distraidos venceremos andrea valdes

“Distraídos venceremos”, de Andrea Valdés: un comentario

La canción es un pájaro sin plan de vuelo que jamás volará en línea recta.
Violeta Parra

Como pretendido discípulo de Diógenes Laercio, me gusta crear pequeñas biografías personales acerca de los escritores que sigo y que viven en mi ciudad. Se construyen en base a fortuitos y aislados encuentros en los que anudo una perspectiva de trama inventada. Luego, parece ser que los escritores que sigo no corresponden nunca con los escritores que persigo. Hay grandes vacíos de conocimiento en mi pensamiento de los escritores que sigo, más imaginación que hechos consumados.

La primera vez que hablé con Andrea Valdés fue en una excéntrica cena familiar, hace seis años, que supuso un antes y un después para varios de los presentes. En esa cena había varios primos de la familia Matas interesados de una forma u otra en literatura, y todos ellos sufrimos graves desgracias tras ese encuentro. Al día siguiente, accidentes, rupturas, despidos, hundimientos en la depresión de varios de los presentes. Inexplicable, pero históricamente cierto. Luca, el anfitrión, fue quien trajo a Andrea, una mujer poderosa y de hablar rápido y humanístico (en el sentido de cambiante, saltarín, juguetón), con una ironía fértil, evoco, tal vez melancólica, que animó y polemizó la conversación. De acuerdo con mis referencias -Luca-, también para Andrea esa cena supuso una chiave di volta de la existencia. La última vez que la vi fue hace unas semanas, seis años después, en la presentación de su libro. Libro acerca del que quiero hablar diletántemente hoy: Distraídos Venceremos. Usos y derivas de la escritura autobiográfica. Entre ese primer encuentro fatídico y el último, ha habido otros que trataré de desglosar de acuerdo con mi frágil y hotelero recuerdo, porque tal vez sirvan para esbozar los rasgos de estilo de esta escritora extraña, y para esbozar los rasgos maestros de lo que supone su lectura. (Mi uso del término “extraño” es siempre honorífico, por cierto. No quiero generar ambigüedades al respecto).

Lo que encontrará el lector en Distraídos venceremos es, en esencia y en esqueleto, un libro que habla de escritores particulares (formal, estilística, temáticamente) y autobiográficos, del ámbito de la literatura latinoamericana, y que los saca a la luz ofreciendo un mix de pinceladas biográficas, acercamientos freestyle a sus obras y con el añadido de contenido autobiográfico que inserta a la autora como un personaje más de la pieza, en diferentes formas y magnitudes. El efecto de ensayo se desdibuja debido a la cualidad cambiante de la narradora, que en los sucesivos capítulos elabora presentaciones estructural y estilísticamente variadas de los escritores/as de los que aporta noticia, y no ceñidas a ninguna academia o ley (o quizá tan solo a la ley Schwobiana, como veremos). Tenemos desde la crónica de un viaje en busca de la noticia de alguien (Rosa Chacel, por ejemplo, escritora introvertida e introyectada en el sentido estricto de las palabras), hasta la presentación de un escritor a través de una carta irreverente y altamente literaria que la autora le dirige personalmente (Mario Levrero, entrando así en oscuros juegos metaliterarios). Hay una jugosidad en todo ello porque los escritores/as presentados son fascinantes y porque, en definitiva, se presentan y ensayan formas expresivas (lo cual siempre me engolfa como lector).

He dicho antes la ley schwobiana porque Distraídos venceremos, creo, se encuadra en el género de las vidas de vidas en su vertiente no académica, de la que forman parte, precisamente, autores como Diógenes Laercio, James Boswell o John Aubrey. La forma más repetida en Distraídos venceremos es el simulacro de vida imaginaria que practicó Schwob en sus Vidas imaginarias, donde personajes y obras se muestran de forma esquelética y libre, tomando partes o aspectos por el todo, en lo que finalmente es la elaboración de una imagen poética, una sublime abstracción conectiva (con añadidos más actuales, como injertos de texto fragmentado y otros juegos literarios). Se presenta a un autor, por ejemplo, el primero, autora, Rosa Chacel, y, sorpresa: por los elementos formales y estilísticos se transmite también la cualidad sinestésica de ese autor. Hay, por decirlo así, un practicar del género del ensayo atmosférico. Se eligen sólo algunos aspectos, la perspectiva es cerrada, acotada a un tema, entroncada en una imagen, afincada en un motivo. Se produce lo poético porque se da un efecto de sentido y, al mismo tiempo, un efecto de agujero (el vacío por el que se pasa a otra cosa): se conforma en el lector una sensación en el cuerpo pretendida que, a su vez, es una forma de conocimiento. Tenemos la brevedad schwobiana, los elementos oníricos, los aspectos sórdidos biográficos, el carácter metaliterario. En la teoría literaria estamos próximos, creo, a Lubomír Dolezel. Ir más allá, no puedo ni sé.

De las tres partes, la que más me ha impresionado es la tercera, centrada en escritoras cuya obra surge, en ocasiones, desde la cuádruple condición de ser mujeres, de no ser blancas, de géneros y sexualidades distintas a las tradicionales-solidificadas (es que no sé cómo expresarlo), y de pertenecer a tradiciones culturales alejadas de occidente. Observo aquí un tipo de escrituras que me hacen pensar en lo que he sentido cuando he leído a escritores/as africanos no blancos: uno entra en reinos de sentido distintos en los que pueden ocurrir dos cosas: o se pone en duda el propio reino de sentido y uno se suelta ante las otras formas de conciencia y sintaxis, y las descubre, y se enriquece en esas otras lenguas del sentido, o se produce la resistencia etnocentrista, la negación: pienso en la fanzinoteca feminista cuir/queer de Gelen Jelenton, que aparece en esa tercera parte del libro.

Todo esto que elucubro se trama de alguna forma con otras experiencias personales muy vagas y no propiamente vinculantes, y sumamente deformadas en el recuerdo, supongo, que he compartido con la autora. Años atrás trabajé los fines de semana en una lúgubre nave industrial en la que se vendían libros de segunda mano y ella apareció varias veces por allí, imagino ahora, en busca de autores raros. Las veces que la oí hablar, desde la penumbra de la caja registradora, y en la cena fundacional de la que he hablado antes, y años más tarde, hace unas semanas, en la presentación de este libro, y un día en un taxi que compartimos tras un encuentro con conocidos comunes, tenían como punto común este elemento saltarín y sumamente humorístico en los temas de conversación. Saltarín en el sentido de que se podía tratar un tema de suma gravedad y a continuación caer en el más hondo cinismo, con una variedad extensa de referencias y en todo momento a mano, un nerviosismo vibrante, una fuerza. Hay una sintonía de la voz escrita de Andrea con esa fuerza que manifiesta en persona. Y hay también una gran fantasía constructiva en mí, pues yo realmente no conozco a esta persona, aunque todo cuadra en mi cabeza, y en todo caso hago lo que ella misma ha hecho con los autores de los que habla, en una cadena sisifolítica en sí misma. (También he de señalar, nota aparte, que, de acuerdo con mi recuerdo, es una persona que no envejece. Lo cual no me sorprendería, pues hay muchos casos de vampiros en el mundo literario, según he conocido y descrito en esta misma página web).

Sigamos. Al hilo de lo que decía, se percibe un riesgo en la elección de las referencias, un asilvestramiento; referencias que muchas veces son personales, más que académicas-canónicas. En el sentido de que la narradora compara con abundancia y sin distinción a partir de un universo, opino, extenso pero coherente y cerrado y manifiestamente propio de referencias de toda clase, y de todo orden y grado (lo pop con lo culto, por ejemplo), lo cual permite comparaciones muchas veces moduladas en extremo, entusiastas para el lector, o en el mal sentido, “cogidas con pinzas”. En todo caso, creo que este un valor del pensamiento humanista que comparto y reivindico: la posibilidad de fundar conocimiento desde el atravesamiento personal de la referencia y de lo que está “cogido con pinzas”. Todo esto son cavilaciones que yo apenas entiendo, luego, me exculpo; lo que trato de decir es que si el humanista sabe poco de muchas cosas, pues que sea un poeta del pensamiento. Que conecte a través de su universo personal de referencias, no por lo académico (que buscaría polos conectivos estrechos, mamotréticos y aburridos, en campos cercanos, en temporalidades (ne)cronificadas), sino por lo poético (saltos al vacío, a riesgo efectivamente de caer en dicho vacío, de lo desconocido).

Celebro a quienes tratan de crear obras así, y este es el caso. Donde hay especulación e irreverencia, también hay regocijo para mí. Por otro lado, este tipo de escriores/as me, ya he usado el término, engolfan como lector. Discuto mucho más con ellos, y en múltiples pasajes no me gustan. Pero eso, aunque suene paradójico, tiene un extremo valor para mí, cuyo día a día está entregado a algoritmos, planificaciones, planicies, formas rectas y estructuralmente solidificadas en las antañosidades de los tiempos. Como colofón, este libro me ha arrojado y descubierto autores cuyas soluciones técnicas estoy ahora ávido de imitar. En cuanto a la edición, gran comodidad: siempre quedo sorprendido con Jekill & Jill: suele haber alquimia de contenido y contenedor (es que el libro cabe de una forma magnífica en el bolsillo de mi chaqueta, mejor que cualquier otro, y soporta perfectamente el trato sádico que últimamente transfiero a estos objetos).

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