Un Stalkeo menor

En ocasiones me vienen a la mente personas del pasado. Cuando eso ocurre, dedico un tiempo a explorar sus publicaciones en Internet y trato de hacerme una idea, con lo que hay, de cómo es su vida. Con personas del pasado no me refiero a nadie importante. Hablo de los personajes secundarios, gentes que conocí tal vez en un breve período de tiempo en una particular circunstancia. Las personas importantes no me vienen a la mente: están siempre en ella. De mi época de estudiante en Salamanca, por ejemplo, recuerdo a veces el nombre de alguno de los varios centenares de personajes que pasaron por el Micro abierto que dirigí junto al poeta Ben Clark durante más de dos años. El otro día pensé en Alfredo Rubinstein, pseudónimo detrás del que se escondía un hombre cuyo nombre real nunca llegué a conocer.

Rubinstein debe de tener en torno a cuarenta y cinco años. Cuando lo conocí, ya escaseaba su cabello en la frente, pero tenía un porte firme. Una de las primeras cosas que me reveló fue que había sido militar en Iraq y Afganistán. Luego se había reconvertido a guardia de seguridad nocturno en un parking, un tipo de oficio que a mí me fascinaba. Aparecía en el Micro abierto, pedía turno, y cuando subía al estrado leía relatos de ciencia ficción normalmente sádica y post apocalíptica. Tenía una nariz aguileña y una mirada ávida en dos ojos pequeños que, junto con la calva y el pelo que le crecía en los costados, le daban un cierto aspecto a Gargamel, de los Pitufos. En sus actuaciones, me llamaba la atención su relación con el público: no la había. Solía leer textos probablemente buenos desde el punto de vista literario, opero infumables para leer en voz alta. Se pasaba de rosca. Aunque cada participante en el Micro Abierto dispusiera de 5 minutos, a menos que el público lo aclamara y pidiera más, Rubinstein se extendía hasta los diez: podía sentirse, siempre, la tensión en la sala. Yo no entendía por qué no tenía mesura cuando se trataba de actuar delante del público. En alguna ocasión le había sugerido, de hecho, que sus textos leídos en voz alta iban a mejorar si los hacía más breves y movidos, que existía algún tipo de tensión y atención en el público que impedía leer según qué tipo de prosas. Que su prosa era buena, pero para ser leída en un sillón de orejas. Esto se lo decía sin que él me escuchara, creo, porque nunca hizo caso. No me hizo caso porque, tal y como no percibía al público ni sus reacciones, no escuchaba a quien tenía delante. A pesar de ser una persona con chispa y gran habilidad verbal, el resto de participantes del Micro abierto nunca interactuaban con él, o si lo hacían, salían espantados al poco rato. Puesto que él tenía un particular comportamiento una vez acababa el show y ya bebido, una animalidad inherente que transformaba su labia en una suerte de pesadez acechante: era agresivo con las mujeres y en extremo pesado con los hombres, te venía a hablar de libros de ciencia ficción y no te soltaba, no te dejaba meter cuña, daba igual lo que tuvieras que decir: él te había cogido y tú ibas a escucharle. Por eso la gente tendía a rehuirlo. Yo mismo tendía a rehuirlo. Sólo en una ocasión nos citamos para hablar a solas en los dos años que duró nuestra relación. Un día tomamos un café y en ese rato, a la luz del día y fuera de la farándula que era el Micro abierto, Rubbinstein apareció con un perfil más bajo y pude ver entonces, esbozar a la persona que se escondía detrás del personaje. En ese encuentro me habló de su experiencia en la guerra y fue detallado a la hora de precisar los horrores que le habían trastocado la cabeza. Porque eso dijo y eso me parecía, que le habían trastocado la cabeza. No me hizo ninguna pregunta. Fue como una confesión, necesitó decirme todo eso sin siquiera plantearse la posibilidad de otra cosa en nuestro diálogo. Un encuentro extraño que todavía recuerdo, pues percibí en esa fijación, esa falta de intercambio conmigo, el dolor de haber visto morir a gente, o de haber tenido que matarla.

Esta personas me vino a la cabeza el otro día. Así, me puse a investigar su perfil de Facebook. En él, encontré mucha actividad: varios post al día. Rubinstein publica post sarcásticos de comentario político, comentarios de cuestiones de ciencia ficción y tecnología, y luego fotografías con su esposa. Identifiqué ese detalle: una esposa. No había esposa cuando yo conocí a Rubinstein. Antes de seguir por ese hilo me llamó la atención, haciendo scroll, que la mayor parte de sus publicaciones no tenían ningún like. En alguna medida, sin conocer las estadísticas de visualizaciones, era una persona que producía contenido abundante sin obtener nunca respuesta ni validación de nadie. En las fotos en las que aparecía con su esposa había más likes y corazones. El resto, resultaba raro porque muchos de sus post eran polémicos o "de opinión" sobre la actualidad, por lo que la ausencia de comentarios o réplica los hacían gravitar sobre sí mismos de forma extraña, para nadie, o para mí mismo, quien me fijaba más en ese detalle que en el contenido mismo de lo que estaba escrito.

Su esposa. Conocí a su esposa. Al ver que se había casado pasé a la sección de fotos y busqué tramar un hilo temporal de los sucesos. Se había casado pocos meses antes y ahora vivían juntos en Salamanca, destilé. Había conocido a María Luz porque también frecuentaba el Micro abierto, años atrás, y durante una época vino a recitar poemas. Era una tímida estudiante colombiana de filosofía, que solía leer sus textos con un tono monocorde y apenas un hilo de voz, breves poemas que dejaban desconcertado al público, sin nunca llegar a arrancarle verdaderos aplausos. Así, establecí que Rubinstein y María Luz se habían conocido en el Micro abierto, cuando yo estaba allí y siendo de alguna forma colaborador en ello, y que el amor había surgido entre ambos por lo menos cinco años más tarde. 

El perfil de Facebook de María Luz, a diferencia del de Rubinstein, es más indescifrable. Pero contiene mensajes entre líneas. Suele republicar memes, o anuncios de animales abandonados en el área de Salamanca. Pero también cuelga un tipo de frases que, desde el primer momento, me llamaron la atención y pusieron a maquinar mi cabeza. Mi método es sencillo: hago scroll por los perfiles de la pareja Rubinstein - María Luz en busca de correspondencias y simetrías. Encuentro que el día 20 de junio Rubinstein cuelga una imagen de María Luz mientras come una ensalada. En la foto se ve también a Rubinstein porque aparece reflejado al fondo, en un espejo de una puerta en el que parecen haberse resecado unos hilos semi transparentes de pintura. Rubinstein, en ese espejo, sujeta el móvil a pecho desnudo (debe de hacer calor en esa casa sucia). Vemos de perfil a María Luz inclinada hacia el plato con expresión decaída. Cuando busco la correspondencia en el perfil de María Luz encuentro que el día 21, un día después de la toma de esa foto, ha colgado una imagen de un personaje de Final Fantasy con un texto que dice: "Cuando alguien te hace algo malo pero tú ya estás en modo espiritual". Luego, si uno hace scroll hacia abajo, se repiten frases de ese estilo: persona sufridora, que recibe algún tipo de mal no definido exterior, por parte de "alguien". Al otro lado del espejo con camisa despechada Rubinstein, a quien yo no recordaba por ser precisamente un empático. 

Hasta este punto me puede llevar el simple pensamiento de una persona del pasado. Leía atentamente el feed de Rubinstein y buscaba cruces con el de María Luz para comprender la textura de su relación. Invertía mi tiempo en ello. Estaba convencido de que, con el suficiente apoyo documental y con pericia para reconocer la falsedad, uno podía ver en las publicaciones ajenas cuál era la situación real que se escondía detrás de la persona construida, cómo era su vida. Esos dos personajes que ahora comento con pseudónimo ofrecían la clase de publicaciones raw, sin tratar su estética o la pose, que daban la impresión de ser veraces, y se podía descartar que ambos personajes fueran en realidad actores: yo había conocido a esas personas y sabía quiénes eran. Recordaba la delicada timidez de María Luz. Era una alguien que en ningún caso iba a levantar la voz o a quejarse, una persona que en principio y por seguridad no era muy vindicativa de sus voluntades: eso lo sé porque durante la época de Micro abierto tanto mi compañero como yo, a la hora de elaborar el orden de actuaciones solíamos colocarla en malas posiciones y siempre detrás de grandes actuaciones, lo cual desmerecía y disminuía las suyas. Sus poemas anodinos que no gustaban a nadie, sin quererlo, llevaban a que nuestro trabajo como programadores culturales pudiera resultar de alguna manera sádico para ella: nunca se quejó, nunca preguntó por qué no le otorgábamos jamás una posición prime en la parrilla. Subía al escenario, leía sus poemas, recibía escuálidos aplausos de personas que en verdad no habían atendido, y se marchaba. Pero yo veía en sus ojos que algo de aquello quedaba dentro de ella en forma de un resentimiento que se guarda, y esa apariencia que yo recordaba era la misma que se podía ver en la fotografía. Por lo demás, no la conocía mucho. Y ese era el peligro: que lo poco que conocía pasara por ser lo único a conocer.

Al día siguiente de haber evocado a Rubinstein y haber dedicado un tiempo a realizar mi investigación, seguía teniéndolo en la mente. Me resulta curioso, ahora, que nada me motivara a escribirle para, como mínimo, saludarlo. Ese segundo día volvía entrar en su perfil y opté por analizar con mayor cuidado sus intervenciones textuales en busca de señales. En mi mente lo imaginaba como un oso. Un trabajo duro, por ser de horario nocturno, y vacío de sentido, horas en una garita escuchando la radio. Luego una actitud amorosa sumisa con tintes caprichosos. Ojo con los enfados, que debían de ser militarmente violentos, unilaterales. Veía en mi cabeza como él y María Luz, de acuerdo con mis prejuicios, conectaban de una manera complementaria que podía ser motivo de la chispa que los había llevado a la boda, y que en mi imaginación era motivo ahora de su desgracia. En un bloque de posts ubicado en torno al 10 de Junio Rubinstein decía: "Lo que uno hace por amor: M.L. me ha puesto a ver Titanic y Top Gun". A continuación, había cuatro post que ridiculizaban a Kate Winslet dando a entender de forma grosera que ella, debido a su estupidez, sobrepeso y romanticismo exagerado, había sido la causante del hundimiento del Titanic. Los post tenían formato de chiste y por eso resultaba desolador que no hubieran obtenido ningún like, y significativo que M.L. tampoco hubiera interactuado con ninguna de esas publicaciones. Pensaba en la forma fina de despreciar que es bajar algo al terreno del humor. Pensé entonces en la sofisticación y finura de ciertos maltratos, cuya principal fuerza es la de moverse en intersticios. Haciendo scroll, mi imaginación quiso ver cómo lo que tenía delante era la fragmentación lenta de un sueño de amor, y su transformación en pesadilla. Que aquello que tenía delante eran las primeras señales. Que había señales por todos lados en la forma y textura de las caras y los escenarios que aparecían en ese scroll que así lo indicaban. Un detalle que me llamó la atención fue la disposición de la mesa y el televisor en la casa de la pareja. Prácticamente todas las fotos que subía Rubinstein eran de platos de comida o momentos de mediodía en ese espacio (contados eran los post en los que ambos salían a hacer algo al exterior, y cuando lo hacían y había documentos de ello sus destinos parecían contener un tipo de infantilismo que se me escapaba, como la visita a una carpa con dinosaurios de cartón piedra que el ayuntamiento había instalado para los niños). La mesa estaba encajada contra la pared y sobre ella había una pantalla plana de grandes dimensiones. Los platos se colocaban a unos diez centímetros de la pantalla y sus cabezas, por decirlo así, parecían estar dentro de la misma pantalla. Cuando comían, y eso se veía con claridad en las fotos, lo hacían en esencia dentro del televisor, sin distancia alguna con ese gran panel que ocupaba parte de la mesa y que debía de envolverlos con su sonido y sus proyecciones. En casi todas las imágenes de comida (espartanas ensaladas, brebajes de colores saturados) en las que podía verse la pantalla, lo que estaban echando en ese momento, casi sin excepción, era Los Simpson. Para comer, usaban servilletas de papel. Posaban los platos sobre unos manteles de plástico fosforito. Él acompañaba las ensaladas con lo que parecía ser un café. Ella, agua mineral. 

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