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Novia a priori | Diario 12

Diciembre 2019

Dios es dios y sus cosas y, como el fuego, sueña
construir como fuego cuanto tiene en las manos.
María Victoria Atencia

I

Desayunamos por segunda vez y seguimos la larga conversación que llevaba en marcha ya desde las siete de la mañana. Ahora eran las doce. Elisa sugirió que era el momento de ir al aeropuerto. Cuando fuimos a por el coche yo ya notaba la fuerza del cierre. Ese día, las despedidas habían empezado cuando todavía era de noche y quedaba poco para que amaneciera. Me había despedido entonces de Borja, amigo principal, desde la misma cama de invitados cuando él partía hacia el trabajo, y luego me había despedido de los gatos Fullur y Minsk, y de la casa, y me había empezado a despedir de Elisa, y de la ciudad cuando nos montamos en el coche, y de la isla cuando pasaron por la ventanilla los edificios que siempre acabo memorizando si los tránsitos se repiten una y otra vez: a la derecha los chiringuitos del paseo marítimo donde en verano pasamos una noche trascendental; a la izquierda el mamotreto corrupto del palacio de congresos, después de los baluartes y fortificaciones, de los muros marrones de los contrafuertes de la catedral que el padre de Borja, siendo alcalde, había embellecido en su momento, décadas atrás.

palacio congresos mallorca

Cuando nos subimos al coche, Elisa dijo Algo huele raro no te parece. Yo no notaba nada. Era un coche antiguo, un Volkswagen Polo de la tercera generación (MK3 / Typ 6N/6KV; 1994–2002) cuyo motor daba ciertos aspavientos. No noté nada. Nos movimos por el casco antiguo y ella repetía Pero no lo notas No notas que huele raro. Yo movía la nariz en el espacio del copiloto sin notar nada. Hasta que aceleramos al entrar en el cinturón de ronda.

Amoníaco, dije por fin sintiéndolo. Huele a amoníaco.

Cuando aceleró, el olor creció y se hizo insoportable. En los semáforos en rojo del cinturón de ronda, la peste desaparecía. Cuando entramos en la autopista del aeropuerto tuvimos que bajar las ventanillas y aun así me resultó difícil respirar por el aire envenenado del amoníaco que nos envolvía junto con el intenso CO2 del tráfico.

Elisa, siento que me están envenenando, Dios!

No sé qué pasa, dijo ella, de verdad, pero llegaremos al aeropuerto.

No llegamos al aeropuerto. El coche perdió los estribos a menos de un kilómetro de nuestro destino; un humo apareció a través del capó. Elisa puso las luces de emergencia y detuvo el coche en la cuneta. Salimos fuera. No era la primera vez que asistía a la ruptura violenta de un motor en marcha debido a un efecto catalítico por acumulación. Los coches pasaban rápido junto a nosotros.

Dice Jung en Recuerdos, sueños y pensamientos que, en una conversación con Freud particularmente intensa sintió algo en su cuerpo: fue “como si mi diafragma fuera de hierro y se pusiera incandescente”, y a continuación, como si esa sensación estuviera conectada con la materia circundante, sonó un violento crujido en la biblioteca. Efecto catalítico; un crujido que se repitió por segunda vez ante el horror de Freud, racionalista poco dado a creer en cuestiones de naturaleza paranormal. Yo creo en cuestiones de naturaleza paranormal. Y además creo en la importancia de Freud.

Hace unos meses, estando con una persona en mi habitación cuya vocación homosexual era manifiesta pero latente hacia mí, o entre ambos, explotó por los aires la tapa de un cruce de cables de la pared. La tapa salió disparada por los aires como el corcho de una botella de champaña. Puede ser que en esa tapa estuviera nuestra sexualidad implosionada.

efecto catalitico jung

Y apenas una semana antes de emprender mi viaje a Mallorca, me encontraba yo en el fondo de la contemplación de una pared blanca, en el más profundo fondo de su ausencia total de color, cuando escuché un soplido extraño y fantasmal en el salón. Me incorporé y al asomarme vi un mechero en llamas, combustionando sobre sí mismo, que iluminaba la sala a oscuras en el centro de la mesa de mármol. Me acerqué y con un soplido apagué el fuego. El vacío proyectado sobre el vacío del blanco había sido su propulsor, la fuerza. Elisa me dijo que, a pie, podría llegar al aeropuerto en media hora si seguía por la cuneta de la autovía. Tenía tiempo. Y aunque quise quedarme hasta que llegara la grúa, en un momento dado nos despedimos junto al coche humeante y emprendí el camino.

autopista aeroport mallorca

II

Dos días antes había hecho el camino en sentido contrario. Con el coche en buenas condiciones y con Borja como acompañante. Él fue quien vino a buscarme al aeropuerto, y a quien distinguí enseguida desde lejos en la zona de llegadas por sus clásicas gesticulaciones exageradas. Mientras caminaba por la cuneta hacia el aeropuerto recordé el viaje a la inversa. Antes del viaje Borja y yo habíamos trazado especie de plan, de programa, que consistía en rodar durante el fin de semana vídeos de cine mudo.

Para inspirarnos, lo primero que teníamos pensado hacer era ver una película de Mel Brooks de los años 70, Silent Movie. Una metapelícula en la que un director caído en desgracia pretende hacer una película muda para rescatar a su estudio de la quiebra. Es decir, la película es cómo intentan hacer la propia película. Aquí debajo, cómo contactan con la mítica actriz Lisa Minelli en la clásica escena de las armaduras:

El efecto gana en intensidad cuando podemos conectar dichas características con una causa profunda, con una cierta distracción fundamental de la persona, como si el alma se hubiese dejado fascinar, hipnotizar, por la materialidad de una acción simple, dijo Bergson en La risa. El disfraz escogido por los protagonistas para contactar con Lisa Minelli es el menos adecuado de todos los posibles para poder sentarse cómodamente en la mesa. La escena no tiene más que la exageración de un mismo patrón, con un mismo tempo, in crescendo. Después de la película teníamos pensado ya grabar una escena, pero estábamos en los sofás, y conversábamos, y había una brumosidad que nos adentró en la noche con música de fondo y no grabamos nada.

Por la mañana esto es lo que veía desde la cama:

ramas y espejo


Me puse en pie a las siete y media e irrumpí en la habitación de Elisa y Borja para que nos pusiéramos a grabar de inmediato. No tenía muy claro el qué, pero teníamos que ponernos en marcha. Ya íbamos fuera del plan proyectado. Ya estábamos en la diletancia que, de hecho, nos había consumido en el anterior encuentro: el trascendental viaje del verano. Irrumpí en la habitación y los destapé sin recordar que dormían desnudos. Me di la vuelta pretendiendo no haber visto nada. Me puse a hacer café. Los gatos me perseguían por la casa mientras les explicaba a Borja y Elisa cómo sería aproximadamente el primer guion. Había soñado la trama en la madrugada. Utilizaríamos un plano fijo estilo cámara de seguridad, en blanco y negro y con filtro antiguo. Se vería todo el salón en gran angular y al fondo la cama. Yo sería el amante de Elisa. Borja nos descubriría in fraganti. El video consistiría en la persecución muda, por la casa, del amante y el novio ultrajado. A ellos les pareció bien, incluso entusiasmante. Nos basaríamos en la escena de Silent Movie en la que aparece Paul Newmann, donde se acelera la proyección por lo menos a x2,5 para crear un efecto dinámico en el movimiento de los objetos (una persecución de silla de ruedas) que por alguna razón resultaba cómico. El truco consistía en grabar la escena a cámara lenta, lo cual permitía desplazamientos de objetos y torsiones corporales que, luego, aceleradas, producían hilaridad. El aspaviento, la mueca desfigurada al ralentí. No se ha pensado lo suficiente en la relación entre el humor y el tiempo. Si es que alguna vez se ha pensado en términos no sólo escénicos. Algo acelerado en el tiempo hace reír, igual que algo ralentizado incrementa la tensión. Qué es, entonces, por su parte, el tiempo en los parámetros de estas imágenes distantes.

Instalamos la cámara y Elisa y yo nos quedamos en ropa interior y nos tapamos con la sábana. Borja entraría en la casa y nos descubriría incorporados, charlando después de haber hecho el amor. En ropa interior hacía frío. Yo no había estado antes en esa cama, ni tan cerca de Elisa en esas circunstancias. Borja dijo Le doy a grabar, salgo y empieza la escena eh. Sí sí, contestamos ambos incorporados en la cama con las sábanas cubriéndonos el cuerpo. Mientras se alejaba, Borja dijo Intimad, hablad, como si acabarais de hacer el amor, repitió, ¡Convincente! Me arrimé un poco a Elisa y apenas nos tocamos la piel para instaurar la posibilidad constelada de que lo interpretado fuera, en ese instante, real. Acabamos de hacer el amor, pues, le dije a Elisa inclinado hacia ella para que la cámara captara desde lejos nuestra afinidad. Sentí su fragancia. Acabamos de hacer el amor, dijo ella, y ahora hablamos incorporados, descansados después de–escuchamos el sonido de la puerta que se abre-… acabamos de hacer el amor y ahora oímos un ruido que nos detiene mientras –nos separamos con el oído al acecho-…y sus pasos crecen y… aquí aparece.

La persecución se realizó a cámara lenta, de manera que mientras nos perseguíamos por la sala podíamos hacer comentarios sobre nuestros propios movimientos. La única premisa es que fuera in crescendo. Por eso en los compases finales, tras haber dado vueltas en círculos en busca de mi ropa sin que Borja pudiera atraparme, me lancé al suelo para pasar bajo la mesa. En el vídeo se observa cómo me introduzco bajo la mesa y cómo Borja se arroja sobre ella con un cuchillo de cocina en la mano. Con el impacto salimos parcialmente de plano. Lo que no se ve en el vídeo es cómo  Borja me clavó sin querer –o queriendo, en el acto histérico de la actuación- la punta del cuchillo en la espalda por la violencia del abalanzamiento cuando yo trataba de salir de debajo de la mesa. Aunque todo ocurriera a cámara lenta, fue un gesto rápido que noté más como un golpe que como una fisura. Intentaba incorporarme, pero me hizo caer de cara contra la moqueta; al girarme para no romperme la nariz vi el arenero de los gatos y sentí un ligero olor a amoniaco. Entonces cogí fuerzas y seguí arrastrándome, salí por el otro lado de la mesa y me cubrí con una manta y atravesé el salón como se ve en el vídeo. Lo que no se ve es que yo estaba sangrando. Que el cuchillo me había atravesado un pequeño pedazo de espalda como si la traición imaginada tuviera su castigo real. Lo que Freud definiría como el clásico mecanismo de la neurosis, por cierto.

III

Mientras caminaba hacia el aeropuerto por la cuneta recordaba aquel intenso día de rodaje, y cómo después de grabar algunos vídeos y montarlos nos sentimos felices y exultantes, bajo el dominio y los efectos de la transformación de quien construye. Había algo en ese vídeo que era completamente nuestro y que ningún espectador podría tomar para sí. Borja y Elisa me curaron la herida de la espalda en la cocina. Recordé la imagen de ambos hablándome tras la nuca mientras yo me dolía por el escozor del alcohol cuando llegué a un cruce de caminos. Desde la cuneta que me conducía a la terminal principal, vi el tramo de autopista que iba en dirección contraria.

Pensé Hace dos días entrabas con Borja en el momentum. Ahora estás saliendo de él. En este lugar, tras la implosión catalítica.

autovia aeroport mallorca

La energía que Borja posee en el interior de su cuerpo es única y desmesurada. Su sistema nervioso central está sobredimensionado. Es alguien que no debería dejar de crear cada día. El flujo de Elisa es igualmente poderoso, pero se exterioriza por una intensidad única de la mirada y la palabra. Ella es educadora. Mi stream de energía es fragmentado y ciclotímico. Pero se está consolidando. Cuando llegué al aeropuerto de Barcelona se impregnó en mí la repetición de lo ya visto y conocido, mi ciudad de nuevo: el momentum había quedado atrás. Fui directo a la oficina. La inclemente ciudad. La oficina es una nave industrial encajonada entre rascacielos con piel. Hay barrios por los que ya no puedo ni transitar. Donde trabajo con algoritmos junto a otras veinte personas. Donde he aprendido que ser frío y despiadado consiste en no tener remordimiento. Me senté en mi puesto. Junto a mí, en el escritorio de al lado, Laura pelaba su manzana con un cuchillo de cocina.

lo que se gatos

Siguiente entrada -> Diario 13: Lo que he aprendido de los gatos. Uno de los textos más leídos del diario. Sobre mi relación con dos gatos, y lo que ellos me enseñaron en diferentes campos. Intuiciones mágicas.

Recomendación -> Sobre otra veladas gustosa, Diario 6: Recuerdo de una velada.

Si esta es tu primera experiencia en el diario esotérico, puedes encontrar más información y diversos itinerarios de lectura aquí.


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Cine, Creación, Simulación


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