Recuerdo de una velada | Diario 6

noviembre 2019

Si tuviera conmigo aquí a un francotirador, le diría que te disparara. ¿Quieres bajar? Eso me escribió Andrea mientras yo la veía desde una ventana de la calle Tuset, inmerso en una reunión. Presentaba una estrategia para una web de programadores. Pero se había hecho tarde. Andrea me esperaba desde hacía rato en la calle. Ella es una de las escritoras más extraordinarias que conozco y he leído. Sin embargo, apenas es posible rastrear lo que escribe. Fuimos pareja durante tres años y tras cinco años de silencio habíamos vuelto a encontrarnos para continuar la amistad, y la habíamos continuado y esa noche íbamos a cenar a mi casa. Asunto complejo, debido a sus particulares manías con la comida.

En la frutería volvió a presentarme su teoría de las texturas mientras yo le decía Aguacate ¿sí?, y ella: sí, aceptable. ¿Y tomate?, pregunté. ¡Tomate no!, dijo. ¿Tomate no? Pero si es de lo más normal, dije. Es por la textura de su pulpa, dijo, como viscosa. Igual que el queso no le gustaba por el tacto de los dientes al morderlo. Y no por el sabor. Haríamos pues una triste ensalada de aguacate y lechuga (la lechuga tiene un rugosidad que me complace, dijo), y una tortilla de patatas. Nuestra conversación es rápida y caemos en los mismos paroxismos de la intensidad. Ella me contaba su volcánica existencia y yo la mía. El placer de la conversación se da porque damos vueltas a los temas y los anudamos en objetos etéreos: profundizamos. Hay hallazgos. Ella presenta sus locas y disparatadas teorías, sello de doctorando en filosofía de la mente, y yo replico con breves narraciones que son meros divertimentos, mentiras, como ambos sabemos, parcialmente verdaderas a su vez, sobre lo que sé y no sé de la mecánica del mundo. Puesto que esto es un diario acerca de mi existencia diré que estoy desconcertado por momentos, y luego maravillado por cómo se dan estas conexiones entre las personas: su arquitectura y la evolución que conlleva. Algo de lo que también disfruto con Andrea es la seguridad de su incondicionalidad, que es compartida: sé que puedo contar con ella como ella sabe que puede contar conmigo.

Y así hablábamos ayer tras cenar en la galería de mi casa, cuando ella quiso plantearme dilemas filosóficos acerca de la culpa. Dijo Imagina que eres un conductor de un tren y que vas a atropellar a cinco operarios en la vía. Imagina sin embargo que hay un desvío que puedes tomar. Pero si tomas el desvío matarás a una señora que pasa por allí. ¿Qué eliges? La fatalidad y el cambio de vía. Que mueran cinco, o que muera una. Nos cargamos a esa pobre que va por ahí, dije. Eres consecuencialista, dijo con aire de triunfo, y por eso mismo yo sentí que no quería ser consecuencialista. Oye no quiero ser consecuencialista, igual también mataría a los cinco operarios. Entonces serías… Los mataría a los seis, a la señora que pasa por ahí también ¿qué sería?

Un psicópata.

Pues un psicópata, dije. Ahora imagina, dijo, que estás sobre un puente y que ves cómo el tren se acerca y cómo va a atropellar a cinco operarios. Sin embargo, junto a ti hay un señor muy gordo y te das cuenta de que si lo tiras a él a la vía, lograrás salvar a los cinco operarios debido a su gordura, que frenará el tren. ¿Qué haces? ¿Tiras al gordo a la vía o dejas que mueran cinco operarios? Dejo que mueran, dije. Pero eso es contradictorio, dijo. No lo es, porque estamos fuera de escena. No, mira la contradicción, dijo Andrea, imagina ahora que hay cinco personas que necesitan un trasplante de órgan…

Entonces apareció la inquilina que esos días vivía en la pequeña habitación de invitados que tenemos y que muchas veces ocupan desconocidos personajes. Me habían dicho que Agnes era bailarina y en el grupo común de Whatsapp mi compañero de piso había escrito “creo que debéis ser amigos”, cosa que me causó cierta voluntad, al principio, en mí, de “no ser amigos”; una actitud fantasmal, añadida al hecho de que con su llegada yo había yacido enfermo, envenenado tras un último encuentro fatídico, de hecho, y con fiebre en la cama. Por lo que cuando apareció Agnes en la galería para fumar un cigarrillo Andrea y yo callamos súbitamente esa historia de posibilidades hipotéticas de muerte, matanza y culpa y nos quedamos muy bien sin saber qué hacer. Me di cuenta de que Agnes ya llevaba cuatro días en casa y de que no habíamos cruzado palabra y sentí vergüenza. Había visto parte de sus pertenencias ubicadas en distintos puntos de la casa y algunas me habían llamado la atención. No había motivo para no haber hablado con ella. Fue ella quien rompió el hielo: nos enseñó una guía de la programación del Palau de la Música, lugar en el que Andrea trabajó, por lo que enseguida arrancó una fluida conversación en inglés –incierto y freestylico inglés por mi parte. La reunión a tres se consolidó cuando sugerí que tomáramos helado, ice cream, dicho en inglés, anuncio que nos llevó al salón y a la comodidad de sus sofás, donde Agnes nos explicó que estaba haciendo una gira por el mundo como bailarina en una obra. Al principio, su rostro me pareció duro, de rasgos muy marcados. Pero como suele ocurrir, la belleza se sobredetermina por la palabra, y cuando empezamos a hablar de hipnosis y de ritmo, y empecé a escuchar en su boca teorizaciones que yo mismo he formulado en esta página web de forma discreta y disparatada, empezó a gustarme el simple hecho de mirarla. Como me gusta mirar a Andrea cuando está de perfil y, sin rumbo, formula con violentas palabras alguna frase diabólica (de poderosa escritora faulkneriana). Era una conversación verbosa que muchas veces derivaba en risa. La comodidad era creciente. De la dureza inicial de tres objetos que chocan en el espacio de una sorpresa, habíamos pasado a una especie de fluir hacia el interior de la noche.

Andrea es escéptica por excelencia, pero quiere creer. A raíz del tema de la hipnosis (Agnes había explicado un curso rápido que había hecho en la montaña y cómo cada día, durante horas, había ejercitado la exploración de su inconsciente para ejercer cambios determinantes sobre él) evoqué la regresión a vidas pasadas que hice hace exactamente un año. En esa regresión, cuya duración real fue de una hora y media de la que yo sólo experimenté unos 20 minutos, vi 12 imágenes de la vida de un profesor de escuela de pueblo, en la alta montaña. Una vida solitaria, en la que apenas había una amiga al parecer desaparecida joven; en extremo solitaria. Muerte en camastro, junto a chimenea. ¿Pero tú crees que eso lo viviste de veras en otra vida?, preguntó Andrea. De alguna forma, sin duda. Pero da igual lo que yo pueda decir ahora. Agnes dijo que la experiencia de descender niveles en la mente, y la realidad efectiva de que eso era así, sólo era un acto subjetivo de la imaginación. Pero se experimentaba y no se podía transmitir. Jooo, dijo Andrea, yo quiero creer. Porque Andrea no creía. O más bien creía en la lógica irrefutable de la causalidad y la materia, y del final de todas las cosas, incluso del amor, con la muerte. En el caso de que hubiese visto a Dios, Andrea, dije, no podría transmitírtelo. No alcanzarían mis palabras. Quiero ser hipnotizada, dijo Andrea, seguro que empiezan a salirme toda clase de guarradas sexuales sin querer. Quien sabe, dijo Agnes, pruébalo. No, dijo Andrea, pero seguro que con mi mente hiperracional no hay quien me hipnotice. Pruébalo, dije yo. Pruébalo, digo Agnes. Prueba a bajar por el sendero de arena a través del bosque, por el puente interior de la mente que conduce al castillo de las múltiples puertas, dijo Agnes. Cuando ella hablaba dirigiéndose hacia Andrea, escrutaba su cara. Una belleza exótica y compleja, pensé.

Yo estuve también en el castillo de las múltiples puertas, una vez. Y escogí una puerta pequeña y roja que me condujo a una oscuridad. Lo primero que vi en esa oscuridad fue un tejado y la chimenea en la montaña de una aldea pirenaica. Lo más hermoso que recuerdo de esa triste y solitaria existencia repasada en doce fotogramas son dos cosas: enseñé a niños de primaria a enfrentar la vida y, sobre todo, tuve una amiga. En la imagen mi amiga y yo, adolescentes, caminábamos por el sendero hacia el bosque frondoso, cogidos de la mano. No era un cogerse de la mano que escondiera el tormento de la pasión. Era un cogerse de la mano de quien se protege mutuamente y está dispuesto a demostrarlo. Pero ella se perdía, moría joven, desaparecía casi enseguida de las estampas que recuerdo de aquella vida. Y yo no podía superarlo. Andrea, Agnes y yo hablamos durante horas y nos magnetizamos un poco.

Dijo Hölderlin que sólo creen en lo divino quienes lo son.

Gratos recuerdos del otoño de 2019.