APRENDERÉ A REZAR PARA LOGRARLO
Finalista del premio Setenil 2017 al mejor libro de relatos publicado en España

Editorial Delirio // Premio Setenil

El tema de este conjunto de relatos es el juego en todas sus variantes. El juego que crea y transforma la amistad entre dos amigos, los juegos de poder entre hermanos o el juego ritual del cortejo. En este libro el lector encontrará dos secciones: la primera dedicada a la vida y sus ritos cotidianos antes de la llegada de Internet, y la segunda, dedicada al atávico mundo de las nuevas tecnologías, donde el juego se convierte en videojuego, el trabajo se gamifica y proliferan los espacios virtuales en los que lo humano, el amor, la pérdida, el engaño o la traición, persisten bajo unas nuevas, siniestras y cambiantes formas.

Tras el éxito de Yo mataré monstruos por ti, primer libro de relatos y obra de culto en las barriadas de provincias, el segundo libro de relatos de Víctor Balcells explora con el mismo estilo irreverente y el mismo sentido del humor, territorios ya maduros, pero todavía por conocer, de nuestro tiempo.

joan arbo

TERRES DE L’EBRE – 2ª EDICIÓ

El escritor catalán Joan Arbó publicó en 1932 su primera novela, Terres de l’Ebre. Volvería a republicarla con modificaciones hasta siete veces a lo largo de su vida, más cuatro autotraducciones al castellano. Obra inconclusa, aunque varias veces acabada. En este estudio, examino las variaciones efectuadas en la dedicatoria de las siete versiones catalanas. Libro objeto creado junto a Enric Farrés Durán (editor) y Xavier Ristol (concepto). De acuerdo con la voluntad inacabada del autor al que rendimos homenaje, es objetivo del editor realizar presentaciones de este libro ad aeternum.

189 ERRORES

Can Editions

189 Errores presenta por primera vez en su totalidad las “Fe de erratas” encontradas por el artista Enric Farrés Duran, que conforman un singular capítulo de “Los Papeles del Siglo”, variopinta colección integrada por 2.342 documentos que el artista compiló mientras trabajaba en una librería de segunda mano, durante su paso por un inacabable depósito de libros viejos. En 189 Errores Enric Farrés Duran sale al rescate de empastelamientos involuntarios, deliciosos vocablos tales como orbados, publos, chatarsis o mutilidad, y de un buen número de faltas de ortografía. Unos y otras encuentran aquí razón de ser, mientras se salva del olvido a los duendecillos extraños que pernoctan en la Imprenta de Litoral. Acompaña a estas “Fe de erratas” un texto de Víctor Balcells Matas, que no es ni prólogo ni epílogo, ni ensayo ni crítica, ni escritura de ficción ni crónica. Interrogado a propósito de algunos fragmentos hilarantes de este relato aproximativo de Balcells, Enric Farrés se limita a indicar: “Todo es real”. Un “todo es real” que, en cualquier caso, gira entorno a un vacío que el lector atento y minucioso localizará con exactitud.



189 errores

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Su mirada en el bosque. Le dije: ¿Tú sabes por qué ronronean los gatos? El vaho, líneas de nieve, el arado: Loulou movía la mano de la roca al cabello y del cabello a la roca. A veces el movimiento iba de la frente hacia atrás y entonces yo sabía que ella pronunciaría una observación aclaratoria. En ocasiones desplazaba grandes masas de cabello de un lado a otro y cambiaba así de izquierda a derecha o de derecha a izquierda el sentido de la raya. Cuando eso ocurría yo sabía que no estábamos de acuerdo. Si levantaba la mandíbula y colocaba las manos en la nuca, como recogiendo el cabello en un cuenco: ensoñación. Aplastarlo contra el cogote, impaciencia. Y si con el dedo construía una trenza imperfecta, podía darla por perdida. A medida que enlazara los cabellos la conversación perdería consistencia hasta acabar en el silencio. En el silencio: la ausencia. Entonces, yo me preguntaría ante sus ojos vidriosos: ¿Qué es lo que deseas en secreto?

Contestó: Claro que sé por qué ronronean los gatos. Yo también lo he buscado.

Ah… ¿sí? ¿Tú también lo has buscado?

Claro

A ver, ¿y por qué ronronean?

¿Es que no lo sabes tú?

Claro que lo sé, contesto, pero te lo estoy preguntando a ti: ¿por qué ronro….

¿Es una prueba?

No lo es, sólo contes…

Pues entonces contesta tú primero:

Y dale.

¿Por qué ronronean los gatos?, repite, y acabo por contestar lo que yo mismo había preguntado:

Porque el aire al respirar se comprime y vibra.

Ella me mira. Parte de su cabello cae sobre el hombro y parte lo recoge la oreja. Una composición clara que significa: ¿De qué va todo esto? Lo veo en la ceja que se yergue, las órbitas de los ojos entornadas. Entonces nace en ella una vibración y ríe Pero qué dices idiota, dice, niega con la cabeza, ahora se recoge por completo el cabello detrás de la oreja: ¿De dónde has sacado eso?

Pues de Internet, ¿de dónde va a ser?

Vuelve a reír Pero si eso no es lo que sale en Internet, dice. La mano de la frente hacia atrás, frente despejada, se avecina una observación aclaratoria: Yo lo que he leído en Internet es que los gatos ronronean por culpa de la vena cava.

¿Cuál es la diferencia?, pregunto. Hay que observar que yo no me toco el cabello. Aunque muchos acostumbran a notificar la figura de casco de mi matojo, ni la contemplo ni la expreso formalmente en mi mente. Excepto por un único movimiento: echarse para atrás el flequillo, gesto que repito sin sentido ni coherencia expresable. A mí me parece la misma cosa.

Pues que tú dices que los gatos ronronean por la vibración del aire y yo por la vibración de la sangre.

Voy a buscarlo, digo. La mano al cinto, movimiento rápido, extracción del móvil, desbloqueo manual y búsqueda “cómo ronronean los gatos”.

Los tres primeros resultados dicen que el ronroneo de los gatos es debido a la vibración del aire. Cuando levanto la mirada para decírselo veo que ella ha estado haciendo lo mismo, de rodillas sobre la hierba e inclinada hacia el móvil, el pelo cae y le cubre la cara, expresión amable, siniestro misterio. Ahora entre los cabellos veo su mirada alzarse y decir mientras alarga hacia mí la pantalla de su móvil Los tres primeros resultados dicen que el ronroneo de los gatos es por la vibración de la vena cava. Yo alargo mi móvil y digo Los tres primeros resultados dicen que es por la vibración del aire, mira, insisto poniéndole la pantalla ante los ojos.

Mira, insiste poniéndome la pantalla ante los ojos.

Ahora miramos las pantallas.

¿Entonces?, pregunto. Se encoge de hombros. Retira el móvil y se sienta de piernas cruzadas sobre la hierba. Deja que el cabello le cuelgue lateralmente sin ocultar la cara. Yo la observo esperando una respuesta; me arreglo el flequillo. Ella crea una especie de peine con los dedos separados y se mesa el pelo. Puedo ver cómo los dedos se hunden en el cabello y lo fragmentan y reordenan en vértices que se ofrecen a la armonía. No me da ninguna respuesta. Ha bajado la mirada y sigue con el móvil. Está leyendo algo. La mano que era un peine se cierra sobre un mechón y empieza un pequeño movimiento de trenzado. Mudo, la acompaño en el silencio.

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Alguien tenía que haberme estado espiando, pues me visitaron una mañana sin que yo los hubiese llamado. Lo primero: la cocinera de la señora Morocco, mi casera, que llevaba todos los días a eso de las diez de la mañana el desayuno a mi habitación, no apareció. Nunca había ocurrido nada semejante. Esperé un rato más apoyado en la almohada. El gato había derribado el bote de la mesilla de noche y las pastillas se habían esparcido por el suelo. Al pensar en el trabajo que me llevaría recoger todo eso golpeé el timbre con violencia. ¿Qué era eso de no servir el desayuno con puntualidad? Alguien llamó a la puerta y un hombre que no había visto nunca entró en la habitación. Era corpulento, más bien enano, llevaba encima un chándal azul holgado, que, como ciertas indumentarias deportivas, disponía de múltiples bolsillos, una cremallera inyectada con separador y refuerzo en los codos; todo parecía muy vistoso, aunque no se supiese muy bien qué podría hacerse con ello.

– ¿Quién es usted? –pregunté, y me incorporé de inmediato en la cama.

– ¿Ha llamado?

– Volodia me tiene que traer el desayuno –le dije al hombre, sin saber en absoluto quién era ese tipo.

– Así que quiere que Volodia le traiga el desayuno.

Asentí.

– Eso es imposible.

– ¡Lo que faltaba!

– ¿Quiere que hablemos aquí o prefiere vestirse y tomar un café?

– Hablemos aquí.

– De acuerdo. Mire, seré breve. ¿Es usted Josefo Balcels?

– Ese soy yo.

– Tome aquí este papel. No, este, sí. Al final del último párrafo, el salario.

– ¿El salario de qué?

– En la cuarta página las primas y bonificaciones, como observará.

– Contésteme.

– El seguro médico y el seguro de vida –hizo una pausa y me miró-. Entendemos que es usted albino, ¿cierto?

– Sí.

– En cierta manera, un prodigio de la naturaleza. Pero como podría morir pronto: un seguro de vida. ¿Qué le parece esa?

– ¿Esa qué?

– ¿Es usted Josefo Balcels o me equivoco de persona? ¿A qué viene tanta extrañeza?

– ¿Cuál es el puesto de trabajo?

El hombre posó su venosa mano sobre el papel y lo tocó con impaciencia:

– Eso ya lo ve usted en el logo y en la sección primera del contrato. Entrenador del Celta de Vigo.

– ¿Entrenador de fútbol?

– Eso mismo. Y ya llegamos tarde.

Hasta el momento, yo me había ganado la vida como editor y diseñador de páginas webs. Vivía una vida tranquila y feliz en casa de la señora Morocco, encantado de que ella y su exuberancia me hicieran de madre. El tiempo libre lo pasaba leyendo oscuros ensayos de psicoanálisis y jugando a videojuegos. Cuando el hombre mencionó Celta de Vigo no di crédito a mis oídos. Acababa de jugar en Football Manager 2017 una liga con el Celta de Vigo. En esa partida había llegado a la cima de Europa y había ganado dos Champions seguidas.

– Usted ha ganado dos champions seguidas con nuestro equipo en el simulador más complejo que se ha hecho nunca. Queremos que haga lo mismo, pero en la realidad.

– ¿Se han vuelto ustedes locos?

– Yo particularmente, como denota quizá mi indumentaria, ya no confío en los seres humanos.

– ¿Y en qué confía?

– En las matemáticas. Firme y salgamos de aquí.

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(Primera parte)

Triste loco que pensó remedar las tempestades
y el rayo inimitable con el férreo
sonante galopar de sus corceles.
Virgilio

 

Mis partners: Lasparri y Loverey. Ella es el buque insignia de nuestra temeraria empresa. Cínica, profundamente neurótica, su verdad geológica no es el miedo sino la piedra. Llegó un día y nos dijo: os voy a hacer ricos a condición de que me ayudéis. Creímos en ella y nos mostró a su dios secreto y nos enseñó a amarlo con la regla cenobítica. Ahora, en el búnker, Lasparri se sienta a mi derecha. Luce como nunca con su nuevo traje de ejecutivo. Se peina con la raya lateral y habla como si estuviéramos en el ejército. Se dirige hacia mí y dice números, autoridades de dominio, porcentajes. Yo lo observo inclinado hacia atrás -la compasión es forma- y fumo. Repaso con incredulidad su cara oscurecida por las sesiones de Uva, el pulcro afeitado, la diabólica corbata. Y me pregunto: ¿quién es ahora este hombre? ¿acaso no recuerda ya quiénes fuimos? Pues antes de Loverey y la verdad de Ahrefs, tuvimos un pasado en los videojuegos.

Solíamos quedar por las tardes en casa del uno o del otro. Fumábamos y jugábamos: Starmade, Elite, Eve, Star Citizen, por ejemplo, en la suprema ociosidad del subsidio (padre me llamaba cada día para señalar mi irrefrenable declive). Lo de jugar llevábamos haciéndolo desde el año 2000 con La prisión. Eso y la literatura, Sancta Sanctorum. Podría elaborarse, de hecho, un calendario de libros y videojuegos, y con él podríamos guiarnos por la metas volantes de nuestras vidas apáticas. Cuando apareció Loverey, yo editaba best sellers y Lasparri expoliaba parte de una herencia sin perder su natural tacañería. Ya había empezado en nosotros la histeria cancerosa del primer advenimiento del Halo: en pocos meses habíamos pasado por una época de Football Manager, una época de Cities Skylines, una época de Elite y una época de PlanetCoaster y no habíamos quedado saciados, sino exhaustos, o quizá sería mejor decir vacíos.

El 6 de septiembre de 2015 estábamos tirados en el sofá sin saber muy bien qué hacer, cuando Lasparri dijo que debía salir un momento a que le hicieran unas fotos. Extravagante, pero posible, pues solía hacer trabajitos como modelo o extra, así que vale. Regresó al cabo de un rato con un manojo de billetes que me restregó por la cara y guardó sin dar explicaciones. Seguimos jugando. En una fase de carga de algún título de segunda mal optimizado -nos gustaban tanto los escritores de segunda como los juegos mal hechos-, dijo al vacío: he conocido a una persona que debes conocer.

Poco antes del advenimiento del Halo, ya existía un efecto sobre la mente. Sólo puedo describirlo ahora, desde fuera y en contraposición, porque entonces aquello era indistinguible. Pero no lo sabíamos. Por la noche entré en Facebook y al hacer scroll me apareció la solicitud de amistad de Loverey. Creo que fue la noche del mismo día en que Lasparri se había tomado las fotografías porque al entrar en el perfil de la chica para stalkear un poco sus fotos, mientras comprobaba con desconcierto lo salvajemente hermosa que era, saltó un banner de publicidad de la empresa en la que trabajaba: Hamburguesería Bocoa, ¡A menos de cincuenta metros de tu localización!  Y en la imagen aparecía el propio Lasparri zampándose una hamburguesa con una mano, y sujetando con la otra un libro que simulaba leer.

Lo primero que me dijo Loverey cuando aceptó mi solicitud de amistad tuvo que ver con eso: ¿sabes qué libro se trajo a la sesión de fotos, el muy capullo?. Ni idea, contesté. Y añadí: ¿Quién eres, por cierto?

Escribiendo…

Historia de la locura, de Foucault, a una puta sesión de fotos capitalista ajjaj”.

Escribiendo…

“Yo soy quien te va a salvar el culo”.

Por las noches, Loverey alza una copa, vierte el licor entre los cuernos de una vaca, y simboliza su sacrificio en la oscuridad. Hay otras figuras que habitan el búnker y que no hemos visto más que en las comidas donde se exige silencio y atención a la lectura de la regla. Me pregunto quiénes son y sobre todo me pregunto si lo que sé de Loverey es cierto. De momento, Lasparri y yo nos hemos hecho ricos a costa de perder la vida. En el salón abovedado donde comemos hay imitaciones de Ingres tan buenas que pasarían por auténticas; el secreto está en la combinación de matices del gris. Junto al púlpito en el que rotamos para leer la regla, un tablón mide la presencia del Halo en la zona. Los ejercicios mentales son constantes, así como los físicos, y pasamos por lo menos dos horas al día construyendo edificios en simuladores tridimensionales.

Hemos perdido la vida, sí, suele decirnos Loverey, pero por lo menos no nos la ha arrebatado el Halo.

 

II

¿El espíritu o la carne?, dijo Loverey.

La carne, contesté. Eso es lo que dije. Podría haber dicho el espíritu pero dije la carne a la que temo y por la que alguna vez ardí en deseo. Entonces todavía no creía en el poder de Loverey y todo aquello me parecía poco menos que un juego. El halo, decían. Por la noche me pasó una carpeta para preparar el ataque. Douglas Fortezzo, usurero del barrio de la Mina. En la ficha se especificaba domicilio, lugar de trabajo, espacios de ocio, se incluían fotografías de los vehículos, familia, amigos, contactos.

La carne.

El primer movimiento fue enviarle correos selectivos con enlaces a los puntos de destino pornográficos que habíamos seleccionado previamente. Se estipuló que reclamando su atención hacia esos enlaces podríamos alterar el patrón de los algoritmos de publicidad del sujeto y “contaminarlos” poco a poco con publicidad de contenido adulto. Nuestros ingenieros sociales son escritores de la más fina capacidad dramática. Las víctimas siempre caen en los reclamos, y en el plazo de una semana su algoritmo publicitario ya está contaminado.

El segundo paso consiste en poner en juego los puntos de destino. Para la ocasión, se escogió una página web de strippers por webcam. Plataformas gratuitas que aguardan a que decidas gastar el dinero para poder ver un poco de chicha. Trampas para la mente bajo nuestro control gracias a un par de modelos profesionales que ejercían el papel de anzuelo. Un seguimiento completo de nuestra víctima (habiamos hecho un phishing de su Facebook y conocíamos todas sus contraseñas) nos permitía tenerla monitorizada en todo momento. Dije la carne pensando en una idea de plenitud, de aroma, de deslizamiento por lo vaporoso. Dije la carne y hasta ella condujimos a Douglas Fortezzo, usurero. Ya se sabe, con usura no tiene el hombre casa de buena piedra. Las métricas nos indicaron un aumento paulatino del tiempo que la víctima empezó a pasar en los sitios de destino. Las modelos profesionales ejercieron su labor con seducción y ardor. Nuestro objetivo, un c2c en el que pudiéramos grabarlo masturbándose. Ya habíamos intentado grabar a través de la cámara web del portátil, pero la tenía tapada. Lo grabaríamos masturbándose y con eso Loverey no tendría bastante. Durante las horas de la lectura de la regla hablaba de enfermedad. Además de arrebatarle lo material, decía, queremos arrebatarle el alma, hundirlo en la ciénaga ponzoñosa de la pornografía y eliminarlo como ser en el trágico descenso final de la dopamina. Nuestro dominio del Halo es excelso y sublime, decía Loverey, Ese pobre diablo, sometido a un acoso constante de contenido dirigido, acabaría fácilmente con su débil mente neurótica a un paso del suicidio, decía Loverey. No lo matéis, decía Loverey, y procedía con la lectura de la regla en esa sala construida por una mente caprichosa contra las reglas del sentido común y del arte de la construcción, en cuya cabecera había la cabeza disecada de un jabalí, en honor a los símbolos del despedazamiento.

Seguimos una estricta regla de vida. En eso nos parecemos mucho a los antiguos monjes cristianos. Nosotros también tenemos nuestra liturgia. En lo que concierne a la observancia de la norma, es lo mismo. La norma da el ser a la cosa. Norma dat esse rei. Vinculum permanens et quasi in habitu, añadiría. Y dice así: Todo lo cumpliremos con la ayuda de Google con humildad de corazón, dejando de lado toda arrogancia, con atención y ardiente deseo, sin buscar excusas, y con la aprobación del algoritmo. Y si uno de nosotros, actuando contra la regla, urdiera en secreto y fuera del alcance de Penguin una alteración artificial de las SERPs, entonces Él tendrá la potestad de infligir a cualquiera que haya intentado este crimen la exclusión por seis meses de la comunidad. Sus páginas web permanecerán en una celda oscura donde no alcance el usuario humano. Habrá una manta o un cilicio, no habrá cinturón ni calzado; pan y agua como único alimento.

Si el monasterio fue tal vez el primer lugar donde la vida misma se presentó como un arte, nuestra forma de vida y arte se le parecen. La llamamos la estética del posicionamiento. Formamos un club apartado y solitario que ama la literatura y ha fracasado al intentar vivir de ella. Somos tres. Linkbuilders desde 2014. El summum para nosotros: una primera posición lograda sin errores en todas las KW de una web. Y contemplar supinos en el sofá el funcionamiento armónico de la superestructura de links cruzados resultante, la naturalidad con la que burlan a los centinelas de Penguin y seducen la sutil sensibilidad del algoritmo. No es una cuestión de dinero. Es una cuestión lingüística que ha requerido de la invención de una nueva forma de escritura. El lenguaje SEO sin alma; el más alto de los niveles de la semántica. Pues no somos mercanchifles ni prebendarios. Somos estetas y seguimos una regla. Un horologium vitae cenobítico al que nos ceñimos de tal forma que la vida se confunde con la regla, y la regla con la vida, porque dormimos pensando en la estructura que agradará al algoritmo y despertamos pensando en ella; comemos amontonando migas de pan o reuniendo palitos o haciendo tic tic en el borde de los platos; contamos los pasos que damos, soñamos sin cesar variantes y posibilidades de la estructura. La meditatio es perpetua. El tiempo se ha convertido en la forma del sentido interno. Hemos aprendido a anticiparnos.  Pero ya no sentimos nada.

Lorevey dijo: viviremos juntos. En una sala central colocaremos el servidor VPS y los ordenadores. Por la mañana, despertar con el alba y desayuno frugal. Entonces, lectura de la regla. La regla dice: Recibirás la bendición de un enlace benigno gestado de forma natural. La regla dice: aprenderás a repetir en el extremo de la repetición, pues a ello te has consagrado. Lectura de la regla también en la comida y en la cena, los tres en torno a la mesa y las luces bajas porque nos duelen los ojos. La regla dice: leerás la regla en los desayunos, las comidas y en las cenas. Eso mismo hacemos, en los desayunos, en las comidas y en las cena, vivere in oboedientia, in castitate et sine propio, según la regla. El resto del tiempo construimos enlaces, conectamos, empalmamos, ordenamos de acuerdo con la lógica imaginada. También escribimos textos por las mañanas, cuando nuestra percepción sensorial ha descansado. Seguimos las reglas, y si las comprendemos, las burlamos. En términos jurídicos, nos dice Loverey siempre, reclamamos el derecho de no tener ningún derecho. La paradoja jurídica. Abdicatio omnis iuris, para entregarnos libres y serviles a nuestro nuevo dios. Y añade: “¡Aquí hace falta un teólogo!”.

lo que se de los vampiros

(Primera parte)

Alguien intercedió a mi favor: empecé a realizar informes de lectura para una editorial barcelonesa. Entonces, trabajar en el mundo de la edición, era una de mis aspiraciones. Ya había elaborado algún informe editorial; la suma de todos ellos más un modesto trabajo como redactor de páginas pornográficas me permitía pagarme la existencia en casa de Padre. Pero entremos en materia. Ya habrá tiempo para ir colando breves interludios lacrimógenos sin que el lector se entere. Lo importante aquí es el descubrimiento y no la pena del descubridor. Hasta donde he podido comprobar, hay cuatro tipos de vampiros. Existe una extensa literatura sobre vampiros reales publicada en Estados Unidos. El primer tipo es el Bebedor Inmortal de Aangre inmortal. Un vampiro mayor, tal vez extinguido a lo largo del siglo XIX. Es fácilmente reconocible porque su aspecto corresponde al que presupone el imaginario común. No se ha comprobado empíricamente su inmortalidad, pero es indudable que los especímenes conocidos apenas mostraban signos de envejecimiento si estaban bien alimentados.

El segundo tipo es el Bebedor Mortal de Sangre. Son más raros; por regla general, los individuos que se declaran como tales, deliran. Beben sangre sin efectos prácticos.

El Vampiro Psíquico sin Intención (tercer tipo) abunda en este mundo. Son comunes y conocidos por el gran público, y todo el mundo, debido a su propia falta de inteligencia vampírica, ha caído en sus más o menos torpes manos. Por lo general, producen rechazo; no es posible admirar al Vampiro Psíquico sin Intención. Tal vez en primera instancia deslumbren, pero un con el tiempo acaba detestándolos y desprendiéndose de ellos. Absorben la energía psíquica; los síntomas son: gran cansancio tras una conversación, la sensación en la mente de haber sido llenado de algo que parece más bien un detritus. Hablan de los demás como si tuvieran un punto de mira. Obsesivos. Es posible que yo mismo pertenezca a esta especie de seres repulsivos, pero ya he iniciado -y firmado bajo notario- un proceso de rehabilitación cuyo tratamiento incluye la escritura de lo que Ud. está leyendo (al mando del doctor Lasparri).

El cuarto tipo es el más temido. Los procedimientos para separarse del influjo de un vampiro perteneciente a uno de los tres primeros tipos son específicos y complejos (los trataremos, muchachos), pero por lo menos existen. En el caso del Vampiro Psíquico con Intención no hay posibilidad de eliminación. El afectado tan sólo puede liberarse de él por la vía de la transferencia (que lleva a la culpa y a la tristeza). Una oscura estadística que me pasó Konstantinos (ya hablaremos de él) dice que una de cada cinco personas se ha encontrado bajo la influencia de esta modalidad de vampiros. De modo que el asunto es grave. Felizmente, uno raras veces muere cuando cae en sus garras. Yo ya he sobrevivido a siete, y me jacto de ello como un cazador de la noche; me jacto sobre todo porque por ellos he perdido gran parte de mis amistades y he acabado en esta situación de, por usar un eufemismo, rehabilitación y restablecimiento de la fuerza vital, en la que más o menos sobrevivo. Atacan a través de proyecciones astrales. Tras unas semanas de observación uno encuentra una lógica en las acciones que llevan a cabo. Son fenómenos de la inteligencia disimulada. Si su cuerpo físico muere, puede permanecer de forma inmaterial y ejerce sus rapiñas desde la invisibilidad. Me he enfrentado de forma consciente tan sólo a un vampiro incorpóreo. No puedo dejar de sentir desprecio por mí mismo cuando, al rememorarlo, siento todavía admiración por él.

En el nuevo trabajo como escritor de informes de lectura me pidieron que fuera a visitar la sede de la editorial Pynchones Books, emblemático sello de culto, para conocer al equipo. Está situada en una calle señorial del centro de Barcelona. El edificio es antiguo y pertenece a familias de la alta burguesía. Los pisos, amplios, de más de ocho habitaciones con suelo embaldosado, se asoman a un bulevar comercial. Llegué a conocer en profundidad ese lugar, de modo que quiero aportar ya varios datos importantes: El perro de un buen amigo parece entrar en convulsiones cuando cruza el umbral del despacho. Un día encontré a una señora de la limpieza efectuando un ritual en la oscuridad de un almacén. Lloraba. En mi primera visita, sin embargo, me sentí impresionado y abrumado por el magnífico edificio y, sobre todo, por su portero, un hombre con pipa que llevaba bajo el brazo un ejemplar de Decadencia y caída del Imperio Romano. Cuando le dije que iba a Pynchones Books dijo Ah, sí, te están esperando. Sostenía en la mano una pipa de madera que conjugaba bien con la americana y la perilla; con el tiempo llegué a la conclusión de que ese hombre era quien más sabía de literatura en el edificio. Me indicó el piso y me sugirió que probara las escaleras. Interesante experiencia: nunca había subido por una escalinata tan cómoda. El desnivel de los escalones de mármol exigía un esfuerzo ligero, tan insignificante que uno llegaba a su destino con la impresión, no de haber subido, sino de haber descendido hacia alguna parte.

Me abrió la puerta una becaria que, más adelante, tendrá su propio anexo. Es un ejemplo exacto del deseo de ser vampirizado al que también sucumbí yo. La disposición de las habitaciones es importante. En esa época, Pynchones Books compartía el despacho con otras empresas. A pesar de que la editorial perteneciera a una familia adinerada y que el piso era de su propiedad, tan sólo ocupaba una habitación situada en el extremo derecho. Se entraba a través de una puerta de doble vano. Lo primero que uno veía era un balcón y dos ventanales luminosos. A la derecha, una mesa diminuta para la becaria. Y a la izquierda el espacio en el que concentraremos todos nuestros esfuerzos mentales hoy: una mesa de roble perpendicular a uno de los ventanales, presidida por una silla en la que yacía una joven de no más de veinte años que se presentó como la directora editorial. Me dijo que tomara asiento. A sus espaldas colgaban, enmarcados, emblemas y distinciones referidas a un hombre que, hasta donde alcanzaba mi percepción en ese momento, no estaba presente.

La directora me informó de los elevados estándares de nobleza y calidad literaria bajo los que se regía Pynchones Books y yo asentí con la esperanza de que empezáramos a hablar pronto de dinero. (No es que  sea un materialista destemplado. Es que no me gusta oír en boca de farsantes apologías de algo que ni siquiera comprenden). Asentí a todo y todo me pareció muy bien: Pynchones Books tenía que convertirse en el nuevo buque insignia del conocimiento cultural castellano y mis informes de lectura serían fundamentales para ello: el pedrusco primero, la grava inicial que más tarde podría convertirse en piedra y, por la coniunctio, en roca tostónica, libro.

La becaria se había deslizado a mis espaldas y había ocupado asiento en su mesita. Sentí desde el principio que las relaciones en ese lugar iban a ser, sobre todo, de servidumbre. La propia decoración así lo indicaba, con la disposición en forma de altar de sacrificios de la mesa de la directora y, por otro lado, la mesita de becaria en una sórdida esquina arrabalera. Mi propio asiento se hundía en el suelo y me obligó a levantar la cabeza para poder observar bien a esa mujer, cuyo atractivo y juventud no podía explicarse en términos físicos.

No quisiera perderme en ordenadas descripciones de las partes del cuerpo y de la cara para tratar de explicar por qué eso se sentía de esa manera. Los vampiros bien alimentados, y ella era un vampiro de la cuarta clase (Vampiro Psíquico con Intención), rebosan de tal cantidad de energía vital que por definición parecen jóvenes más allá de sus rasgos. De hecho, llegado el caso, los vampiros de este tipo pueden “gastar” una parte de energía vital en lo que Konstantinos definió como un Vampyrcraeft. El exceso de dicha energía puede servir para poner en práctica determinadas habilidades, entre las que destacan la capacidad de transformación de la materia, la fuerza hipnótica, la capacidad de penetrar en los sueños ajenos o el poder disponer, en un momento dado, de fuerza y velocidad extremas. El Vampyrcraeft no es habitual porque deja exhausto al vampiro. En referencia a mi primer encuentro con la directora, creo que efectuó un Vampyrcraeft sofisticado sobre mi persona, porque cuando salí del despacho ya con un cargamento de manuscritos que leer y juzgar, me di cuenta de que en ningún momento, aunque yo lo había deseado todo el tiempo, habíamos hablado de dinero, ni de pagos, ni de contratos.

Desconcertado, me senté en la terraza de un bar y traté de recapitular. Sí, habíamos hablado afablemente sobre las aspiraciones de la editorial Pynchones y luego… luego, ¿qué? Es significativo que el recuerdo tardara en aflorar. La directora me habló de su difunto padre. Me dijo que ese hombre, rico empresario dedicado al mundo del gas, había tenido aspiraciones literarias, que en más de una ocasión había salvado de la quiebra a grandes editoriales como Anaxagonia o Afelfi Editores (chungos enmascaramientos que nada pretenden enmascarar), y que había traducido a enfants terribles de la literatura francesa del XIX. Su fallecimiento prematuro le había impedido cumplir un sueño: fundar una editorial. De modo que ella, su hija, había creado Pynchones Books in memoriam. Lo dijo extendiendo la mano hacia los emblemas de la pared y añadió Todo lo que hago aquí, lo hago en honor a mi padre.

El vampiro difunto contra el que luché. El padre fundador. A lo largo de la entrevista, probablemente, estuvo sin materia apoyado en el hombro de la directora, acaso dictándole las palabras a pronunciar, iniciándola por su inexperiencia y juventud en los arcanos del Vampyrcraeft, considerando, claro, que yo iba a ser una presa fácil. Porque eso era en ese momento. Un pelele que había hecho de la pretensión una doctrina (anzuelo suculento para el vampiro). Ahora, pasados varios años tras esa obertura, el monoteismo de la consciencia se ha acabado. Aquí estoy, pues, cohabitando con el dios Pan de la pesadilla, escrutando cada gesto, cada acción, cada mirada, temeroso de no poder soportar ya otra refriega.

Este texto puede resultar peligroso. Mucho me temo que, de caer en manos equivocadas, me podría ver envuelto incluso en temas de sicarios. No tengo experiencia en el asunto, de modo que ruego la máxima discreción en la difusión de estos pasajes (en el supuesto, claro, de que sean de interés para alguien). Puedo describir la sensación inicial: fue como haber aparecido en medio de la selva, magullado, como se suele decir, hecho polvo, y sin saber de dónde venía. Tuve que pasar días en cama. Expié una pena desconocida. Cuando pude incorporarme pasé días en batín. Me arrastraba por la casa sin finalidad y me preguntaba: ¿Qué es lo que debo hacer?, y no encontraba respuesta. A continuación, un impulso. Un pequeño golpe de muñeca. Algunas palabras escritas. Comía mejor y empezaba a sentirme bien. La respuesta empezó a tomar forma. Una voz en medio de la noche me dijo: Tienes que escribirlo. Y de acuerdo con lo que dijo esa voz, lo escribo, me arranco aquí con lo que pretende ser una recapitulación de lo que ha sido y significó, hasta que fui liberado, mi vida con los vampiros.

No hay aquí broma o bufonada. Me remito a los estudios de John Edgar Browning en la materia. Yo mismo he dado un beso en la mejilla a un vampiro y he sentido la joven frialdad. Los que han muerto y todavía viven pueblan este mundo y tienen la capacidad de absorber el maná de las personas. Pero para poder demostrarlo, hay que ponerse serios. Conozco la incredulidad de la gente. Yo mismo me contemplo con sospecha en el espejo y nada, a priori, me llevaría a creer en alguien que, con ese careto, dice que ha vivido con los vampiros. La pregunta clave: ¿es posible demostrarlo?

Mi madre me contó hace años un episodio de juventud que ha surgido una y otra vez en nuestras conversaciones. Empezó la carrera de Filología Francesa en la Universidad Autónoma de Barcelona en el año 1970. La titulación apenas llevaba dos años en marcha y la clase era reducida: nueve alumnos. Mi madre cuenta que se creó un núcleo de amigos y que, cuando se acercaban los exámenes, quedaban todas las noches en casa de uno u otro. Se conocían bien y se forjó una confianza. Pero tal y como recuerda, había algunas personas más cercanas que otras. Nos interesa una tal Bea, compañera de clase cuyo apellido mi madre ha olvidado. Esta chica invitaba de vez en cuando a mi madre a pasar la noche en su casa. Cenaban en familia, con los padres de ella, y luego ellas se retiraban a la habitación para estudiar, aunque tal y como lo cuenta siempre mi madre, poco estudiaban. Hasta aquí, todo normal. Lo extraño ocurrió a finales del último curso. Se acercaba el verano y Bea había invitado a mi madre a la casa de campo que tenían en el Penedés. Recuerda que estaban cenando en un suntuoso porche modernista mal conservado cuando el padre dijo que ellos eran, en verdad, extraterrestres. Mi madre dice que lo dijo tal cual: “Mimí: somos extraterrestres”. Dice también que al principio se lo tomó en sentido figurado, en el sentido de “somos raros”, pero cuando la madre añadió “venimos de otro planeta”, comprendió que algún tipo de desencaje estaba produciéndose en la realidad. Ellos le hablaron de una supuesta misión de investigación antropológica y le dijeron “no estáis solos”. Mi madre volvió a casa como ebria por el nuevo conocimiento. Y no volvió a ver a su amiga porque su amiga desapareció a las pocas semanas. Hasta aquí la anécdota. Todas las investigaciones que he emprendido para determinar si estas graves afirmaciones son ciertas han conducido al fracaso. Solicité acceso a los archivos de la Universidad Autónoma y encontré el nombre completo de Bea y pude rastrear incluso el nombre de sus padres. Esas personas, a día de hoy, no existen, y eso es todo lo que puedo decir. Ante la pregunta: ¿es posible demostrarlo?, en lo que concierne a esta vivencia de mi madre, la respuesta es: no es posible. En el asunto de los vampiros: quizá. Lo que quiero decir es que aquí uno debe creer en el poder verdadero del símbolo y en la realidad oculta del arte alquímico.

El agon, pues.

doom victor balcells

Como éramos tres y sólo había un ordenador, nos repartíamos los roles. Padre, de pie a nuestras espaldas, dirigía la partida. Avanza, decía, ahora flanquea al enemigo; ¡Abajo!; ¡Dispara! Mi hermano era el encargado de desplazar al avatar por el escenario. Y era en esos momentos, cuando padre decía “¡A la derecha!” y mi hermano torcía, sin previo aviso, hacia la izquierda, cuando más lo envidiaba. Yo era el encargado de pulsar el botón de disparo. Un gesto simple que, sin embargo, no siempre satisfacía a mi padre: ¡Dispara!, podía decir padre, ¡Dispara, dale, dispara!, y yo me ponía frenético, ¡Vamos, vamos! ¡Que podemos!, y pulsaba el botón a la mayor velocidad posible y, todo así, ¡Venga joder!, no era suficiente, ¡Más rápido, Víctor! ¡Es que parece mentira que por tu culpa!, por ejemplo cuando enfrentamos al malo final, el centauro biónico que tanto miedo nos daba por su extrema fuerza alienígena, y del que teníamos varios pósteres en la habitación. Padre dijo Derecha, escóndete tras la columna, su inteligencia no es tan buena, y mi hermano se escondió tras la columna. Victor, prepárate eh, por Dios, que vamos, dijo padre, y yo me incliné hacia el teclado inaugurando la que ahora es mi célebre joroba, y aguardamos tras la columnas expectantes hasta que apareció el brazo biónico, los cuernos erguidos del minotauro. ¡Dispara! ¡Ahora!, gritó padre, y yo empecé a pulsar la tecla en un histérico movimiento mecánico, con la mayor voluntad y ligereza, para no lograr infringirle ningún daño. Era en momentos como ese cuando mi hermano contradecía a mi padre. ¡Retírate, atrás!, le dijo padre. ¡Tú, Víctor, no dejes de disparar!, añadió, ¡Dispara más rápido! Yo, como un pelele, no dejé de disparar. Mi hermano, en cambio, desobedeció y no se retiró: decidió flanquear al monstruo por la derecha. Con una compleja maniobra de dedos ejecutada con la gracia y perfección de un artista de circo rodeó al centauro, lo confundió, y lo mató él mismo. Fue él quien lo hizo, y en nada participamos padre y yo ni nuestras atónitas miradas ni mi dedo calenturiento sacándole chispas al teclado. Él, mi hermano, a quien un día empezamos a llamar Cormac.

vidas minusculas 3

Alguien me habló de la historia de un niño que quedó huérfano. La madre, rubia bailarina y hermosa paseante, amenizaba todas las tardes de los parroquianos de la Rambla. Ella se casó joven, a los veinticuatro, con un hombre poderoso de la ciudad, un industrial que poseía galerías comerciales y fábricas de harina. El poder de la seducción de los escaparates y la silenciosa maquinaria de todos los panes de la ciudad. Él tenía treinta años más que ella y ya se abocaba a la muerte alcohólica de los que se han casado tres veces en vano y no han sabido lo que es la felicidad.
Su declaración de amor a la bailarina fue material, ni siquiera verbal: construyó un salón de baile para ella, con parquet, barras, extensión suficiente para realizar giros y pasos difíciles. Y se casaron. Poco después nació el niño del que me hablaron. Nadie supo resumirme las noches de ese amor, los días apacibles en los que probablemente no ocurriera nada más que el desayuno y la cama, y sólo me hablaron del conflicto. Y el conflicto era simple. Siendo este industrial ya mayor, una persona elegante y rica, suscitó también las pasiones de la suegra ya viuda.
Imagino ahora las comidas familiares como un triángulo difícil de tenedores y cuchillos, con la esposa y la suegra ofreciendo simultáneamente al hombre de la casa, con manos desigualmente viejas, ensaladas y vinos, coliflores asadas, cualquier cosa que pudiera ofrecerse y ser comida. Y luego miradas de amor hacia él y de odio entre ellas. Silenciosas comidas, mezcla de cabellos enmarañados sobre la mesa que alguna de las dos acabaría limpiando concienzudamente, y al final de las veladas intentos de la suegra por permanecer en la casa, intentos vagos y frustrados: la bailarina era la elegida para pasar las noches del hombre, y de esas noches nada se sabe excepto que surgió un hijo. El niño del que me hablaron.
Muchos recuerdan aún a la feliz y taciturna pareja paseando por Las Ramblas. Cuántos cines quebraron entonces por falta de espectadores, cuántos prefirieron ocupar cada tarde las míticas sillas de Las Ramblas para observar el puntual tránsito de aquella pareja; cada vez que me han contado esta historia han ensalzado específicamente la innombrable belleza troyana de la bailarina. Y mientras tanto la suegra lamentándose, furiosa, en la casa oscura de la viudez, tejía y entretejía el futuro de una venganza redentora.
Pero el dolor, como casi siempre ocurre, llegó cuando nadie lo esperaba. El viejo industrial murió repentinamente a los cuatro años de matrimonio. El nombre y las características de su enfermedad han sido silenciados. Fue el riñón o el hígado lo que causó el colapso. Pero aquí sólo cuenta la rapidez, la fulminación del relámpago que lo separó todo. Imagino a las dos viudas, madre e hija, llorando con diferentes pero iguales intensidades junto a la tumba de piedra. El concurso de los llantos y las lamentaciones, como si eso definiera quién amó más o quién mereció más. Y detrás, un carrito con un niño de tres años con la vista puesta en el cielo azul.
Los hechos fueron estos: hubo un juicio, una acusación, la abuela contra la madre por la custodia de ese niño. Por algún motivo y contra todo pronóstico, la abuela ganó el juicio, obtuvo la custodia del nieto. Hay una carta oculta en esa victoria: nadie supo decirme por qué la madre se vio despojada de lo único que había engendrado en vida al margen de bailes y fulgores en ojos ajenos –que yo supiera-. Sólo sé que poco después ella se fue lejos, hacia las islas, sin despedirse de nadie, aceptando el veredicto como quien acepta un castigo merecido. Ni siquiera los conflictos conservan su memoria. Se subliman y ocultan, se silencian y también desaparecen con la aceleración de los años.
Después el niño siguió creciendo con la abuela, a la que cada día veía trabajar en una pequeña herboristería del centro, sin paseos ni ostentaciones, ni belleza digna de ser admirada. Y de vez en cuando aparecía una fotografía de su madre en los periódicos. De su madre que ahora triunfaba lejos, en otros teatros, otras óperas, donde la única acusación podía ser la del público. El niño observaba la fotografía de su madre sin reconocerla, pensando, quizá como los demás: qué hermosa es esta mujer, sin saber que se trataba de su madre, porque su abuela callaba y, cuando le era posible, arrancaba las páginas del periódico antes de que nadie llegara.
Hasta que un día cualquiera, años después, una mañana de invierno, alguien abrió la puerta de la herboristería. La abuela y el niño, ya crecido, ordenaban los brebajes en las estanterías. La abuela enmudeció. Por la puerta acababa de entrar la hija, ligeramente envejecida, pero no lo suficiente, aún, para resultar irreconocible. La madre y el niño estuvieron mirándose. Eres la bailarina de los periódicos, dijo el niño. Y también soy tu madre, contestó la mujer, o así de melodramático prefiero imaginarlo.
Durante todo el tiempo que duró ese encuentro hubo una distancia física que no llegó a romperse. La abuela se retiró a sus aposentos, furiosa. La madre y el hijo hablaron, quizá con monosílabos, y al final la madre prometió volver con un regalo. ¿Qué quieres que te regale la próxima vez que venga a visitarte?, le dijo al niño. Él, sin pensárselo dos veces, dijo: una máquina de fotos. Y, así, se despidieron.
El niño había pedido una máquina de fotos. Quizá porque de su pasado no le quedaba otra imagen que la de un cielo azul, sin nubes, el día del funeral de su padre, pocos meses antes de la huida de su madre.
Pero la madre jamás volvió con ese regalo. Jamás volvió a saberse nada. Sin embargo, en una sobremesa, alguien la recordó y supe de ellas. Como quimeras, como pequeñas mitologías, se habla de los que se fueron y no volvieron. Y recuerdo también que, ese día, mientras me lo contaban, mi padre callaba en una esquina y miraba por la ventana. El cielo azul. Mi padre, al que desde niño siempre le gustó la fotografía.
Para hablar del pasado no es necesaria la precisión, pero sí el orden.