El estado de la forclusión | Diario 1

Lo que implica el descubrimiento de nuevas palabras a los 33 años de edad. La entrada de nuevos significados que reestructuran toda una concepción, y que por su calado cambian también la conducta, y la forma de entender el cuerpo, y la manera de tratar con él. Lo que me llama la atención es que esas nuevas palabras que aprendemos, cuando surgen tarde, parecen encajar, ocupar siempre un lugar que ya antes estaba presente en nuestra mente, pero sin palabra: sólo como sensación o figura sinestésica. La impresión es la de haber traído algo al mundo de lo comprensible, haberlo insertado en la continuidad de significado que trama cada uno –como buenamente puede-. Una de esas palabras es forclusión.

Respecto a la forclusión, creo que pasé cinco o seis meses encontrándola en diversos textos psicoanalíticos sin llegar a preguntarme realmente qué significaba. Muchas veces me ocurre. Es un juego. Llega una palabra nueva que, por lo que leo, tiene un sentido nuevo y fundamental. El juego consiste en tratar de definirla sin buscar propiamente su definición. Tan sólo por aquello que lo rodea. Así, cuando empecé a encontrar forclusión en los textos, lo primero que hice fue sentirla por su contexto. Lo que sentí acerca de la forclusión es una imagen. La imagen de un río que en un momento dado entra en una hendidura y pasa a ser subterráneo. Algo que se hunde sin perder su fuerza y continuidad, hacia abajo y hacia dentro, y sin fundirse con lo subterráneo.

Todo parece indicar que el término forclusión fue introducido por Lacan en la última clase del seminario 3 dedicado a las psicosis. Exactamente el 4 de julio de 1956. Autor al que por cierto tengo prohibido leer por indicación médica expresa.

Así funciona o de esta manera ocurre la Forclusión. Se trata de un mecanismo de la psicosis, definitorio de la misma o de su aura. En palabras técnicas primero: Con la forclusión se da el rechazo de un significante fundamental de una manera tan violenta que es expulsado del universo simbólico del sujeto. Este universo simbólico es aquello que tiene sentido para nosotros. En palabras claras: Hay algo que ocurre en nuestras vidas ante lo que reaccionamos con un mecanismo mucho más intenso que la represión, y en lugar de olvidarlo (hacia dentro), lo expulsamos (hacia fuera).

Dice Freud, hablando de lo mismo sin todavía haberse mencionado / fundado el término forclusión: «Existe un tipo de defensa mucho más enérgica y mucho más eficaz, que consiste en que el yo rechaza (verwirft) la representación intolerable, simultáneamente con su afecto, y se comporta como si la representación no hubiera llegado jamás al yo».

Cuando se da la represión por efecto, por ejemplo, de un episodio traumático, el contenido que reprimimos no desaparece. Pasa al inconsciente y el inconsciente nos lo devuelve a través de sus formaciones: síntomas neuróticos, o los propios sueños, o los famosos actos fallidos. El afecto suele estar desligado de la imagen, pero surge, se manifiesta sobre otras imágenes. Sin embargo, cuando se da la forclusión, el contenido no ha sido “codificado” en el inconsciente, sino que yace no codificado más allá de los límites simbólicos y hacia fuera. No hay nada que surja o que haga presión sobre nosotros (desde dentro). Cuando regresa, por eso, y al hacerlo desde afuera, lo hace con la forma característica de la alucinación.

Lo que es suprimido (y no reprimido) vuelve desde el exterior. Y vuelve de una manera que nos parece por completo desconectada de nosotros. Como un cuerpo ajeno. Tenemos, por ejemplo, el caso del pintor Christoph Haizmann. Un pintor del siglo XVI cuyos síntomas analiza Freud en retrospectiva, y que son paradigmáticos de “la posesión demoníaca”. En efecto, una mañana Haizmann se despierta con el cuerpo envuelto en convulsiones. A estos estados convulsivos les seguían efectos de lo más diversos, como por ejemplo parálisis en las piernas. Se puede seguir el caso de Haizmann a través de su relación con el párroco de Pottenbrum (parroquia para la que el pintor trabaja). Lo que relata Haizmann es que, según él, pactó con el diablo años atrás, en una época de dificultades con el arte. Haizmann relaciona sus estados convulsivos, bloqueos musculares y alucinaciones (en forma de la Virgen y Jesucristo acosándole) con obra del diablo, las nefastas consecuencias debidas a ese pacto: el diablo como agente exterior, otro. Solicita exorcismos.

Estamos ante un ejemplo psicótico en la medida en que para este pintor, todos sus síntomas se deben a un efecto exterior adecuado al pensamiento mágico. El mecanismo principal que opera en Haizmann es la forclusión. En el estudio del caso se descubre que la aparición de las alucinaciones coincide con la muerte del padre. Como si, hipotizamos, la muerte del padre, su desaparición, y de alguna forma el acto fallido del luto y la negación de la misma, el no trámite de la misma, hacen que Haizmann encuentre la respuesta a su dolor, como dolor, desde el exterior. Debería de ser así si no se ha producido una inscripción correcta del duelo, ahí deberíamos tener la forclusión (ahora, en todos los casos de posesión demoníaca, precisamente por la potencia extraordinaria de sus representaciones, surge la duda de si efectivamente hay algún demonio ahí. Lo más probable y no menos sorprendente es que el demonio, por decirlo así, existe porque se percibe, pero lo ha engendrado uno mismo).

Lo característico de la forclusión es la alucinación. La imagen que acosa lacerante en el cerebro. Con Freud, no existía la palabra pero se conceptualizó el hecho a raíz de la observación clínica (El hombre de los lobos, en concreto la imagen del dedo cercenado). La palabra, a parecer, se pronunció por primera en el seminario de Lacan. Y la diferencia entre represión y forclusión como conceptos tuvo lugar, dicen, a finales de 1955. La palabra no había sido todavía inventada -si nos atenemos al dato ubicado arriba- pero tomaba forma. Como él mismo señala, lo reprimido se revela mediante una denegación y demuestra ser dialectizable porque está articulado en lo simbólico (podemos vagamente comprender qué ocurre). Por el contrario, lo forcluido (verwofen) en lo real deja al sujeto psicótico «absolutamente inerme, incapaz de hacer funcionar la negación con respecto al acontecimiento».

Todo esto suena oscuro, pero es sencillo: hay cosas que son nuestro producto y sin embargo las sentimos venidas desde fuera en su totalidad. No las reconocemos. Ni siquiera si se señala un posible vínculo se reconoce dicho vínculo. Con lo cual, tampoco nos es dada la oportunidad de negarlo. Aprender esta palabra me dio miedo. Pensé en si yo tendría mucha cosa de esa forcluida, por decirlo llanamente, y cuánta gente a mi alrededor y qué suponía eso. A qué espejismo, que dolor o qué goces correspondería. Cavilaciones que a menudo ocurren mientras estoy tumbado en un sofá de Ikea, con la cabeza mirando al techo, la mirada fija en una lámpara de bajo consumo. Esperando a que en algún momento ocurra algo.