Un doppelgänger fallido | Diario 8

Hechos de octubre de 2019​​​​

Todavía no hemos alcanzado a comprender la fuerza que implica el silencio. Ni nos hemos atrevido a ampliar la noción de fuerza material hacia el campo del psiquismo. Cuando existe. Existe la fuerza del psiquismo. Y se practica cada día en la inconsciencia, y ha sido conocida desde hace siglos por algunas.

Katia y yo habíamos quedado para tomar un café en “un bar de abuelos” típico del ensanche. Ella, cuyo nombre oculto, instagramer afrodisíaca de 30K seguidores, había dicho No quiero nada espectacular. Quiero más bien que estemos recogidos en la esquina polvorienta de un bar de abuelos típico del ensanche. Eso lo dijo por Tinder, cuando contactamos, y a mí me pareció bien. Yo también prefería la esquina polvorienta de un bar de abuelos polvoriento y típico del ensanche.

Katia no había querido revelarme sus datos astrológicos. Sólo sabía que era Aries. Por lo que me dirigí a ciegas hacia Hospital Clínic, lugar en el que la había citado. En mi último mensaje le había pedido encarecidamente que me esperara en la salida de la calle Villarroel y no en la salida de la calle Urgell. Porque en la salida de la calle Urgell yo había vivido semanas atrás una experiencia trascendental, y esa salida era ahora un lugar endocrónico de polarización negativa. No quiería mezclar, solapar a los seres que aparecen y se van en esta fugacidad post-moderna. Espérame en la salida de Villarroel, por favor, frente a la entrada monumental del hospital.

La primera mirada ya contiene toda la historia entera. El primer tipo de escalofrío que atraviesa el cuerpo puede ser interpretado hasta el fondo en apenas segundos como una forma plegada del tiempo y los hechos. Hace años que vivo el salto cuántico que supone conocer a alguien en la realidad física a quien tan sólo has visto fotografiado. En este caso, el de Katia, yo tenía a mi alcance unas 5K fotos en Instagram que la mostraban en todas las posturas posibles, y en todas las modas y sensualidades, y tenía a mi alcance algunos vídeos, y sus largos textos. Y sin embargo, cuando la encontré, no apareció a mis ojos, en absoluto, como había fantaseado mi imaginación.

(Este es un dato relevante. Existen ocasiones mágicas donde lo fantaseado casa con lo visto en primera instancia. Es eso el flechazo. Yo lo viví una vez abriendo una puerta de una señorial casa en la que trabajaba. La persona que vi al otro lado era alguien con quien supe que estaría mucho tiempo).

Por este orden sentí: no va a haber deseo carnal, hoy; va a haber buena conversación; ella parece amable y dispuesta a pasar un buen rato. Podremos estar bien en un bar de abuelos del ensanche. Creo que en sus ojos vi lo mismo que sentí. Supe que habría conversación porque hubo transferencia desde el principio.

En el bar de abuelos y esquinados pedimos cafés y croissants y emprendimos el juego de seducción y revelación. Yo varias veces había valorado la posibilidad de inventarme por completo mi existencia. Valoraba la posibilidad de que mi cita hiciera exactamente lo mismo. La posibilidad de una doble ficción, fugaz, con término al cabo de unas horas. Un fruto de la imaginación tan solo.

Pero no fue así: yo hablé de quién era y ella habló de quién era. Pasamos rápido la fatídica fase de la “llamada de urgencia a los 20 minutos”.  Estábamos cómodos y nos escuchábamos. A la hora de encuentro se produjo el suceso que quiero relatar.

Ella mencionó a su expareja. Cosa que en la jerga de Tinder viene a significar Peligro. Doce años de relación intensa y ruptura fatal de un día para otro. Traición. Ella mencionó los highlights en su approach y yo entendí que quería desplegar esa trama. Comprendí en ese momento, de pronto, que no iba a ser buena idea implicarse en lo que estaba por venir, fuera lo que fuera.

Ella se extendió en los detalles porque sabía que a mí me gustaba la psicopatología, y porque le di pie a ello. En la práctica, dejé de hablar para que hablara ella y construyera la historia impulsada por mi silencio. La imagen es como si un caracol se recogiera para que otro caracol pudiera pasar por encima sin fricción. Hacerse espejo. Tomar lo que se dice y absorberlo y callar, o devolverlo con una pregunta o planteamiento. Ya estábamos jugando al psicoanálisis.

Los hechos. El tal novio de Katia, cuyo amor de doce años se había truncado por traición, llevaba dos años viendo en secreto a otra mujer. Katia lo descubrió como ocurre en las películas, de manera fatal y predestinada a través de un detalle (los terribles detalles minúsculos que lo dicen todo). De un momento a otro, su relación de doce años se derrumbó. Él mantenía al mismo tiempo una relación de dos años con otra persona y, además, estaba decidido a seguir con esa persona. Fatídico final. Corte, escisión, trauma tal vez. Observaba a Katia, quien había penetrado en la narración y estaba instalada sin darse cuenta en la transferencia (es decir, yo en ese momento sólo era un espejo para su propia narración), y trataba de determinar cómo esa escisión súbita había podido afectarla.

Sólo había que dejar hablar y hacer las preguntas pertinentes sin interpretación. Aunque mi objetivo fuera la indagación tal vez egoísta, el procedimiento era primitivamente terapéutico para ella. Si yo lo hacía bien, ella sacaría más provecho que yo. A pesar de obtener información, yo regresaría a casa hecho polvo. Lo anticipaba, y con razón.

Una vez resumidos los hechos, Katia dijo que ahora llegaba lo esperpéntico. Yo pregunté Qué es lo esperpéntico, Katia. Mi escucha era atenta y abierta, y mi actitud no era seria u oscura. Quería escucharla, quería saber y quería poder ayudarla si eso era posible. Lo esperpéntico es que ella, la nueva novia de él, está obsesionada conmigo, me imita en todo.

¿La usurpadora?

La usurpadora tiene un instagram en el que se pone fotos idénticas a las mías, con mi mismo estilo. Y está haciendo por el mismo orden los mismos viajes que yo hice en doce años con mi novio (en ocasiones decía novio, no exnovio; en un momento dado empezó a llamarlo por su nombre). Como por ejemplo un reciente viaje a Tailandia, u otro reciente viaje a Canadá. Katia me contó con detalles muy precisos el panorama. Su novio, digo exnovio, era un psicópata que la había substituido por otra persona para vivir exactamente las mismas cosas que había vivido con ella pero de forma comprimida. En dos años vivirá toda nuestra relación, dijo. Y dijo también que la usurpadora era consciente del tema. Sólo hacía falta ver cómo la imitaba en instagram.

A esas alturas, yo ya había abandonado por completo la idea de seducciones –y eso que Katia es hermosa e inteligente- y estaba absorto en esa historia loca de dobles instagrameros. Al mismo tiempo, me preguntaba, en ese escenario del bar de abuelos sórdido en medio de una cita de Tinder, quien de los cinco era el loco. Si el exnovio y su amada en la reproducción pulsional de lo mismo, si Katia en una escisión que la había llevado quizá a una grave inseguridad y a una fase narcisista primera; si yo, que perversamente sentía placer al escuchar historias de locura ajena para no tener que atender o revelar la mía, la peor.

La parte final de la cita, hasta la hora de cenar, consistió en el relato de la usurpación. Detalles acerca de cómo la nueva novia imitaba a la antigua novia. Detalles acerca de cómo el novio decía las mismas palabras en los mismos escenarios en la misma clase de fotos de instagram.

Toda esta situación se produjo sin que ella me enseñara documentos o fotografías. Nuestros móviles estaban sobre la mesa pero la situación era de transferencia: no iba a utilizarlo. Así que todo fue narrado con palabras.

A la hora de cenar le dije que tenía que marcharme a cuidar del gato de mi madre. Ella me dijo que tenía que volver a casa porque alguien se había quedado encerrado en la azotea. Nos habíamos caído bien y había sido un buen encuentro.

No habría segundo encuentro.

En casa me escribió y fue ella misma quien me pasó las cuentas de instagram de la usurpadora y de su antiguo novio. Me dijo Míralas y analízalas con tus estudios psicológicos y dime si no es raro.

Después de un rato mirando las fotos de la supuesta novia usurpadora, y las fotos del novio psicópata, y tras tratar de verificar los paralelismos de los viajes a Nueva York y Canadá lo vi claro.

Katia se lo había inventado todo, o lo había sobredimensionado y adaptado a una narrativa fabulosa. No había ninguna imitación palpable. Y doy fe, ella creía hasta el fondo en ello. Y no iba a ser yo, un desconocido, actor en este asunto. Asunto que ahora es un recuerdo lejano. Mi deseo es que Katia pueda superar su ruptura y constituirse en su integridad de nuevo.

Per aspera ad astra.


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