VÍCTOR BALCELLS MATASObras e investigaciones
← Inicio
Investigaciones28 de diciembre de 2023

"El arte del saber ligero", de Xavi Nueno

Pulsa para ver el vídeo. No se carga nada de YouTube hasta entonces.Verlo en el canal ↗

Transcripción del vídeo. Verlo en el canal.

Hubo un momento en la Edad Media en que la transmisión de ciertas obras de la antigüedad llegó a peligrar. De no ser por los conocidos cazadores de libros, un tipo de personajes humanistas más bien inclasificables que entregaron su vida a la búsqueda y recuperación de manuscritos perdidos.

Queremos seguir aquí un caso concreto que arranca con nuestro querido amigo Petrarca. Nos servirá esta investigación para presentar el libro del que surge, El arte del saber ligero de Xavi Nueno, una obra fabulosa a la que he tenido acceso recientemente. El subtítulo de este libro es “Una breve historia del exceso de información”.

Es un libro que muestra de forma profundamente literaria (casi sebaldiana, diría) Cómo el exceso de información es un problema antiguo. Es un libro que recorre a través de casos particulares documentados en extremo cómo se ha tratado el exceso de información a lo largo de los siglos. La información como materia prima acumulable y clasificable. La información como problema.

En este contexto nos ubicamos en casa de Petrarca cierta noche de su tardía ya existencia. Acaba de recibir de un amigo suyo, probablemente Lapo de Castiglionchio (1316-1381) una copia de las Instituciones Oratorias, obra de Quintiliano, un clásico antiguo de retórica y, en efecto, oratoria.

Lo que le ha enviado su amigo es una obra incompleta, puesto que gran parte del original de Quintiliano. Pero Petrarca está exaltado. Hasta ese momento, sólo había sabido de la obra de Quintiliano a través de menciones de otros autores antiguos, o por recopilaciones de citas en Florilegios. Por primera vez, dentro de un mismo volumen, se ha reunido todo lo que se sabe de Quintiliano en el siglo XIV.

Sin embargo, como decimos, ese volumen está mutilado, faltan muchos pasajes. Le falta integridad. Son, en esencia, fragmentos de una obra genial perdida.

Esa misma noche, según documenta Xavi Nueno, Petrarca le escribe una carta a Quintiliano a través de los siglos. Le dice:

En una ocasión escuché tu nombre y leí algo tuyo, y me preguntaba dónde residía el prestigio de tu agudeza. Tarde he podido conocer tu talento: ha llegado a mis manos, ¡ay!, destrozado y hecho pedazos el libro de las instituciones oratorias…

Dice Xavi Nueno sobre las sensaciones que tuvo esa noche Petrarca: La alegría por disponer al fin de una copia de las Instituciones se ve amenazada por la angustia de que el tiempo haya aniquilado de una vez por todas algunos miembros de este bello cuerpo.

El texto que escribe Petrarca acaba con un deseo: “Nada más tengo que escribirte. Deseo verte ileso y, si en algún lugar estás entero, te ruego que no te me ocultes por más tiempo.

La carta está fechada un 7 de diciembre de 1350. Tendrían que pasar todavía sesenta años, hasta 1416, para que unos cazadores de libros descubrieran en un lugar remoto una copia completa del original de las Instituciones Oratorias.

El encargado de rescatar este libro fue Poggio Bracciolini (1380-1459), sin duda uno de los cazadores de libros más importantes del humanismo. Un tipo, según Nueno, cuya “incansable labor le llevó a recorrer monasterios y bibliotecas en busca de obras perdidas de la Antigüedad”. Dice Nueno que antes de descubrir el manuscrito de Quintiliano en una oscura abadía, Bracciolini (que por cierto quiere decir “bracitos”) ya había “salvado de la destrucción inminente importantes obras de Vitruvio, Tertuliano, Amiano Marcelino, Asconio y Valerio Flaco, entre otros. Su hallazgo más importante fue tal vez un manuscrito completo de De rerum natura de Lucrecio.

Algo sorprendente de este libro es que lo vamos leyendo y el autor no deja de sorprendernos con personajes, formas de pensar, gestas librescas nunca escuchadas. Despliega un saber erudito con vocación literaria. Con vocación literaria quiero decir que se observan en el texto construcciones y efectos de narrador de ficción disfrazado de “escritor de ensayo”. Nueno conoce con gran profundidad nuestro presente y, de hecho, profundiza en el exceso de información en nuestra era. Pero a partir de allí nos introduce en misteriosos mundos mentales antiguos donde las actitudes ante los libros y los conocimientos fueron muy variados.

En este caso, ubicado en el siglo XIV-XV, ser un cazador de libros era una tarea de muy alto prestigio. En esa época previa a la imprenta en la que escaseaban los libros, muchos se esforzaron por buscar manuscritos de textos antiguos antes de que el tiempo y la podredumbre los mandara al olvido. Hay que imaginarse a estos cazadores de libros como peregrinos incansables, exploradores de catacumbas de libros en busca de los eslabones perdidos de la literatura. Poggio era, para la gente de su tiempo, un ser aislado, considerado al margen de las estructuras familiares y de ocupación. Lo que viene siendo “un tipo raro” entregado a una causa, la salvación de obras perdidas.

Como muestran las cartas que Poggio dirige a su amigo Niccoló de Niccoli durante su estancia en inglaterra, la salvación de obras perdidas no era trabajo fácil. En ningún caso consistía en llamar a la puerta de cualquier institución que pudiera albergar una biblioteca y preguntar al personal por el nombre de este o aquel autor clásico, escribe Nueno, sino que se “requería tanto una ciencia para identificar los lugares susceptibles de albergar estos tesoros como la audacia de penetrar en ellos”. Aquí he leído partes de la prosa del autor donde, creo, se manifiestan esos elementos literarios, felices, verbosos de su prosa.

Para empezar un cazador de libros “de calidad” tenía que tener un conocimiento vasto de la tradición que le permitiese reconocer qué er alo que se había perdido y discriminar entre todo ello cuáles eran lo textos más relevantes. Discernir el oro de la paja no era desde luego un cometido sencillo.

Otra habilidad requerida era el conocimiento de los lugares del conocimiento, por decirlo así. Saber dónde estaban potencialmente guardados los manuiscritos relevantes. Los monasterios y abadías disponían de síntesis medievales de sus catálogos que permitían iniciar investigaciones para encontrar algo inédito o perdido.

Otro requisito era conseguir la autorización para acceder a los fondos. En este caso, Nueno nos explica que Poggio estuvo al servicio del Antipapa Juan XXIII y que tal vez usó dicha autoridad para acceder a las bibliotecas. Pero no siempre gozó de ella. El caso es que logró penetrar en la abadía de San Gallen. En concreto, encontró el manuscrito en un sótano de una torre abandonada. Describe que lo halló “sano y salvo, aunque cubierto de moho y polvo en una mazmorra repugnante y sombría en lo más hondo de una de las torrres de la abadía en la que ni siquiera un condenado a muerte sería encarcelado.

Una obra esencial de la antigüedad perdida, se encontraba en el reducto más profundo y tenebroso esperando a ser redescubierta.

La recuperación de la obra de Quintiliano supuso un nuevo hito para los Cazadores de libros (me los quiero imaginar como un equipo de proscritos entregados a la causa non comprendida por sus contemporáneos, y me pregunto hoy cuál sería un oficio equivalente en fuerza y valor). Durante cincuenta y cuatro días Poggio Bracciolini copiará los doce libros de las Instituciones de su puño y letra. La obra que no pudo ver Petrarca está completa.

Sin embargo, no tardará en descubrirse que el manuscrito en verdad, por la sucesivas copias y la forma emuladora y reescritora de los copistas medievales, estaba fuertemente contaminado. Pero eso es ya otra historia, la historia de la conformación de una ciencia filológica con la que “depurar” los textos contaminados.

Nos quedamos aquí, con esta historia encontrada en este librito magnífico, que incluye tantos otros hallazgos a través de un recorrido de siglos por ágrafos, biblíofilos encendidos, eruditos portátiles, quemadores de libros y tantos otros personajes que de una forma u otra han conformado la historia de este objeto, el libro.

Serie textos medievales.

Seguir leyendo