Full Circle | Diario 11

Diciembre 2019. Para M.

Entre la contemplación fija y bloqueada de la pared blanca y un paseo exultante por el barrio con la música a todo volumen pueden mediar apenas unos minutos. Tiendo a entregarme a los extremos pero también a cambiar rápido mis posiciones. He visto que hay dos tipos de consciencia: aquella que es interior y que surge como formas y colores, en ocasiones como sonido articulado, y la consciencia exterior o proyectada. Un alto nivel de consciencia interior implica poca consciencia exterior. Y al mismo tiempo, esta es la paradoja de la teoría que queremos fundamentar, la máxima consciencia interior supondría un giro circular que llevaría a la máxima consciencia exterior. Luego habría una estructura superior que tendemos a llamar destino y que no sería otra cosa que los actos que el inconsciente realiza por nosotros, o mejor dicho, a través de nosotros, y que parecen escritos a priori por un dios. Esta estructura existe.

El psicoanálisis descubrió décadas atrás los complejos de aniversario gracias a la larga duración de las terapias y a la posibilidad de encontrar patrones en la dimensión macro. Hay personas que un día concreto de cada año, sistemáticamente, año tras año sin oscilaciones en el calendario, sufren el brote de un síntoma. Puede ser que alguien se deprima todos los 23 de febrero. Para descubrir mucho más tarde que esa fecha había quedado inscrita a raíz de un trauma otro 23 de febrero, muchos años atrás. Existen casos documentados con las más complejas articulaciones simbólicas en el espacio-tiempo que responden a esta configuración.

La clínica no miente. Además, dos años de observación atenta de las costumbres de los gatos me han permitido comprender que la memoria calendárica existe también en los seres que no poseen calendario.

El otro día Gaizka me dijo Ahora que escribes un diario, ¿todo lo que diga será susceptible de ser reproducido en él? Sí, incluso la metaformulación esta. Y nada más. Por otro lado, no sólo susceptible de ser reproducido: también de ser deformado. En esa cena alguien mencionó un libro fetiche: Tres circunvoluciones a través de un Sol cada vez más negro, de Grégoire Bouillier. En dicha obra, potente autoficción, el autor describe cómo al leer la Odisea de Homero por segunda vez, ya con cuarenta años, tuvo la revelación de que en dicho libro se inscribe de forma arquetipal toda existencia, al menos en lo referido a la figura masculina (esto es un tema en sí, pero no es el tema que quiero tratar). Por lo que, a partir de entonces, guio su vida a partir de la comprensión de lo que leía en la Odisea.

Si la afirmación me llamó la atención es porque he escuchado a otros autores de literatura decirlo. Como también he escuchado a otros escritores autorizados –en mi opinión- hablar del poder de transformar la realidad con la escritura.

Hacía más de un mes y medio que había algo que debía hacer y no hacía. En esencia, dar de baja una línea telefónica. No transferirla o cederla: darla de baja. Un gesto sencillo que implicaba tan sólo una llamada y un formulario. Un gesto que no acometía porque, en mi cabeza, suponía la ruptura final de un estrecho vínculo personal que no tenía el deseo de romper. Pero quedando ya sólo eso: había que romperlo. Y desde que tuve esa certeza cada día pensé en efectuar la llamada, sin llegar a efectuarla. Cada día me decía Mañana lo haré, como si esa demora fuera a implicar, en algún momento, el cambio de una tendencia.

Al día siguiente tampoco lo hacía.

No era más que descolgar el teléfono y preguntar por el departamento de bajas y rechazar todas las ofertas posibles, más allá de la razón, y dar de baja el asunto para clausurar también su símbolo. A lo largo de ese mes y medio, no pude ni siquiera interesarme por cuál era el número de atención al cliente. Hasta que ocurrió algo que me decepcionó y que supuso el après-coup que me decidió a actuar. Con la intención de ser detallado, ocurrió lo siguiente: de pronto se formó la fuerza para dar de baja la línea telefónica. Yo la sentí dentro. Pero tras la instauración de esa fuerza no hice nada ni el primer día ni el segundo. Fue el tercero, ya después del crepúsculo, mientras bajaba de los barrios altos de la ciudad hacia mi casa en uno de los largos y erráticos paseos que realizo últimamente, cuando supe que al llegar a casa buscaría el número de atención al cliente, descolgaría el teléfono (como si un móvil pudiera ya propiamente descolgarse) y daría de baja la línea tras rechazar todas las ofertas. Llegué, me senté, descolgué y tuve una breve conversación con un operador que trató de retenerme. Esto no es una cuestión de lógica, sino de símbolo, quise decirle. Pero me limité a insistir y mantenerme firme hasta que me pasaron el formulario de baja, que procedí a rellenar con los datos necesarios y mi DNI, y que envié de inmediato.

Recuerdo que al día siguiente me encontraba en la ducha pensando en cosas que tenía que hacer. Pensaba en primero haré tal, y luego cual, y así acabé preguntándome en qué día estábamos, si era día veinte, o si era veintiuno. Es veintiuno, me dije. Al salir de la ducha lo comprobé. Era ventiuno. El cumpleaños de padre. También el cumpleaños de F, a quien tengo presente. Estaba amaneciendo. Suelo levantarme entre las cinco y media y las seis de la mañana para escribir o trabajar en mis negozi. Pero… me detuve a reflexionar. Si en esa madrugada estábamos a veintiuno de diciembre de 2019… me di cuenta de pronto… eso quería decir que había dado de baja la línea telefónica a la misma hora, del mismo día, del mismo mes, con total exactitud inconsciente, seis años después de mi primer beso con ella, cuando todo nacía.

danielewski 2013