustancial y fragmentaria, recuerdo que escribí. Un desencanto leve. La sincronicidad no significaba nada.

Eran mis ojos los que se posaban e interpretaban. Muchas veces lo han hecho y han mantenido largas mentiras sobre mi consciencia. Ahora no me duele abandonar lo que es desequilibrado, y lo que no me aporta nada. Más bien me alivia y aligera. Los animales hablan confusamente, pero lo hacen. Hago la maleta para salir inmediatamente hacia Madrid, donde sólo tendré encuentros a personas a las que deseo decirles, y ya se lo he dicho directamente como no sabía hacerlo antes, que los amo.

precognicion

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Recomendación -> Si quieres seguir leyendo sobre augurios animales: Diario 23: Deflagraciones psíquicas . Y un artículo que ya has visto si sigues la lectura lineal: Diario 13: Lo que he aprendido de los gatos.

Si esta es tu primera experiencia en el diario esotérico, puedes encontrar más información y diversos itinerarios de lectura aquí.


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