honefoss

Hönefoss ó los tránsitos mercuriales | Diario 17

Ahora, cuando pienso en él, estoy convencido de que también yo conocí aquel mendigo al final del puente, sobre el que hablaba Rilke, en torno al cual giran todos los mundos.
Mircea Cârtârescu

Febrero 2020

I

Para que haya relación el otro debe decirte los nombres de las cosas. El nombre, y no el verbo, es el muro de contención de todo principio de maltrato o violencia; la criptonita de la libido desligada, un campo de absorción.

Hace siete días que vivo sin móvil.

No hay dudas acerca de que se trata de un castigo o el túnel que precede al principio de un período. En el último encuentro con mi padre, él me regaló un diccionario de Alquimia antes de pasar a vapulearme mientras yo lo contemplaba estoico. Noche de duras decisiones personales, otra vez. En casa abrí el diccionario al azar con la idea de que lo primero que apareciera sería profecía para mí. Lo hago con todos los libros que tienen aspecto de sagrados, y ese lo tenía porque me lo había dado mi padre.

Caput mortum: Calavera casi siempre alada que aparece en algunos tratado alquímicos. A propósito de su significado, Fulcanelli dice: Tal es el signo y la primera manifestación de la disolución, de la separación de los elementos y de la generación futura del azufre, principio colorante y fijo de los metales. Las dos alas están colocadas allí para enseñarnos que, al huir la parte volátil y acuosa, se produce la dislocación de las partes y se pierde la cohesión. El cuerpo mortificado cae en negras cenizas que tienen el aspecto del polvo del carbón. Después, bajo la acción del fuego intrínseco desarrollado por esta disgregación, la ceniza, calcinada, pierde sus impurezas groseras y combustibles y, entonces, nace una sal pura, a la cual colorea poco a poco la cocción, revistiéndola del poder oculto del fuego. 

caput mortem

En su Historia de la filosofía oculta Alexandrian da bastantes claves para empezar a comprender el lenguaje alquímico. En el pasaje se habla de transformaciones. La lectura, claro, se refiere a transformaciones del espíritu. El mensaje está oculto bajo la palabrería culinaria. Las ciencias ocultas han sido pensadas todas para parecer ridículas en su superficie. El mensaje para mí era claro: cambio de fase, lo cual implicaba un nuevo viaje nocturno.

El viaje nocturno empezó, de hecho, esa misma tarde.

Mi paseo favorito es el que sube por Gràcia hasta la plaza Lesseps, y luego más allá por una sinuosa calle llamada Coll del Portell en la que viví. Para acabar acodado en un mirador desierto en el que una noche años atrás empecé con alguien una larga historia. (Por lo tanto, lugar endocrónico de polarización negativa)

coll del portell

Luego el descenso lo hago callejeando y, muchas veces, si estoy cansado, cojo un taxi y regreso hoteleramente a casa. Estos paseos de media tarde o crepusculares siempre tienen como punto de partida y punto final mi casa. No los realizo para ir a otro sitio, o para encadenar eventos. Vienen cerrados en sí mismos. Esa tarde me encontraba cansado y cogí un taxi al llegar a la calle Córcega (porque la parte por la que más me aburre pasear es el Ensanche). Al subirme, di la dirección no sin antes fijarme en la extrañeza de que el taxista fuera japonés y sólo balbuceara onomatopeyas. Me acomodé luego en mi asiento y cogí el móvil para redactar un par de mensajes que había venido pensando en el camino. Los redacté. El último mensaje decía “Lo siento estuve hablando con mi tía Mickaela”. Entonces el taxi pegó un frenazo. Dejé el móvil a mi lado y al levantar la vista el acontecimiento ya había ocurrido.

Delante de nosotros, el cuerpo dislocado de un motorista que había saltado por los aires al chocar con un coche que salía de un garaje. El japonés taxista empezó a maldecir. La gente de la acera irrumpió en la calle para asistir al herido o difunto. Mis ojos fijaban el cuerpo de ese hombre. Me fijé en la posición retorcida del brazo y la muñeca contra el suelo. El rictus irregular de los dedos, parecido a los ramilletes resecos que crecen a duras penas en las grietas del asfalto.

Fue la última vez que vi mi móvil. Al bajar del taxi ya no estaba en mis bolsillos. Aunque eso no lo descubrí hasta mucho más tarde.


II

Una semana antes, tuvo lugar una cena importante. Hacía tiempo que no organizaba encuentros en el mítico ya salón de mi casa. Sobre todo porque las últimas veces, en noviembre, los encuentros habían acabado en muy turbias situaciones. El salón sagrado de Diputació, dicen mis compañeros de piso. Al parecer allí ha ocurrido de todo y han pasado toda clase de personas. Fiestas salvajes, violencias, rupturas, enamoramientos (yo presencié uno, entre mi compañero de piso y María, durante la reunión de una discográfica que tuvo lugar en dicho salón). Dicha cena era la reedición exacta, con los mismos invitados más cuatro observadores externos (Cristina Morales, Javier, Guido y Txomin) de una cena que tuvo lugar casi ocho años atrás y que fue traumática para todos los presentes.

En 2013 mi primo Luca decidió organizar “una cena de primos”. No los invitó a todos. Sí me invitó a mí, a su hermano Carlo (de quien hablo por extenso aquí), y a un primo poco conocido, Álex Matas, profesor de literatura en la UB. En esa cena también estuvo Andrea, que entonces era mi pareja, Lucía, que entonces era la pareja de Carlo, y Andrea Valdés, amiga de Luca y escritora que muchos años después leí y reseñé.

Algo ocurrió allí porque en los días sucesivos todos los presentes cayeron en desgracia. Carlo se rompió la mandíbula en tres partes al caer de la bicicleta, cosa que posteriormente llevó a la ruptura con Lucía. Andrea y yo rompimos, Luca profundizó en una oscura crisis de luto que lo apartó del mundo, Andrea Valdés entró en el túnel oscuro de un amor tóxico. Sólo Álex Matas, al parecer, sobrevivió indemne. Y no sólo eso: desde esa cena su carrera y su existencia cobraron vigor y fuerza. Lo que no tenía sentido para él, empezó a tenerlo. Lo que tenía sentido para nosotros, empezó a dejar de tenerlo.

Ocho años después, tras un par de meses de tortuosas conversaciones y posponimientos, realizamos de nuevo la misma exacta cena. Con el objetivo de hablar de la cena primera y de las desgracias que causó aquella cena primera. Una meta-cena segunda en el salón de mi casa, que alcanzó intensidades dramáticas altas porque muchos de los presentes habían mantenido conflictos latentes a lo largo de años (Txomin-Luca; Carlo-Andrea; Andrea-Luca), y habían decidido en el whatsapp enfrentarlos esa misma noche. Yo no tenía conflicto con nadie más que conmigo mismo. La noche antes había cenado con padre y había sido humillado por él y en consecuencia había tomado la resolución de abandonarle. Por lo que asistí a la cena como un espectador, un diplomático que observa el desplegarse del drama, desde su sillón de orejas, como otras veces había ocurrido ya en ese salón.

honefoss

Fue allí, días después, donde me palpé el bolsillo y me di cuenta de que no tenía el móvil. Luego, cuando bajé a la tienda para que me hicieran el duplicado, algo pasó con la tramitación de mi pedido. El dependiente me dijo que no podía hacerme un duplicado, que el sistema se había quedado colgado y que mi orden se había enviado sin llegar a tramitarse, que no podía desbloquearlo. Sin tarjeta, tampoco tenía sentido que tuviera móvil. Me dijo que volviera en un par de días y que todo se arreglaría. Volví en un par de días pero mi pedido de duplicado seguía en el vacío. Un fallo del sistema, bug informático. El dependiente hizo cuatro llamadas a atención al cliente y nadie supo desbloquear mi pedido. Hostilidad. Hasta que el sistema no limpie su caché, no podremos hacer nada, me dijo el dependiente.

Hoy es el séptimo día que vivo sin móvil.


III

Aprovechando la circunstancia, he decidido tan sólo avisar a algunas personas explícitamente cercanas. El resto, una nube difusa de comunicaciones multiformes, no ha sido notificada. He querido volver a vivir con los círculos reducidos de antaño y las comunicaciones esporádicas que sólo permitía la telefonía fija. Aunque no tengo teléfono fijo. He vuelto varias veces a la tienda de Orange para resolver mi problema. El dependiente me recibe con honores de héroe de guerra para luego no aportar soluciones; mis compañeros de trabajo digitalizados no se explican cómo puedo vivir sin móvil. Doy paseos. Camino con los bolsillos vacíos y la esperanza de que encontraré a alguien con quien conversar. Al volver a casa consulto el correo electrónico. Me quedo tumbado mirando las paredes. Leo cuatro libros al mismo tiempo. Hay algunos encuentros, pocos, significativos y como encapsulados en una realidad ahora aparentemente disminuida. Hay el deseo antiguo de que alguien llame de pronto al timbre de casa para conocer mi paradero. He empezado a escribir un ensayo acerca de los efectos mentales de las redes sociales y el móvil en las personas, pues esta experiencia (que no sé cuándo terminará. Por favor, quien esté leyendo esto que me escriba algo, lo que sea, a victorbalcells@gmail.com) parece que se prolongará mientras el inexpugnable sistema informático de Orange lo decida, y está siendo extraña y más solitaria de lo esperado. Porque quiero creer que al otro lado del muro que me separa de Whatsapp e Instagram hay mensajes importantes a los que no tengo acceso desde el PC. Cuando quizá tan sólo haya silencio (y esa es la clave del ensayo).

Luego, he vuelto a soñar. Hacía meses, años, que apenas recordaba nada al despertar. Como si la noche no hubiera sido nada más que una desconexión mecánica y rutinaria, no había contenidos oníricos por la mañana en los que pensar. Ahora se han encadenado sueños. Y los recuerdo a lo largo de los días. El primero fue virulento. Signo de que impera un caput mortum sobre mi cabeza –felizmente alado: Estoy en un autobús, sentado junto a M. Entre M. y yo hay una niña, es nuestra hija. Lo sé. Me giro hacia la niña y cuando voy a decir su nombre, no me sale. Me doy cuenta de que no sé su nombre. Levanto la vista hacia M. Ella sabe el nombre. Siento odio hacia M. porque ella sabe el nombre y no me ha querido decir el nombre de mi propia hija. Me giro dolido. Miro hacia el fondo del autobús.

En la última butaca, toda tirada choni repantingada y dormida,  F., lejos.