Fallos en Matrix
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Supongo que uno tiende a creer en cuestiones paranormales por varios motivos. El primero, porque uno tiene o ha tenido experiencias así llamadas anómalas, porque uno ha vivido cosas inexplicables y las ha visto con sus propios ojos y no encuentra para ellas una explicación clara. Segundo, porque la existencia de lo paranormal me hace la vida más entretenida, aunque tal vez patológica. Mi vida, que en general consiste en sobrevivir entre bucles y rizomas empresariales obscuros, muy lejos de la literatura que aprecio, es más divertida si permito que exista lo paranormal.
Hoy quisiera tratar a través de algunas experiencias y lecturas la cuestión del azar y la casualidad. Veremos algún detalle de Las raíces del azar, de Arthur Koestler, entre otros libros, y otras evocaciones.
Lo que aquí voy a narrar son dos sucesos separados por más de tres años en el tiempo. Era el mes de marzo del amable año 2017 cuando emprendí junto a mi pareja de entonces un viaje hacia el sur. Nuestro destino, Valencia, ciudad que ni Rita ni yo conocíamos. Entonces no sabía que iba a ser nuestro último viaje juntos. Teníamos una cierta / difusa crisis no declarada y había tensión en nosotros y ya no hablábamos ni intercambiábamos tan felizmente como antes. De ese viaje recuerdo un día en concreto. Comíamos en una terraza del centro. Se acercó una anciana señora de aspecto oscuro a nuestra mesa y nos preguntó si queríamos conocer nuestro futuro. Todo ocurrió de forma inmediata, en un instante, tras aparecer la anciana y ofrecer sus poderes ya estaba sosteniendo la mano de Rita y ya estaba leyéndole el futuro. No hubo posibilidad de negarse. Y no entendíamos lo que decía mientras nos leía el futuro. Cogió entonces mi mano y siguió farfullando. Al terminar, extrajo de un bolso dos pulseras rojas y nos ató una a cada muñeca. Un conjuro llegué a entender en su rara dicción. A continuación y de forma obsesiva empezó a exigirme dinero. No se lo habíamos pedido, pero ya lo había hecho. Su insistencia y su forma de reclamarlos resultaban macabros. Me levanté y caminé con ella hasta un cajero para darle dinero en efectivo. Lo hice así porque había entendido entre su hablar apreciaciones de males de ojo y otras cuestiones en las que creía vagamente y de las que no quería saber nada. No quería saber nada de males de ojo. Preferí darle un dinero y que la vidente bruja nos dejara en paz a discutir con ella.
Cuando le pagué, nos dejó en paz y desapareció.
A los pocos minutos nos encontramos paseando Rita y yo por el casco antiguo de la ciudad.
Las pulseras, dijo Rita.
¿Qué pulseras?, dije yo.
Las pulseras rojas que nos ha puesto la bruja, ya no las tenemos, dijo Rita.
Me miré la muñeca: no había pulsera. En la muñeca de Rita tampoco había pulsera. Las pulseras que la bruja nos acababa de atar habían desaparecido de nuestras manos.
Como ese fue nuestro último viaje yo de alguna retorcida forma acabé obsesionado con el suceso de las pulseras perdidas. Llegué a decirle a Rita, quien naturalmente me consideraba loco o alelado, que nuestra relación se había hundido por culpa de aquella bruja y el conjuro que nos había hecho. Naturalmente eran excusas para evitar mirar a lo que realmente había causado la ruptura. Y como se ha descrito y escrito, uno entra en fases de cierto pensamiento mágico cuando se encuentra en duelo, quizá para sobrevivir a las pérdidas - pequeñas muertes. Está muy bien por cierto esta novela autobiográfica de Joan Didion respecto a la muerte de su marido y el duelo que vivió, lo sutil de forma sutil, psicológicamente sofisticada. El año del pensamiento mágico. El caso es que yo estaba convencido de que esa bruja había colaborado con un conjuro funesto contra nosotros en alguna medida.
Tres años más tarde regreso con unos compañeros de oficina a Valencia. Ya transformado en emprendedor de segunda, soltero, ser sin pareja ni amor digno conocido, youtuber de pacotilla, se produce un nuevo viaje a la ciudad maldita. Cuando llegamos, casi es de noche. Decidimos alojarnos en una población satélite y esa noche también decidimos bajar al centro. Nos guía Laura, compañera de oficina, sección Social Marketing, que es de nativa del lugar. Por la noche nos adentramos en el centro en busca de algún local donde tomar algo. Acabamos de rodear la catedral y entramos en la plaza de la Virgen. Allí, de pronto, observo a un grupo de señoras oscuras que yacen junto a la fuente. Al vernos, del grupo se separa una señora que se dirige hacia nosotros. De inmediato la identifico como la bruja de años atrás. Acabo de llegar a Valencia, ciudad de setecientos mil habitantes, tres años después, y de inmediato me encuentro con la bruja del conjuro, que se acerca a mí con la idea, dice, de decirme el futuro. Por un momento, siento que estoy en un videojuego. La situación supone una enorme casualidad pero al mismo tiempo la experimento como natural. Tengo la oportunidad entonces de decirle a la bruja que el conjuro destructor que me hizo años atrás no vale nada, que se lo devuelvo con toda mi fuerza. Sin embargo no lo digo. Cuando me pregunta si quiero saber mi futuro ni le contesto. Lo que hago es esquivarla, evitarla y marcharme.
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Comenta el matemático Warren Weaver: “Uno de los aspectos más sorprendentes y significativos de la teoría de las probabilidades radica en que hace un comprensión del hecho -por lo demás extraño- de que unos acontecimientos individualmente caprichosos e impredecibles responden, si los observamos en masa, a promedios generales perfectamente estables”.
Es decir que incluso los fenómenos extravagantes tienen su estabilidad estadística. Esto es lo que Arthur Koestler llama en su libro las raíces del azar “hechicería estadística”. Dice “Un ejemplo clásico de hechicería estadística es el referido a la muerte de soldados de caballería por efecto de coces de sus animales en el ejército alemán, desde 1875 hasta 1894. El número total de bajas en catorce cuerpos militares, durante esos veinte años, fue de ciento noventa y seis. El número de bajas año tras año se mantenía estadísticamente estable a pesar de que la acción de dar una coz y la consecuente muerte no parecen a priori cosas cuantificables. Con esta teoría tenemos que podemos predecir estadísticamente la frecuencia de los sucesos.
El libro tiene varias partes enfocadas a mostrar anomalías y rarezas del conocimiento para abogar por una aceptación de lo paranormal y de la existencia de un “sentido” colectivo-unitario en el mundo. En una de sus partes trata el tema de las sincronías, que hemos visto en este canal desde diferentes perspectivas, así como la relación de Jung con el físico Pauli.
Es un libro que me gusta porque me resultó imaginativo, original. Un libro que me hablaba de cosas extrañas y que hipotizaba puntos de vista que no conocía. Es un libro, como otros de tema esotérico - paranormal, que leo con cierto espíritu literario.
Dice (pp 157): La vida sería imposible si tuviéramos que prestar atención a los millones de estímulos que bombardean nuestros sentidos, aquello que William James llamó “la bulliciosa y colorida multitud de sensaciones”. Así, el sistema nervioso y, sobre todo, el cerebro, funciona como una jerarquía de dispositivos filtradores y clasificadores que eliminan una gran proporción del contenido sensorial, como si fueran ruidos irrelevantes.- O sea, eso mismo es el cerebro, un gran filtro que deja pasar algunos espectros y que podemos orientar parcialmente de forma consciente. Además de la máquina que piensa, la máquina que filtra y selecciona-. El cerebro procesa la información significativa en forma útil antes de presentarla a la conciencia. Un conocido ejemplo de este proceso selectivo es el fenómeno del cocktail, que nos permite -durante cualquier reunión social- aislarnos, cuando nos interesa, del bullicio general.
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Esa palabra, cocktail, me transportó a los días de otoño que pasé en el lujoso hotel de Canfranc espiando al célebre escritor e ídolo Pascal Quignard. Como era un hombre parco y poco dado a salir de la habitación, yo pasaba la mayor parte del bar esperando. Allí pude conocer a Valentina Vandici, campeona mundial de cócteles, ahora coctelera principal del lugar. Tuve la ocasión de grabar algunos planos de una selecta entrevista que le hizo la revista Jot Down. Esa mujer conocía secretos herméticos del sabor y secretas recetas que la habían hecho campeona. Para nosotros preparaba cócteles en aquellas tardes de otoño rumbosas de Canfranc. Son recuerdos pasados que no me conducen a nada. Mi espionaje no llegó a buen término, los amigos se dispersaron. Tuve que regresar al sórdido extrarradio donde ahora habito. Valentina y sus cócteles, las brujas conjuradoras valencianas, el azar y sus misterios quedan como una nube mientras redacto estas líneas junto a los hormigonero condominios. Los perros aúllan. La autopista arterial se escucha a lo lejos y mañana otra vez es día laborable.
