agnes varda crítica

Ideas acerca de la genialidad de Agnès Varda

Tan sólo he visto una película de esta extraordinaria directora recientemente fallecida: Visages Villages (2017). Por lo que mi autoridad es mínima (incluso es mínima para decir extraordinaria directora). El día se su muerte, sin embargo, recordé las circunstancias de esa película, vista en la Filmoteca como reposición, y las sensaciones que me dejó el verla, de las que extraigo alguna idea que quería comentar.

Ella iba a estar presente ese día en la Filmoteca, pero por cuestiones de salud no pudo venir. Nuestros acompañantes, una pareja admiradora de toda su obra (quienes nos habían impulsado a asistir a la proyección) lloraba desconsolada. Ambos lloraban y decían la verdad: que ya no podrían conocerla nunca más en esta vida. Pensé en las cosas que pasan y uno ya no puede reparar. Luego entramos y antes de que empezara la película: sorpresa: un vídeo personalizado de la directora para nosotros. Ya en ese vídeo me convertí en aficionado a Agnès Varda. Es complicado encontrar a artistas desposeídos de la pretensión y la vanidad, que a su vez sigan un camino recto y abierto en el campo de la investigación creativa. En este tiempo de moldes y patrones, su talante en la selfie-grabación ya mostraba el genio anárquico que luego encontré en la película.

La película, en sí, es un documental. Se trata de una colaboración entre Varda y un artista urbano mucho más joven que ella, conocido como JR (por Jean René). Lo que hace este hombre, en esencia, son enormes murales aprovechando las paredes de edificaciones diversas. Composiciones humanas. Seguimos dicha colaboración entre ambos artistas desde su gestación -es decir, desde antes que se forme la idea de qué van a hacer, además de grabarse mientras lo hacen-. Deciden emprender un viaje por los pueblos de Francia con una furgoneta que posee una enorme impresora fotográfica. Paran allí donde sienten que deben parar, conocen a las gentes de los lugares, los retratan, y luego JR realiza una instalación-mural en el lugar con las figuras humanas que se han fotografiado, estampando en las fachadas los rostros de sus propios habitantes.

A partir de aquí, he de confesar que hablo de memoria. Hace más de un año que vi la película y no tengo un ejemplar de la misma. Sin embargo, el día de la muerte de Agnès Varda la recordé. Primero, me vino a la memoria una de las escenas finales. En el continuum de la película Agnès Varda decide visitar a Jean-Luc Godard. Han pasado por el pueblo en el que vive y le han dejado una nota para citarse con él. Si no recuerdo mál, él les contesta y les cita a una hora determinada. Al día siguiente acuden al lugar y ocurre lo inesperado: Jean-Luc no contesta, la casa está cerrada a cal y canto, no sabemos si con él dentro. Asistimos a una representación que no es actuación por parte de Agnès, a la idea expresada por ella de que quizá ya no volverán a verse, y que esa era la última oportunidad, porque van a morir, cosa que efectivamente ha ocurrido tres años más tarde. Si en toda la película hay una sucesión de pequeños clímax expresados por los habitantes de cada pueblo, que de pronto se ven unidos y representados, esta escena es un contrapunto, además amargo, donde culmina a su vez la relación entre Agnès y JR, uno de los tantos centros de la obra. Él simplemente la acompaña en silencio y luego se dan un par de giros más que cierran el tránsito amargo y ligan el contrapunto de la escena con el tono general de la película. En ese tramo la película se formaliza según un canon diferente. Surge un clasicismo de la trama, un convencionalisto de la arquitectura de los conflictos, que la eleva y la deja caer lentamente en su coda.

Además, ocurre que las líneas que maneja la directora en el momento de la decepción por el plantón de Jean-Luc son muchas, y convergen simultáneamente. En una película que en todo momento parece un revitalizante y tranquilo documental, operan tensiones que, a posteriori, adquieren fuerza. Adoro las obras que penetran en uno suavesito, y que al cerrar el libro o al salir del cine, te sumergen en una oscura cavilación en torno a las paradojas de la vida. Suele haber una extrema complejidad técnica velada en ellas. Por un lado tenemos el metajuego entre los lenguajes: el cinematográfico, el fotográfico, el pictórico, el material y por supuesto el narrativo. El material en el sentido monumental y arquitectónico que tienen las representaciones de JR, así como el propio soporte fotográfico, el papel. Por otro lado, tenemos el valor psicológico del ritual que llevan a cabo a lo largo de todo el documental. El tomar imágenes de los habitantes del pueblo, imprimirlas y después grabarlas en las paredes de sus propias casas muestra la pequeña tríada desconfianza – cercanía – intercambio catártico. Parece ser que si uno da, recibe a cambio, y no es sencillo representar esta sencilla parábola sin caer en el lugar común. El intercambio que se produce entre los artistas y los habitantes del pueblo es de una naturaleza sinestésica especial. Pues lo que ofrecen es una representación y, a cambio, reciben hospitalidad y aceptación, y por la representación crean un vínculo, una confianza que, por otros caminos, tarda mucho más en lograrse, si es que se logra. Además, tenemos la relación entre JR y Varda, que evoluciona desde un estadio de desconocimiento a la confianza y, directamente, a la catarsis que crea vínculos (esas situaciones en las que uno puede decir de otro Lo has dado todo por mí y lo he notado). Una relación que trabaja el complejo hilo de la relación entre vejez y juventud. A su vez, tenemos el extraño juego que supone estar viendo una película que está montada y pensada como un ejercicio naturalista de búsqueda azarosa, de a lo que surja. Por lo que el contrapunto que supone la decepción por la ausencia de Jean-Luc le otorga un giro dramático a la película que tiene algo de pronto construido, y a su vez extático y contenido: la decepción como elemento presente y final en las relaciones humanas. Con ella se quiebra una dinámica que parecía principio (si se da, se recibe) por el contrapunto de la decepción de quien no responde. Pero ante quien no responde, responden otros: se cierra la relación entre los dos artistas con el establecimiento de un lazo trascendental en la escena. Y el cierre de la película se articula con presencia última de la aceptación, que es a su vez un “dejarse ir ya sin luchar”, en este caso ante una puerta que está cerrada y que, aunque hay alguien tras ella, uno sabe que nadie va a abrirla ya. Reflexión que hilo porque precisamente el otro día fui a dejar una carta en el buzón de una casa en la que viví. Y tras colocarla dentro, apoyé mi cabeza contra la puerta que ya no atravesaría y me quedé quieto unos minutos en silencio, así.

Un elemento conceptual interesante que contiene a todos los demás es el haber tomado, por parte de Varda, a la ficción como indistinta de la realidad. En el tomarse a sí misma y ofrecerse permite hilar muchos elementos de ficción como reales, y viceversa, y en ese sentido ser freestyle dentro de un tono uniforme y un ritmo que tiene la particularidad de ser asíncrono hasta los compases finales, donde se arma en in crescendo para traspasar la laguna de la decepción y el encuentro con el consuelo.

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