Van Helmont vs Gui Patin. Medicina hermética | Diario 2

La Historia de la filosofía oculta, de Alexandrian, es una obra fundamental para entender la tradición hermética desde sus orígenes en la gnosis (dos milenios atrás) hasta hoy en día. Hace una semana me entregué a la lectura de este libro, recibido como regalo, en un momento bajo de mi existencia. Bajo no por los sucesos exteriores, sino por la concepción de uno mismo, la imperiosa sensación de tener que hacer cambios en el rumbo. Esa imperiosa sensación, que es como una ansiedad, siempre me ha acercado al ocultismo y sus prácticas. Cuando toco fondo, acudo a brujas tarotísticas y me entrego a raras hipnosis en cuartos del extrarradio. Por lo general, salgo de esos lugares decepcionado. Aunque en dos ocasiones, o me engañaron de forma sublime, o yo asistí a la visión exacta del futuro por parte de una bruja, mi futuro. Prefiero no tomar partido y observar el fenómeno desde otros ángulos.

historia de la filosofía oculta

Cuando empecé la lectura de la Historia de la filosofía oculta, he de ser sincero, buscaba algún tipo de revelación. Pensaba que, en el interior de ese tocho lleno de referencias a rituales y magias y tradiciones diversas (Kabbala, Tarot, Astrología y decenas de variantes), encontraría algo que de pronto me traspasaría y me indicaría un camino. Vaya, una ingenuidad total. Porque el libro es tan sobrio y erudito que no incita en ningún momento a practicar ninguna de las magias de las que habla. Eso sí, es exacto y extraordinario. Por muchas razones. Entre ellas, por el ejemplo que quería comentar hoy: el enfrentamiento entre el médico ocultista Jean Baptiste Van Helmont (1577-1644) y Gui Patin, médico ortodoxo (1601-1672).

En aquélla época, siglo XVII, la medicina predominante era la galénica, basada en la teoría de los humores, y la práctica era muy sencilla: las tres S: sangría, salvado y sen. Las sangrías se realizaban «para reprimir la impetuosidad del humor vagabundo», de acuerdo con la teoría. Alexandrian afirma algo que podremos comprobar fácilmente con muchos otros ejemplos: se recuerda a Gui Patin como el médico “científico serio” y a Van Helmont como “el loco ocultista sanador». Lo interesante que venimos a comentar aquí es cómo esa imagen polarizada que muchas veces tenemos, nunca es tal cosa. El motivo es tan simple como inextricable: tratamos con humanos.

van helmont

Así, Van Helmont fue considerado por Gui patin, tras su muerte, como «un malvado granuja flamenco, que ha muerto después de rabiar durante meses. Este hombre no ha propuesto más que una receta repleta de secretos químicos y empíricos». Lo que tenemos no es tan maniqueo, si profundizamos un poco. Tenemos a un hombre que, en 1602, contrajo la sarna. Dos médicos ortodoxos le recomendaron purgas y sangrías que, en definitiva, no sirvieron para nada. Él, experimentándolo en sus propias carnes, consiguió curarse con sus propios remedios. Las sangrías y las purgas debilitaban todo el cuerpo, Van Helmont sencillamente pensó que la sarna era un mal local, y le aplicó ungüentos que funcionaron.

En esta medida, Van Helmont empieza a desviarse de la línea ortodoxa de la ciencia. Con una apreciación -la Sarna como mal local y no general- muy aguda para su época, pues implicaba descreer del sistema de humores que, se creía, regía al cuerpo. A su vez, se le consideraba un hermetista porque se interesaba por fenómenos desconocidos, por ejemplo el magnetismo, y porque tenía una concepción de acuerdo con dicha tradición. Para él, las manifestaciones del organismo humano tenían dos causas: alma y vida. El alma, centrada entre bazo y estómago, regía las funciones intelectuales. La vida, es una fuerza que se propaga por medio del arjé. Hay un arjé central, ubicado en el epigastrio y conectado con el alma, y múltipels arjés locales. El arjé central manda sobre los locales, que son los encargados del movimiento muscular y de la transformación de los tejidos. Para que haya buena salud, debe haber armonía entre arjé central y arjés locales. Una teoría poco ortodoxa que enraiza en la teoría alquímica y a partir de la que construye toda una nueva teoría de las enfermedades (hay enfermedades en dos grupos, recepta, causadas en el exterior del arjé, retenta, causadas desde el interior del arjé, etc).

Sin embargo, al mismo tiempo que su teorización era pseudomágica, su práctica incluyó importantes avances. Por ejemplo, combatió la polifarmacia de la época. Entonces se vendían soluciones médicas que podían llegar a mezclar hasta 75 elementos distintos para curar una sola cosa (la Alexandrina Nicolai es un ejemplo). Van Helmont apoyaba la eliminación de sustancias inertes y la concentración de los principios activos mediante la química. También profundizó en la separación entre síntoma y lo que produce el síntoma. Fue uno de los primeros defensores del sistema circulatorio descubierto por Harley, que la ortodoxia médica negaba duramente. Según Daremberg, estudioso también de Paracelso, «Van Helmont era un místico como Paracelso, pero más sabio; un enemigo de la tradición, pero más erudito; un empírico, pero más clínico y más observador; un polemista violento, pero más caballeroso». Criticó muy duramente a los médicos galenistas de la época -los ortodoxos-. Se oponía radicalmente al tratamiento de los humores mediante sangrías, lavados y vesicatorios. Según él, las sangrías tan sólo debilitaban al enfermo (cosa que se demostró como cierta). Sus adversarios consiguieron que fuera juzgado por introducir en sus escritor proposiciones heréticas. Ocurrió ante la inquisición española el 23 de febrero de 1626. Logró salir indemne. Volvió a ser detenido por las mismas razones, (herejía y prácticas mágicas) en 1634 y se le obligó a no volver hablar, como condena, ni con su mujer, ni su suegro, ni sus criados.

Por otro lado, tenemos a Gui Patin, médico ortodoxo de la época, que junto al estáblishment del momento (no hereje en ninguna medida), opinaba que toda medicina que no fuera galénica era una medicina falsa. Veámoslo.

gui patin medico

Para Gui Patin, «No existe remedio en el mundo que haga tantos milagros como la sangría. (…) Los tontos que no entienden nuestro oficio imaginan que basta con purgar, pero se equivocan; pues si no se hace preceder de una copiosa sangría, para reprimir la impetuosidad del humor vagabundo, la purga no sirve de nada». Él mismo, debido a un resfriado, se hizo sangrar hasta siete veces en una ocasión. El descubrimiento de la circulación de la sangre le parecía «paradójico, inútil para la medicina, falso, imposible». Recomendaba no estudiar en ningún caso química. Es decir, era un inmovilista, un médico promedio de su época que, finalmente, no hizo que la ciencia prosperara en ningún sentido.

La pregunta está clara: ¿Quién es exactamente el charlatán?

Merece la pena preguntárselo porque hoy en día, cuando se dice «la ciencia dice que», o bien «los científicos demuestran», no se tiene en consideración que esa cosa llamada ciencia es, en todo momento, una construcción que mantiene fuera ciertos ámbitos, todavía. Los excluye por herejía (en este caso, falta de demostración experimental). Señalo ese maniqueísmo, que vemos mejor en la perspectiva histórica. Lo vemos mejor en la perspectiva histórica porque el sistema ortodoxo de entonces nos parece ahora igualmente mágico.

Dentro de cincuenta años, cuando observen las prácticas efectivamente curativas pero destructivas de los psiquiatras, o los tratamientos primitivos contra el cáncer, ¿no tendrán la misma sensación que tenemos nosotros al leer sobre las sangrías? ¿Y no habrá algo de las tradiciones alternativas, como ha demostrado la historia múltiples veces, que de pronto será considerado brutal intuición y nuevo dogma de fe?

Hay que recordar que incluso Descartes, padre de la razón y núcleo esencial de la filosofía hasta nuestros días, tenía acaloradas discusiones en 1640 con Lazare Meysonnier, acerca de cosas como «la efigie de pequeños perros que se dice que aparecen en la orina de los que han sido mordidos por perros rabiosos». El padre de la filosofía moderna.