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Investigaciones29 de junio de 2023

La torre de la destrucción, Arcano Mayor del Tarot, a partir de 4 libros + Newjoy coda

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Ahora que una oscuridad se cierne sobre mi ser en tal veraniega época, he visto necesario profundizar en un arcano concreto de la baraja del tarot: La torre, también conocida en ocasiones como La torre de la destrucción.

Aquí quiero señalar que me debato entre dos posibilidades: seguir abriendo temas, de tal manera que solo nos quedemos con el esbozo de cada uno, o bien empezar a reflexionar sobre los temas ya tratados. En el sentido estrictamente etimológico de re-flexionar: el prefijo re- (hacia atrás), flectus (doblado), tio (sufijo que indica acción). Según el filósofo Ferrater Mora: un acto de conciencia que posibilita el conocimiento sobre los propios actos y pensamientos. Profundizar en la sustancia replegado, doblado sobre sí. En este vídeo seguimos la investigación sobre el tarot que iniciamos de forma introductoria hace unos meses, esbozando algunos rasgos e intuiciones sobre esta disciplina tan antigua. Ahora nos detenemos en una sola figura.

Se trata del arcano mayor XVI. En el anterior vídeo nos centramos en el XV, el diablo, por su compleja simbología y ambivalente significado. Recordemos la tentación que representaba el diablo, la posibilidad del vicio, del engaño, aunque también la fuerza telúrica creadora, transformadora. Recordemos también que la estructura de los arcanos mayores es un mandala de la totalidad, y de que existe una correlación entre las cartas.

Me gustan los matices que aporta Sallie Nichols a la hora de describir lo que vemos en la carta: El triunfo dieciséis representa dos figuras humanas lanzadas violentamente desde la torre de un faro. Aparecen asombradas pero ilesas (importante). La torre en sí misma no ha sido demolida, pero una llama de luz, una lengua de fuego, chocó con la corona de oro que le servía de tejado.

Salta a la vista que es una carta que implica plutónico cambio, súbita transformación. De todas las cartas, es la que representa mejor la solidez, con la figura del torreón, y al mismo tiempo el instante perfecto de la fractura de lo que era sólido. Precisamente un fuego, o un rayo celeste, algo instantáneo, efímero, aunque virulentamente intenso, es lo que resquebraja al edificio y expulsa a los dos personajes.

El símbolo - arquetipo empieza a desplegarse y según sea el imaginario de cada uno encuentra referencias vívidas. Por ejemplo, desde un punto de vista religioso, podemos pensar en la Torre de Babel construida por Nemrod para asaltar el cielo. Un acto de naturaleza impío que trajo el lenguaje y la confusión al mundo, y que provocó la ira de dios. La imagen de la torre desde una perspectiva Sumeria implica la unión entre lo celestial y lo terrenal, la equivalencia básica según la cual: lo que es arriba es abajo. Principio mágico básico.

Sin embargo, si nos fijamos bien en el dibujo, hemos de entender que no se trata de una torre literal, o de una referencia al suceso bíblico (esta es la característica particular de los arquetipos: son maleables y camaleónicos, no determinados ni descriptibles como lo puede ser, por ejemplo, un átomo). Podríamos pensar simbólicamente, dado su color carnoso, que la torre es el cuerpo. También, como veremos ahora, que la torre es una representación del prejuicio y el existir solidificado.

La torre parece un edificio aislado, oscuro, en medio de la multiplicidad. Fijaos en la particular representación del cielo con puntos multicolor. En interpretación de Jodorowski, pueden representar las estrellas pero a su vez representan el contraste entre lo múltiple y lo uno (la torre).

Parece que la llamarada-relámpago destapa su cubierta y que eso provoca que sus habitantes salgan a rastras del edificio. Parece que estos seres vivían en el interior de dicha torre encerrados. Una torre, por cierto, a la que no se le ha dibujado una puerta en muchas de sus versiones. Sí en la de Jodorowski. Él señala que en antiguos grabados alquímicos la torre sí tenía una puerta, así como tres o siete escalones para acceder a ella y una luna, símbolo de la receptividad, en la puerta. El iniciado debe aceptar primero el nuevo conocimiento, símbolo de la creación divina, luego saber conservarlo y por último soltarlo.

Respecto al rayo: “Los poderes mágicos de este rayo se nos muestran en la lluvia de bolas multicolores, que recuerda a las que usan los malabaristas. Indican que, pase lo que pase, el suceso relatado es milagroso y ha sido organizado por un alto mago. Dice Nichols que parece indicar que, a pesar de las apariencias de destrucción, la Deidad sigue comprometida con los dos desgraciados.

Antes de la acción del fuego, sus cabezas y corazones eran tan fríos oscuros como lo que les rodeaba, y asimismo permanecían cerrados a cualquier posibilidad de intervención milagrosa.

Sallie Nichols comenta que el nombre de la carta en francés podría haber surgido de un desliz. La maison dieu (la casa de Dios) podría haber sido originalmente La maison de feu, de fuego. Desde esta perspectiva, podríamos pensar que las dos figuras han sido liberadas, más que expulsadas de la torre, aunque en mis lecturas siempre tiendo a ver la expulsión más que la liberación.

El relámpago, que el autor Romano Plutarco consideraba el origen de la vida, se refleja en esta carta como un poder dador de vida. La torre de ladrillos, al igual que la cáscara dura de una nuez, es golpeada para liberar los dos huesos que vivían en ella, haciéndolos caer al suelo.

De una forma abstracta, la torre puede representar una convicción o certeza que habíamos adquirido, un prejuicio en el que nos habíamos enrocado. Y el relámpago - fuego la fuerza que nos libera y nos permite cambiar de posición. Esta liberación mágica, repentina, sin embargo es plutónica: como en la actuación del diablo hay un cierto grado de destrucción / caos en estas transformaciones.

Este mismo relámpago venimos definiéndolo como fuego-relámpago por la particular representación como emplumada, amable, que hace el extraordinario autor/a del Tarot de Marsella. Fijaos además que una de las llamas es casi un feto (¿Esto es a propósito?). Os recuerdo que uso la versión de Jodorowski y que la prefiero al resto por la mayor profundidad en los matices y, al mismo tiempo, la apariencia de mayor simpleza. Parece simple, pero en unos minutos ya hemos desplegado mucho. Ya podemos pensar en la inteligencia creadora que hay detrás de los arcanos. Una inteligencia que sabía mucho más de lo que creemos acerca de psicología humana.

Por lo que podemos pensar la acción del fuego relámpago como salvadora. Ese relámpago destructor que pone en acción a las figuras desde su posición enrocada, es lo que las salva de un desastre posterior. Porque, recordemos, en esencia salen “ilesas”. Tal vez, desde la perspectiva de estas personas, ellos crean en este momento que la destrucción más pura actúa sobre ellos. Experimentan el golpe pero todavía no pueden ver la iluminación, que está detrás de ellos, en el inconsciente.

Es importante por otro lado el número dieciséis. Como el cuatro, el siete, el diez y el trece es número mágico que representa el fin de una fase de desarrollo y el principio de una nueva etapa.

Si nos fijamos en la progresión de las cartas, encontramos una lógica interesante. En la carta XVI las dos figuras estaban desnudas y vinculadas-encadenadas al diablo, figura arlequinesca. Aquí van vestidas. No estamos en situación tan primitiva de la consciencia. En aquella carta los sujetos desnudos estaban de cara al diablo, pero semi vueltos hacia nosotros. Todavía no habían alcanzado la consciencia. En el siguiente paso, desde esa intuición de consciencia construyen una torre, una creencia, un sistema de valores que creen cierto y que habitan. Las figuras prefieren vivir dentro de estos confines limitados a exponerse a los problemas morales y a las elecciones diversas que hubieran encontrado. Un detalle magnífico son las manos de ambos sujetos, que rozan sendas plantas. Plantas delicadas, pequeñas, incipientes: representan las nuevas posiciones para la consciencia.

Un poco el tono dominante de nuestro tiempo, donde predomina una incapacidad congénita, incluso en los pensamientos más abarcadores, para pensar y aceptar la otredad, aquello que está fuera de la torre y, a su vez, para comprender la naturaleza intrínsecamente contradictoria - paradójica del ser humano. Cuestiones como la corrección política, la tendencia moralizante ideologizadora y otros rasgos masivamente contemporáneos, forman parte de la torre, cuyo destino es el resquebrajarse. Entrar en la consciencia implica aceptar las diferentes dimensiones de tal totalidad, sus contradicciones intrínsecas y cierta integración de los pensamientos opuestos. En la medida en que uno se encona en espejismos como el concepto de derecha o izquierda, es posible que se encuentre en la torre.

En el poema “La torre”, William Butler Yeats, retirado precisamente a una torre al final de su vida dice:

¿Qué debo hacer con este absurdo,

¡oh, corazón, triste corazón! Esta caricatura,

Edad decrépita que me ha sido atada

Como el rabo de un perro?

El poeta se lamenta prisionero de una construcción mental. En este caso, el sueño de la juventud perdida. Obsesionado por él, enclaustrado. El fuego - relámpago podría aparecer para arrojarlo de golpe, si no a la consciencia, sí al camino de la misma. Este fuego es el que posibilita que rompa el esquema.

En efecto, la carta del tarot número XVII es La Estrella, donde vemos a una mujer que vacía el contenido de unos cántaros de agua. La imagen puede representar bien cómo “dejamos ir el prejuicio” y nos permitimos pensar con mayor amplitud.

Llama la atención también la correlación vertical entre las cartas. Encima de la torre tenemos la figura móvil, exploradora del ermitaño. Su linterna es roja como su propia sangre porque probablemente explore hacia dentro. Debajo, la figura paciente, maternal, receptiva de la Papisa, quien recibe de fuera. En medio ha surgido la Torre, que inicia el proceso de unión del dentro con el afuera.

Por último, veos algunas combinaciones de otras cartas del tarot con la torre.

Tenemos la combinación de la torre con El mundo, o bien con la templanza. Esta combinación siempre augura cambios, pero no tan telúricos. En combinación con la estrella se trate seguramente de algo que se cierra y que debemos dejar marchar. En conjunción con la sacerdotisa puede implicar sufrir manipulación emocional. La Torre junto a los enamorados implica que nos responsabilicemos de nuestras propias acciones y emociones ante una posible decepción.

Aquí debeís ser intuitivos, cuanto mejor conozcáis los posibles motivos, símbolos de cada carta, mejor sabréis que significarlos atribuirles cuando aparecen junto a otras cartas.

¿No os resulta fascinante esta armonía-puzzle constante entre las cartas? Si a uno le dijeran: inventa un sistema mandálico parecido al del tarot, ¿por donde empezar? ¿Cómo abordar esta extrema complejidad conceptual que al mismo tiempo es simple, autoevidente? Insisto en que quien creó esto era un genio del pensamiento y, probablemente, un conocedor profundo de la vida. Un conocedor, además, con pocos prejuicios, asexuado pero capaz de determinar el conjunto de las fuerzas.

Tenemos pues, un conjunto que es a su vez un mapa de la consciencia. Donde se representan las principales problemáticas que enfrentamos en bloque, aunque de forma individual, como humanos. Aquí hemos visto cómo la Torre nos invita a comprender los plutónicos momentos donde nuestra creencia se resquebraja, como oportunidades de conocimiento. Un objetivo cabal y primordial para nosotros es el de poder abrazar cuantas más formas de pensamiento aparentemente contradictorias entre sí al mismo tiempo. Más que abrazar una idelogía en aparente discurso, buscar siempre la integración de los contrarios. Aunque cómo hemos visto siempre que hablamos de Tarot, tal integración de contrarios no puede darse nunca sin la participación de lo oscuro-telúrico.

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