Las antiguas clases sociales en un solo día | Diario 19

Febrero 2020


La existencia es un don. Mi interés principal, mientras exista, es conocer todos sus ámbitos. No quisiera recrearme en las posiciones enrocadas. Quiero conocer a fondo el Capitalismo en su fase tardía y por eso trabajo en una agencia de márketing. Quiero conocer los algoritmos y por eso construyo páginas web y actualizo el Instagram a diestro y siniestro. Quiero saber de la mente y por eso pasé un año y medio con Eduardo Braier, mi último maestro. Quiero saber cómo funciona la guerra aunque la detesto. Por eso escribo sobre los destructores Zumwalt que construye la Navy de Estados Unidos. No procedo por agotamiento sino por inclusión. No tengo nada que desmentir ni ratificar. Sólo quiero saber cómo funciona aquello que observo, y lo quiero observar todo con detenimiento. Quiero conocer por qué se dan el amor y por qué existe la violencia; entender en qué medida el lenguaje, que domino -y me jacto de ello-, es sólo una limitación. Quiero ser leído en este tiempo de imagen y ruido.

Aristocracia

Ayer, domingo 9, luna llena, tuve la ocasión de pasar un rato con todas las clases sociales que describiría un ciudadano común del siglo XIX. Primero, la aristocracia. Cómo adoro a esas personas y cómo he buscado llegar hasta ella. Por el momento, he estado en nueve mesas aristócratas, gracias sobre todo a la literatura, y no dejo de querer más. Juan y Andrea me invitaron a comer y me dijeron que asistiría J.M, insigne barón. Tenía una comida programada que anulé ipso facto para conocer al tal barón. Cogí el vino más suntuoso que encontré y me encaminé hacia casa de mis amigos. Llegué antes que el otro invitado, pero nada más saludar llamaron al timbre y apareció el Barón. Con lo que no tuve oportunidad de prepararme, ni de informarme previamente, ni de nada. Sólo sabía una cosa principal: nunca trates a un aristócrata como si fuera un aristócrata. Juan al parecer había aprendido a cocinar algo en las últimas semanas y nos preparó una fabada asturiana con ingredientes importados. El Barón, poco acostumbrado a Catalunya, emitía finas ironías contra los independentistas de las que yo me reía engolfadamente. La verdad, no siento nada hacia los independentistas: ni gusto, ni disgusto; sólo pérdida de tiempo. Con los unionistas, lo mismo. Yo me río engolfadamente en ambos ámbitos. El Barón, por otro lado, tenía conocimientos arcanos sobre temas esenciales: las relaciones amorosas, sobre todo, y la naturaleza de la psique de las personas maduras (60-70 años y 80 también, pero no tanto). Un hombre cuyo sentido del humor fino e irónico aprecié rápidamente, cuya diletancia y relajación no me inspiraban rechazo, pues necesitamos a figuras que representen utopías colectivizables. El barón tenía buenas ideas en materia de política, opino, y la capacidad de hacérselas llegar a algunos ministros, demostró. Al parecer, su linaje fabricaba el vino oficial de la Santa Sede, ¡El mismísimo vino con el que comulga el Papa! Dio a entender que era amigo de la Reina. De la que todos los presentes parecían ser amigos o conocidos, según observé, menos yo. Lo cual no puede ser. Reina de España: si me lees, ponte en contacto conmigo. Aprecié a J.M. Quedamos en que le informaría acerca de algo que esperaba que ocurriera esa misma noche. Este es mi mensaje, J.M.: tenías razón; el caballo no llegó nunca al establo. 

Burguesía

El psicoanalista me sugirió amablemente un día: ¿Por qué no dejas de leer acerca de psicología, y de estudiarla? Llevaba meses obcecado con Lacan y con Jones y con Jung y Melanie Klein. La mente es un misterio fabuloso. Sin embargo, fue necesario abandonar. Como también fue necesario abandonar el curso de Eduardo Braier de formación al psicoanálisis (Teórico 3, lectura sistemática y comentario de la obra de Freud, con debate entre psicoanalistas principalmente mujeres y casos clínicos que escuchaba y acerca de los que tomaba notas frenéticas). Antes de que empezara ese curso solía quedar con una de sus integrantes, Andrea (no la Andrea de la que hablo en Diario 6, ojo -por si remotamente alguien sigue toda esta trama), en el bar chino que hay en el exterior del extravagante centro comercial Nova Icaria.

centro comercial

Donde conversábamos entusiastas, y felices por ser amigos, acerca de la mente -de los otros, claro, siempre-. Andrea fue quien me invitó a la comida con el Barón. Y con Andrea es con quien tengo también  burgueses desayunos en el ensanche barcelonés algunos fines de semana. En mesas muchas veces de mármol en las que creo, he podido hablar y ha podido hablarme con una libertad que pocas veces es posible compartir con alguien. Aprecio su sensibilidad e inteligencia y la atesoro.

Working class

Después de comer, me habían invitado como comentarista a una "Kafeta marcial" en el barrio de Sants, donde tendrían lugar una serie de combates de boxeo. Quienes me invitaban me dijeron que podía hacer lo que quisiera. Pensé en coger unas cartas del tarot que tengo y predecir in situo el futuro de los combates que iban a tener lugar. Cuando llegué al casal me encontré con un local mucho más abarrotado de lo esperado. Me acompañaban otros tres comentaristas, a quienes sólo conozco por su sobrenombre. Cada uno debía desempeñar un papel: comunista trasnochado, moderador, comentarista técnico-anarquista y yo, tarotista. Cuando me subí a la tarima se fundieron los plomos de la electricidad. Cristina empezó a gritarme a través de la turba ¡Víctor sal de ahí que bloqueas la electricidad! Y, efectivamente, al desplazarme todo el local volvió a iluminarse. Me senté con los comentaristas. Nuestro objetivo es emborracharnos rápido para soltarnos, anunciaron. Plan al que me apunté sin reservas. Tiré las cartas del tarot e hice comentarios dispersos de vez en cuando. No sé nada de boxeo, la verdad. Habíamos apodado a los boxeadores como "el Trirreme de Sants", o "Karol, la tanquetilla del Raval". Organizaba @iniciativa_sexual_femenina y @bachini_bachini.

bachini bachini

Tampoco mis compañeros sabían mucho de boxeo; los comentarios técnicos eran magníficas apreciaciones de forma y bromas sobre los partidos políticos en general; el marxista comentaba que el evento lo patrocinaba Das Kapital de Carlos Marx y yo de pronto me encontraba riéndome y recordando que horas antes también me había reído con el discurso más bien opuesto y seguramente contradictorio en muchos puntos. De eso se trata.

combate de boxeo

En la tarima, había otra clase de seres humanos. Boxeadoras en composición mixta desplegaron ante mí el juego de la violencia controlada. Los observaba y volvía a mis cavilaciones. Lo que expresaba no acabo de ser capaz de ponerlo en palabras. Pero tal y como hay una fuerza enorme y renovada, hay a su vez un profundo desencanto. Nada parece importar mucho, o demasiado. Y eso lo detesto.

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