El pensamiento del corazón. James Hillman y Marcel Rubio Juliana

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I

Al pensar definimos también las funciones de nuestro pensamiento. Si pensamos en nuestro corazón, podemos hacerlo a la Harvey: verlo como el componente principal de un aparato, en esencia, de bombeo. Esta concepción implica la separación entre los ventrículos (dos, o divisible, cor duplex y no uno es el corazón), un orden taxonómico, una referencia material. Tal sería la concepción predominante en occidente, hoy. Pero si observamos otras culturas, si volvemos la vista a nuestro propio pasado, encontramos variaciones en la forma de ver al corazón. Nosotros mismos, en disposición de reflexionar en torno a lo que sentimos que produce el corazón en nosotros, podemos intuir otros caminos. James Hillman los describe en El corazón cautivo, primer artículo del compendio El pensamiento del corazón (Atalanta, 2017).

el pensamiento del corazón

Algunas apreciaciones sobre el libro y luego un punto de referencia donde cotejarlas. En este caso: la obra de un misterioso y oculto amigo dibujante, Marcel Rubio Juliana, cuyo trabajo está estrechamente vinculado con la representación simbólica del corazón. Por lo tanto, reseña poco ortodoxa.

En el libro de Hillman, me acerqué al corazón desde diversos puntos de vista para descubrir que sólo tenía un acceso sencillo a la definición mecánica, el corazón de Harvey, el corazón pensado como músculo, órgano de bombeo. Otras visiones implicaban esfuerzo imaginativo e intuitivo. Lo notifico como fruto de la experiencia: cuando se produce la apertura hacia contenidos fuera de mi tiempo o mi espacio, de lo que conozco y reconozco como instituido, o bien realizo un importante viraje en mi forma de pensamiento enraizada, o bien no puedo entender ni siquiera intuitivamente aquello de lo que se me está hablando, con lo cual acabo rechazándolo por falta de sustancia. Muchas veces he tratado de imaginar las cosas que fueron pensables en el pasado y ya no lo son. Las palabras y las cosas, de Foucault, o Salvar las apariencias, de Owen Barfield, son dos libros que me condujeron a una conclusión clave al respecto: un día supe que los fundamentos de mi pensamiento sólo son un tipo de fundamentos entre muchos otros. Evidencia no tan evidente; difícil digestión de la misma. Estos otros fundamentos siguen vigentes en formas minoritarias (por ejemplo, el pensamiento por semejanza se condensa hoy en día en la formulación del símil y la metáfora y en el rechazo de las vinculaciones literales, reducido al ámbito expatriado de lo poético) y para uno mismo suponen siempre un esfuerzo o un salto tan sólo salvable por la vía del aprendizaje. Con lo cual, por culpa de algunos libros (o gracias a), se establece una súbita tensión allí donde había acomodo. Mi firme visión del mundo se ve de pronto debilitada por otras visiones debido, tan solo, a su mera presencia, y todavía se debilita más si consigo ejercitar una danza constante del horlieu y el esplace. Paso las mañanas leyendo Investigación y ciencia para cambiar, con gesto bronco, a Cómo acceder al conocimiento de los mundos superiores de Rudolf Steiner: la disociación es palpable.

En El corazón cautivo tomamos consciencia de lo que se pensó y percibió e interiorizó en el pasado sobre nuestro órgano; en El corazón de la belleza se examina la idea según la cual «toda psicología profunda que exprese plenamente la naturaleza de Psique ha de ser también una estética profunda», noción que obliga a considerar la belleza como una categoría epistemológica y una necesidad ontológica que juega un papel determinante en el equilibrio de la mente. Edición, como siempre, primorosa, que forma un dúo con otro texto de Hillman publicado por Atalanta: Pan y la pesadilla. El sumo placer de los libros monotemáticos.

 

II

De los varios artistas que he podido conocer desde que regresé a Barcelona, hay una persona por la que siento especial debilidad: Marcel Rubio Juliana. Ya en nuestro primer encuentro, cuando él apareció en una librería en la que trabajaba reclamando ¡por favor! un libro de Hölderlin de inmediato, intuí que en su interior habitaba una llama y se gestaba una tremenda pugna. La segunda vez que vi a Marcel, lo encontré detenido en una sala expositiva junto a una de sus obras. La tela, de 2×2 metros, representaba el rostro agónico de Laocoonte, sacerdote de Apolo en Troya consumido por unas serpientes marinas:

Ofensa divina. En el rostro del sacerdote engullido (junto a sus dos hijos), la fatalidad del destino que le espera a Troya. Casandra – Laocoonte, los profetas no escuchados. La obra formaba parte de una exposición de cuadros inspirados en Los Pasajes, de Walter Benjamin. Ese mismo día Marcel me habló de una de sus máximas ambiciones artísticas: confeccionar Una historia visual de los sentimientos sublimes. De la monumental obra, todavía en proceso, pude ver algunos lienzos de gran formato que, sin duda, entusiasmaban de una forma que sólo ocurre en el corazón. Percibí en él la escisión. La intrepidez de quien se ha planteado entrar en la pugna de los opuestos. Por lo tanto, ser apátrida, neurótico, con dificultades para vivir aquí y de esta manera. Vínculo esotérico entre él y yo, entonces, paralelismos del alma. Hasta el punto en que, cuando yo me encontraba leyendo El pensamiento del corazón de Hillman, volvieron a alinearse los objetos de nuestra investigación: me llamó una mañana para que fuera a ver una obra “secundaria en torno al tema del corazón”, dijo, que había creado en noches atormentadas de desamor.

¿De qué se trata?, le pregunté. 72 láminas descriptivas de su funcionamiento fisiológico – mecánico del corazón; pura objetividad, anunció. Aquí consigno alguna de esas láminas. Disculpen la calidad: son fotos tomadas al vuelo, casi robadas por la fuerza:

el pensamiento del corazon

Los dibujos, rigurosamente extraídos de un manual de anatomía, plantean ya en la segunda lámina múltiples desvíos y tensiones interiores ante la pretensión principal de «describir fría y analíticamente el corazón según el funcionamiento de sus partes». La sección 1, dedicada al estudio de la aurícula derecha, se desvía de inmediato hacia extrañas y parcialmente alucinadas representaciones de la misma; bosques:

el pensamiento del corazón

En el pie de página: «Detestable es nuestra fragilidad, lo frágiles que llegamos a ser». Este tipo de comentarios personales y, en ocasiones, de naturaleza tragicómica, aparecen arbitrariamente a lo largo del análisis exhaustivo de las partes del corazón y su funcionamiento. Hay láminas diseccionadoras y frías, láminas que se desvían hacia representaciones poéticas y, por último, láminas que consignan «intuiciones»:

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«Válvulas mecánicas. En un acto de suprema intuición, al observar jarrones y vasijas de cerámica pertenecientes a antiguas dinastías porque licuaban el mal de corazón que sentía por culpa de un desamor del cual no soy culpable, descubrí que el simple hecho de mirarlas me producía bienestar. Y ahora resulta que la cerámica es uno de los materiales, junto con el metal y el plástico, pero predominantemente la cerámica, que se utilizan para hacer válvulas cardíacas artificiales. La naturaleza de uno mismo predispone hacia aquello que necesita, viva la misericordia». Un acercamiento a la terapia arquetípica sin saberlo (y merece la pena mencionar que la única vez que pude conversar con los editores de Atalanta, responsables de la edición del libro de Hillman, Jacobo Siruela me dijo que había tomado por la mañana un café delante del frontispicio de una iglesia y que la mera observación de las representaciones arquetípicas del mismo le habían reconfortado).

En determinadas láminas se produce una mixtura de elementos, puntos de vista y formas de percepción: la reproducción de la arteria Aorta incluye un preciso dibujo de su anatomía -luego desgranada por partes en sucesivas láminas-, consideraciones técnicas y un símil con el árbol sefirótico fruto también de una intuición (no hay imagen), además del toque personal, la injerencia constante de un narrador que recuerda a las injerencias personales del narrador de Pálido Fuego de Nabokov (donde el deseo se hace indistinguible de su objeto y el artista se encuentra unido a lo que lo quema). En el estudio aparece también la enfermedad: el infarto, la disección aórtica. Si superponemos el nivel literal con el nivel simbólico, señala Hillman: «un infarto de miocardio (fartus = relleno, atiborrado, cebado, engordado) hace referencia a un corazón repleto de sus productos: las fantasías; está obstruido por la abundancia de azufre, que no ha entrado en circulación». Ante la obstrucción: la creación o la transferencia. Hay, además, una versión personalista en algunos pasajes: el corazón como interioridad, núcleo íntimo de la persona, el corazón de San Agustín, sede de los sentimientos, la morada profunda del alma; en contraposición y coexistencia con el corazón de Harvey, lo mecánico,el corazón del león, perspectiva que conceptúa  al corazón como «el lugar de la verdadera imaginación, la vera imaginatio que refleja el mundo imaginal en el mundo microcósmico del corazón». Esta última visión, también desarrollada en profundidad por Hillman, no considera que el corazón sea la sede última de nuestra alma, sino que el órgano es el lugar donde «lo imaginal presenta a la imaginación la esencia de lo real». Según esta concepción muy afín a la alquimia, el corazón es vínculo principal entre lo exterior e interior.

 

Marcel me dijo que se había encerrado a dibujar las 72 láminas debido a un desengaño amoroso. Pensó que un estudio pormenorizado del órgano, cierta disposición para la copia mecánica, le salvarían de su propio pensamiento. Para la obra, pues, circunscribió un espacio cerrado cuyas fronteras aparecen bien marcadas. Sin embargo, según observamos, lo transgrede en múltiples direcciones en lo marginal de las láminas, hace así, desde mi punto de vista, arte a partir de un manual y, a su vez, ofrece una imagen del corazón múltiple. Sin la consciencia y el saber explícito de Hilmann, pero en su mismo camino.

Tras mostrarme su estudio acerca del corazón, Marcel me dijo que tenía guardado otro estudio todavía más secundario y secreto. Su última obra. Me lo dijo con visible inquietud. Extrajo de una pila de papeles una serie de láminas dibujadas con lápiz tenue:

marcel rubio juliana sim

La frialdad absoluta, que contrasta con el sentimiento absoluto de Laocoonte. Él mismo me dijo: «basta que ceda sólo un poco ante el día a día y la realidad de mi supervivencia para ceder al pensamiento binario, plano, y poder reproducirlo». Eso me llama la atención, pues me inclina a pensar (también a partir de mi propia experiencia) que hay formas de expresión artística que mueren si no se les concede un marco de sentido específico. La muerte o agonía más reseñable de nuestro tiempo: la imaginación. En su principal órgano asociado: la anestesia.

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