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Precognición: apuntes mecánicos | Diario 16

Enero 2020

He desarrollado una variante de la precognición. La certidumbre o el colofón del dominio de una nueva técnica. Lo experimenté precisamente ayer, cómo no, con mi padre enfrente. En una breve cena que tuvo lugar en el restaurante La Bella Napoli. Cena en la que comí una ensalada tropical y una pizza carbonara. Y en la que también consumí parte del provolone de mi padre, dado que fue él quien habló, sin cesar, sin realizar ni una sola pregunta, durante una hora y diez minutos, con el objetivo final de dejar de pagarme una asignación que he utilizado en los últimos años para tratar las patologías mentales que me dificultan. Las patologías mentales que a su vez me han dado este poder.

¿En qué consiste?

Hace una semana mi padre inició un brusco acercamiento. Lo relaté en la anterior entrada. Apareció de golpe tras semanas de silencio anunciando que iba a personarse en mi casa, cosa que jamás hace, porque debía hablar conmigo de algo grave que le ocurría en el trabajo. Hay tipos psicológicos y mecánicas que se repiten todo el tiempo. En 2019 he tratado con un volumen comparativamente superior de gente, y en muchas ocasiones en una profundidad del fragmento, pero profundidad en todo caso, por lo que se han consolidado ciertas estructuras de mi percepción. La precognición sólo puede darse cuando, en una repetición, se detectan los patrones y se puede crear el arco de la trama. El número de tramas es finito. Por eso la precognición es posible. Por la forma y las palabras que usó, la urgencia, el problema surgido en el trabajo, tuve la precognición de que quería verme para retirarme la asignación con la que pago a mi psicoanalista desde hace tres años. Se trata de una precognición porque, entre la chispa y el fuego de la imagen revelada hay toda una trama que debe cumplirse. Psicoanálisis en el que he visto que clase de personas soy y por qué clase de servidumbres he existido hasta ahora. No solo apareció ante mis ojos la finalidad exacta de mi padre desde el primer instante en que me escribió, sino que además conocí los diferentes momentos de la trama. Por lo que ayer llegué al restaurante y tan sólo tuve que sentarme ante él y asistir al despliegue exacto, sin errores, con los tempos esperados, de lo que una semana atrás había visto en su primer intento de irrupción en mi casa, en sus primeras dos palabras.

En ese primer contacto suyo, tras sentir la precognición, le dije que estaba de viaje y que no podía hablar con él. Le pedí que me explicara a grandes rasgos lo que le ocurría y él echó balones fuera y nos emplazó a un encuentro para vernos en persona. Esto mismo que relato ya estaba incluido en la precognición primera. Lo que él hacia yo ya sabía que iba a hacerlo, y de qué manera. Y era cierto: estaba de viaje.

Madrid es una ciudad a la que probablemente me mudaré tarde o temprano. Allí es donde tengo las mejores sensaciones y los mejores encuentros. Esta vez, bajo una tenue nieve me encontré con Juan y Marta, quienes fueron mis anfitriones durante tres intensos días. Me cité con Leonor y con Matías, figuras que forman el corpus central de mis amistades. Madrid tiene un telurismo de naturaleza geológica obvia. No hay que olvidar que en Barcelona estamos, casi siempre, sobre un pantano. En Madrid dormí la primera noche, sin Orfidal ya por cierto, como no he dormido en el último año. Cosa que atribuyo al aire seco y a la distancia con los campos endocrónicos que, en Barcelona, me bombardean. Y por supuesto, al efecto benefactor de mis amigos, a su poderosa energía. En Madrid tuve en mente a mi padre, y supe en todo momento y en cada instante qué ocurriría cuando volviera.

La tarde del domingo fue curiosa. Nos habíamos despertado tarde tras una primera noche de reencuentro. La casa estaba patas arriba. El gato, Canapé, se paseaba entre botellas de Sprite y los restos de papelitos de huevos Kinder. Bajamos al café Federal a comer y allí, en la sobremesa, sacamos Tinder y nos pusimos a jugar. O más bien se pusieron a jugar ellos. He observado esta nueva práctica del deseo: las parejas disfrutan mucho jugando al Tinder por ti. Cuando una pareja juega al Tinder por ti, los estás sanando, los estás acercando.

Al parecer, el algoritmo de Tinder te pone en posiciones altas de ELO cuando cambias de ciudad. En esencia, apareces mucho más. Yo hacía algunos meses que ya no lo usaba, pero a los pocos minutos de jugar con él aparecieron algunos match, cosa que engolfó a mis amigos –y también a mí, por qué no-, cosa que les llevó a consumir el crédito diario de la versión gratuita. Empezaron algunas conversaciones con esos matches y no me dejaban ver qué era lo que escribían. Tú sal a fumar, me decían, que nosotros nos encargamos. El objetivo, dijeron, era que alguien viniera ipso facto a través del Tinder hasta el bar Federal a tomar algo con nosotros, y hacer del triángulo un cuadrado. La primera obra que escribí con pretensiones literarias se titulaba Tetralogía de una caída. Al salir a fumar también experimenté la precognición de que el juego ese del Tinder no iba a ir a ningún lado y sólo nos enloquecería. Al volver a entrar sugerí que contratáramos el Gold y jugáramos a fondo con un Boost, que consiste básicamente en un forzado de posicionamiento que dura media hora y que garantiza bastantes matches. Esa idea nos pareció divertida para ese domingo de nieve ligera y nos lanzamos al Gold, y de pronto estaban ante mí con cinco o seis conversaciones abiertas, poniendo toda clase de caras indescifrables, anunciando triunfos y declarando fracasos; y cuando se agotaban los caminos dejaban el móvil sobre la mesa para que yo seleccionara durante un rato mujeres que me gustaban, y luego dejé que las seleccionaran ellos, por lo que hubo más conversaciones: el boost nos dio un impulso, la camarera pasaba junto a nosotros muerta de la risa, yo miraba a mis amigos erecto en mi silla, oscilando entre el deseo de que ocurriera una magia, y la pena que siento por la vida moderna cuando la experimento en su esencia. O bien todo es pornografía, o bien todo es irresponsable libertinaje. El diablo se aloja donde no lo parece, das Kapital muda camaleónico adelantándose a nuestros pálidos intentos de comprenderlo. En un momento dado, fui al baño, y por el camino vi a una chica de gran hermosura, y ya que estábamos en la pornografía del Tinder y había seleccionado ya gracias al algoritmo infinito de Gold a unas trescientas mujeres en apenas treinta minutos, esa mujer también fue seleccionada por mí. Hubiera alargado el dedo y hecho swich a la derecha pero tan solo la miré y cuando regresé del baño anuncié La mujer que me gusta no está en Tinder, sino que está en este bar. Pues tendrás que dejarla para otro día, dijeron, dado que estamos a punto de quedar con Lola. ¿Lola?, pregunté: Mostrádmela. Neurocirujana atractiva. ¿Puedo ver el chat y ver cómo habla?, pregunté. No puedes, dijeron. ¿Pero mola?, pregunté. Mola, dijeron. ¿Es inteligente o lo parece?, pregunté. Lo es o lo parece, dijeron. ¿Tiene ganas de tomar algo? A esas alturas yo ya me había olvidado de mi fúlgido enamoramiento al regresar del baño. Y eso que sólo habían pasado dos minutos. ¿Quiere venir a tomar algo?, pregunté. Quiere, dijeron.

Pero no ocurrió, y finalmente no quiso o le dio pereza, tal y como había precognizado. En este caso ignoro la mecánica que subyace, tal vez la intensa experiencia de unos meses en esa aplicación, y el conocimiento de su algoritmo. Es una aplicación de mierda y es una aplicación que intensifica las diferencias de género y los roles de poder a saco; no se me ocurre otra expresión más ligera. Estamos en la total pornografía y banalidad, y cada cual es autosuficiente porque no existe ya la posibilidad del vínculo sólido. Muy bien. Nos levantamos para pagar y de pronto noté a mis amigos cansados. Estamos deprimidos, dijeron. Como deprime todo rato que uno pasa haciendo swich. Una pornografía. En la barra, mientras pagábamos, me fijé de nuevo en la chica que había visto al salir del baño. Ahora estaba con un chico afable de barbita y hablaban nerviosamente. Es una cita de Tinder, me dijo Marta. Me acerqué un poco a escucharlos y, sí, claro, estaban teniendo una primera cita de Tinder. Caminamos por la calle en silencio mientras mi móvil vibraba por los efectos póstumos del boost. Al llegar a casa había diez matches más y seguimos jugando, pero ya desganados, no sabíamos ni qué decíamos, empezamos a decir tonterías, que si estábamos en 1902 y acabábamos de encontrarnos un aparato con la ventana de chat abierta en Tinder. Que si acabábamos de llegar a la ciudad para un concurso de carreras de langostas. Tonterías a las que la gente respondía casi dando las gracias por que alguien se saliese del infierno de seducción y poder que implica esa app (hay que decir que he tenido muy muy gratos intercambios gracias a ella, también, pero a costa de horas de pérdida de tiempo, conversaciones vanas, y demasiado narcisismo colectivo).

Al final dijimos basta. Tiré el móvil por ahí y me tumbé en el sofá. Quiero tanto a Juan y a Marta. Tengo la impresión de que nos manejaríamos bien en cualquier contexto. Pero el contexto bufonesco de Tinder, el gravoso divertimento, había acabado con nosotros.

Lo curioso es que en el estado de postración tuvieron la idea tonta de invitar a una persona real, de carne y hueso, por la que no hacía falta tramitar ningún match ni ningún proceso de convencimiento en diez chats, Mónica, amiga reciente de ellos, escritora poderosa, dijeron. Que te gustará. ¿De qué manera?, pregunté. No emitieron respuesta. Así que tras la tormenta de vacío de Tinder, y mientras el móvil vibraba con las conversaciones que lentamente morían, fuimos a cenar con esa chica. Al poco rato de verla supe que teníamos cosas que intercambiar y que probablemente ese intercambio sería grato. No me jacto aquí de una precognición, porque fue una sincronicidad que duró unas horas y me proyectó del espacio virtual y pornográfico del deseo de Tinder a la existencia verbal y carnal que es la única expresión posible para el amor, digo yo.

En la cena con mi padre, la cosa se planteó así. Mi padre dijo haber descubierto que su empresa, compuesta por dos divisiones –laboratorio y comercial-, tenía deficiencias en una de sus partes. Mi padre, director de la sección comercial, había descubierto pérdidas en laboratorio. A partir de ahí, monologó acerca de posibilidades de reestructuración accionarial, de echar a sus socios que lo han acompañado durante años, construcción retórica, despliegue al que asistí interviniendo con pequeñas preguntas y, básicamente, comiendo. Una de esas preguntas fue Por qué te preocupas tanto si te has jubilado. Otra fue Pero cómo vas a despedir a quien te ha acompañado 20 años, ¿cómo encontrará trabajo esa gente que ahora tiene 55? Me pareció despótico. Por otro lado, como he dicho, yo asistía a una película. Me contaba ese asunto de los problemas (a pesar de decir también que ese año ganarían cien mil euros) para preparar el terreno del dinero. No me preguntó absolutamente nada. Viró poco a poco de los problemas de la empresa a los problemas consecuentes de su vida. Hizo un resumen detallado de sus ingresos y gastos para venir a decirme que vivía con menos de 200 euros para ocio al mes. ¿Y el plan de pensiones?, le pregunté. Son 150 mil pero si lo activo hacienda se quedará la mitad. Ya, papá, pero estás jubilado, es el momento de activarlo. Repetía el cálculo de ingresos  y gastos, y hacía excursos de nuevo hacia la situación del trabajo, de pronto terriblemente oscura, mientras y me comía mi provolone. Lo que te quiero decir, dijo, es que yo también tengo problemas. Ya, papá, dije con el provolone gustoso en la boca. Y que en los próximos meses habrá… digamos… turbulencias. Ya, papá.

Luego, como preveía, construyó su retórica hablándome de mi hermana, y finalmente, por los problemas tremendos en una empresa con beneficio de cien mil al año, con la pobreza extrema de quien tiene pensión máxima, y sueldo, y planes de pensiones, y miles de euros, todo condujo a la inevitable y definitiva conclusión según la cual tenía, efectivamente, que tener que dejar de pagarme la asignación mensual.

Me está pasando bastante eso de quedarme mirando a alguien mientras despliega la mierda que ya sé que va a desplegar. Y en retrospectiva, comprendo ahora desde una óptica más fina decenas de situaciones y enloquezco de rabia y humillación. No me importa, padre, que me quites la asignación. Me importa que yo sea para ti solo un objeto, y que te fueras satisfecho y sin haberte interesado por ni una sola cosa, elemento, pieza de mi existencia, por el triunfo de haberme retirado tu miserable aportación con la que me pago el psicoanalista que cura la enfermedad que tu locura y tu dominación me han inculcado.

Pero me estoy curando. Ya no trato con quien no me respeta. He desarrollado una variante de la precognición. Por lo menos para saber verte.

Y estoy enfadado.

honefoss

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Recomendación -> A partir del tema de la precognición, te interesará mi texto de introducción a la Astrología, Diario 26, en el que se repasan nuevas bases teóricas: el holopensamiento. 

Si esta es tu primera experiencia en el diario esotérico, puedes encontrar más información y diversos itinerarios de lectura aquí.


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