Lo que he aprendido de los gatos | Diario 13

Diciembre 2019 – Enero 2020

La tarea de la magia es comparar las cosas.
Marsilio Ficino, De Amore

Seis de la mañana, 25 de diciembre de 2019. Nuestra peor Nochebuena. Madre opina que todo había de colapsar para reformularse. Yo opino que este ha sido nuestro año del pensamiento mágico. La familia se reduce y estrecha, y la locura crece en la rama de los Matas. Me apresuro por ello a tomar notas intempestivas acerca de las visiones e intuiciones obtenidas. Con el conocimiento de que no podré permanecer mucho más tiempo en este estado de la percepción. Bajo pena de destruir mi cuerpo y de finalizar mi vida. El texto de hoy quiere anudar textos precedentes y establecer vínculos entre diferentes afirmaciones que he ido soltando en forma de axiomas. Quiero hablar de lo que he aprendido de los gatos. De lo que aprendí, sobre todo, cuando pasé dos años con Levi y uno con Úrsula, quienes todavía siguen vivos y a quienes pienso cada día.

ursula y levi

Deseo que acabe ya este año.

Mi relación con Levi es la principal. No hay otro animal en este mundo con quien haya compartido estados de comprensión mutua (o apariencia de ella) semejantes. De la misma manera que no hay otro animal en este mundo que me haya sanado y permitido aprender como lo hizo él: psicopompo. El color gris y blanco determina a los gatos de conocimiento. Ese es su color. Úrsula, en cambio, es una hembra de color naranja –infrecuente combinación-, signo de la abundancia material.

Hechos e interpretaciones libres. Especulaciones.

I – Tiempo

Primeras semanas. Yo trabajaba en casa y pasaba muchas horas con el gato. Nos observábamos y tanteábamos. No existía un vínculo. El vínculo iba conformándose a medida que nos relacionábamos. Jugaba con las manos y él me las cogía con sus patitas, extendiendo las uñas inconsciente de que me hacía daño. Recuerdo que en los primeros meses mi mano derecha estaba llena de rasguños debido al juego. Recuerdo que observé desde el primer momento que los gatos establecen costumbres. Por ejemplo, cuando M. se marchaba al trabajo y yo me levantaba para hacer el café y ponerme en marcha, Levi se ubicaba en el balcón de la cocina y pasaba allí por lo menos dos horas. Luego venía conmigo. Luego pasaba al balcón de la habitación. Esa rutina matutina era estable y milimétrica. Supongo que el gato se guiaba por la noción de día y de noche: una sencilla circularidad. Sin embargo, mi primer y fundamental descubrimiento fue que Levi, en verdad, tenía una noción del tiempo mucho más compleja y enraizada que la mía. Lo que comprobé en esos meses que pasamos juntos todo el día (antes de que, fatídicamente, me viera obligado a trabajar en una oficina) es algo que sigue chocando con mi teorizaciones principales acerca de nuestra comprensión de lo que es el tiempo.

Descubrí que si yo implementaba una nueva rutina, por ejemplo, los martes, tan sólo era necesario ejecutarla dos veces para que el gato supiera, el martes de la tercera semana, a la hora precisa, que debíamos acometer la rutina. En este caso: un martes decidí ponerme en el sofá a leer por la mañana, eran las 11. Normalmente a esa hora yo estaba en el escritorio y Levi en el balcón. Cuando me senté en el sofá para leer Levi estaba, efectivamente, en el balcón. Al cabo de unos minutos se asomó y me observó extrañado desde el vano de la puerta. Entonces se acercó y se colocó en el sofá. Volví a hacer lo mismo el martes siguiente: a las once me senté en el sofá. Levi volvía a estar en el balcón, y volvió a asomarse en desde el vano de la puerta para acabar sentándose conmigo en el sofá. El hecho que pude constatar varias veces: el martes de la tercera semana, Levi abandonó su posición en el balcón a las 10:50 y se trasladó, antes que yo, al sofá. A las once del martes de la tercera semana, Levi ya estaba esperando a que repitiera el patrón semanal.

No me consta que nosotros, los seres humanos, tengamos constancia de esa memoria semanal intuitiva e interna, que sin embargo existe (como existen memorias mucho  más profundas, descubiertas en los complejos de aniversario). A pesar de que poseemos un calendario y un lenguaje para conceptualizarla y los gatos no. Por lo tanto, es previa a la noción de calendario de la que parecía surgir (esto es lo que más me impacta). Lo que quiero decir es que para el gato parece que un acontecimiento repetido dos veces, con independencia del tiempo que medie entre ambas repeticiones, es señal de una costumbre. ¿Cómo cuenta el gato los siete días que median entre un acontecimiento y otro? ¿Qué referencia posee, a falta de un control consciente a largo plazo del día y la noche –que implicaría capacidad de cálculo- para saber que son las once del martes siguiente, y no de cualquier otro día, con tan solo dos puntos de referencia? He pensado mucho en esto sin llegar al hueso de la cuestión, que sigue ahí. Yo mismo he experimentado complejas articulaciones espaciotemporales que mi razón no puede explicar, y cuya aproximación sólo considero posible por acumulación masiva, aunque tangencial, de notas con anomalías y pruebas vagas que las descubran.

La hipótesis más simple y también literaria por el momento, sustentada por teorizaciones avanzadas en cuántica de bucles leídas en el prestigioso físico Carlo Rovelli –o lo que yo he entendido de ellas-, es que el tiempo lineal tal y como nosotros lo experimentamos es falso. Y añado: que el tiempo tan sólo es un efecto de la consciencia, que la consciencia es atemporal a pesar de que nosotros la vivamos on the run. Por lo que todo lo que florece y perece ya había florecido y perecido antes de que ocurriese, y que todos y cada uno de sus momentos de ese florecer y perecer, aunque nos parezcan recuerdos, son presente: tanto su principio como su fin están aquí, y seguirán estándolo. Por eso es importante para el ser humano sanar todas sus relaciones.

Porque ninguna relación va a ser nunca pasado.

Esto es complicado de pensar. Falta la experiencia directa que, creo, los gatos sí tienen, aunque parcial, pienso, de dicha naturaleza acrónica del tiempo. Sin embargo, ellos no tienen el lenguaje para explicarnos nada de lo que está ocurriendo. Aunque tienen un lenguaje.

II – Juego

Es común el efecto de antropomorfizar a los animales. Es un efecto simple de proyección que se da también entre las personas. Entre las personas, uno tiende a ver en el otro lo que es o lo que no es uno mismo, sin ver propiamente al otro. El narcisismo masivo en el que vivimos instaurado, que a su vez se vende como todo lo contrario.  Así creemos que una expresión humana triste en un gato equivale efectivamente a tristeza, cuando en verdad el gato expresa la tristeza de una forma completamente distinta (y muchas veces asintomática en el continuum, creo, por esa experiencia suya particular del tiempo). El juego de las expresiones de animales es un juego de espejos.

La mirada, la posición del cuerpo, las orejas, la cola, los bigotes, eso constituye el lenguaje del gato. Como seres humanos, no podemos replicarlo, pero sí podemos imitarlo (como una torpe traducción que mezclara peras con tomates) con los ojos y con las articulaciones de la mano. En el juego, con Levi, al principio era así. Él estaba con la panza al aire y yo me acercaba al acecho con la mano. El juego consistía en que él me atrapara la mano antes de que yo lo tocara y la retirara, escapándome. Un juego simple de cazador y presa. Al principio, como he dicho antes, cuando me atrapaba la mano lo hacía con las uñas. Cada vez que me hacía daño yo emitía un sonido agudo (aspiración shhh) y él, sorprendido, aflojaba y se quedaba estático mirándome. La clave era que, a continuación, yo hacía un parpadeo muy lento mirándolo y él, siempre, mirándome, me lo devolvía tras haber reflexionado un momento (o eso parecía). El parpadeo lento es signo de “confía en mí”. Y a su vez de “confío en ti”. Y al mismo tiempo, en esos momentos de juego, de: “estamos jugando”. No siempre lo devolvía, claro, según cuál fuera nuestra situación: si yo me había excedido, por ejemplo, me miraba fijamente sin parpadear, dudando.

Lenguaje no verbal.

juego entre gatos

A las pocas semanas ya no me arañaba y jugábamos con una soltura extraordinaria, que permitió introducir otros juegos de persecución más complejos, y que me permitió comprender que el gato es muy inteligente cuando pone el foco en algo. Y que aprende, y que tiene sus estrategias anticipatorias complejas. Dice Winnicot en Realidad y juego: “El rasgo esencial de mi comunicación es el siguiente: el juego es una experiencia siempre creadora, y es una experiencia en el continuo espacio-tiempo, una forma básica de vida”. Hay una correlación entre estructuras mentales narcisistas y una incapacidad natural para el juego, ya sea reglado o normativizado. Sin excepción, no hay juego si el juego no es mutuo y bajo un mismo código común: la regla. El juego narcisista es unidireccional, por lo que no es juego, sino dominación en la transgresión de la regla. Superioridad por introyección (identificación introyectiva) de lo bueno y grandioso y desprecio altanero por identificación proyectiva de lo débil y dependiente son el fundamento de todas las organizaciones narcisistas de la personalidad en el dominio psicológico. Rasgos equivalentes a lo que ocurre en las psicosis, by the way. Donde la forclusión es antigua y masiva, casi siempre, y la integridad del sujeto dudosa.

No hablo de videojuegos, hablo del juego que supone también, incluso, la construcción –o caída- de un acto relacional. El juego en el habla, para empezar, el juego de la seducción, el juego más complejo y exclusivo del amor y la amistad y sus arquitecturas a largo plazo.

Por experiencia consumada: me inquieta quien no sabe jugar con los gatos o con las personas (por ejemplo, con los niños, la prueba más manifiesta). En mi Cuaderno negro de simetrías asincrónicas sigo la lógica que Herodoto atribuía a los egipcios antiguos: “Los Egipcios han descubierto más presagios que todos los demás hombres juntos, porque cuando sucede un presagio, observan el resultado y lo anotan; y si alguna vez, más tarde, se produce algo semejante, piensan que ha de tener el mismo resultado”. Así, empecé a anotar las intuiciones y observaciones anómalas que una y otra vez notifica mi percepción alucinada, sobre todo en este año del pensamiento mágico. Para encontrar, en primer lugar y en mí mismo, que los períodos en que soy incapaz de jugar a videojuegos solo o con amigos, o que no disfruto en el futbolín del startupero trabajo de la empresa, por ejemplo, suelen ser períodos de introspección. La cual no es mala en sí. Si es pasajera. De instaurarse, en cambio, genera mónadas, ser cerrado en sí mismo que no ve en el otro más que espejos deformados (mentes totalmente proyectivas, por lo tanto: relaciones de dominio y no de intercambio). Onanismo simbólico. Notifiqué también que el juego crea un vínculo reglado. Una estructura para la relación. Y que genera una lealtad. Tras el juego, el gato se acerca más a ti y muestra el cariño de formas inesperadas y a veces incluso exageradas. A medio plazo, se instaura una seguridad mutua. Igual que tras el juego los humanos ríen y, en el descanso, celebran en grupo. Así, el juego es la mecánica transicional básica de la empatía. Durante y tras el juego, todos se acercan, y uno se acerca a todos.

III – Poder

Citaba a Herodoto en relación a los egipcios por un motivo añadido: siempre me ha llamado la atención la extraña relación de esa civilización con los gatos. Parece que estamos ante una anomalía que merece un detenimiento cuando leemos, también en Herodoto: “Cuando hay un incendio, pasa con los gatos un hecho extraordinario. Porque los egipcios se colocan de trecho en trecho guardando los gatos, sin ocuparse de extinguir el fuego; pero los gatos cruzan por entre los hombres a saltos por encima de ellos y se lanzan al fuego. Cuando eso sucede, gran pesar se apodera de los egipcios. En las casas en que un gato muere de muerte natural, todos los moradores se rapan las cejas solamente; pero al morir un perro, se rapan la cabeza y todo el cuerpo”.

Todos los animales son sagrados para los egipcios antiguos, pero los gatos tienen un estatuto especial. Sigmund Freud ya especuló en su momento acerca de la fascinación particular que suscitan los gatos y los felinos frente a otros animales. Lo hizo, precisamente, en Introducción al narcisismo:

“Con particular nitidez se evidencia que el narcisismo de una persona despliega gran atracción sobre aquellas otras que han desistido de la dimensión plena de su narcisismo propio y andan en requerimiento del amor de objeto; el atractivo del niño reside en buena parte en su narcisismo, en su complacencia consigo mismo y en su inaccesibilidad, lo mismo que el de ciertos animales que no parecen hacer caso de nosotros, como los gatos (…) por la congruencia narcisista con que saben alejar de sí todo cuanto pueda empequeñecer su yo. Es como si les envidiásemos por conservar un estado psíquico beatífico, una posición libidinal inexpugnable que nosotros resignamos hace ya tiempo”.

Tras un año y medio frecuentando un grupo de estudio y lectura de Freud con psicoanalistas mujeres y hombres en formación, procuro leer a este autor con minuciosidad, y siempre en la traducción de Amorrortu a falta de conocer el alemán. De lo que afirma Freud se puede concluir que el narcisismo en uno, si uno no llega a tomar autoconsciencia de él, es tanto un poder como una carencia trágica. Un poder porque atrae y es una fuerza el simular la apariencia de inseguridad y la bella indiferencia, así como el simular la conservación de una posición libidinal inexpugnable (una especie de “soy capaz de cosas que nadie podrá impedir… ni castrar”). Una carencia porque condena a relaciones de poder desiguales, y no a un intercambio de lo que yo entiendo como amor, y que vinculo al misterioso fenómeno de la transferencia.

Desde nuestra óptica humana, de naturaleza proyectiva, el gato es poderoso. La condición de sagrado es muy extendida y el trato especial y adorativo es manifiesto y masivo (véanse lugares como Instagram al respecto, en nuestra civilización). Pero es importante tener en cuenta en todo momento lo que señala Slavoj Zizek acerca del poder en El acoso de las fantasías. Esencial: que el secreto del poder es que está vacío de sí mismo. Es tan sólo una ilusión construida. Una virtualidad. Y el secreto añadido y principal de que la autoridad es una impostura. Por lo que el poder es impotente en realidad. El gato parece poderoso por su apariencia de omnipotencia. Extrema ambivalencia. Conclusión: es la apariencia construida por forma + movimiento + articulaciones simbólicas y no la realidad física de su figura la que determina la proyección de poder del gato. Como tal, el poder es un tipo de fuerza psíquica asociada al magnetismo. Causa un doble efecto de atracción y, de alguna forma, de deseo de posesión (observad a las personas que abrazan con fuerza a los gatos, y que en ese mismo abrazo aprietan cada vez más, como si abrazándolo hasta la asfixia pudieran, de alguna manera, absorberlos dentro de sí: vampirismo barato de nuestra sociedad destruida).

Por las mañanas Levi se colocaba en la esquina del balcón, sentado, solemne y firme, con la mirada posada durante minutos en el vacío: muchas veces la pared medianera de en frente, en la que no había nada. Yo lo miraba y me preguntaba Cómo lo hace para estar tan bien sin hacer nada, en la pura contemplación, asignándole ya ese aura de poder, precisamente por su apariencia de omnipotencia. Pues, ¿no es omnipotente quien parece que no necesita nada para estar? ¿No es la más difícil de todas las cosas el acto de estar con uno mismo en el continuum? Yo admiraba a Levi sin tener pruebas claras de su profundidad. Pero, en todo caso, él la construía para mí, y yo envidiaba su aparente estado beatífico, su aparente posición libidinal inexpugnable. Esto era así, además, en la época en que yo empezaba a enfermar, de acuerdo con lo que sé, debido a los efectos simbólico-neurológicos de una circuncisión hecha a edad tardía (hay bastante clínica recolectada al respecto y es un misterio en sí a tratar aparte) que desató un período de neurosis obsesiva y descontrolada y dolorosa pulsión. Para mí, ese gato era una figura de conocimiento de la que deseaba aprender. Yo también quería su omnipotencia. Yo también a veces lo abrazaba hasta ahogarlo, sin darme cuenta de que le estaba haciendo daño, con el deseo absoluto de poseer su fuerza para, por una magia desconocida, de alguna manera, vencer mi debilidad y mi incapacidad. Me quedaban años de trabajo y química todavía para eso.

levi juego

En algunos sueños reiterados que le conté al psicoanalista, los pocos sueños que tuve en esa época de oscuridad total, aparecía Levi como un gigante en medio del bosque. Yo tenía que levantar la mirada para alcanzar a mirarlo a los ojos. Él era un padre, o una madre, en esos sueños, y me mostraba un camino con su firme convicción inmóvil. Gato gris y blanco: gato de conocimiento. Si uno está dispuesto a entrar en el juego de la transformación, que implica un viaje nocturno y la aceptación de que la vida, en términos junguianos, tiene una constante trágica contra la que hay que luchar, vinculada con el narcisismo: la posibilidad de dejar de saber quiénes somos y para qué estamos aquí.

IV – Ronroneo y conversión

En términos puramente técnicos, sabemos que el ronroneo es una oscilación rítmica que produce el gato en los pliegues vocales de la laringe. Entre la aspiración y la espiración del gato mientras ronronea hay fases de cambio que tienen una duración inferior a los 50 milisegundos. Por lo que hay un ritmo, fruto de la acción muscular de un órgano relacionado con la voz. Las oscilaciones, según la especie, tienen frecuencias de entre 16 y 28 hercios: es curioso que los gatos domésticos suelen encontrarse en el rango de frecuencias extremo, 26 hercios.

La utilidad real del ronroneo para el gato todavía no está clara. Parece un mecanismo de relajación y de prevención o reducción del dolor, pues se pone en marcha en situaciones en que el descanso o el dolor están implicados. Aunque existen nuevas teorías científicas aportadas en la última década que señalan al ronroneo como una especie de mecanismo de reparación y regeneración de los huesos. Existe un metanálisis realizado en seres humanos, y todavía en discusión, que demuestra cómo ciertas vibraciones aplicadas sobre la musculatura y los huesos ayudan a su fortalecimiento y evitan su degradación. El mecanismo en el gato sería el mismo.

Mi experiencia personal corrobora la aproximación científica, pero no queda colmada por ella. En sus primeros meses de vida, el ronroneo parecía ser algo contrario a un proceso de relajación en Levi. Cuando se acercaba ronroneando hacía toda clase de movimientos y contorsiones. Si se tumbaba, se revolvía enseguida, cambiaba de posición sin cesar, como si el ronroneo fuese algo molesto o algo que lo asustase. Hasta que terminaba encontrando una posición donde también encontraba la relajación. Una posición extraña, que consistía en enroscarse sobre sí mismo y, sin dejar de ronronear, chuparse la cola como si fuera la ubre de su madre. Este proceso: Ronroneo – nerviosismo – cambio de posiciones – posición final chupándose la cola – relax, se repitió sistemáticamente durante meses hasta que un día dejó de hacerlo.

Todo esto puede parecer cómico o extravagante, o por lo menos a sí nos parecía Levi cuando se enroscaba y acababa con la cola húmeda y como un penacho después de tanto chupársela. Sin embargo, mi idea es que hay procesos mecánicos que han de realizarse con las partes del cuerpo que son fundamentales para la maduración cerebral. Si el proceso no puede darse de forma natural, se imposta como hacía Levi con su propia cola, quizá todavía en la carencia de haber sido amamantado poco tiempo por su madre. Pero la impostación siempre puede devenir como patología porque no es otra cosa que la simulación de una carencia. En los niños humanos, hay estrechas correlaciones entre graves problemas de dislexia, integración social, nerviosismo o el así llamado TDAH, cuando se circunscribe su maduración manual a la utilización de los dos dedos que implica una pantalla. Soluciones: método Waldorf, y trabajo manual desde el principio.

Por otro lado, en los dos años que pasamos juntos, verifiqué otra cosa: es cierto que ante un dolor propio, una enfermedad, incluso un sufrimiento psíquico, el gato se acerca a tu cuerpo si estás tumbado y se posa, como sabiéndolo, sobre la fuente del dolor, y ronronea. Si estoy tumbado con un gato al lado que ronronea, experimento de inmediato sueño. Y me duermo en pocos minutos. El efecto directo del ronroneo extendido sobre mi torax, por ejemplo, en una especie de pieletración entre los dos cuerpos, donde su vibración vibra en mi interior, es la relajación y el sueño. Un sueño superficial vivo en imágenes simbólicas, por otro lado. Esta es mi experiencia. Tal y como certifiqué que si el gato ronroneaba entre dos personas, el vínculo entre esas dos personas se destensaba y se volvía amigable. Y que cuando el gato se posa sobre tu pecho y te mira de frente con su mirada penetrante, hay un efecto similar de tránsito de energías y mensajes en esa mirada felina tan cercana, y uno siente cómo es el amor en su forma estática, visual.

Muchas veces me pregunto si las tensiones musculares que sentimos en la interacción con los otros no son representaciones del estado de frecuencia de los cuerpos implicados en la interacción. Porque resulta que la respiración controlada, profunda y acompasada, también tiene un efecto sistémico sobre ese tipo de impresiones, tal y como lo tiene el ronroneo. Por lo que el estado de las relaciones humanas y animales se expresa como frecuencia. Lo que me lleva a: el amor, ni los sentimientos, pueden ser palabra precisa, entonces, ni formulación conceptual, porque son el efecto de una modulación. Ya vimos una salida a esto en la entrada 10 del diario, en la sección que trata sobre un lenguaje inventado llamado Guirnal.

No sería absurdo, entonces, sugerir que en algunos bloques de nuestro lenguaje, abandonáramos el lenguaje. Que cuando se embocara un momento de pura intensidad de la modulación (una discusión de pareja, una expresión de amor desenfrenado), se abandonara el lenguaje verbal y se utilizara tan solo el método, desarrollado y entrenado, de las modulaciones, cuya naturaleza sintáctico-temporal es distinta. Para conseguir algo muy parecido a lo que logran dos interlocutores de una película de Lynch, Corazón Salvaje, en una extraña conversación telefónica donde los dos interlocutores imitan el sonido de la línea telefónica, hasta que ambos sonidos se afinan entre sí y son un único sonido. Todo el afinamiento del vínculo se produce tan sólo en la modulación.

No en vano los efectos de conversión psíquica son los más fáciles de observar en el día a día: podemos entender que hay expresividad puramente corporal, y lenguaje totalmente asintáctico que sea expresión de dicha corporalidad, y todavía más, de las impresiones previas a su estructuración en la cadena del significante. Recuerdo un día en la playa con unas amigas. Una de ellas tenía problemas con su pareja pero no lo expresaba. Al contrario, ese día se mostraba particularmente feliz, exterior y sospechosamente feliz. Horas después de haberla encontrado, ya tras la comida y tomando el café, alguien le preguntó por el estado de su relación. Ella dijo Todo bien, muy bien, y al mismo tiempo se plegó hacia delante sobre la mesa y se abrazó el estómago y anunció Uy, cómo me duele de repente. Conociendo a esa persona y habiéndola observado varias veces, notifiqué que esos procesos de conversión inmediata de la palabra negada al dolor manifiesto se habían dado ya varias veces en ella, y de forma inmediata y abrupta siempre. Empezó a dolerle la barriga, y lo exteriorizó verbalmente de forma repetida y sin mucho sentido para nosotros, porque ese dolor en la barriga era el dolor callado por el estado de su relación de pareja. Concluyo que la conversión es la herramienta con la que un lenguaje terapéutico onomatopéyico podría trabajar y, precisamente, jugar.

V – Contemplación

Juan Antonio, amado profesor de latín y poeta grandioso, me dijo varias veces que su principal trabajo era la contemplación. Que lo de enseñar o escribir versos sólo eran consecuencia de la contemplación. En esa época, debido a una estrecha amistad alumno-maestro, me alquiló una buhardilla junto al río Tormes, ubicada a unos 20 metros de donde arranca la novela del Lazarillo. Desde allí, si abrías las ventanas, oías el río. Allí aprendí a contemplar. Lo que hacía Juan Antonio, y yo imitaba, era coge un taburete, ubicarse en la ventana, y mirar en silencio bajo el rumor del río. En nuestra convivencia de dos años, la mayor inversión de tiempo de Levi consistió en contemplar. Después del dormir, la contemplación era su tarea. Entiendo que era una contemplación al acecho de posibles presas, pero también advierto que cuando mantenía la mirada fija durante horas en una pared uno comprendía que en ese proceso de “mirar la pared” se implicaban al mismo tiempo otros procesos principales y ocultos, como escudados tras la mirada vidriosa y penetrante fija en la pared, donde no había propiamente nada. Esos otros procesos son los que me interesan y notifico y he intensificado a través de la observación e imitación, primero, de mi maestro perdido Juan Antonio, segundo, de mi maestro también perdido Levi.

Pero esa es la tarea de los maestros: el no permanecer para siempre. Me ocurrió con Silvana, me ocurrió con Primiceri, con Bertini, con la madre de Diana, con Juan Antonio, con Jacobo, con María Helena. Me ocurrió con Levi. Maestros que vienen y van y que nombro al vuelo sin especificar.

En la arquitectura que se conforma uno también es maestro de otros. La clave se ubica en la indistinción maestro-alumno: esas correlaciones se dan todo el tiempo en el mundo pero subyacen anuladas, apenas visibles, debido a su isomorfismo en la visión de conjunto. Y son una excelente sublimación de las problemáticas de poder, y su combustible son funciones claras y prácticas de empatía (lo que no abunda precisamente, también notifico).

La idea que se despliega si pienso en el acto de contemplación se parece a lo que ocurre en los procesos meditativos. Como muestra la obra de Foucault Las palabras y las cosas, y la obra de Owen Barfield, Salvar las apariencias, es posible pensar que, sin la existencia del lenguaje hablado, esa cadena de significantes que codifican significados, nuestra percepción del mundo sería distinta y el acto de contemplación tendría unas funciones añadidas conscientes que, ahora, a lo sumo son inconscientes. Tenemos la prueba de ello dentro de la propia utilización del lenguaje en los últimos siglos. Tenemos por ejemplo que la lógica perceptiva de los ciudadanos medievales o antiguos estaba mucho más vinculada a los patrones de semejanza (las cosas estaban vinculadas por sus elementos formales, y no por las categorizaciones post giro copernicano, que implican la intermediación del signo en toda relación). Owen Barfield analiza desde un punto de vista filológico la utilización de la palabra “participación” en textos medievales y antiguos para llegar a la conclusión de que, entonces, esa palabra tenía un sentido que nosotros ya no podemos atrapar, y que podemos vincular ahora mismo con el sentido contemplativo de los gatos. Participar del bosque, por ejemplo, implicaba sentir la unidad del individuo con ese bosque. Ese sentimiento de integración, al parecer, no puede comprenderlo el hombre moderno debido a la lógica moderna de la ciencia y las categorizaciones, que atraviesa la estructura misma del lenguaje y el pensamiento. A menos que se drogue. El gato puede contemplar la pared en la infinitud del tiempo –que no existe, decíamos- porque conoce el mecanismo de la participación. Del mecanismo de la participación extrae conocimiento: nosotros vemos una burda pared blanca.

Nosotros yacemos visiblemente encapsulados entre la diferenciación cuerpo / exterioridad. Y dos funciones esenciales del Capital, especulo, son la creación de individuos monádicos y totalmente separados de la participación, por un lado, y la creación de fantasías de sublevación cuando en realidad son fantasías de integración (la visión de Negri y Hardt acerca de que, por ejemplo, la revolución del 68, no fue más que un éxito del Capital como camaleón fagocitador de lo humano; o los más modernos ismos de izquierdas envueltos en infinitas diatribas escolásticas y conceptuales: trabados en el lenguaje).

“Se supone aquí que los hombres tenían en sus labios las raíces y en sus mentes los significados, del mismo día que hoy en día tenemos las palabras y sus significados, y que luego procedieron a aplicarlos a una variada selección de fenómenos. Pero esta suposición contradice en dos aspectos todo lo que sabemos de las lenguas primitivas. En los pueblos muy primitivos que apenas tienen palabras, lo que no encontramos son precisamente palabras cortas. Los antropólogos nos hablan, por el contrario, de `holofrases`, o grandes e intrincados conglomerados de sonidos y significados. Las palabras se hacen más largas, no más cortas, cuanto más cerca estamos del final de nuestro viaje a los orígenes del habla. En segundo lugar, una palabra que signifique brillar en general, es decir, no una forma particular de brillar, es justamente lo que una mente primitiva es incapaz de comprender. Incluso generalizaciones mucho más simples como “árbol” están fuera de su alcance.”

La ascensión final hacia el sonido puro, largo, melódico para decir. El maullido de un lobo imagino. Antes eso que la fragmentación que suponen los conceptos y las palabras y que nos impide avanzar en el conocimiento de la naturaleza y mecánica de este extraño mundo (ver post data).

VI – Úrsula

Menciono a Úrsula aparte porque no llegamos a establecer el mismo vínculo. Yo me fui de la casa cuando todavía se encontraba en su primer año, y la relación empezó a consolidarse apenas cuatro meses antes de mi partida. En Úrsula, por lo menos durante ese año, encontré una rara cualidad que no he encontrado ni en humano ni en animales hasta la fecha: la candidez. Por alguna insana articulación de los días que pasó abandonada en la calle, donde pasó hambre y fue maltratada, el trauma consecuente no la llevó a una sublimación por la violencia, sino por la timidez y la autopreservación. Si algún visitante entraba en casa ella salía corriendo hacia el piso de arriba, se metía en el armario, lo escalaba hasta el último estante y se resguardaba en el último rincón. En el año de interacciones que tuve con ella ni una sola vez me arañó jugando o enfadada. Una vez que la puse en aprietos, en lugar de reaccionar con un arañazo, como debería, reaccionó con un miedo desarmado que me desmontó. Tenía un aire travieso: era pequeña de tamaño incluso cuando alcanzó su dimensión final; no se acercaba mucho a nosotros, con excepción de algunos momentos de ronroneo que parecían fastuosas representaciones de afecto: se pegaba a nosotros y caracoleaba y nos tocaba con la cabeza muerta de placer y gozo por el ronroneo y nuestro tacto, y luego todo terminaba de golpe y ella marchaba satisfecha. Tenía la impresión, con Úrsula, de que muy fácilmente podía romper esa candidez e inculcarle el uso de la violencia. O una idea concreta de lo que es la mezquindad. Ella era pura de corazón, o lo fue durante un tiempo, y Levi se convirtió en su hermano aburrido mayor. Levi tenía capacidad de venganza diferida y tenía un egoísmo distinto, senatorial. A ambos les costó conocerse al principio, sobre todo a él. Pero con los meses solíamos encontrarlos acurrucados juntos, limpiándose mutuamente. Ella lo revificó tras un período de celos somatizados. Con los meses se seguían y jugaban y construyeron el vínculo monádico que solo pueden construir dos gatos que se sienten únicos en su mundo. Tiene sentido que, habitualmente, la muerte de uno arrastre la muerte del otro: demasiada libido desligada en el impacto de una muerte en un mundo tan diminuto como el del gato doméstico como para poder soportarlo a edad avanzada.

levi y ursula duermen

Los gatos me permitieron empezar a comprender otras formas de amar. Me permitieron cambiar mis posiciones en muchos aspectos por la pura observación y con una interacción diaria e intensa.

Cuando me fui de esa casa, me pregunté qué habían obtenido ellos de mí, y si mucho tiempo más tarde todavía me seguirían recordando como los recuerdo yo. Los llevo en mi memoria. Les di todo lo que tuve. Y ahora los pienso para poder superarlos y hacer otro luto.

VII – Post Data

Estaba enfrascado en una conversación con Q. cerca de la calle Verdi. Las horas previas al final de 2019. Era la segunda vez que la veía, pero la sentía cerca. Una de las primeras cosas que le dije, recuerdo, era que se trataba de un período lleno de mensajes de los locos, cosa de la que ella se había reído y que me había permitido descubrir su hermosa y sonora risa. En la plaça del Diamant alguien me tocó la espalda y nos detuvimos. El hermano de un amigo. Empecé a conversar con él cuando de pronto nos abordó un hombre descarriado. Parecía que iba a preguntarnos algo pero no, estaba brotado y monologaba. Loco. Llegó al cabo de unos instantes un amigo de Q. y ella se separó del loco. Quedamos yo y el hermano de mi amigo con el loco, quien empezó a hablar. Este fue su mensaje. No es importante lo que dijo, sino cómo. Porque al final de cada frase emitía, mirándome, un largo “miauuuu” claramente de gato. Lo que me llamó la atención. Todavía más porque esa misma tarde había colgado en Instagram un post citando el pasaje de los gatos que he mencionado en el capítulo III-poder de este ensayo. Y porque espontáneamente, en los comentarios, otros usuarios habían puesto como comentarios únicamente “miau” “miau” y algún guau.

instagram gatos victor

Señales de que este trabajo tenía que ser terminado la noche de fin de año y publicado el 1 de enero de 2020.

Ahora.


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