VÍCTOR BALCELLS MATASObras e investigaciones
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Investigaciones7 de marzo de 2024

Palabras Maestras, Complejos e Inconsciente

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En este vídeo nos acercaremos al poder psicológico y magnético que encierran las palabras desde varios puntos de vista. Conoceremos el misterioso sentido de la palabra maestra. De qué puede implicar conocer y controlar las palabras maestras en relación con los demás, en términos psicológicos. Va a ser un video sobre psicología en el que veremos un experimento que realizo Carl Gustav Jung como ejemplo, pero también “al mismo tiempo” un vídeo sobre adivinación y sobre misterios de la técnica literaria.

Primero fijémonos en las habilidades que desarrollan los cazadores a la hora de encontrar sus presas en la naturaleza. Son capaces de leer marcas, huellas, diminutas alteraciones en las ramas, etc. A través de pequeños indicios los cazadores son capaces de determinar hacia dónde ha ido su presa. Y no sólo eso, a medida que la experiencia se desarrolla por ensayo y error un rastreador puede ser capaz de psicoanalizar a su objetivo a partir de esos mismos signos. Démonos cuenta aquí de que nosotros, cuando salimos al bosque sin ninguna experiencia, ni siquiera sabemos leer unas simples pisadas. Démonos cuenta a su vez de que la experiencia profunda de algo repetido muchas veces da conocimientos que, vistos desde fuera, parecen mágicos.

Pienso por ejemplo en las increíbles deducciones de Sherlock Holmes, ese personaje de Arthur Conan Doyle. Cada vez que las expresaba parecían pura adivinación. Pero no lo eran: simplemente se había fijado en detalles concretos y los había sabido interpretar.

Así que si uno analiza múltiples signos, además de rastrear, de alguna forma psicoanaliza. Y si uno rastrea y psicoanaliza puede hacer predicciones precisas sobre el comportamiento futuro, es decir, puede entrar en el terreno de la adivinación. En mi experiencia, de hecho, con las mejores tarotistas/videntes, siempre he detectado una excelsa capacidad de observación de los detalles en ellas (hablo en femenino porque nunca he topado con ningún hombre con supuestos poderes). De tal manera que podría ser que, en lugar de ver el futuro, lo que hacen es más terrenal: “interpretan mejor los signos que nosotros”. Por supuesto, a nosotros (o a mí), como escritores, todo esto nos interesa, pues si interpretamos mejor los signos mejores construcciones literarias, más finas, podremos hacer.

Otro ejemplo más terrenal todavía es el de los médicos a la hora de realizar diagnósticos. No es vana la expresión “tener ojo clínico”, y es indudable que el ojo clínico se entrena con la experiencia.

Todo esto, visto desde fuera, suena a magia o, también, a suerte. De hecho, cuando nos referimos a personas muy existosas tendemos a asignarles el elemento “ha tenido mucha suerte” cuando quizá, por encima de nuestro entendimiento, han sido en realidad capaces de interpretar mejor los signos y, por ello, tomar las mejores decisiones.

Entonces la clave es: en la medida en que uno mejora en el rastreo, el psicoanálisis y la adivinación, reduce el número de factores desconocidos (que de hecho determinan la suerte). El principio es que, dentro de cualquier situación, circunstancia o interacción, hay una manera ideal de hacer las cosas para tener éxito, dominar la situación o fascinar. Esto vale para cualquier tipo de circunstancia.

Para mí es interesante este concepto porque es el que nos lleva hasta las mentes manipuladoras y, al mismo tiempo, a las mentes líderes y a las mentes fascinantemente creadoras (son tres dimensiones distintas de una misma habilidad. La manipulación sería una magia negra, la creación implicaría usar conocimientos finos para el divertimento feliz).

Aquí surge el concepto de la palabra maestra, o bien concepto maestro. Basándonos en la fina observación de los signos y cotejándolos por la experiencia, podemos ser capaces de encontrar la clave de un parlamento para cautivar a una audiencia.

La adivinación tiene como base elementos parecidos. Ya sea si tomamos la quiromancia, el I Ching o el tarot, todas estas prácticas buscan interpretar el mundo a través de signos y, a partir de ellos, se puede llegar a hacer predicciones. Tomamos aquí el término esotérico “palabra maestra”, muy parecida a la “llave maestra psicológica”: con estas palabras supuestamente se desbloquean las formas ideales de hacer algo. La idea de palabra maestra en ciertas tradiciones se asocia con los “nombres del alma”, con la idea de que ciertos objetos, personas, lugares, plantas o animales tienen nombres especiales que desbloquean todas sus propiedades (tenemos aquí “el secreto nombre de Dios”). De esa manera, en la dimensión esotérica la palabra maestra lleva a la idea totémica según la cual ciertas palabras esconden / cifran información o detalles.

Todo esto suena muy extraño tal vez pero podemos pensar en la gran cantidad de situaciones, películas u obras en las que vemos cómo un término pronunciado en el momento preciso desencadena cosas en uno de los implicados. Pensemos por ejemplo en el caso de Freud sobre el “Pequeño Hans”, tratado por Sigmund Freud en su obra “Análisis de una fobia de un niño de cinco años (1909)”. Este niño tenía fobia a los caballos. Para este niño la palabra “caballo”, así como su imagen, era la palabra maestra para acceder a su fobia. Alguien podría utilizar esa palabra en determinado contexto y desencadenar cosas en el niño. Imaginaos ahora cómo, a través de la muy fina observación del otro, identificamos las palabras maestras que lo “mueven”, “alteran”, “bloquean” o “desbloquean”.

Aquí tenemos los interesantes experimentos Carl Gustav Jung, realizados con la intención de hacer ciencia del psicoanálisis (mi opinión y la de cualquier analista, creo, es que en el fondo no es posible hacer ciencia de esta disciplina, dada su naturaleza personal). Pero, en las Experiencias de asociaciones, de Carl Gustav Jung, para el estudio de los complejos, encontramos de pronto un método que sirve para, en esencia, para identificar los puntos débiles del hablante.

Dice Jung acerca del experimento:

“El experimentador dispone de una lista de palabras, llamadas palabras inductoras, que ha elegido al azar y que no deben tener entre sí ninguna relación de significación, condición indispensable para una experiencia de puras asociaciones. Debemos tomar palabras aisladas, carentes, repitámoslo, de toda relación significativa. He aquí un ejemplo: agua, círculo, silla, huerba, azul, cuchillo…”

Una vez hecho esto, “El experimentador invita al sujeto a reaccionar a cada palabra inductora lo más rápidamente posible, limitándose a pronunciar la primera palabra que le acuda a la mente.

Es decir, se dice la palabra “Agua” y el el sujeto debe asociarla. Podría contestar “mojado”, o bien “transparente”, o lo que sea que se le ocurra.

Con este experimento Jung descubrió varias cosas (y si lo ponemos en práctica también nosotros lo descubriremos).

De entrada, cuando se dice la palabra inductora, se observa que los tiempos de reacción son muy desiguales. Hay palabras a las que se reacciona rápido y otras a las que no tanto.

Se observan también respuestas con perturbaciones. El sujeto olvida que ha de contestar con una sola palabra y responde con una frase entera.

O bien, sin tener en cuenta el significado de la palabra que se le dice, reacciona con una variante tonal.

O bien, al decirse la palabra inductora, el sujeto repite la palabra inductora y añade otras (por ejemplo, se dice “agua” y el sujeto contesta: “Agua, pues verde”).

O bien se le dice “agua” y contesta “Verde… ay no, quería decir azul”. Ahí tenemos un lapsus.

O bien ante la palabra inductora se echa a reir o tiene una reacción corporal.

Lo que dice Jung: “a todas estas perturbaciones, así como a los tiempos de reacción demasiado prolongados o a las ausencias de reacción, se les llama indicios de complejo. Se ha comprobado que las palabras inductoras que determinan una perturbación cualquiera son aquellas que encuentran en el sujeto un contenido emocional. Es decir, que despiertan un eco en la parte del alma ubicada en la zona gris previa al inconsciente según el esquema que vemos en pantalla”.

Esto es clave, lo que quiere decir es que “Cuando una palabra inductora no interesa más que a la superficie de la conciencia, la reacción es normal y no se produce nada insólito, pero cuando, por el contrario, ataca y atraviesa los diques protectores de la vida interior y penetra en la intimidad del yo, determina una perturbación”.

Es interesante este experimento de Jung porque ahí tenemos un elemento que nos acerca a términos o palabras clave con los que, de profundizar más, podríamos abrir al sujeto o perturbarlo.

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