Sobre la meditación autodidacta | Diario 4

Recuperar, o empezar desde cero, la meditación, surgió de manera natural cuando empecé a tomar los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina. La experiencia psicológica inicial que conlleva ese tipo de medicamentos es la contemplación. Una de las diferentes experiencias psicológicas, pues la paroxedina es tan sutil como una droga refinada; a mí me recuerda a una variante del MDMA que no apunta al deseo, sino a todo aquello que se remansa, y queda en calma. Días de intensas y variadas conversaciones, de fuerza, y luego de retiro meditativo. Esta es mi experiencia autodidacta.

Así que dos o tres veces al día, si estoy en casa, mañana y noche, me tumbo en el sofá con una mano en el corazón y otra en el bazo. En ocasiones coloco ambas manos entrelazadas sobre la cabeza; a veces pongo los brazos en paralelo al cuerpo, y los dejo sin tensión.

La técnica es muy sencilla y se adquiere con la práctica. Hay un estado específico al que se llega. La dificultad reside en que en ese estado uno no es él mismo, sino tantas otras cosas al mismo tiempo. Lo que produce miedo. Lo que provoca un descenso hacia abajo y un retorno a la consciencia. En realidad sólo puedo hablar, en estas primeras experiencias, del hecho de haberme asomado a ello, de haber visto algo, y de haber sentido un miedo, o bien un vértigo, que me devolvía al mundo por completo. Es decir, para regresar uno tenía que volver a empezar de cero.

La respiración sólo se produce por la nariz. Como se sabe, la concentración debe dirigirse hacia la propia respiración, hacia el gesto, y hacia las partes del cuerpo. Uno puede sentir primero las piernas e ir subiendo hacia arriba. Deteniéndose en cada parte, mientras piensa en la cadencia de la respiración: al principio lenta. Tal y como he comentado con algún amigo, ocurre en ese escaneo interior de “lo que se siente”, un proceso de vaciamiento de la mente. Lo que se siente es corporal y no tiene palabras. La atención puesta sobre ello no es una forma de lenguaje lineal. Además, ese entregarse al sentir provoca por lo menos tres efectos: lo que se siente empieza a dejar de sentirse de forma local, para pasar a ser no-local. Aparece un hormigueo en las extremidades, sobre todo en las manos, que tiende a subir. Por los brazos y desde abajo por los pies. Por último, algo que ocurre sólo a veces: se localizan formas de dolor emocional en el cuerpo. Esto también lo hemos comentado mucho: uno percibe anudamientos, un dolor de fondo, que tal vez surge a la altura del estómago. Por su naturaleza, dirige la atención hacia ese dolor. Siempre se siente como un dolor del alma. Y siempre la respiración acompasada, a la que hemos vuelto en todo momento, ayuda a tramitarlo. Como si se digiriera.

Ocurre, mientras tanto, algo en los ojos. Es importante, creo, que la habitación esté en penumbra. Y que uno realice todo el proceso con los ojos cerrados. La recomendación es que, aunque no se vea nada, uno centre el foco en el punto intermedio, ligeramente desplazado hacia arriba, que hay entre los ojos. El conocido tercer ojo. Fijar la vista allí provoca, en mi experiencia recurrente, la aparición, primero, de un vórtice o punto negro, que suele pasar a azul y, cuando el hormigueo en el cuerpo se extiende por el torso, a púrpura o violeta.

Hay un momento, si uno ha logrado que todo pensamiento en palabras haya sido cambiado por la sensación pura del cuerpo, de cada una de sus partes, del todo que es el organismo, donde se deja de percibir el cuerpo. El hormigueo envuelve y al completar la envoltura se cierra sobre sí y uno, por ese vórtice púrpura de formas galaxiales se asoma a algo. La experiencia es, sin embargo, que uno allí no es uno, sino todo aquello que se le representa. He visto, por ejemplo, lugares verdes en los que sentía haber estado, o que iba a estar. He visto ojos, he visto hocicos de gatos que conocía. He sentido formas humanas en su ser, que siempre es un dibujo. Y luego el miedo me ha devuelto de golpe al lenguaje, el cuerpo se ha hecho duro sobre el sofá, dividiéndonos en dos objetos, y tan sólo ha quedado un resto de hormigueo que desaparece por las extremidades.

Esta es mi experiencia y mi práctica hasta el momento. Si la repito es porque produce un efecto restablecedor. Uno siente calma al salir de eso. Si la repito también es a raíz de una larga reflexión en torno a la naturaleza del deseo, y la medida de lo que causa atracción y repulsión. Lo que he percibido es que, en ese estado de inmersión en el todo, pues no podría experimentarse de otra forma ese vértigo, las cosas vienen dadas. Uno no orienta ni su necesidad ni su deseo sobre ese fondo. Lo que surge, es lo que uno sigue. La señal es recibida. Hay un telar oscuro y desmadejado que cuando se medita, se ordena. Las líneas se hacen paralelas. Los malos pensamientos se relativizan. Lo curioso: cuanta más necesidad, o deseo oscuro por sus formaciones dependientes de la rabia o la posesión, menos posibilidades hay de recibir imágenes. Esas imágenes son mensajes. Esos mensajes son hacia dentro y sólo tienen utilidad para el que medita (no sé si hay o no alguien al otro lado). La utilidad es la calma. La confianza en que las cosas vienen dadas por motivos concretos. Que la consciencia es la oportunidad de poner focos en cualquier momento. La fuerza de pasar a la acción. La posibilidad de ver sin el velo de la fantasía que conduce al miedo y a la cobardía.