2. Días de ayuno dopamínico

Por favor, tened paciencia. He visto a un MONTÓN de gente escribiendo post despotricadores últimamente. Pero es que muchos, como el 90% de los posts que veo son así. Gente quejándose de que no ha shifted [conseguir pasar a otra realidad paralela] cuando básicamente llevan tan sólo 3 semanas intentándolo...

Cuando se trata de moverse entre realidades paralelas, hay que ir con cuidado con lo que se dice. La comunidad /shiftingrealities ya no es muy permeable a los principiantes. Estos se creen que tener un sueño lúcido, es decir, estar consciente en el interior de un sueño, ya es haberse movido entre realidades paralelas. Desde el punto de vista más estricto, esa afirmación es falsa. Esto lo supe yo mismo cuando traté de introducirme en esta práctica y fracasé en el intento. Fue unos meses antes de conocer a Imoen y de ponernos con esta investigación, en un período del que guardo poca memoria y en que hice muchas cosas inciertas. De aquello recuerdo que organicé un ritual solitario en pleno verano, coloqué un sillón dentro de un círculo de sal y enfrentado a un gigantesco espejo de la casa, ante la luz de una simple vela y con las cortinas bajadas, me concentré para moverme de esa realidad en la que estaba a otra realidad paralela. Tal fue mi concentración que viví el efecto que algunos usuarios reportan: el reflejo que devuelve el espejo de pronto se vuelve autónomo, y uno sabe que lo que hay allí ya no es un reflejo, sino otro mundo, que se ha abierto un portal. Tal y como lo recuerdo, entré por el espejo y salí de nuevo a mi habitación intercambiándome el sitio conmigo mismo. Y levanté la persiana y allí estaba, todavía: el chicharrero verano.

Imoen opina que no debemos profundizar demasiado en este tipo de investigaciones. Que allí hay mucho farsante y mucha palabrería y que, de existir la transferencia entre realidades paralelas, nunca podremos comprenderla y menos dominarla. Ella opina, después de haberle leído el primer capítulo de esta serie, que debemos abandonar los sentimentalismos y entrar en materia. Contar, por ejemplo, nuestros días de ayuno dopamínico. Sobre la semana que vivimos como si estuviésemos en los años 80 y descubrí que estaba enfermo de las redes. 

Creo que ocurrió en el centro del confinamiento, cuando era invierno y no tenía sentido estar en la calle más tarde de las cinco. Menudos dos se han juntado, comentaron Moon y Ra la tarde en que decidimos pasar una semana sin conexiones digitales de ningún tipo. Ellas no participaban de nuestros juegos ni disfrutaban con la clase de conversaciones que manteníamos en el piso. Se conocían las tres desde la infancia y eso las transformaba en el núcleo duro de la casa, y a mí en el visitante. La idea de dejar de usar Instagram, Whatsapp y toda esa parafernalia les pareció un suplicio innecesario, y se desapuntaron. Nosotros pusimos como regla no salir a la calle, no utilizar el teléfono móvil ni el ordenador, ni ningún dispositivo electrónico. Estar a expensas de los objetos analógicos, artesanos. Comer frugalmente sin participación de azúcares refinados o productos precocinados. Unos días antes de emprender el proyecto hicimos una lista y la experiencia de "estar en los años 80" acabó transformándose, en esencia, en un ayuno de dopamina: porque durante esa semana quedó prohibido el tabaco y cualquier clase de sustancia, restricciones que inicialmente sólo me afectaban a mí y que había puesto Imoen como colofón.

- ¿Tampoco podré fumar tabaco? -pregunté. 

- Ve comprándote unas cuantas infusiones anda.

- ¿No era que íbamos a simular los años 80?

- ¿Ni iri qi íbimis a similir lis iñis ichinti?

- Vale.

- Tampoco fumar maría, por cierto. Nada.

- Vale.

Ella había observado desde el principio mi modo de vida en la casa y en más de una ocasión lo había señalado con divertido desprecio. Eres inconsistente, me había dicho. Empiezas cosas y las dejas por ahí sin acabar, ¿qué pasa con los platos? Y hay días en los que tienes la voz como metida dentro y andas de un lado para otro arrastrándote como una escoba. Siempre que decía esas cosas yo la escuchaba con atención porque era precisa y daba en el clavo, y me daba rabia aceptar la posibilidad de ofrecer el aspecto de un pusilánime. Aprendimos mucho -creo que ella también- gracias a ejercicios como el que llevamos a cabo, y que de cara a nuestras compañeras llamábamos "Simulación de los 80", pero que de puertas adentro definimos de una forma más técnica y tenebrosa como "dopamine fasting". Imoen dijo ser especialista en ese tipo de ayunos. También dijo, calibrando lo poco que me conocía entonces, que probablemente para mí sería un suplicio insufrible, y que si tenía suerte y aguantaba hasta el último día, tal vez intuiría el sentido de este tipo de ayunos. Uno descubre que está metido en un juego de muñecas rusas de la consciencia, dijo Imoen mientras ultimábamos los preparativos de la semana de retiro. No presté mucha atención a esa afirmación entonces, pero sería clave.

Las dificultades empezaron en la misma mañana del primer día de ayuno. Había pedido toda la semana de vacaciones así que no tuve que encender el ordenador nada más despertar para conectarme a mi trabajo full-remote nonsense. Me quedé en la cama y cogí un libro con la impresión, nada más abrirlo, de que debía consultar el teléfono para ver si tenía alguna notificación. Mi teléfono no estaba: le habíamos extraído la tarjeta y lo habíamos guardado en un armario. Sin pantallas a mi alrededor me levanté y fui hasta la cocina, donde preparé una cafetera. A falta de distracciones en la espera del café fui al baño y después puse la ropa en la lavadora. Al terminar, el café todavía no había salido. Me quedé mirando la cafetera y contando los segundos, intranquilo. Luego me serví el café y, de vuelta en mi habitación y sentado en la mesa, bebí algunos sorbos que provocaron mis ganas deleitosas de fumar. No había tabaco. Empecé a buscar entre los papelajos y libros acumulados en la mesa con la esperanza de encontrar una cajetilla antigua: no la había. Me levanté y sin mucho sentido, olvidando el café, me puse a buscar en el interior del armario ropero mecheros y tabaco, sin encontrarlo, para detenerme tras haber agitado sin sentido la ropa de invierno y darme cuenta de que estaba actuando como un adicto. Fui a la habitación de Imoen y llamé y asomé la cabeza sin esperar respuesta. Estaba oscuro. Soltó algún improperio y cerré. Cogí el café y fui hasta el salón y me senté ante el televisor. Allí las ganas de fumar eran menores. El televisor estaba también prohibido por lo que llevaba conmigo un libro. Pero las faltas acumuladas en ese tramo de rutina tenían mi mente hirviendo maquinaciones para conseguir de una forma u otra mi móvil de nuevo, el ordenador, mi tabaco, lo que fuera, en secreto, sin decírselo a Imoen, y el mando del televisor. Pensé que podría poner la tele sin volumen y que eso tal vez calmaría la tensión y que nadie se daría cuenta. Y no me equivocaba, el mando estaba entre los cojines después de una noche de teleseries crepusculares de Ra. Apreté los botones del mando pero el televisor no reaccionó. El mando no tenía pilas. Me levanté. El televisor no tenía botones. Me senté y cogí el libro y leí en el título: Memoria de la voluntad de poder y me invadió la angustia como no la había sentido antes: toda posible satisfacción o gratificación inmediata había sido abolida. Todo, excepto la ducha caliente, que Imoen recomendaba tomar siempre, por cierto, fría.

El segundo día me encontraba arrugado e inmovilizado en la cama, presa de dolores incomprensibles en las muelas y en la musculatura del cuerpo. También nos habíamos retirado el azúcar, y las bebidas alcohólicas o cualquier tipo de porrito. La percepción física de vacío era diáfana y, sin embargo, dijo Imoen, ahora estábamos más próximos al estado natural de las cosas. Solo a posteriori me doy cuenta de su entereza en esos momentos. De su fuerza. Me daba cuenta de que sin mis drogas apenas percibía bien lo que había a mi alrededor. Eso es lo que buscan, que vuelvas, dijo Imoen en modo coach a mi lado en el sofá al descubrirme agitado con el mando del televisor en busca de pilas por el suelo, Que vuelvas a ellas. Toda apreciación colocada aquí sobre Imoen es a posteriori de esos días que fueron un túnel. Pasé muchos ratos junto a ella en la casa, pero apenas tuve constancia de su presencia. Aunque sé que fue sanadora. Pero mi cerebro solo tenía espacio para imaginar lo que faltaba, para suponer qué estarían haciendo mis supuestos amigos al otro lado de las pantallas, qué noticias me estaba perdiendo en ese momento, someterse a la idea de que ya no tenía amigos y nadie podría contactar conmigo, hacerse a la idea de que todo había acabado, placeres como el fumar, el azúcar, el like; el caso es que apenas hablábamos. 

En los días de dopamine fasting adquirí conocimientos importantes, que luego nos servirían de una forma u otra para nuestra investigación. Imoen me había pasado un listado de hilos de Reddit que conformaban, por decirlo así, un think tank de lucha contra el abuso que se hace en nuestra era del sistema de recompensa del cerebro. Empezando por /DopamineDetox, pero también /Decaf/Nofap/Nosurf, entre otros, con un total de un millón cien mil usuarios. En cada uno de ellos había complejos programas de recuperación, post motivacionales, técnicos, médicos, neurológicos, que ayudaban a comprender los efectos de las carencias en el cuerpo de las prácticas y sustancias que lo habían lentamente dopado con el tiempo. Con esa lectura pasaba el rato, inmerso en la sensación de encontrarme en una reunión permanente de alcohólicos anónimos. Había en esos foros un aire a desesperada lucha contra una fuerza oculta. La fuerza dopamínica. 

Imoen decía que era como pasar una temporadilla en el infierno. Practicaba el detox dopamínico desde adolescente porque se lo habían enseñado sus padres. De quienes otro día, supongo, hablaré. El objetivo de cumplir con el proceso cada cierto tiempo permite mantener viva y vigente la propia noción del contraste. Este ha sido mi principal conocimiento: que por cada camino que se toma hay una adecuación y se deja atrás de forma definitiva quién se fue, la textura completa, interior y sensible de quien se fue, aunque creamos recordarlo. Dopamine Detox aporta la dosis necesaria de contraste en un mundo en el que fuerzas pasivas actúan para uniformarlo. Esa es la clave. El contraste. Como me había dicho Imoen, el quinto día empecé a notar cambios a medida que mi cuerpo se adaptaba a la nueva situación. Como nuevas habilidades que no recordaba haber perdido, empecé a notar una mayor capacidad de concentración, así como de contemplación. Me encontraba de pronto contemplando cómo la cafetera se generaba a sí misma sin la necesidad ya de tener a acudir a ningún sucedáneo para poder lidiar con ese objeto, en ese momento. También noté que empecé a tener, no sé cómo concretarlo, un mayor interés por mis compañeras de piso. Algo más bien volumétrico, una necesidad de estar cerca de ellas, cosa que no había necesitado nunca con mis largas reclusiones en pantalla, y así empecé a pasar mis ratos en el salón. Leí y la imaginación tomó dominio sobre la imagen, de nuevo, cosa que tampoco recordaba que hubiera sido de otra manera en mi cerebro, antes. La sensación de regresar de un lugar oscuro y brumoso.

Conclusión: el recuerdo nos engaña en todo momento. Hay que llegar a esta conclusión en memoria de que el sexto día Ra subió de la calle con una carta entre las manos, destinada a Imoen.

Se trataba de Elron, o así firmaba en el sobre, Elron a secas, sin remitente. Una carta que al pasar de las manos de Ra a Imoen pude identificar como una carta amorosa por su aroma perfumado. 

El ritual de cortar la cuerda no ha funcionado, fue lo primero que dijo Imoen. Había dejado la carta sin abrir sobre la mesa y se leía en el sobre Elron

- Mientras no abras la carta, sí ha funcionado, contesté.

- Pero la carta ha llegado.

- Pero no la has abierto.

- ...

- ¿Quieres abrirla?

En ese momento, incluso entonces, el circuito ya estaba despertando, y el cerebro de Imoen ya segregaba las sustancias necesarias para que emprendiera la acción de abrir la carta. Incluso en ese momento. Negarlo, impedirlo, entrar en razón, por su titubeo, sólo ayudaría a posponer su verdadero deseo. El ritual no había funcionado y hasta el momento no he sabido qué contenía esa carta de Elron e Imoen, a quien le leo estas palabras en voz alta cada vez que termino, pues no me lo ha comunicado.

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