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“El libro de la yerba”, de G. Andrews y S. Vinkenoog (eds.)

Algunas apreciaciones sobre el movimiento Asesino. Alhasan Ibn-al-Sabbah fue su fundador. Con un contingente de soldados conquistó Alamut, una poderosa fortaleza situada a tres mil metros de altura entre las costas del mar Caspio y las altiplanicies persas. Desde Alamut el gran maestro y sus discípulos realizaron incursiones rápidas que permitieron la conquista de otras fortalezas. Expertos en el uso libre y traidor del puñal, los Asesinos hicieron del asesinato un arte. Agnósticos por naturaleza, no creían ni en doctrinas ni en profetas, tan sólo obedecían al gran maestro.

Del escalafón social de los Asesinos nos interesa el grado inferior, compuesto por los Fidajis, un grupo de hombres dispuestos a ejecutar cualquier orden que diera el gran maestro. Esta sumisión fanática e irrevocable se lograba gracias a la hipnosis mediante el uso de hashish. Marco Polo pasó por Alamut en 1271 o 1272. Se conserva la descripción precisa de los fastuosos palacios y pabellones de la fortaleza, pero nos interesan tan sólo las palabras que dedicó al gran jardín que los rodeaba:

A nadie se le permitía entrar en el Jardín salvo a aquellos que tenían la intención de transformarse en Ashishinos. Había una fotaleza en la entrada del Jardín lo bastante poderosa como para resistir a quien llegase, y no había otro camino para entrar. [El gran maestro] Tenía junto a él, en su Corte, a un número de jóvenes del país, de doce a veinte años de edad, escogidos entre los que tenían una predilección especial por la guerra… Entonces los introducía en su Jardín, a unos cuatro o seis a la vez, tras haberles hecho beber cierta poción que los sumergía en un sueño profundo y que permitía que se les pudiera coger y meterlos dentro. Así, cuando despertaban, se encontraban en el Jardín.

Por eso, cuando se despertaban y se encontraban en un lugar tan encantador, estimaban que realmente era el Paraíso. Y las damas y cortesanas retozaban con ellos para solaz de su corazón…

Así, cuando el Viejo tenía que matar a algún príncipe decía a estos jóvenes: “Id y matad a tal y tal persona; y cuando volváis mis Ángeles os llevarán al Paraíso. Y si morís, también entonces enviaré a mis Ángeles para que os devuelvan al Paraíso”.

Se cree que este es el origen de la palabra hashish, es decir, hachís, droga derivada del cannabis.

Aún tengo en la boca el sabor aromático de la hierba. Delicias turcas, pienso, como las del consulado de Constantinopla. Las fuentes literarias nos hablan de la tradición antiquísima del cáñamo indio. Algunos exegetas de dudosa rigurosidad trataron de demostrar la presencia de la Cannabis sativa en los himnos védicos (“¡Oh Poeta, oh Soma omnisciente, tú eres el océano!”) en las fuentes sánscritas o en Homero. Por los caminos tortuosos de lo alucinógeno que puede ser el acto creativo, surgen una y otra vez menciones de altura teológica que nos hablan de esta droga. La han cantado los Ángeles y los Arcángeles; los tronos, las abominaciones…

Hace un par de meses encontré en la oscura mansión que habita mi tía Consuelo Balcells un libro titulado El libro de la yerba, publicado por Anagrama en 1977. Se trata de un florilegio –nunca mejor dicho- de textos de diversos autores acerca del cáñamo y sus variantes, principalmente la marihuana y el hachís.

el libro de la yerba

Irrumpí en el comedor de la mansión con el libro entre las manos; tenía la firme intención de pedírselo en préstamo a mi tía. Pero cuando me vio con él, me lo arrebató y me dijo que no podía prestarme un libro que, lógicamente, no le pertenecía de ninguna manera, como era evidente, parece que no me conoces, chaval, a mí, tu tía que lleva décadas sumergida en la tunante cruzada contra el pecado. Eso dijo antes de desaparecer por el pasillo. Se encargó de esconderlo de tal manera que no pude volver a dar con él en las sucesivas –y esporádicas- visitas. Sólo gracias a la mediación del mayordomo y chófer de la casa he podido recuperarlo para escribir una reseña. Consuelo lo había escondido en el doble fondo de un armario ropero, quién sabe por qué.

La antología corre a cargo de G. Andrews y S. Vinkenoog. Simon Vinkenoog gozó a lo largo de su vida –murió en 2009- del título honorífico de “Embajador literario de la marihuana”. Al margen de sus obras dedicadas al asunto de las drogas blandas, llama la atención un dato: desde 2004, cuando fue nombrado “Poeta del reino de Holanda”, rechazó cualquier tipo de publicación en papel y se dedicó exclusivamente a manejar un blog en el que subía periódicamente sus textos literarios. La página web aún puede visitarse. En la parte superior izquierda aparece la imagen de una chapa con el lema “Cannabis Crusaders”. Carezco de información acerca de esta asociación, pero todos los indicios me permiten suponer que se trata de una sociedad más o menos secreta. Tampoco me ha sido posible rastrear a G. Andrews, y según los absurdos datos biográficos que aporta Peter Owen Publishers, todo apunta a que, detrás de este nombre anodino, se oculta la figura de Allen Ginsberg, reconocido amigo de Vinkenoog.

La primera parte del libro está dedicada a rastrear las fuentes historiográficas del cáñamo. Como hemos dicho antes, aquí se reúnen desde textos védicos hasta fragmentos de la Ilíada, así como toda clase de pasajes que permiten rastrear la presencia del cáñamo desde la antigüedad hasta el siglo XIX con Baudelaire, Carroll o Nietzsche. Merece la pena rescatar la aportación referida al filósofo para señalar la falta de rigurosidad que permea el libro y, por eso mismo, lo hace tan atractivo:

Al parecer, un biógrafo de Nietzsche, Friedrich Würzbach, encontró indicios de que el filósofo había sido un asiduo fumador de hashish. A partir de una carta que le escribe Nietzsche a su amigo Peter Gast, en la que le explica “la profunda impresión” que le ha producido escuchar un concierto de música clásica y en la que le dice que “mi cara hacía muecas constantemente”, el biógrafo deduce que, lógicamente, Nietzsche estaba en ese momento bajo los efectos del hashish. Lo justifica a partir de un pasaje de Ecce Homo: “Cuando alguien quiere liberarse de una presión insoportable, necesita hashish”. Como el lector atento habrá notado, el argumento hace aguas por todas partes. Pero es divertido.

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El compendio está dividido en cinco partes. La segunda reúne textos de autores significativos del siglo XX. Encontramos pasajes de El Lobo Estepario de Hermann Hesse, al ineludible Huxley, a Henri Michaux… y una amplia lista de buenos fragmentos literarios que configuran un apetecible programa de lectura. Argumentos de peso como el propuesto por el novelista escocés Alexander Trocchi ayudan a aclarar, por otra parte, el carácter apologético y feliz de esta antología: “Los expertos afirman que la marihuana no tiene efectos afrodisíacos, y en esto, como en un gran porcentaje de sus juicios, están enteramente equivocados”.

Hay dos partes de las que es necesario prescindir debido lo anacrónico de sus contenidos: el apartado dedicado a la legislación y la sección que reúne opiniones médicas. La primera por ceñirse demasiado al ámbito anglosajón, en concreto al contexto estadounidense, y la segunda por haber sido ampliamente superada en las últimas décadas.

Sin embargo, resulta particularmente interesante la sección titulada: Potenciales para aumentar el conocimiento. En ella podemos encontrar textos que ponen en relación el consumo del cannabis con ciertas potencialidades místicas y reveladoras que se le han atribuido. Me interesa porque ofrece una lectura no estrictamente lúdica del uso de la droga. Se propone una función gnoseológica que en ocasiones puede trascender lo multisensorial. No me interesa tanto un posible encuentro con Dios, sino el canal que ofrece para encontrar lo que Deleuze denominó la “visión insoportable”, esa parte de lo real que es inaprensible y sólo se deja señalar tímidamente, el sonido de la seda rasgada en medio de la noche. En este compendio se explora un ámbito que, por su naturaleza, debe interesarnos:

“Este lugar que está rodeado de contradicciones coincidentes no es otro que el muro del paraíso, a la puerta del cual el más alto espíritu de la razón se mantiene en vigilancia, a quien hay que forzar si se quiere entrar”, dijo Nicolás de Cusa. No me parece otro el cometido del escritor, ya sea a través de la fumarola o sin ella.