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Fin de confinamiento | Diario 32

Mayo 2020

Apareces cada viernes puntual como un reloj en la divina, reputada
discoteca clandestina; te hablan, te miran, te adoran, susurran que te quieren

ladrones, princesas, payasos, macarras, modernas
y actores tan guapos.
Nacho Umbert


Estaba sentado de frente al sol del amanecer cuando me escribió A. y me dijo: "Oye, que ya podemos salir a delinquir". Eran las ocho de la mañana. Ella es tan madrugadora y obsesiva como yo. Bueno, qué me sugieres, le contesté. Me dijo que salía en quince minutos de casa y que, si quería, nos encontrábamos para ir hasta el mar. Me duché, me arreglé un poco el pelo que yo mismo me había cortado frente al espejo de forma infructuosa días atrás; me arreglé la barba. Cuarenta días después, o más, iba a encontrarme con otro cuerpo. Y no otro cualquiera, sino el cuerpo de A., y su espíritu. 

El día que la conocí, ya dos años atrás, noté algo rarísimo: el feeling que sentía con ella era el mismo que siento con uno de mis mejores amigos históricos, @Dangarver. A los pocos días de conocerla se dio otra sincronía: supe que ella y Dangarver habían nacido el mismo día, un 28 de agosto. Una cuestión numerológica y no del todo astrológica, pues ella es ocho años más joven. Tal vez ese Virgo hecho todavía de fragmentos calientes de Leo. Solo sé que, en el amplio espectro de las emociones, he llegado a amar y a odiar a A. Es una persona con la que he atravesado todos los estados y, lo mejor, hemos sobrevivido a todos ellos por un raro magnetismo que nos acerca cada ciertas semanas. Después de días y días sin saber de ella, A. aparece de pronto, irrumpe en la vida, mi whatsapp se llena de notas de voz de ella, de proyectos, de ideas vibrantes y, al mismo tiempo, de tontería especulatoria en la que muchas veces nos perdemos en el divagar, y también de un campo de seducción y vaporosidad. A pesar de que es vasca, y ruda, y muchas veces insensible en sus palabras o sus actos. Y luego, habitualmente, sobre todo cuando siente que nos acercamos demasiado, desaparece.

Ayer apareció a las ocho de la mañana y yo decidí aprovechar la ola, el momentum que había abierto con su mensaje. Decidí que fuera ella la primera persona a la que iba a ver después del confinamiento por COVID-19. Salí rápido a la calle ya sin temor a ser detenido por la policía, como ha ocurrido múltiples veces estas semanas, y al mismo tiempo con temor. Sin temor pero con temor. Por haberme citado en Arc de Triomf, a dos kilómetros de mi casa, y por el proyecto tal vez insensato de ir hasta el mar y consumir las horas legales de "paseo" tras el confinamiento. También por temor del deseo de pedirle, precisamente a A., que nos diéramos un abrazo después de tanto tiempo. Porque sin duda necesitaba abrazar a alguien, o tocar una piel, por encima de todo, y A. es sin embargo una persona fría y reservada, a través de su locura y belleza hay que ir muy hondo para encontrarla desprotegida. La vi a lo lejos sentada en el modernista monumento de plaza Tetuan.

Por su postura ladeada calculé, desde lejos, que la propia posibilidad del abrazo iba a ser complicada. Pero nos lo vamos a dar, me dije convencido, empujado ya por el delirio, la fantasía loca de... un abrazo. No se trataba tanto de abrazarla a ella, como de abrazar algo que estuviera vivo y fuera abrazable. No era una cuestión de libido, sino de supervivencia de la propia integridad: o nos referenciamos en otro, o no somos nada. Así que, aunque se encontraba ladeada y además tenía el teléfono en el oído, le dije Oye A. necesito un abrazo, démonos un abrazo, ahora; y sin tiempo a dejar el móvil se quitó el teléfono del oído y yo abracé su pequeño y frío cuerpo, que olía vagamente a resaca. En esencia, la estampa fue así: 

abrazo ainhoa

Donde yo era la chica y A. el chico con la consola portátil. Creo que en el poco rato que duró el abrazo ella llegó a enviar un mensaje, literalmente, a mis espaldas. Por lo que fue un abrazo fallido, errático, flojo. Y sin embargo, después de 40 días, lo fue todo. Fue también el descenso o regreso. Como un parto, no tuvo cualidades del todo placenteras. Pero fue real, incluso en el sentido lacaniano: ofreció una fisura, la del otro, que durante 40 días había estado menguada por la ausencia, o mediada por la fantasía de la proyección en pantalla. Era algo que luego podría narrar, como apenas he podido narrar nada en las últimas, ¿cuántas?, seis, siete entradas de este diario. 

A. vestía leggins y ropa deportiva, al parecer como la mayor parte de personas que nos rodeaban: toda clase de ciclistas y corredores aglomerados en una vívida celebración claramente excesiva, por contraste, el típico efecto de rebote que siempre vemos en la bolsa representado en los paseos. Así que, conociendo algo de la magia de las formas en economía, sentí cierta angustia cuando me vino a la cabeza la clásica figura del rebote del gato muerto:

rebote de gato muerto

Como vemos, tras un período de excesiva confianza, alguna clase de desastre produce una gran contracción (de qué, no lo especificamos, centrémonos en la forma). El descenso es tan acusado que, por contraste, siempre hay un efecto de rebote. El rebote ayer era la vividez y el optimismo jovial que se vivía en las calle. Lo tenebroso de la figura es que 1) es arquetípica, por lo que tiende a formalizarse siempre que se plantea en la abstracción 2) El descenso que sigue es tenebroso. No hay que olvidar un dato importante acerca de la gripe del 18, y son los cinco años posteriores de incremento estadístico de patologías mentales asociadas a la depresión. Consecuencias colaterales de la crisis sanitaria y económica. 

Por lo que, ayer, lo que yo sentí fue cierto miedo. Y en la misma contradicción, la enorme energía que siempre me transmite A. y su vigorosa fuerza, una fuerza creativa que se desencadena sólo y sólo si conectamos, cosa que no siempre ocurre. Cuando digo que con A. he atravesado todos los estados, también se incluyen cinco meses en los que no hablamos y, directamente, nos odiamos y rechazamos mutuamente de forma virulenta siempre que nos cruzábamos. Me resulta increíble que nos recuperáramos de aquello, pero lo hicimos. En una tarde de borrachera en la que pudimos manejar nuestros centros y tocarnos de nuevo. Ayer caminamos kilómetros hasta el mar enfrascados en la conversación ininterrumpida que siempre tenemos. Caminábamos a su ritmo, ergo, muy deprisa (vigorosas piernas atléticas). Cuando ella no me miraba, yo la miraba. Y viceversa. Había algo, por lo menos en mi mirar, que la recorría. No por un deseo o una atracción, que tampoco descarto, sino por la constatación de la existencia de volúmenes a los que uno tiene afecto. Puede sonar raro: valoro a A. como persona a fondo, pero ayer había también una valoración de la mera existencia de volúmenes autónomos, vivos, con ideas propias, que además me miraran cuando yo no miraba, que yo pudiera mirar cuando ellos no miraban; que ambos pudiéramos mirarnos las veces en las que, hotelero, le ordené que nos sentáramos para que pudiera fumar un cigarrillo: eso me resultaba una magia.

Tal y como lo recuerdo, cuando llegamos al mar casi estábamos en el límite horario dispuesto para "dar paseos". A. entró en paranoia y empezó a sacar bolsas del supermercado del bolso. Yo le sugerí que cuantas más bolsas del supermercado sacara, más sospechosos pareceríamos, y así fue como entramos de nuevo en el estado policial. Así fue cómo la exterioridad se volvió de súbito fría y nuestra atención empezó a centrarse en otro tipo de volúmenes: coches de policía, seres sospechosamente trajeados. La paranoia desparramada donde cada mirada que antes había sido de celebración humana conjunta, ahora era de duda, de temor. Esconde las putas bolsas A., le decía mientras intentaba meterle las bolsas en el bolso, mientras ella intentaba sacarlas, mientras ella me decía que, precisamente, sacar las bolsas era mejor idea que no sacar las bolsas. Mira, allí hay un montón de policías, me dijo mientras jugábamos o forcejeábamos con las bolsas. Esos policías, realmente, no estaban haciendo nada. Pero nosotros habíamos entrado en paranoia. Le dije que conocía un pasaje secreto con un parque, seguramente libre de policía. Le ordené que guardara las bolsas. Fuimos al parque secreto. Ella de pronto se maravilló por la existencia de un lugar así, ese parque, aunque era un parque cualquiera y arrabalero, donde cobijados por unos edificios y lejos del alcance de policías, nos sentamos en un banco y empezamos a trazar el plan de "cómo volver", en plan conspirador y, como digo, paranoide, casi como si estuviéramos cometiendo un delito, en ese momento, en ese parque, en ese banco, por culpa de las bolsas. Fue allí donde ella me habló con detalle de la relación con su padre. Tema por el que, de pronto, todo ese encuentro tras cuarenta días de no ver a nadie, ese encuentro precisamente con A., persona que no sé si está o no está, si hay amor o si no hay nada, me pareció significativo. Lo que ocurría con su padre tenía resonancias en mí. Lo que ocurre con el mío tenía resonancias en ella. Ese intercambio fue importante. Seguramente nos dio la fuerza para hacer algún tipo de ponderación y reducir la paranoia. Se fue la paranoia. Caminamos juntos y absortos y yo me pasé de calle sin darme cuenta. Como siempre, la despedida fue abrupta y violenta por su parte Bueno ciao ya nos vemos, y desapareció. La vi marcharse. Como siempre, pasará bastante tiempo hasta que volvamos a tener un encuentro íntimo. Te quiero, A. and you know that

A pesar de que pesa sobre mí un Sol en oposición al Saturno natal (Imposing of restrictions), un Marte en oposición a mi Marte natal (Wrapped up in your ego), un Marte también en oposición con el Medio Cielo (Acting Impulsive), un Venus en oposición a mi Saturno natal (Evaluation of Goals), y más energías, muchas acumuladas estos días, que dificultan mis relaciones (Mercurio cuadratura Neptuno, Sol cuadratura Neptuno, Mercurio oposición Urano, Sol aspecta negativamente a Venus, Marte se aspecta negativamente con Saturno), y de que estás loca en el sentido más amplio de posibilidades de la palabra, nos comunicamos a fondo y nos transformamos al mismo tiempo. Lo único que pido a una relación es que esa transformación sea Uránica, si se da. Porque si no se da, es simple para mí: no hay relación a valorar.

Recuerda que la carta que nos rige a ambos desde hace meses es una: the fool. La carta sin número, la carta comodín que puede adoptar cualquier arquetipo posible en la combinación. Tal y como hasta la fecha hemos experimentado.

el loco
apple pencil

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Si esta es tu primera experiencia en el diario esotérico, puedes encontrar más información y diversos itinerarios de lectura aquí.


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  • Ahora entiendo todo, the fool son las bolsas. Ellas tienen la respuesta, debemos interrogarlas el próximo día. Podemos hacer los dos de poli bueno y poli malo, alternar cada pocos minutos, desconcertarlas y marearlas

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