renata adler oscuridad total fragmento

Nuestro malentendido

Pero como en cada una de las tardes siguientes se quedó más tiempo y se marchó de forma menos abrupta; como regresó la mayoría de las noches y se arrellanó sobre la estufa, apoyándose contra la chimenea, toda la noche, hasta la mañana; como en ocasiones tocaba, aunque rara vez, el agua que le dejaba en un plato para él al lado de la estufa; como era, al fin y al cabo, un animal salvaje, aunque cada vez más dócil; ocurrió nuestro malentendido. Creía que estaba empezando a confiar en mí, cuando en realidad se estaba muriendo. Como todos, claro. Pero normalmente no confundimos el avance de la debilidad, la perdida de la simple capacidad de escapar, con el inicio del amor.

 

Oscuridad total
Renata Adler

memoria de elefante lobo antunes

El peso enorme de sus defectos dentro

Ella había sido la primera persona en amarlo entero, con el peso enorme de sus defectos dentro. Y la primera (y la única) que lo había estimulado a escribir, pagara el precio que pagase por esa casi tortura sin finalidad aparente de meter un poema o una historia en un cuadrado de papel. Y yo, se preguntó, ¿qué hice yo verdaderamente por ti, en qué intenté, de verdad, ayudarte? ¿Contraponiendo mi egoísmo a tu amor, mi desinterés a tu interés, mi retirada a tu combate?

– Soy un miedica pidiendo socorro -le dijo al amigo-, tan miedica que no me sostengo en las piernas. Pidiendo una vez más la atención de los demás sin dar nada a cambio. Lloro lágrimas de cocodrilo gilipollas que ni a mí me ayudan y tal vez sólo estoy pensando en mí.

– Intenta ser un hombre para variar -respondió el amigo enganchando al hermano Marx por la manga para pedirle un café doble-. Intenta ser un hombre aunque sea un poquito: puede ser que te sostengas en el columpio

Antonio Lobo Antunes, Memoria de elefante

john cheever fragmentos del diario

John Cheever – Diarios

Durante el año siguiente, hizo muy poco aparte de mantener su correspondencia y llevar una vida ociosa en su agradable casa de campo junto al río Hudson. Sólo escribía para llevar la cuenta del alcohol que bebía. “Primer vaso a las nueve y media -apuntaba-. Esta mañana he aguantado hasta las once y veintidós”. Algunas anotaciones eran más largas. “Esta mañana me he sentado en la sala a las nueve y media para leer el Times del domingo. Disturbios en California. Desnudos en el teatro. Ávido de beber una copa pero resuelto a no hacerlo hasta que Mary salga de la cocina. Quería una ginebra con tónica. Prestaba más atención a sus idas y venidas que a las noticias del periódico. ¿Había hecho las camas? Subí a mirar: sí. Había ropa en la lavadora. Cuando la máquina concluyera el programa, saldría a colgar la ropa y entonces tendría la oportunidad de introducirme furtivamente en la despensa. Pero cuando terminó de arreglar las flores, dejó los floreros sobre una mesa y se puso a pelar huevos duros. ¿Por qué lo hacía? Estábamos invitados a comer a casa de los W., ¿para qué queríamos huevos duros? Pero seguía pelando huevos y mi sed aumentaba. Cuando terminó, la lavadora acabó el programa. Sacó la ropa del tambor y la puso en un canasto. Yo estaba preparado para entrar en la despensa, pero no salió a colgar la ropa. Entró en la sala -yo esperaba que subiera-, pero advirtió una mancha en una ventana, volvió a la cocina en busca de un trapo y el limpiacristales, y limpió la mancha. Volvió a la cocina y vi con horror que desplegaba la tabla de planchar. Casi nunca plancha, y su gesto me pareció contrario a la moral. Supuse que repasaría el vestido que pensaba ponerse para la comida. Pensé que no tardaría más de cinco minutos, pero era más de lo que yo podía esperar. Por eso, a la vista de mi esposa, del mundo entero, entré en la despensa y me preparé una copa. Faltaban dieciocho minutos para las once.
John Cheever, Diarios, 1969.